Como si fuera tan simple…: Participación en foro sobre la simplificación del lenguaje masivo y su impacto en la formación de la llamada opinión pública (respecto a algunas noticias recientes)
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Lo ocurrido recientemente en Venezuela nos sirve muy bien como ejemplo. Hablaremos de leer, interpretar y discutir noticias… Demostraremos algo que, aunque sabemos, debiera resultar muy obvio, no lo es, al menos en medios de difusión abierta.
Al abordaje geopolítico de la situación del país vecino le hemos destinado espacio aparte: desde anuncios publicados en septiembre del año pasado hasta foros, alguno muy reciente —apenas anteayer— en los que, como por otra parte hicieron especialistas de veras —con mayor solvencia—, previmos la caída de Maduro en apenas unos días o, cuanto más, un par de semanas.
Ahora, con lo ocurrido, todo mundo pretende posicionarse. Como si fuera tan simple. Para colmo, pretenden hacerlo, ora desde una determinada moral, ora desde alguna ética más o menos universalista, sin distinguir la una de la otra; apelando al Derecho Internacional como si se tratara de una institución que rigiera por sobre la realidad material en todo sentido y en cualquier situación, o a valores indefinidos como felicidad…, aparte, libertad, igualdad y fraternidad a la francesa; y como si, fuera de un estado en particular, fuera posible decidir por otro, más aún cuando se juega, sino su supervivencia, cuanto menos su primacía en un orden, antes apenas bipolar y hoy, a todas luces, con tres ejes, cuanto menos.
Reiteramos: no es tan simple. Nada en este campo lo es. Como tampoco lo es en Literatura, por cierto…
Veamos:
La captura de Maduro fue concertada, sí.
Quien dice que el petróleo no tiene nada que ver aquí, declara abiertamente su idiotez.
Quien obvia que el tablero geopolítico revela las sombras no sólo de EEUU, sino también las de China y Rusia, se confiesa, en el mejor de los casos, ciego.
Quienes claman contra la invasión, ay, con el puño en alto y acusan de fascista o lo-que-sea-fóbico a quien considera criminal y súper corrupto al régimen venezolano, así como absurdo el relativismo identitario de todos los colores…, podrían quizá leer algo de ciencias —pero las de verdad, eh—, que la vida no es un constructo ni una caricia foucaultiana.
Quienes asienten a los discursos en pro la supuesta democracia liberal, con el águila calva a la cabeza, mejor se hacen ver; puede que les falte o les sobre un par de cromosomas.
Quienes dicen amén al discurso del supuesto «Cartel de los soles» (que no existió como organización criminal, pues es el término surgió en la prensa hace años para denominar a la informe y amplísima red de corrupción conformada por un enorme número de condecorados venezolanos, sí, bien metidos en el tráfico de drogas, antes de Chávez ya través de él), y al estatus de terroristas de quienes manda EEUU que lo sean (como el caso de quien pasó de jugar fútbol con cráneos humanos a ser halagado por Trump) u obvie que el tráfico de fentanilo en EEUU ingresa sobre todo por Canadá (cortesía, «para variar», de Reino Unido), ¡despierte, no se drogue así!
Quienes crean que lo hecho por EEUU representa un acto aislado y no una declaración de ampliación de frentes operativos a mediano plazo, además de una advertencia a los demás países del continente, tendrían, en caso descubrieran su error, sobrados motivos para renegar duramente de la pérfida educación que recibieron.
Y quienes crean prudente compartir memes al respecto de lo ocurrido, por no saber bien qué decir, harían mejor callando del todo…
Bien…, pero ¿cómo leer estas y otras noticias, en general; cómo interpretarlas? ¿Es posible hablar al respecto, articular nuestras ideas sobre las crisis relacionadas en oraciones simples, en una escueta serie de afirmaciones breves que… brillen en un reel, por ejemplo? ¿Cabe dar por sobre entendido todo lo demás fuera del tuit? ¿Y qué sería, eso: «todo lo demás», y qué no? ¿Cómo saberlo?
¿Cabe pretender la comprensión, de una sola vez, la captación express de una situación como ésta, cuya problematización exige una articulación de ideas de considerable calado? ¿Hasta qué punto hemos de reconocer algunos que no se trata de algo tan complicado, pero que nos lo resulta por la profundidad de nuestras carencias educativas?
Por último, ¿de qué forma se relaciona esta misma incapacidad de lectura, comprensión, interpretación y discusión con lo ocurrido en Venezuela y otras crisis geopolíticas recientes?
