A callar: Sobre vigilancia digital y geopolítica en la era de las redes
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Es bien sabido que no todo son ventajas; además, que todo servicio implica un costo, casi siempre mayor del que en principio se conoce. Cuando se trata de tecnología, el alcance de ambos supuestos excede lo que la mayor parte de la población podría suponer, no obstante, se ponga en posición de supuesta sospecha, acaso nada más que por no pasar de ingenuo. Lo cierto es que la infraestructura digital moderna, por diseño, facilita la recolección de datos. Esto no conlleva necesariamente una conspiración oculta; hablamos de una consecuencia de modelos de negocio y prioridades de seguridad nacional.
Para comprender mejor nuestra situación, tanto como usuarios, en general, de servicios de conexión, internet y redes sociales, debemos partir por saber que existe, en efecto, un enorme negocio que opera con la manipulación de datos. Soshana Zuboff lo llama capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff). ¿De qué se trata? El modelo económico dominante de las plataformas gratuitas (Google, Meta, X, etc.) se basa en la monetización de datos personales para publicidad hiperdirigida. Esto crea una arquitectura de vigilancia integral donde cada clic, like, tiempo de permanencia y ubicación es registrado.
Pero, por supuesto, no participan de esta actividad sólo empresas privadas. Los gobiernos, en lugar de construir sus propios aparatos masivos de vigilancia, pueden «subcontratarla» accediendo a estos vastos repositorios de datos de las empresas tecnológicas mediante órdenes judiciales, solicitudes administrativas o, en regímenes autoritarios, coerción directa.
Así, de pronto, nos vemos ante el asunto de la censura y sus nuevas formas de aplicación. Los bloqueos evidentes, de hecho, son escasos; en cambio, nos vemos muy a menudo con procesos de: a) supuesta desindexación (remoción de resultados de los motores de búsqueda); b) desoptimización algorítmica (reducción de la visibilidad de ciertos contenidos en feeds y recomendaciones); c) el famoso shadow banning (limitación del alcance de un usuario sin que este sea consciente); y d) ampliación de términos de servicio o ToS (uso ambiguo de políticas contra el «discurso de odio», «desinformación» o «conducta inauténtica coordinada» para eliminar contenido disidente legítimo.
[El Espejismo de la Privacidad: el caso europeo]
Europa se presenta a menudo como el bastión de la privacidad digital con reglamentos como el GDPR (Reglamento General de Protección de Datos). Sin embargo, la realidad es, por decir lo menos, más matizada.
El GDPR (2018) establece que los datos personales solo pueden recogerse bajo estricto consentimiento y para fines específicos. Otorga a los usuarios derechos de acceso, rectificación y olvido. En tal sentido, claro, tiene fortalezas, como que, teóricamente, da empodera al usuario y obliga a la transparencia corporativa; pero las debilidades son obvias: la complejidad de su cumplimiento consolida el poder de los gigantes tecnológicos (que tienen recursos para implementarlo) frente a pequeñas empresas, reduciendo la competencia. Además, el «interés legítimo» es una base legal lo suficientemente ambigua como para ser explotada.
Hay, por otra parte, más legislaciones específicas, en plena implementación, para el asunto. Digital Services Act (DSA) y Digital Markets Act (DMA) buscan directamente regular la moderación de contenido y las prácticas anticompetitivas. Por otro lado, DSA exige a las «plataformas muy grandes» (más de 45 millones de usuarios en la UE) evaluaciones de riesgo anuales sobre cómo sus sistemas algorítmicos pueden amplificar desinformación, contenidos ilegales o afectar derechos fundamentales. Por lo tanto, deben compartir estos datos con reguladores y permitir auditorías externas.
Si bien el objetivo parece loable, en la práctica, estos sistemas normativos institucionalizan la colaboración entre Big Tech y los gobiernos para definir qué constituye «desinformación» o «riesgo sistémico». Que las definiciones amplias se utilicen para silenciar voces políticas disidentes bajo un paraguas de «protección democrática» se hace prácticamente inevitable. La obligación de escanear proactivamente contenido (como se propuso en el «Chatcontrol») choca frontalmente con el cifrado punto a punto y el principio de privacidad.
Al respecto, el caso de Five Eyes es particularmente ilustrativo. Aunque Europa tiene leyes estrictas para sus ciudadanos, sus agencias de inteligencia participan en alianzas de vigilancia masiva. La alianza Five Eyes (EE.UU., UK, Canadá, Australia, Nueva Zelanda) intercambia datos de inteligencia, eludiendo frecuentemente las restricciones legales nacionales que prohíben espiar a sus propios ciudadanos (cada país espía a los de los otros y comparte la información). Programas revelados por Edward Snowden como PRISM demostraron cómo agencias como la NSA accedían directamente a los servidores de Google, Meta, Apple, etc. La UE, a través de miembros como Alemania y Francia, es un socio de intelligence cercano, lo que crea un circuito de vigilancia global fuera del alcance del GDPR.
