La misma Joni Mitchell declaró, en su momento: Siempre he pensado en mí misma como una pintora desviada por las circunstancias…
A propósito, caben ciertas notas: ¿cuánto se desvió en realidad, de la realidad? ¿Es posible que la propuesta original de un artista de su talla, pueda extraviarse significativamente al paso de una a otra forma de expresión, siendo el caso que domina ambas –salvando, desde luego, las distancias entre una y otra– con probada solvencia?
¿En qué medida una misma forma de sensibilidad específica, principal, al caso, la visual, pervive nítidamente por una u otra vía?
Joni comentó también, en otra ocasión, que un admirador le dijo pintas imágenes en mi cabeza, lo que para ella significó un elogio especialmente significativo.
Ver no conlleva más misterio, no literalmente; es de por sí, sin embargo, maravilloso. Uno ve, en efecto, lo que tiene ante sí. Pero visualiza justamente lo que no es posible de ver «a simple vista»; de hecho, lo hace visible por medio de algún procedimiento o a través del empleo de algún dispositivo, inclusive la imaginación. Así, uno ve efectivamente por medio de la vista, mientras que uno visualiza en la medida en que fragua ante sí una representación. ¿Qué media en este caso sino el prisma de la propia visión, esta vez como concepto en su acepción más compleja?
Sobran motivos válidos de reclamo al actual gobierno. Razones de fuerza que requieren planteamientos de solución razonables y luego, por supuesto, acción coherente, en suma, una gestión responsable. ¿Qué tanto de esta razonabilidad vemos entre la confusión que cunde? ¿Qué se dice dotado de sentido y se presta de veras al diálogo y a la discusión?
De entre los partícipes en las marchas por calles y mítines en plazas, habría que suponer que, además de los dirigentes de cada agrupación, al menos los estudiantes universitarios tendrían que poder explicar qué persiguen, admitiendo que el grueso las masas que claman arengas nada más expresan su insatisfacción y rechazo a tal o cual medida concreta o incluso a una política, en tanto son capaces de identificarla, no más. Pero resulta que los representantes de las organizaciones en marcha insisten en el mismo rechazo, redundan en su carácter indeterminado, y, es más, fomentan en sus declaraciones una confusión mayor: tienen claro a quién detestan, pero no más que por un supuesto sostenido en indefiniciones; es decir, detectan por ejemplo corrupción o malos manejos, pero si no es en su flagrancia, apenas desde un espectro ideológico confuso, sin criterios claros y apelando a una colección de términos a cual más dudoso, todos los cuales asumen ciertos para todo mundo, cuando en realidad son incapaces de explicar que significan ni, mucho menos, cómo han de ser interpretados en determinados contextos ni cómo es que cabría operar en una administración estatal en pro de uno u otro con un mínimo grado de certeza.
Hablar de políticas educativas en nuestro medio implica, al parecer, asumir la tara de su mayor o menor fracaso como justificante de otros múltiples males, poco más. No es un secreto que según distintas evaluaciones internacionales, nuestro país anda en la cola, como tampoco lo es que, con frecuencia creciente, asistimos a bochornosos espectáculos por parte de nuestras autoridades, que ponen sobre la mesa la cuestión de si completaron o no aceptablemente la primaria escolar... ellos y buena parte de los votantes. Ciertamente, el impacto de una gestión educativa deficiente es difícil de calibrar en cada ámbito del estado, a ello responde el brochazo gordo de la calificación de desastre. Sin embargo, poco o nada se dice públicamente respecto de cómo es que las políticas educativas, por ser precisamente tales, debieran atender siempre los intereses de un estado, tanto en relación con otros como más allá de éstos y, con frecuencia, contra otros tantos.
En su conversación, Ana impresiona, siempre. Su natural cordialidad impide en todo caso que las confrontaciones, siempre significativas, que ocasionan sus lienzos, de las que vertimos buena parte en cartas y notas, dejen de ser en todo momento, oportunidades de conocerse más uno mismo.
Las coincidencias a propósito de los enfoques (en sus niveles más comprometidos y, quizá también, comprometedores) o, más precisamente, respecto los términos empleados a su desarrollo, en lugar de favorecer un diálogo veloz, de abundantes ideas en ágil sucesión, de liberar las voces en torrente –habida cuenta, además, la confianza que inspira–, nos aproximan a la artista en cita común con el silencio: de vuelta ante los elementos reconocidos, los puentes a la evocación común, revelación de sus cuadros…
Quienes se enfrentan al arte se enfrentan a una ficción, pero a consciencia de la naturaleza del duelo. La ficción se presenta al lector, al oyente, al público en general, como tal: una representación parcial, producto del intelecto, de la aplicación de una serie de criterios y una interpretación de la realidad que la inspira. Cuando consta una advertencia de que tal o cual obra se basa en hechos reales, incluso cuando vemos que ésta refleja una porción de realidad de forma enormemente realística, debemos notar que, debido al lenguaje de la obra, a la técnica que emplea, resulta más claro aún que una reproducción completa de la realidad es imposible; ante nosotros luce una selección de elementos representados fielmente, lo que constituye de por sí una forma de planteamiento ficticio e implica una abstracción.
Citas, enfrentamientos: Sobre los rostros de Jhonathan Quezada Por Juan Pablo Torres Muñiz Las series, en general, se sostienen por la fuerza del motivo; éste justifica, en buena medida, la justa repetición de un objeto y explica, por supuesto, la…
La guerra es una realidad, una de la que se dice mucho, de la que se habla fácilmente. Repudiable hoy para casi todo mundo, pinta de fenómeno injustificable, salvo cuando se supone legítima defensa; es decir, del lado de las víctimas, contra algún opresor, como reacción a la agresión inicial del otro, como continuación inevitable, nunca por iniciativa propia, en definitiva. Pero ¿es, acaso, tan simple la realidad?
La crítica no suele ser bien vista; no lo ha sido nunca, pero hoy menos que nunca. En las escuelas se habla de pensamiento crítico, pero casi no se lo practica: muy pocos profesores son capaces de diferenciar opinión de crítica, y la crítica en sí misma se opone frecuentemente al modelo complaciente de la educación personalizada, tan en boga. Se habla también de crítica positiva o constructiva, de una parte, y de crítica negativa, por otra, nada más en el afán de complacer, por evitar herir sensibilidades, sin ninguna base racional, por flagrante ignorancia del significado de los términos. La amplísima mayoría de gente ha adoptado en conversaciones dizque serias, un conjunto de términos cuyo significado desconoce y asume que, en última instancia, todo mundo se entiende apelando a conceptos más bien vagos, reduciendo, jibarizando complejos racionales a supuestos sentimientos; así, se oye aquí y allá que si la paz y la humanidad, que si lo espiritual y lo indefinido, en general, y que si el amor y el pueblo y la revolución, y un largo etcétera. Nada de crítica.
¿En qué medida es apropiado aseverar que las edades en que se da la adolescencia efectivamente han variado? ¿Cabe afirmar que hoy la adolescencia se extiende hasta entrados los treinta años, como afirman enorme cantidad de sitios web de supuesta difusión científica? Antes, por tanto, ¿de qué se adolece en la adolescencia? ¿Merece más respeto quien madura que quien no lo hace? ¿En qué consiste madurar y de qué forma reviste a quien lo hace de dignidad? ¿Y qué hay en realidad de la juventud? ¿Cuándo empieza y cuándo termina? ¿Cuándo madura uno más allá de lo físico solamente, si es posible, y de qué forma se establece la relación entre esta madurez y la personalidad?