[Entonces, para empezar…]
Planteamos que la llamada condición humana se define por nuestra capacidad para crear y operar racionalmente a través de instituciones —construcciones abstractas que materializan la razón colectiva y posibilitan la gestión del conocimiento, la crítica y la expansión de la libertad—. La persona, como institución fundamental, se constituye mediante la operación intelectiva, es decir, mediante acciones que manipulan materiales conceptuales para generar nuevos conocimientos y sistemas de ideas. Estas operaciones —observación, definición, conceptualización, análisis, argumentación, crítica, entre otras— requieren un dominio progresivo del lenguaje, entendido como la tecnología racional por excelencia, pues es a través de estructuras sintácticas complejas y léxico preciso que se tejen relaciones, conexiones y sistemas dialécticos capaces de abordar la realidad en su multidimensionalidad. La sintaxis, mucho más que un ensamblaje gramatical, constituye el andamiaje lógico que permite articular pensamientos de orden superior: la subordinación, la hipotaxis, la ironía estructural, la polifonía discursiva y la argumentación extensa, que son instrumentos cognitivos que posibilitan la formulación, retención y transmisión de ideas complejas. Cuando este andamiaje se debilita o se simplifica de manera sistemática, no estamos ante un simple cambio estilístico, sino ante una transformación antropológica: la atrofia de las operaciones intelectivas colectivas y, con ello, el riesgo de una regresión hacia formas de pensamiento pre-institucionales, donde la gestión de la realidad queda reducida a reacciones inmediatas, identidades gregarias y consumo pasivo.
La proliferación de plataformas de redes sociales saturadas de mensajes ultracortos, memes y contenidos audiovisuales efímeros constituye un fenómeno institucional que exige mucha atención. No son para nada plataformas neutrales: se trata ni más ni menos que de instituciones tecnocomerciales que operan bajo la lógica del mercado pletórico, cuyo objetivo es maximizar el enganche de consumo mediante la explotación de respuestas emocionales primarias y la minimización de la fricción cognitiva. El formato predominante —el meme, el tuit, el reel, el story— privilegia la inmediatez, la simplificación extrema, la elipsis absoluta y la apelación a identidades tribales. La sintaxis, en este ecosistema, se reduce a su mínima expresión: oraciones inconexas, ausencia de subordinación, predominio de imperativos y exclamaciones, abuso de muletillas emocionales y remplazo del léxico preciso por emoticonos o imágenes, una economía lingüística que con nada de casual; de hecho, responde a algoritmos diseñados para captar la atención en milisegundos y retenerla mediante estímulos sucesivos que impiden la concentración sostenida. Como señala Carr (2010) en The Shallows, los entornos digitales de consumo rápido reconfiguran los circuitos neuronales, debilitando la capacidad para la lectura profunda, la reflexión abstracta y la memoria a largo plazo. La sintaxis simplificada no es, pues, un estilo comunicativo inocuo, sino el vehículo de una racionalidad empobrecida, funcional a un mercado que necesita consumidores despersonalizados, incapaces de articular críticas sistemáticas o de concebir alternativas institucionales complejas.
Este fenómeno se retroalimenta con la producción pretendidamente literaria que, en aras de la eficacia comercial, adopta una prosa cada vez más simple, complaciente y tosca. Se observa una tendencia creciente en la industria editorial a privilegiar narrativas lineales, personajes unidimensionales, conflictos maniqueos y un lenguaje desprovisto de ambigüedad, ironía o densidad simbólica. La llamada «literatura fácil» o «de consumo», además de la mal llamada «infantil» —doctrina insultante—, no solo evitan la complejidad, sino que la estigmatizan como elitista, aburrida o innecesaria. Esta postura es síntoma inequívoco de la marcha de adolescentización industrial: la prolongación artificial de una etapa en que el sujeto adolece de personalidad definida y opera mediante identidades prestadas, rechazando el esfuerzo intelectual que exige la madurez racional. La literatura, como situación comunicativa dialéctica, requiere una sintaxis capaz de sostener la ambigüedad, la polifonía y la profundidad conceptual; cuando se reduce a un mero vehículo de emociones simples o de mensajes identitarios, abdica de su función crítica y se convierte en un producto más del entretenimiento industrializado.
El impacto de esta doble presión —desde las redes sociales y desde una producción cultural complaciente— sobre la capacidad intelectiva de la población es profundo y multidimensional. En primer lugar, se observa una merma en la facultad de formulación de ideas complejas. La sintaxis simplificada impide la articulación de razonamientos multicausales, la matización de argumentos y la construcción de sistemas de ideas coherentes. Como demostró Pinker (2014) en The Sense of Style, la claridad no equivale a simplismo; por el contrario, la exposición de ideas complejas exige un dominio sofisticado de la estructura lingüística para guiar al lector a través de laberintos conceptuales sin perder el hilo. La pérdida de este dominio conduce a lo que los psicólogos cognitivos denominan «pobreza lingüística», correlacionada con una reducción en la capacidad de pensamiento abstracto y resolución de problemas no inmediatos. En segundo lugar, se deteriora la comprensión de ideas complejas ajenas. La lectura de textos filosóficos, científicos o literarios densos requiere un entrenamiento en decodificación sintáctica y una memoria activa que retenga premisas, desarrollos y conclusiones, además de datos. La exposición constante a mensajes fragmentarios y a una prosa rudimentaria atrofia esta habilidad, generando lo que Wolf (2018) llama «analfabetismo de segundo orden»: la incapacidad para procesar discursos que exigen atención sostenida y esfuerzo hermenéutico. Finalmente, se resiente la capacidad mnemónica. La memoria no es un mero almacén, sino una función cognitiva que se ejercita mediante la organización conceptual, la repetición elaborativa y la integración de nuevos conocimientos en redes semánticas preexistentes. La sintaxis compleja y la narrativa rica son herramientas esenciales para este proceso; su ausencia conduce a una memoria fragmentada, dependiente de estímulos externos, incapaz de retener estructuras de conocimiento sistemáticas.