[BlackRock, Soros y el sesgo algorítmico]
El control de información en medios de toda clase, por supuesto, es controlado por un grupo reducido de entidades. Entre ellas, BlackRock y Open Society destacan no sólo por la magnitud de su dominio, sino también por la eficacia del silenciamiento que imponen respecto de variedad de temas.
La dificultad para encontrar críticas específicas a su gestión y alcance apunta a un fenómeno real, pero su explicación es más compleja que una simple «prohibición». De hecho, opera a través de un conjunto bien establecido de mecanismos:
– Optimización para consenso y autoridad (algoritmo de Google): El algoritmo de Google PageRank está diseñado para priorizar sitios que son considerados «autoritativos», es decir, enlazados por muchos otros sitios de alta autoridad (medios mainstream, instituciones académicas, gobiernos). Las críticas radicales a entidades enormemente poderosas e integradas en el establishment como BlackRock (mayor gestor de activos del mundo) o George Soros (financista y filántropo) suelen originarse en sitios de nicho, alternativos o abiertamente conspirativos. Estos sitios tienen baja «autoridad» en el sentido algorítmico, por lo que queda relegados a las páginas 5+ de los resultados, un lugar que prácticamente no existe para el usuario promedio. No es una censura activa, sino una consecuencia estructural del diseño del sistema que refuerza el status quo.
– Gestión de riesgo reputacional y legal (Acción Corporativa): BlackRock y Open Society Foundations cuentan con equipos legales y de relaciones públicas enormes. Un artículo de un medio pequeño que contenga acusaciones falsas o difamatorias puede ser objeto de una orden de retirada (takedown) por violación de derechos de autor o difamación. Google recibe millones de estas solicitudes y, para evitar pleitos, a menudo prefiere retirar el contenido, un proceso a veces automatizado que puede llevar a eliminar material legítimo (el llamado «Efecto Frío» o Chilling Effect).
– Políticas de IA y contenido «peligroso»: Los modelos de lenguaje grande (LLM) como GPT-4 están entrenados con conjuntos de datos masivos y refinados mediante Aprendizaje por Refuerzo con Retroalimentación Humana (RLHF). Los «asistentes» basados en ellos están programados para evitar generar contenido que pueda ser percibido como: difamatorio, teoría conspirativa o peligroso.
De modo que no es precisamente que la IA «proteja» a Soros o BlackRock per se; sino que sigue un protocolo estricto para no repetir afirmaciones que no puede verificar y que podrían acarrear responsabilidad legal a sus desarrolladores…, en fin. El resultado práctico es una asimetría: es mucho más fácil que la IA genere contenido que elogie el papel de las ONG de Soros en la democracia o la estrategia de inversión ESG de BlackRock, porque ese es el discurso dominante y «seguro» en sus fuentes de entrenamiento principales (medios convencionales, informes corporativos).
En efecto, confluyen intereses económicos, geopolíticos, arquitectura técnica y marcos legales en la generación de un marco dentro del cual, el ciudadano usuario se encuentra, y resulta que su data es el commodity y su atención, el campo de batalla.
Pero, ¿qué hacen Open Society y BlackRock, que requiera tamaña intervención de medios? Admiten:
– Filantropía Dirigida (Open Society Foundations): Donaciones y grants a organizaciones de la sociedad civil, medios sin fines de lucro y proyectos periodísticos específicos con el objetivo declarado de promover valores de «sociedad abierta» (democracia liberal, derechos humanos y multiculturalidad).
– Inversión de Capital (BlackRock): Como el mayor gestor de activos del mundo (con más de $10 billones de dólares en AUM), su influencia es estructural y sistémica. Se trata de poseer participaciones significativas (a través de fondos indexados como iShares) en prácticamente todas las grandes corporaciones mediáticas cotizadas, lo que le otorga un poder de voto y una capacidad de presión en materia de gobierno corporativo (ESG: Environmental, Social, and Governance).
La influencia de Open Society Fundation (OSF) no es sobre líneas editoriales directas de medios comerciales, sino sobre la construcción de infraestructura y el financiamiento de un tipo específico de periodismo. De hecho, financia organizaciones que producen contenido alineado con sus valores, lo que incluye: Medios sin ánimo de lucro (por ejemplo, ProPublica en EE.UU), sitios de verificación de datos (organizaciones como Poynter Institute’s International Fact-Checking Network han recibido fondos suyos), redes de medios locales (en Europa del Este y África, OSF ha financiado numerosos medios independientes para contrarrestar la propaganda estatal) y formación de periodistas (financia becas, maestrías y programas de entrenamiento que promueven un marco ético y profesional particular).
