Decir de drama: Sobre la obra de Robert Heindl Por Juan Pablo Torres Muñiz Efectivamente, hablamos de textos, pero qué tan preciso es preguntar qué nos dice, entonces, tal o cual imagen. A distintos lenguajes corresponden obviamente distintas lecturas; por tanto, la…
Desgarramientos: Sobre la propuesta de Gabriela Bodin Por Juan Pablo Torres Muñiz Alma y cuerpo. Abstracción ideal, la primera; materia, el segundo. De todas formas, no es lo mismo hablar de uno y otro que de psique y carne. Es difícil incluso…
De marcos y tendencias: Sobre el arte y su cuestionamiento de las instituciones Por Juan Pablo Torres Muñiz Pese a que hoy, proporcionalmente, cada vez menos gente tiene una idea clara de qué hace un artista, en qué consiste el…
Lumbre: Sobre Los simuladores, novela de V.S. Naipaul Por Juan Pablo Torres Muñiz En la tierra, las raíces; una base. Las ilusiones, arriba, en el cielo. No hay camino ascendente; lo que hay es casi siempre espacio abierto aquí abajo,…
Donde se pierde la mirada: Conversación con Isaac Pelepko Con Juan Pablo Torres Muñiz [Traducción por Roberto Zeballos Rebaza] Miradas perdidas, decimos. Lo que se cuece por dentro, bien podría ser tomado como asunto aparte, cosa particular de cada quien,…
Es verdad que, cada cierto tiempo, la obra de James Purdy es reivindicada, pero también que a continuación y casi de inmediato, se la echa de vuelta al olvido. Esto se debe quizá a que su carácter, la visión que refleja en ella, obliga al lector –como ante una gresca inevitable– a tomar partido, cuestionando su época, cualquiera sea esta, pero más todavía a sí mismo, cualquiera sea su edad y experiencia.
Certeros puñetazos, más que empujones o tirones de la camisa: el lenguaje de Purdy, áspero, denso, es enormemente efectivo; conecta y sacude de inmediato lo más delicado, esa fragilidad tras el punto que, además, pareciese elegir con especial malicia. Asesta, en permanente movimiento, frases y oraciones; de ello que, en lugar de un matón agresivo, nos veamos ante un ligero púgil, de gran maña y sangre fría.
Su obra representa el desafío de la cruda calle, desnuda de pronto, sorprendente, dolorosa, si anduvimos demasiado tiempo haciéndonos de la vista gorda: es la luz sobre la sombra, que siempre pudimos encender, por la que alguien ha venido por fin a preguntarnos.
Comienza Cabot Wright es un buen ejemplo de todas estas cualidades.
Bien sabemos que, respecto del arte como situación comunicativa, así como del oficio mismo del artista, el comentario del crítico se distingue bien del comentario del autor de obra en tanto tal. Detrás del juicio de este último –siempre que prefiera dejar de lado la crítica rigurosa, mas no por eso, de ningún modo, el rigor de su juicio, amparado además en la elocuencia de su propio trabajo–, hemos de reconocer, siempre, una serie de asociaciones tácitas detrás de cada oración.
Conversar con Eloy, cuya narrativa, sobre todo sus cuentos, importa tanto, aunque debiera de sonar más aún en el ámbito hispano, a la par de más allá, representa una oportunidad como pocas de abordar ciertos asuntos con la certeza de hallar nuevas luces. Aparte el disfrute de su cordialidad.
Vivaz y ágil, también de palabra, Linda, como siempre, marca el paso y nos conduce, ligeros, de un lado a otro de la estancia; esta se expande, luego se abre y toma finalmente forma también de camino: Ante nosotros, al andar, una historia compleja de influencias que fluye en más de un sentido a la vez: cada imagen, desde una ventana, a una rama, brilla como nueva vertiente, partes todas de un tejido más complejo. La vida como vocación.
Hacer crítica implica ofrecer el sistema de ideas que justifica el juicio propio a nueva crítica. ¿Qué espacio requiere esta forma de comunicación? ¿Qué tiempo, también? Hacer crítica implica necesariamente la exposición del sistema de ideas del que surge el juicio de valor que se enuncia, finalmente, respecto del objeto de crítica; por lo tanto, el asunto de la extensión de la crítica es sin duda importante, sobre todo en relación al que se le ofrece, digamos, en medios. Sea que se desarrolla en una situación comunicativa con personas en vivo, en un texto escrito, sonoro o audiovisual, la crítica requiere –permítaseme la figura–, merced de su profundidad, de mucho más espacio/tiempo que un simple comentario o una reseña; ninguno de estos requiere más que la exposición de una causa inmediata, apenas razonable y cuya validez se ofrece, en el mejor de los casos, como materia de discusión sólo al margen.
La escritura como oficio dista mucho del hábito, de la manía y de la práctica con otros fines, el catártico, por ejemplo, más allá de que últimamente se publique por igual de todo. Más allá, la literatura es arte y como tal dista de la mera realización de una vocación comunicadora, mucho más todavía de la simple expresión; en lugar de registrar hechos, de transmitir información o confirmar ideas, la obra literaria es elocuente en una visión del mundo que cuestiona al lector, en un contexto determinado, respecto de la que tiene del suyo propio.