Esta tríada —deterioro en la formulación, comprensión y retención de lo complejo— tiene implicaciones institucionales graves. Una población incapacitada para operar con conceptos abstractos, para seguir argumentaciones extensas o para recordar marcos históricos y filosóficos deviene fácilmente manipulable por consignas simples, relatos identitarios y propaganda emocional. Se cumple así nuestra advertencia sobre la despersonalización masiva: el individuo, reducido a ser humano, algo abstracto y gregario, abdica de su autonomía racional y se somete a las fuerzas del mercado pletórico, que le ofrecen identidades prefabricadas y soluciones ilusorias a cambio de su lealtad consumista. La cultura de la complacencia y el rechazo a la complejidad, lejos de ser un fenómeno democratizador, constituye una forma de elitismo invertido: al glorificar la ignorancia y estigmatizar el rigor, se consolida una jerarquía donde los productores de contenidos simplificados —y los intereses económicos que los respaldan— ejercen un control férreo sobre las mentes de una ciudadanía intelectualmente desarmada.
La promoción de esta «cultura» responde a una lógica bien definida. Acorde a lo que sostiene Bueno en su Teoría del Cierre Categorial, hemos de reconocer que cada institución opera con los materiales que le son propios, y las instituciones del capitalismo digital operan con la atención humana como commodity. La simplificación sintáctica y conceptual es una estrategia funcional para la maximización del rendimiento económico: reduce costos de producción, acelera el consumo y minimiza el riesgo de que surjan interpretaciones críticas o contrahegemónicas. En este marco, la complejidad es enemiga del negocio, pues exige tiempo, esfuerzo y un público formado —un público que, por definición, será menos dócil, más crítico y menos propenso al consumo impulsivo. Lo advierte incluso alguien tan carente de originalidad como Han (2015) en La sociedad del cansancio: la sociedad contemporánea no reprime la complejidad mediante la prohibición, sino mediante la saturación de estímulos simples que agotan la atención y anulan la capacidad de profundidad. El resultado es una suerte de «infierno de lo igual», donde toda diferencia conceptual es aplanada en aras de una comunicabilidad inmediata y una experiencia consumista sin fricciones.
[De modo que, he aquí: el posicionamiento simplificado]
La creciente exigencia social de posicionarse de manera inmediata y categórica frente a conflictos geopolíticos complejos —sin mediación de estudios profundos, conocimiento histórico contrastado o verificación rigurosa de fuentes—, como es claro, no constituye un fenómeno espontáneo ni un mero reflejo de la aceleración informativa contemporánea. Se trata de un comportamiento que debe interpretarse como el resultado sintomático de un proceso de desinstitucionalización cognitiva impulsado por fuerzas de mercado y poderes transnacionales que buscan la gestión de una población despersonalizada, fácilmente manipulable mediante emociones tribales y relatos identitarios.
El actual sistema de redes de comunicación, dominado por plataformas digitales y medios masivos, promueve la simplificación sintáctica y cognitiva, la primacía de la emoción sobre la razón y la sustitución del conocimiento por la opinión performativa, fenómeno que se enmarca en una obsoleta división esquemática del mundo entre izquierdas y derechas y un crítico fundamentalismo democrático: ideologías que, bajo la bandera de la corrección política y el relativismo moral, niegan la posibilidad de criterios objetivos y deslegitiman cualquier intento de análisis institucional riguroso, tachándolo de elitista u opresivo.
Un estudio del Pew Research Center de 2023 señala que el 78% de los adultos en países occidentales consume noticias principalmente a través de redes sociales, donde el 65% de los contenidos sobre conflictos internacionales tiene una extensión menor a 300 palabras y se estructura en formatos binarios, reduciendo la capacidad de procesar matices históricos o geopolíticos. Según un informe de la Universidad de Oxford de 2024, solo el 22% de los usuarios que comparten contenido sobre conflictos como Ucrania, Gaza o Taiwán consulta más de una fuente, y menos del 15% verifica fechas, contextos históricos o la autoría original de los datos.
La industria de la información —controlada por oligopolios tecnológicos y grupos mediáticos transnacionales— obtiene beneficios económicos y políticos de una ciudadanía emocionalmente reactiva y cognitivamente empobrecida. La sobrecarga informativa fragmentada y la exigencia de posicionamiento inmediato cumplen un doble objetivo: neutralizar la capacidad crítica, al saturar al sujeto con estímulos emocionales y simplificaciones maniqueas que impiden la construcción de marcos interpretativos institucionales, y legitimar intervenciones interesadas, ya que los posicionamientos públicos masivos, manipulados mediante campañas de marketing viral, generan una presión social artificial que luego es utilizada por gobiernos y corporaciones para justificar políticas exteriores, sanciones económicas o intervenciones militares, bajo la coartada de la voluntad popular.