Este financiamiento es legal y público. La pregunta de fondo es: ¿Crea esto una dependencia económica que, de manera sutil o no, orienta la agenda temática de estos medios (hacia temas de derechos humanos, justicia social, transparencia) en detrimento de otras perspectivas? Los receptores, claro, argumentan que el financiamiento no interviene en la independencia editorial. La gente con dos dedos de frente ve una «NGO-ización» del periodismo, donde se priorizan los temas que son «financiables» por grandes fundaciones internacionales.
La influencia de los index funds: BlackRock, Vanguard y State Street no va de elabora historias en específico, sino de tener participación narrativa en prácticamente todo lo que se dice. A través de fondos indexados como el iShares Core S&P 500 ETF (IVV), son los mayores accionistas de la mayoría de las empresas del S&P 500, incluyendo gigantes mediáticos.
BlackRock tiene participación mayoritaria en:
– Comcast Corporation: Matriz de NBCUniversal, Telemundo, Sky (como primer accionista).
– Warner Bros. Discovery: Propietaria de CNN, HBO, Warner Bros (como segundo mayor accionista).
– The Walt Disney Company: Propietaria de ABC, ESPN, estudios de cine (como mayor accionista).
– Paramount Global: Propietaria de CBS, Nickelodeon, Paramount Pictures (como mayor accionista).
BlackRock no gestiona estas empresas, pero vota sus acciones en juntas directivas. A través de su departamento de Investment Stewardship, ejerce influencia sobre la estrategia corporativa. De este modo, presiona en temas de sostenibilidad y criterios ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza). Esto puede traducirse en presiones para que las empresas mediáticas adopten políticas específicas de diversidad, cubran certain issues (cambio climático) de una manera particular.
[Alcance en Hispanoamérica]
OSF ha tenido una presencia significativa en la región durante décadas, financiando organizaciones de derechos humanos, anticorrupción y medios.
¿Casos documentados? Los de Chequeado, con sede en Argentina (uno de los fact-checkers más prominentes del mundo hispano, cortesía de Open Society Foundations), GK, de Ecuador (medio digital independiente que ha recibido financiamiento de OSF para coberturas específicas, como lo ha reportado en sus propios reportes de transparencia), Connectas, de Colombia (plataforma periodística que promueve historias colaborativas en Iberoamérica, ha listado a OSF entre sus financiadores), Ethos Laboratorio de Políticas Públicas, de México (think tank que realiza investigación e incidencia en políticas públicas, financiado por OSF), entre otros.
BlackRock tiene importantes participaciones en empresas iberoamericanas y españolas. Por ejemplo, en Telefónica, de España (uno de los mayores operadores de telecomunicaciones en Hispanoamérica); Grupo Televisa, de México (tras su fusión con Univisión); y Rede Globo, de Brasil.
En nuestro continente, el fenómeno más potente ocurre cuando las fuerzas de acción de entidades como BlackRock se alinean, creando lo que algunos analistas denominan un «complejo filantro-capitalista-medíatico». Éste opera a dos niveles:
– El de contenido (OSF): Financia y construye la infraestructura de un periodismo alineado con una visión liberal-progresista de la sociedad, priorizando temas de derechos humanos, transparencia y justicia social, principalmente a través de medios digitales y de verificación.
– El estructural (BlackRock): Como accionista omnipresente, ejerce una influencia sutil pero profunda sobre la gobernanza y la estrategia de los grandes conglomerados mediáticos, promoviendo una cultura corporativa alineada con los criterios ESG que, en la práctica, tiende a favorecer una uniformidad narrativa sobre temas clave.
En Hispanoamérica, este influjo de capital y agenda externa tiene un impacto profundo: moldea el tipo de periodismo que es financieramente viable, influye en las prioridades editoriales de los grandes grupos y, en última instancia, participa en la definición de lo que se considera información legítima versus «desinformación» o discurso peligroso. El resultado es un ecosistema informativo donde las perspectivas disidentes o abiertamente conservadoras luchan por encontrar financiación sostenible y alcance masivo, no porque estén expresamente prohibidas, sino porque el andamiaje económico y estructural del periodismo moderno está inclinado hacia una visión globalista y tecnocrática del mundo.
Actualmente, Hispanoamérica presenta un panorama heterogéneo, pero con tendencias alarmantes hacia una mayor vigilancia y la imposición de una censura contundente, a menudo utilizando herramientas y tácticas importadas. El marco legal débil hace del terreno, especialmente fértil. De hecho, la mayoría de países de la región carecen de leyes de protección de datos robustas (aunque esto está cambiando lentamente, siguiendo el modelo GDPR).
Un ejemplo de lo que pasa en estas circunstancias es el de Pegasus (NSO Group). Este software espía israelí, capaz de infectar teléfonos sin interacción del usuario y acceder a todo su contenido, ha sido usado contra periodistas, activistas y opositores políticos en México (escándalo contra el periodista Cecilio Pineda Birto y investigadores del caso Ayotzinapa), El Salvador (vigilancia a periodistas de El Faro), y se ha investigado su uso potencial en España (caso catalán). La investigación Pegasus Project, una colaboración periodística internacional liderada por Forbidden Stories y Amnesty International, documentó exhaustivamente estos casos.