La esfera mediática occidental, particularmente la anglosajona, ejerce un dominio narrativo que opera mediante dos mecanismos fundamentales. El primero es estructural y se basa en la concentración de la propiedad. Instituciones financieras como BlackRock, que gestiona activos superiores a los diez billones de dólares, poseen participaciones mayoritarias en los principales conglomerados mediáticos globales, desde Warner Bros. Discovery y Disney hasta Televisa en México. Esta influencia no dicta líneas editoriales diarias, sino que establece marcos de gobernanza corporativa que priorizan agendas específicas, como los criterios ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza), moldeando sutilmente el tipo de noticias que son financieramente viables y los temas que reciben prominencia. El segundo mecanismo es operativo y se nutre de una arquitectura de vigilancia digital. Empresas como Palantir Technologies, surgida del ámbito de inteligencia estadounidense, han perfeccionado la capacidad de integrar datos dispares —financieros, de movilidad, de redes sociales y, cada vez más, biométricos— en modelos predictivos de comportamiento social. Esta datificación total convierte la privacidad prácticamente en una ficción y habilita formas de control preventivo que socavan principios jurídicos fundamentales, como la presunción de inocencia, al sustituir la prueba de un acto por la probabilidad algorítmica. Esta convergencia entre el capital financiero transnacional y la tecnología de vigilancia configura un complejo filantro-capitalista-medial que controla tanto los canales de distribución de la información como los datos íntimos de quienes la consumen.
En el contexto específico de Hispanoamérica, esta influencia se despliega como una versión modernizada de la Doctrina Monroe, cuyo objetivo estratégico es el control hegemónico integral de la región a través de la dependencia financiera y tecnológica. La narrativa dominante, difundida por medios asociados a este complejo, tiende a enmarcar la agitación sociopolítica regional bajo etiquetas despolitizantes como «enfrentamiento generacional» o «crisis de gobernabilidad», ocultando así las causas estructurales y facilitando la cooptación de movimientos sociales. Paralelamente, la región se ha convertido en un campo de prueba para tecnologías de vigilancia. Los acuerdos de cooperación en seguridad, particularmente bajo el paraguas de la lucha antinarcóticos, sirven como caballo de Troya para la implementación de plataformas de análisis de datos masivos y sistemas de reconocimiento facial. El resultado es paradójico: mientras la efectividad contra el crimen organizado es cuestionable, estas herramientas se emplean sistemáticamente para vigilar y reprimir a líderes sociales, periodistas y opositores políticos, externalizando el costo del desarrollo y refinamiento de estas tecnologías en territorios con supervisión civil débil.
Venezuela emerge como el caso paradigmático de esta intersección entre geopolítica de los recursos, vigilancia digital y guerra cognitiva…, hasta llegar, finalmente, a la intervención militar. Poseedor de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, su control es un objetivo geoestratégico primordial para el bloque anglosajón, que busca la desaparición funcional del estado venezolano como actor soberano y la reintegración de su petróleo en el circuito del dólar. Esta ofensiva se ejecuta en múltiples niveles: mediante sanciones financieras y bloqueos económicos; a través de una campaña mediática que construye consenso internacional para la intervención; y con el apoyo a operaciones de inteligencia. Frente a esta presión, el gobierno venezolano implementó mecanismos de control interno con apoyo tecnológico extrarregional, destacando el Carnet de la Patria. Este instrumento, desarrollado con asistencia tecnológica china, funcionaba como una base de datos integral que vincula el acceso a subsidios sociales y servicios con la lealtad política, constituyendo un sofisticado sistema de biopolítica digital.
Precisamente, la expansión china en la región, particularmente a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), introduce un actor antagónico en esta lucha por la influencia y explica buena parte de lo ocurrido recientemente.
El modelo chino combina inversión en infraestructura crítica —como el puerto de Chancay en Perú, estratégico para el comercio transpacífico— con la exportación de su arquitectura de seguridad. Empresas como Huawei y Hikvision proveen no solo conectividad 5G, sino también sistemas de «ciudades seguras» con capacidades de reconocimiento facial y monitorización masiva. China promueve, además, la armonización legal, alentando a los países socios a adoptar legislaciones antiterroristas amplias que pueden instrumentalizarse para criminalizar la protesta social contra sus propios proyectos extractivos o de infraestructura. De este modo, Iberoamérica se encuentra atrapada en una tenaza cognitiva y tecnológica: por un lado, el complejo filantro-capitalista-medial anglosajón, que domina las narrativas y los flujos financieros; por el otro, el pragmatismo autoritario chino, que ofrece inversiones y tecnología a cambio de datos, recursos y alineamiento geopolítico, erosionando la soberanía digital y los estándares de privacidad.
Entre quienes se juegan el destino del comercio mundial, había que hacer algo. EEUU lo hizo. Guste o no a quienes no tenían en su poder ninguna decisión de tal calibre. Y se trata de la primera de varias acciones en la región. Tanto por parte de ellos como de sus antagonistas. Aquí, el ciego lo es sólo con culpa.
Entretanto, una consecuencia de estas dinámicas convergentes es la profunda despersonalización de la población y la conversión de los estados nacionales en laboratorios de experimentación para nuevas formas de tecnototalitarismo. Los datos personales y genómicos de los ciudadanos se convierten en un commodity más dentro del neoextractivismo digital, mientras las élites locales, formadas en el idealismo pedagógico occidental o cooptadas por las oportunidades chinas, carecen cada vez más de las competencias intelectuales para gestionar esta complejidad y defender la soberanía institucional.
El caso venezolano no es una anomalía, sino el prototipo acelerado de un futuro posible para toda la región: un estado cuyo territorio y población son objeto de una disputa feroz entre potencias, donde la autonomía real se diluye y la capacidad de autodeterminación queda supeditada a la lógica de bloques en una guerra fría renovada, cuyo campo de batalla principal es la mente de los ciudadanos y cuyo botín son los últimos recursos estratégicos del planeta.
[En fin…]
La antropología institucional debería insistir en que la defensa de la sintaxis compleja, la literatura exigente y el pensamiento crítico no es ni un gesto nostálgico ni mucho menos de afanes elitistas, sino una condición necesaria para la supervivencia de la persona como institución racional. La educación, en particular, tendría que asumir la tarea de contrarrestar activamente esta tendencia, entrenando a los estudiantes en operaciones intelectivas que van a contracorriente de la simplificación ambiental: la lectura lenta y analítica, la escritura argumentada, la discusión dialéctica y la memoria ordenada…, lo contrario de lo que fomenta la industria editorial con sus plataformas virtuales, interactivas, «amistosas», por no decir directamente complacientes. Solo mediante la reconstrucción de estas prácticas institucionales será posible preservar una esfera pública donde la libertad —entendida como fuerza racional contra otras fuerzas— pueda ejercerse más allá de los límites del mercado y el consumo.
La alternativa no es otra que la disolución de la persona en el individuo masificado, la sustitución de la razón por la emoción y el reemplazo de la crítica por el entretenimiento complaciente: un mundo donde todos juegan a ignorarlo todo o a saberlo todo, pretendidos Quijotes, pero sin la lucidez final que redime, perdidos en un idealismo sin criterio, creyendo gigantes donde solo hay molinos de viento algorítmicos.
Referencias bibliográficas:
– Atlantic Council (2023). Report on Information Campaigns in the Ukraine War.
– Bueno, G. (1997). El mito de la izquierda. Ediciones B.
– Bueno, G. (1992). Teoría del cierre categorial. Pentalfa.
– Carr, N. (2010). The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains. W. W. Norton & Company.
– Han, B.-C. (2015). La sociedad del cansancio. Herder.
– Instituto Reuters (2024). Digital News Report 2024. Universidad de Oxford.
– Institut für Strategischen Dialog (2023). Desinformation in International Conflicts.
– Nature Human Behaviour (2022). Social media pressure and rapid opinion formation.
– Pérez Royo, J. (2023). La fábrica de la ignorancia. Taurus.
– Pew Research Center (2023). News Consumption Across Social Media in 2023.
– Pinker, S. (2014). The Sense of Style: The Thinking Person’s Guide to Writing in the 21st Century. Viking.
– Torres Muñiz, J. P. (2022). Homo Institutionalis. Fondo Editorial Caja Negra.
– Wolf, M. (2018). Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World. HarperCollins.
– YouGov (2023). Public Perception of NATO and Ukraine: A Survey.
Enlaces a esta misma página:
https://formacionsaro.com/el-individuo-tirano-origen-finalidad-y-cooptacion-del-juego-generacional/
https://formacionsaro.com/a-callar-sobre-vigilancia-digital-y-geopolitica-en-la-era-de-las-redes/
ENGLISH VERSION
As If It Were So Simple…: Participation in a Forum on the Simplification of Mass Language and Its Impact on the Formation of So-Called Public Opinion (Regarding Some Recent News)
Translation by Rebeca Sanz
What recently happened in Venezuela serves us very well as an example. We will talk about reading, interpreting, and discussing news… We will demonstrate something that, although we know, should be very obvious, is not, at least in open media.
We have dedicated separate space to the geopolitical approach to the situation in the neighboring country: from advertisements published in September of last year to forums, a very recent one—just the day before yesterday—in which, as other genuine specialists did with greater competence—we predicted the fall of Maduro in just a few days or, at most, a couple of weeks.
Now, with what has happened, everyone tries to position themselves. As if it were so simple. To make matters worse, they try to do so, sometimes from a certain morality, sometimes from some more or less universalist ethics, without distinguishing one from the other; appealing to International Law as if it were an institution that ruled over material reality in every sense and in any situation, or to undefined values like happiness…, besides, liberty, equality, fraternity in the French style; and as if, outside a particular state, it were possible to decide for another, especially when at stake is, if not its survival, at least its primacy in an order, once barely bipolar and today, clearly, with three axes, at the very least.
We reiterate: it’s not that simple. Nothing in this field is. Nor is it in Literature, for that matter…
Let’s see:
Maduro’s capture was agreed upon, yes.
Whoever says oil has nothing to do here openly declares their idiocy.
Whoever overlooks that the geopolitical chessboard reveals the shadows not only of the USA, but also those of China and Russia, confesses, at best, to being blind.
Those who cry out against the invasion, alas, with fists raised and accuse of being fascist or whatever-phobic anyone who considers the Venezuelan regime criminal and super corrupt, as well as absurd the identitarian relativism of all colors…, might perhaps read some science—but the real kind, you know—life is not a construct or a Foucaultian caress.