Los gobiernos hispanoamericanos presionan cada vez más a las plataformas para que eliminen contenido bajo la amenaza de fuertes multas o bloqueos. Plataformas como Meta (Facebook, Instagram) y Google (YouTube) tienen equipos dedicados a interactuar con gobiernos y, en aras de mantener el acceso a mercados lucrativos, suelen cumplir, a veces aplicando sus ToS de manera inconsistente.
En Nicaragua, por ejemplo, el régimen de Ortega-Murillo utilizó leyes como la «Ley Especial de Ciberdelitos» para criminalizar la disidencia online y forzar a plataformas a eliminar cuentas de opositores y medios independientes. En Venezuela, entretanto, con CANTV, el estado puede ralentizar (throttling) o bloquear selectivamente plataformas como Twitter durante protestas, además de desplegar bots y troles para ahogar voces opositoras (Guerra de Cuarta Generación).
Por si fuera poco, surgen cada vez más propuestas de leyes de «ciberseguridad» y «desinformación», siguiendo la tendencia global. Bajo el pretexto de combatir noticias falsas o garantizar la seguridad nacional, se ha otorgado poderes excesivos de vigilancia y censura al estado. Un ejemplo claro es el de la «Ley Brasileira de Liberdade, Responsabilidade e Transparência na Internet» (apodada «PL das Fake News») aunque bienintencionada, ha sido criticada por su potencial de generar vigilancia masiva y sobrecargar a las plataformas, llevándolas a eliminar contenido de forma preventiva (censura por exceso de celo o «overblocking»).
[La coyuntura actual]
La coyuntura de crisis superpuestas crea condiciones únicas para que actores gubernamentales y corporativos justifiquen e implementen medidas de control sobre el ecosistema informativo. El panorama es, de hecho, bastante complejo.
El conflicto de Ucrania ha sido catalizador de medidas sin precedentes en Europa. La Ley de Servicios Digitales (DSA) de la UE aceleró su implementación para combatir la supuesta «desinformación rusa», lo que ha dado lugar a un precedente peligroso: la equiparación de la propaganda extranjera con la disidencia interna legítima. Cualquier voz crítica con la política de sanciones o la OTAN corre el riesgo de ser etiquetada como «alineada con el Kremlin» y, por tanto, suprimida algorítmicamente.
Previamente, la crisis sanitaria de la pandemia legitimó la creación de mecanismos de verificación institucionales y privados a una escala nunca vista. Plataformas como Facebook colaboraron abiertamente con agencias de salud (OMS) y verificadores para eliminar o desincentivar contenido que se desviara de la narrativa oficial, incluso cuando provenía de científicos disidentes con argumentos legítimos. Esto normalizó la idea de que una «verdad única» puede ser definida por una autoridad central e impuesta digitalmente.
Por otra parte, las élites políticas y económicas globales perciben una amenaza existencial en el auge de movimientos populistas de las llamadas izquierda y derecha que cuestionan el consenso neoliberal. El control de la información se ve como un mecanismo de defensa del establishment para marginalizar estas voces, no en el debate de ideas, sino mediante su catalogación como «desinformación», «discurso de odio» o «conducta inauténtica coordinada».
Un cambio fundamental que hace del control de medios algo bien distinto a lo de hace apenas unos cinco años es que las herramientas de que hacía uso han pasado de ser rudimentarias, a enormemente sofisticadas y escalables. Sistemas de aprendizaje automático pueden escanear millones de publicaciones en tiempo real para identificar «discurso problemático» basándose en patrones. El problema es la falta de contexto y los sesgos algorítmicos. Estos sistemas, entrenados con datasets de corporaciones tecnológicas occidentales, suelen tener un sesgo contra dialectos, jergas políticas específicas y, claro, perspectivas no liberales. Esto explica, por cierto, que quienes antes podían, moderándose, expresarse sin mayor problema en redes sociales, ahora no puedan hacerlo; y lo que ocurre no es que de pronto se hayan convertido en referentes, sino, simplemente, que la labor de búsqueda y control, al ser realizada de forma automática, es más radical y, además, se anticipa a situaciones de «riesgo potencial según sus políticas».
La financialización de la información, esta suerte de «arma financiera» marca un punto crucial. La exclusión del sistema bancario y de pagos se ha convertido en un arma de censura masiva. Ejemplos como la desconexión de cuentas de donantes a campañas políticas disidentes (como el caso de GAB o el de Julian Assange) o el bloqueo de pagos a medios alternativos (como ocurre con la prohibición de Patreon o PayPal a usuarios con ideas «inaceptables») demuestran que el control ya no es sólo sobre el contenido, sino sobre su capacidad de ser monetizado y sostenible económicamente. Quien controla las puertas de enlace de pagos, controla qué voces pueden profesionalizarse.