Those who say amen to the discourse of the so-called ‘Cartel de los Soles’ (which did not exist as a criminal organization, as the term emerged in the press years ago to refer to the shapeless and vast corruption network formed by a huge number of Venezuelan military personnel—yes, deeply involved in drug trafficking, even before Chávez and through him), and to the terrorist status of those whom the US designates as such (like the case of someone who went from playing soccer with human skulls to being praised by Trump), or who overlook that fentanyl trafficking into the US enters mainly via Canada (courtesy, ‘for a change,’ of the United Kingdom), wake up, don’t get high on that stuff!
Those who nod along to speeches in favor of supposed liberal democracy, with the bald eagle at the helm, better get themselves checked; they might be missing or have an extra pair of chromosomes.
Those who believe what the US did represents an isolated act and not a declaration of the expansion of operational fronts in the medium term, as well as a warning to other countries on the continent, would, in case they discovered their error, have ample reason to harshly renounce the perfidious education they received.
And those who think it prudent to share memes about what happened, for not knowing quite what to say, would do better to remain completely silent…
Well…, but how to read these and other news in general; how to interpret them? Is it possible to speak about them, to articulate our ideas about related crises in simple sentences, in a brief series of short affirmations that… shine in a reel, for example? Can everything else outside the tweet be taken for granted? And what would that be: «everything else,» and what not? How to know?
Is it reasonable to expect understanding in one go, express capture of a situation like this, whose problematization demands the articulation of ideas of considerable depth? To what extent must some of us recognize that it’s not such a complicated thing, but that it seems so to us due to the depth of our educational deficiencies?
Finally, how does this same inability to read, comprehend, interpret, and discuss relate to what happened in Venezuela and other recent geopolitical crises?
[So, to begin with…]
We posit that the so-called human condition is defined by our capacity to create and operate rationally through institutions—abstract constructions that materialize collective reason and enable the management of knowledge, criticism, and the expansion of freedom. The person, as a fundamental institution, is constituted through intellective operation, that is, through actions that manipulate conceptual materials to generate new knowledge and systems of ideas. These operations—observation, definition, conceptualization, analysis, argumentation, criticism, among others—require progressive mastery of language, understood as the rational technology par excellence, for it is through complex syntactic structures and precise vocabulary that relationships, connections, and dialectical systems capable of addressing reality in its multidimensionality are woven. Syntax, much more than a grammatical assembly, constitutes the logical scaffolding that allows for the articulation of higher-order thoughts: subordination, hypotaxis, structural irony, discursive polyphony, and extensive argumentation, which are cognitive tools that enable the formulation, retention, and transmission of complex ideas. When this scaffolding weakens or is systematically simplified, we are not facing a mere stylistic change, but an anthropological transformation: the atrophy of collective intellective operations and, with it, the risk of regression towards pre-institutional forms of thought, where the management of reality is reduced to immediate reactions, gregarious identities, and passive consumption.
The proliferation of social media platforms saturated with ultra-short messages, memes, and ephemeral audiovisual content constitutes an institutional phenomenon that demands much attention. They are by no means neutral platforms: they are nothing less than technocommercial institutions that operate under the logic of the plethoric market, whose objective is to maximize consumption engagement by exploiting primary emotional responses and minimizing cognitive friction. The predominant format—the meme, the tweet, the reel, the story—privileges immediacy, extreme simplification, absolute ellipsis, and appeal to tribal identities. Syntax, in this ecosystem, is reduced to its minimum expression: disconnected sentences, absence of subordination, predominance of imperatives and exclamations, abuse of emotional crutches, and replacement of precise vocabulary with emoticons or images, a linguistic economy that is by no means accidental; in fact, it responds to algorithms designed to capture attention in milliseconds and retain it through successive stimuli that prevent sustained concentration. As Carr (2010) points out in The Shallows, fast-consumption digital environments reconfigure neural circuits, weakening the capacity for deep reading, abstract reflection, and long-term memory. Simplified syntax is not, therefore, an innocuous communicative style, but the vehicle of an impoverished rationality, functional to a market that needs depersonalized consumers, incapable of articulating systematic criticism or conceiving complex institutional alternatives.
This phenomenon feeds back with so-called literary production that, in the name of commercial effectiveness, adopts an increasingly simple, complacent, and crude prose. A growing trend is observed in the publishing industry to privilege linear narratives, one-dimensional characters, Manichean conflicts, and language devoid of ambiguity, irony, or symbolic density. So-called «easy» or «consumer» literature, in addition to the misnamed «children’s» literature—an insulting doctrine—not only avoids complexity but stigmatizes it as elitist, boring, or unnecessary. This stance is an unequivocal symptom of the march of industrial adolescentization: the artificial prolongation of a stage in which the subject lacks a defined personality and operates through borrowed identities, rejecting the intellectual effort demanded by rational maturity. Literature, as a dialectical communicative situation, requires a syntax capable of sustaining ambiguity, polyphony, and conceptual depth; when reduced to a mere vehicle for simple emotions or identitarian messages, it abdicates its critical function and becomes just another product of industrialized entertainment.