La web se ha centralizado en torno a unas pocas plataformas (Google, Meta, Apple, Amazon Web Services). Un medio de comunicación depende de ellos para su tráfico, suscriptores, publicidad y hosting. La desplataformización (eliminar un sitio de AWS, desindexarlo de Google, borrarlo de Apple News o de las tiendas de apps) es una sentencia de muerte digital instantánea. Esta concentración otorga a un puñado de empresas en Silicon Valley un poder de vida o muerte sobre el discurso global.
Para Hispanoamérica, esta coyuntura reviste una importancia existencial. La región se caracteriza por un marco legal débil, dependencia tecnológica e inestabilidad política. Al caso, como suele decirse: la tormenta perfecta…
Somos extremadamente vulnerables a que las normas y estándares de censura diseñados en Bruselas y Silicon Valley se importen e implementen de manera acrítica. Un algoritmo entrenado para detectar «discurso de odio» según los estándares culturales de California puede silenciar debates legítimos sobre política indígena o conflictos agrarios en Hispanoamérica.
El colonialismo digital se manifiesta en que las reglas del juego de la esfera pública hispanoamericana se escriben fuera de sus fronteras. La «lucha contra la desinformación» se convierte en un caballo de Troya para que élites globales, think tanks internacionales y grandes gestores de activos (vía presión ESG) influyan en qué se debate y qué no en la región.
[De modo que…]
La coyuntura actual es crítica porque representa la institucionalización a escala global de un régimen de vigilancia y control de la información sin precedentes en la historia de la humanidad. No se trata de un plan conspirativo simple, sino de la convergencia de intereses entre gobiernos que buscan estabilidad y control, corporaciones tecnológicas que buscan evitar la regulación y gestionar el riesgo reputacional y capital financiero global (vía BlackRock, Vanguard) que busca un entorno estable y predecible para sus inversiones.
El objetivo final, en el mejor de los casos, no sería necesariamente imponer una única verdad, sino reducir la volatilidad del discurso público, eliminando ideas radicales o disruptivas que desafíen el status quo geopolítico y económico. Pero insistimos, esto en el mejor de los casos. El mayor riesgo es la creación de una esfera pública domesticada, predecible y gestionada algorítmicamente, donde la disidencia es técnicamente posible pero estructuralmente invisible, irrelevante y financieramente inviable.
Referencias Bibliográficas
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- Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power. PublicAffairs.
ENGLISH VERSION
Silence, Please: On Digital Surveillance and Geopolitics in the Age of Networks
Translation by Rebeca Sanz
It is well known that not everything comes with advantages—and that every service carries a cost, almost always greater than initially assumed. When it comes to technology, the scope of both assumptions far exceeds what most of the population could imagine, even if one adopts a posture of supposed suspicion, perhaps merely to avoid appearing naive. The truth is that modern digital infrastructure is, by design, conducive to data collection. This does not necessarily imply a hidden conspiracy; rather, it reflects the consequences of prevailing business models and national security priorities.
To better understand our situation—as general users of connectivity services, the internet, and social media—we must begin by acknowledging that a vast industry indeed operates through the manipulation of data. Shoshana Zuboff calls this “surveillance capitalism.” What does this entail? The dominant economic model of “free” platforms (Google, Meta, X, etc.) is based on monetizing personal data for hyper-targeted advertising. This creates an architecture of total surveillance in which every click, like, dwell time, and location is recorded.
However, private corporations are not the only participants in this activity. Governments, rather than building their own massive surveillance apparatuses, can effectively “outsource” surveillance by accessing the vast data repositories held by tech companies—through judicial orders, administrative requests, or, in authoritarian regimes, direct coercion.
Thus, we abruptly confront the issue of censorship and its new forms of enforcement. Overt bans are, in fact, rare; instead, we frequently encounter processes such as: (a) alleged deindexing (removal of results from search engines); (b) algorithmic deoptimization (reducing the visibility of certain content in feeds and recommendations); (c) the infamous shadow banning (limiting a user’s reach without their awareness); and (d) expansion of Terms of Service (ToS), where vague policies against “hate speech,” “misinformation,” or “inauthentic coordinated behavior” are used to eliminate legitimate dissenting content.
[The Privacy Mirage: The European Case]
Europe often presents itself as the bastion of digital privacy through regulations such as the GDPR (General Data Protection Regulation). Yet the reality is, to put it mildly, far more nuanced.
The GDPR (2018) stipulates that personal data may only be collected with explicit consent and for specific purposes. It grants users rights of access, rectification, and erasure (“right to be forgotten”). In this sense, it certainly has strengths: theoretically, it empowers users and obliges corporate transparency. However, its weaknesses are evident: the complexity of compliance entrenches the power of tech giants (who possess the resources to implement it) over small businesses, thereby reducing competition. Moreover, the legal basis of “legitimate interest” is sufficiently ambiguous to be exploited.
Additionally, more specific legislation is currently being implemented. The Digital Services Act (DSA) and the Digital Markets Act (DMA) directly seek to regulate content moderation and anti-competitive practices. The DSA, for instance, requires “very large platforms” (those with over 45 million users in the EU) to conduct annual risk assessments regarding how their algorithmic systems might amplify misinformation, illegal content, or impact fundamental rights. Consequently, they must share this data with regulators and allow external audits.
Although the stated objective appears laudable, in practice these regulatory frameworks institutionalize collaboration between Big Tech and governments to define what constitutes “misinformation” or “systemic risk.” The broad and elastic definitions inevitably lend themselves to silencing legitimate political dissent under the guise of “democratic protection.” The obligation to proactively scan content (as proposed in the so-called “Chatcontrol” initiative) directly clashes with end-to-end encryption and the principle of privacy.
In this regard, the Five Eyes case is particularly illustrative. While Europe enacts strict laws for its citizens, its intelligence agencies participate in alliances for mass surveillance. The Five Eyes alliance (U.S., U.K., Canada, Australia, New Zealand) routinely exchanges intelligence data, frequently circumventing national legal restrictions that prohibit spying on one’s own citizens (each country spies on the others’ citizens and shares the intelligence). Programs revealed by Edward Snowden, such as PRISM, demonstrated how agencies like the NSA accessed the servers of Google, Meta, Apple, and others directly. The EU, through members like Germany and France, is a close intelligence partner, creating a global surveillance circuit that operates beyond the reach of the GDPR.
[BlackRock, Soros, and Algorithmic Bias]
Information control across all media is, of course, exercised by a small group of entities. Among them, BlackRock and the Open Society Foundations stand out not only for the scale of their dominance but also for the effectiveness of the silencing they impose on a wide range of topics.
The difficulty in finding specific critiques of their management and reach points to a real phenomenon, though its explanation is more complex than mere “prohibition.” In reality, it operates through a well-established set of mechanisms:
– Optimization for consensus and authority (Google’s algorithm): Google’s PageRank algorithm is designed to prioritize sites deemed “authoritative”—that is, those linked by many other high-authority sites (mainstream media, academic institutions, governments). Radical critiques of immensely powerful and deeply establishment-integrated entities like BlackRock (the world’s largest asset manager) or George Soros (financier and philanthropist) typically originate on niche, alternative, or openly conspiratorial sites. These sites possess low “authority” in the algorithmic sense and are thus relegated to page 5+ of search results—a realm that effectively does not exist for the average user. This is not active censorship but a structural consequence of system design that reinforces the status quo.
– Reputational and legal risk management (Corporate action): BlackRock and the Open Society Foundations maintain enormous legal and public relations teams. An article from a small outlet containing false or defamatory allegations can be subject to a takedown request for copyright violation or defamation. Google receives millions of such requests and, to avoid litigation, often prefers to remove the content—a process sometimes automated, which can result in the deletion of legitimate material (the so-called “Chilling Effect”).
– AI policies and “harmful” content: Large language models (LLMs) like GPT-4 are trained on massive datasets and refined via Reinforcement Learning from Human Feedback (RLHF). AI “assistants” built on them are programmed to avoid generating content that could be perceived as defamatory, conspiratorial, or dangerous.
Thus, it is not that AI “protects” Soros or BlackRock per se; rather, it follows a strict protocol to avoid repeating unverifiable claims that could incur legal liability for its developers. The practical result is an asymmetry: it is far easier for AI to generate content praising Soros’s NGOs for advancing democracy or highlighting BlackRock’s ESG investment strategy, as this aligns with the dominant and “safe” discourse in its primary training sources (mainstream media, corporate reports).
Indeed, economic interests, geopolitical agendas, technical architecture, and legal frameworks converge to create an environment in which the citizen-user finds that their data is the commodity and their attention the battlefield.
But what exactly do Open Society and BlackRock do to warrant such extensive media intervention? They openly acknowledge the following:
– Directed Philanthropy (Open Society Foundations): Grants and donations to civil society organizations, nonprofit media, and specific journalistic projects, with the stated goal of promoting “open society” values (liberal democracy, human rights, multiculturalism).
– Capital Investment (BlackRock): As the world’s largest asset manager (with over $10 trillion in assets under management), its influence is structural and systemic. It holds significant stakes—via index funds like iShares—in virtually all major publicly traded media corporations, granting it voting power and the ability to exert pressure on corporate governance (ESG: Environmental, Social, and Governance).