The impact of this double pressure—from social media and from a complacent cultural production—on the intellective capacity of the population is profound and multidimensional. First, a decline is observed in the faculty of formulating complex ideas. Simplified syntax prevents the articulation of multi-causal reasoning, the nuancing of arguments, and the construction of coherent systems of ideas. As Pinker (2014) demonstrated in The Sense of Style, clarity does not equate to simplism; on the contrary, the exposition of complex ideas requires a sophisticated mastery of linguistic structure to guide the reader through conceptual labyrinths without losing the thread. The loss of this mastery leads to what cognitive psychologists call «linguistic poverty,» correlated with a reduction in the capacity for abstract thought and solving non-immediate problems. Second, the comprehension of others’ complex ideas deteriorates. Reading dense philosophical, scientific, or literary texts requires training in syntactic decoding and an active memory that retains premises, developments, and conclusions, as well as data. Constant exposure to fragmentary messages and rudimentary prose atrophies this ability, generating what Wolf (2018) calls «second-order illiteracy»: the inability to process discourses that require sustained attention and hermeneutic effort. Finally, mnemonic capacity suffers. Memory is not a mere storehouse but a cognitive function exercised through conceptual organization, elaborative repetition, and the integration of new knowledge into pre-existing semantic networks. Complex syntax and rich narrative are essential tools for this process; their absence leads to fragmented memory, dependent on external stimuli, incapable of retaining systematic knowledge structures.
This triad—deterioration in the formulation, comprehension, and retention of the complex—has serious institutional implications. A population incapacitated for operating with abstract concepts, for following extensive arguments, or for remembering historical and philosophical frameworks easily becomes manipulable by simple slogans, identitarian narratives, and emotional propaganda. Thus, our warning about mass depersonalization is fulfilled: the individual, reduced to human being, something abstract and gregarious, abdicates their rational autonomy and submits to the forces of the plethoric market, which offers them prefabricated identities and illusory solutions in exchange for their consumer loyalty. The culture of complacency and the rejection of complexity, far from being a democratizing phenomenon, constitutes a form of inverted elitism: by glorifying ignorance and stigmatizing rigor, a hierarchy is consolidated where the producers of simplified content—and the economic interests backing them—exert ironclad control over the minds of an intellectually disarmed citizenry.
The promotion of this «culture» responds to a well-defined logic. In accordance with what Bueno maintains in his Teoría del Cierre Categorial, we must recognize that each institution operates with its own materials, and the institutions of digital capitalism operate with human attention as a commodity. Syntactic and conceptual simplification is a functional strategy for maximizing economic performance: it reduces production costs, accelerates consumption, and minimizes the risk of critical or counter-hegemonic interpretations arising. In this framework, complexity is the enemy of business, for it requires time, effort, and a trained public—a public that, by definition, will be less docile, more critical, and less prone to impulsive consumption. Even someone as lacking in originality as Han (2015) warns in The Burnout Society: contemporary society does not repress complexity through prohibition, but through saturation with simple stimuli that exhaust attention and nullify the capacity for depth. The result is a sort of «hell of the same,» where every conceptual difference is flattened in favor of immediate communicability and frictionless consumerist experience.
[So, here it is: simplified positioning]
The growing social demand to position oneself immediately and categorically in the face of complex geopolitical conflicts—without the mediation of in-depth studies, contrasted historical knowledge, or rigorous source verification—clearly does not constitute a spontaneous phenomenon nor a mere reflection of contemporary informational acceleration. It is a behavior that must be interpreted as the symptomatic result of a process of cognitive deinstitutionalization driven by market forces and transnational powers that seek to manage a depersonalized population, easily manipulated through tribal emotions and identitarian narratives.
The current system of communication networks, dominated by digital platforms and mass media, promotes syntactic and cognitive simplification, the primacy of emotion over reason, and the substitution of knowledge with performative opinion, a phenomenon framed within an obsolete schematic division of the world between left and right and a critical democratic fundamentalism: ideologies that, under the banner of political correctness and moral relativism, deny the possibility of objective criteria and delegitimize any attempt at rigorous institutional analysis, branding it as elitist or oppressive.
A 2023 Pew Research Center study indicates that 78% of adults in Western countries consume news primarily through social media, where 65% of content on international conflicts is less than 300 words long and structured in binary formats, reducing the capacity to process historical or geopolitical nuances. According to a 2024 University of Oxford report, only 22% of users who share content about conflicts like Ukraine, Gaza, or Taiwan consult more than one source, and less than 15% verify dates, historical contexts, or the original authorship of data.
The information industry—controlled by technological oligopolies and transnational media groups—obtains economic and political benefits from an emotionally reactive and cognitively impoverished citizenry. The overload of fragmented information and the demand for immediate positioning serve a dual objective: to neutralize critical capacity, by saturating the subject with emotional stimuli and Manichean simplifications that prevent the construction of institutional interpretive frameworks, and to legitimize interested interventions, since mass public positioning, manipulated through viral marketing campaigns, generates artificial social pressure that is then used by governments and corporations to justify foreign policies, economic sanctions, or military interventions, under the pretext of popular will.
The Western media sphere, particularly the Anglo-Saxon one, exercises a narrative dominance that operates through two fundamental mechanisms. The first is structural and based on the concentration of ownership. Financial institutions like BlackRock, which manages assets exceeding ten trillion dollars, hold majority stakes in the main global media conglomerates, from Warner Bros. Discovery and Disney to Televisa in Mexico. This influence does not dictate daily editorial lines, but establishes corporate governance frameworks that prioritize specific agendas, such as ESG (Environmental, Social, and Governance) criteria, subtly shaping the type of news that are financially viable and the topics that receive prominence. The second mechanism is operative and feeds on a digital surveillance architecture. Companies like Palantir Technologies, emerging from the US intelligence sphere, have perfected the ability to integrate disparate data—financial, mobility, social media, and increasingly biometric—into predictive models of social behavior. This total datafication practically renders privacy a fiction and enables forms of preventive control that undermine fundamental legal principles, such as the presumption of innocence, by substituting proof of an act with algorithmic probability. This convergence between transnational financial capital and surveillance technology configures a philanthropic-capitalist-media complex that controls both the channels of information distribution and the intimate data of its consumers.
In the specific context of Latin America, this influence unfolds as a modernized version of the Monroe Doctrine, whose strategic objective is comprehensive hegemonic control of the region through financial and technological dependence. The dominant narrative, disseminated by media associated with this complex, tends to frame regional sociopolitical agitation under depoliticizing labels like «generational confrontation» or «governability crisis,» thus hiding structural causes and facilitating the co-optation of social movements. Simultaneously, the region has become a testing ground for surveillance technologies. Security cooperation agreements, particularly under the umbrella of the anti-narcotics fight, serve as a Trojan horse for the implementation of massive data analysis platforms and facial recognition systems. The result is paradoxical: while effectiveness against organized crime is questionable, these tools are systematically used to monitor and repress social leaders, journalists, and political opponents, externalizing the cost of the development and refinement of these technologies in territories with weak civilian oversight.
Venezuela emerges as the paradigmatic case of this intersection between resource geopolitics, digital surveillance, and cognitive warfare…, ultimately leading to military intervention. Possessing the world’s largest proven oil reserves, its control is a primary geostrategic objective for the Anglo-Saxon bloc, which seeks the functional disappearance of the Venezuelan state as a sovereign actor and the reintegration of its oil into the dollar circuit. This offensive is executed on multiple levels: through financial sanctions and economic blockades; through a media campaign that builds international consensus for intervention; and with support for intelligence operations. Faced with this pressure, the Venezuelan government implemented internal control mechanisms with extraregional technological support, notably the Carnet de la Patria. This instrument, developed with Chinese technological assistance, functioned as a comprehensive database linking access to social subsidies and services with political loyalty, constituting a sophisticated system of digital biopolitics.
Precisely, Chinese expansion in the region, particularly through the Belt and Road Initiative (BRI), introduces an antagonistic actor in this struggle for influence and explains much of what recently happened.
The Chinese model combines investment in critical infrastructure—such as the port of Chancay in Peru, strategic for transpacific trade—with the export of its security architecture. Companies like Huawei and Hikvision provide not only 5G connectivity but also «safe city» systems with facial recognition and mass monitoring capabilities. China also promotes legal harmonization, encouraging partner countries to adopt broad anti-terrorism legislation that can be instrumentalized to criminalize social protest against its own extractive or infrastructure projects. In this way, Ibero-America finds itself caught in a cognitive and technological vise: on one side, the Anglo-Saxon philanthropic-capitalist-media complex, which dominates narratives and financial flows; on the other, Chinese authoritarian pragmatism, which offers investments and technology in exchange for data, resources, and geopolitical alignment, eroding digital sovereignty and privacy standards.
Among those who play for the destiny of world trade, something had to be done. The US did it. Like it or not for those who held no decision of such magnitude. And it is the first of several actions in the region. Both by them and by their antagonists. Here, the blind are so only by their own fault.
Meanwhile, a consequence of these convergent dynamics is the profound depersonalization of the population and the conversion of nation-states into laboratories for experimentation with new forms of techno-totalitarianism. Personal and genomic data of citizens become just another commodity within digital neo-extractivism, while local elites, trained in Western pedagogical idealism or co-opted by Chinese opportunities, increasingly lack the intellectual competencies to manage this complexity and defend institutional sovereignty.
The Venezuelan case is not an anomaly, but the accelerated prototype of a possible future for the entire region: a state whose territory and population are the object of fierce dispute between powers, where real autonomy is diluted and the capacity for self-determination becomes subordinated to the logic of blocs in a renewed cold war, whose main battlefield is the minds of citizens and whose spoils are the planet’s last strategic resources.
[In conclusion…]
Institutional anthropology should insist that the defense of complex syntax, demanding literature, and critical thinking is neither a nostalgic gesture nor, much less, an elitist endeavor, but a necessary condition for the survival of the person as a rational institution. Education, in particular, should assume the task of actively countering this trend, training students in intellective operations that go against the current of environmental simplification: slow and analytical reading, argued writing, dialectical discussion, and ordered memory…, the opposite of what the publishing industry fosters with its virtual, interactive, «friendly» platforms, not to say directly complacent. Only through the reconstruction of these institutional practices will it be possible to preserve a public sphere where freedom—understood as rational force against other forces—can be exercised beyond the limits of the market and consumption.
The alternative is none other than the dissolution of the person into the massified individual, the substitution of reason by emotion, and the replacement of criticism by complacent entertainment: a world where everyone plays at knowing nothing or knowing everything, would-be Quixotes, but without the final lucidity that redeems, lost in a criterion-less idealism, believing in giants where there are only algorithmic windmills.