The influence of the Open Society Foundations (OSF) does not operate through direct editorial control of commercial media but through the construction of infrastructure and the funding of a specific type of journalism. Indeed, it finances organizations that produce content aligned with its values, including: nonprofit media (e.g., ProPublica in the U.S.), fact-checking outlets (organizations such as the Poynter Institute’s International Fact-Checking Network have received OSF funding), local media networks (in Eastern Europe and Africa, OSF has funded numerous independent outlets to counter state propaganda), and journalist training (it funds fellowships, master’s programs, and training initiatives that promote a particular ethical and professional framework).
This funding is legal and publicly disclosed. The deeper question is: does this create an economic dependency that—subtly or overtly—steers the thematic agenda of these outlets toward topics that are “fundable” by large international foundations (human rights, social justice, transparency) at the expense of other perspectives? Recipients naturally argue that funding does not interfere with editorial independence. Those with common sense, however, see an “NGO-ization” of journalism, where topics that attract foundation grants are prioritized.
The influence of index funds: BlackRock, Vanguard, and State Street do not craft specific narratives; rather, they exert narrative influence across virtually everything that is said. Through index funds like the iShares Core S&P 500 ETF (IVV), they are the largest shareholders in most S&P 500 companies, including media giants.
BlackRock holds major stakes in:
– Comcast Corporation: Parent of NBCUniversal, Telemundo, and Sky (as top shareholder).
– Warner Bros. Discovery: Owner of CNN, HBO, and Warner Bros. (as second-largest shareholder).
– The Walt Disney Company: Owner of ABC, ESPN, and major film studios (as top shareholder).
– Paramount Global: Owner of CBS, Nickelodeon, and Paramount Pictures (as top shareholder).
BlackRock does not manage these companies but votes its shares at board meetings. Through its Investment Stewardship department, it exerts influence over corporate strategy, particularly pressuring firms on sustainability and ESG criteria. This can translate into pressures on media companies to adopt specific diversity policies or to frame certain issues (e.g., climate change) in a particular way.
[Reach in Latin America]
The Open Society Foundations have maintained a significant presence in the region for decades, funding human rights, anti-corruption, and media organizations.
Documented cases include:
– Chequeado (Argentina): One of the most prominent fact-checkers in the Spanish-speaking world, funded by OSF.
– GK (Ecuador): An independent digital outlet that has received OSF funding for specific coverage, as reported in its own transparency disclosures.
– Connectas (Colombia): A collaborative journalism platform in Ibero-America that lists OSF among its funders.
– Ethos Laboratorio de Políticas Públicas (Mexico): A think tank conducting policy research and advocacy, financed by OSF.
BlackRock holds significant stakes in major Ibero-American and Spanish companies, including:
– Telefónica (Spain): One of the largest telecom operators in Latin America.
– Grupo Televisa (Mexico): Following its merger with Univisión.
– Rede Globo (Brazil).
In our region, the most potent phenomenon occurs when the forces of entities like BlackRock align, creating what some analysts term a “philanthro-capitalist-media complex.” This operates on two levels:
– Content level (OSF): Funds and builds the infrastructure for journalism aligned with a liberal-progressive vision of society, prioritizing human rights, transparency, and social justice—primarily through digital and fact-checking media.
– Structural level (BlackRock): As an omnipresent shareholder, it exerts subtle yet profound influence over the governance and strategy of major media conglomerates, promoting a corporate culture aligned with ESG criteria that, in practice, favors narrative uniformity on key issues.
In Latin America, this influx of external capital and agenda has a profound impact: it shapes the type of journalism that is financially viable, influences the editorial priorities of major media groups, and ultimately participates in defining what is considered legitimate information versus “misinformation” or dangerous speech. The result is an informational ecosystem in which dissenting or openly conservative perspectives struggle to secure sustainable funding and mass reach—not because they are explicitly banned, but because the economic and structural scaffolding of modern journalism is tilted toward a globalist, technocratic worldview.
Currently, Latin America presents a heterogeneous landscape, yet with alarming trends toward increased surveillance and the imposition of heavy-handed censorship, often employing imported tools and tactics. Weak legal frameworks make the region especially fertile ground. Indeed, most countries in the region lack robust data protection laws (though this is slowly changing, following the GDPR model).
A telling example is Pegasus (NSO Group). This Israeli spyware—capable of infecting phones without user interaction and accessing all their contents—has been used against journalists, activists, and political opponents in Mexico (targeting journalist Cecilio Pineda Birto and researchers in the Ayotzinapa case), El Salvador (surveillance of El Faro journalists), and its potential use has been investigated in Spain (in the Catalan case). The Pegasus Project, an international journalistic collaboration led by Forbidden Stories and Amnesty International, exhaustively documented these incidents.
Latin American governments are increasingly pressuring platforms to remove content under threat of heavy fines or outright blocking. Platforms like Meta (Facebook, Instagram) and Google (YouTube) maintain dedicated teams to engage with governments and, in order to retain access to lucrative markets, often comply—sometimes applying their ToS inconsistently.
In Nicaragua, for instance, the Ortega-Murillo regime used laws like the “Special Cybercrimes Law” to criminalize online dissent and force platforms to delete opposition accounts and independent media. In Venezuela, the state-owned ISP CANTV can selectively throttle or block platforms like Twitter during protests, while simultaneously deploying bots and trolls to drown out opposition voices (Fourth-Generation Warfare).
Moreover, proposals for “cybersecurity” and “anti-misinformation” laws are proliferating, following global trends. Under the pretext of combating fake news or ensuring national security, excessive surveillance and censorship powers are being granted to the state. A clear example is Brazil’s “Lei Brasileira de Liberdade, Responsabilidade e Transparência na Internet” (dubbed the “Fake News Bill”), which, despite good intentions, has been criticized for enabling mass surveillance and overburdening platforms, leading them to preemptively delete content (“overblocking”).
[The Current Conjuncture]
The overlapping crises of our moment create unique conditions for state and corporate actors to justify and implement controls over the informational ecosystem. The landscape is, in fact, highly complex.
The Ukraine conflict has acted as a catalyst for unprecedented measures in Europe. The EU’s Digital Services Act (DSA) accelerated its implementation to combat alleged “Russian misinformation,” setting a dangerous precedent: the conflation of foreign propaganda with legitimate internal dissent. Any voice critical of sanctions policy or NATO now risks being labeled “Kremlin-aligned” and algorithmically suppressed.
Earlier, the pandemic health crisis legitimized institutional and private verification mechanisms at an unprecedented scale. Platforms like Facebook openly collaborated with health agencies (WHO) and fact-checkers to remove or demote content that deviated from the official narrative—even when it came from dissenting scientists with legitimate arguments. This normalized the idea that a “single truth” can be defined by a central authority and digitally enforced.
Furthermore, global political and economic elites perceive an existential threat in the rise of populist movements—across both left and right—that challenge the neoliberal consensus. Information control is viewed as a defensive mechanism of the establishment to marginalize these voices—not through open debate, but by categorizing them as “misinformation,” “hate speech,” or “inauthentic coordinated behavior.”
A fundamental shift that distinguishes today’s media control from that of just five years ago is that the tools have evolved from rudimentary to highly sophisticated and scalable. Machine learning systems can now scan millions of posts in real time to identify “problematic speech” based on patterns. The problem lies in the lack of context and algorithmic bias. These systems, trained on datasets from Western tech corporations, often exhibit bias against regional dialects, specific political jargon, and, of course, non-liberal perspectives. This explains why individuals who previously could express themselves moderately on social media without major issues now find themselves silenced—not because they’ve suddenly become prominent, but because automated detection and suppression are more radical and preemptive, flagging “potential risk” according to internal policies.
The financialization of information —this “financial weapon”—marks a crucial turning point. Exclusion from banking and payment systems has become a tool of mass censorship. Examples include the disconnection of donor accounts for dissenting political campaigns (as with Gab or Julian Assange) or the blocking of payments to alternative media (such as Patreon or PayPal bans on users with “unacceptable” views). Control is no longer just over content, but over its capacity to be monetized and economically sustained. Whoever controls the payment gateways controls which voices can professionalize.
The web has centralized around a handful of platforms (Google, Meta, Apple, Amazon Web Services). A media outlet depends on them for traffic, subscribers, advertising, and hosting. Depplatforming —removing a site from AWS, deindexing it from Google, deleting it from Apple News or app stores— is an instant digital death sentence. This concentration grants a handful of Silicon Valley companies life-or-death power over global discourse.
For Latin America, this conjuncture is existential. The region is characterized by weak legal frameworks, technological dependency, and political instability—in other words, a perfect storm.
We are extremely vulnerable to the uncritical importation and implementation of censorship norms and standards designed in Brussels and Silicon Valley. An algorithm trained to detect “hate speech” according to Californian cultural norms may silence legitimate debates about indigenous politics or agrarian conflicts in Latin America.
Digital colonialism manifests itself in the fact that the rules of the public sphere in Latin America are written beyond its borders. The “fight against misinformation” becomes a Trojan horse through which global elites, international think tanks, and major asset managers (via ESG pressure) shape what is debated—and what is not—in the region.
[In Conclusion]
The current moment is critical because it represents the global institutionalization—on an unprecedented scale in human history—of a regime of surveillance and information control. This is not the result of a simple conspiracy, but rather the convergence of interests among governments seeking stability and control, tech corporations aiming to avoid regulation and manage reputational risk, and global financial capital (via BlackRock, Vanguard) that seeks a stable and predictable environment for its investments.
At best, the ultimate objective is not necessarily to impose a single truth, but to reduce the volatility of public discourse by eliminating radical or disruptive ideas that challenge the geopolitical and economic status quo. But again, this is at best. The greater risk lies in the creation of a domesticated, predictable, algorithmically managed public sphere—where dissent remains technically possible but is structurally invisible, irrelevant, and financially unviable.
