Suicidio sistémico: Sobre la crisis de competencias y la decadencia de Occidente
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Toda decisión, toda elección de rumbo, implica un costo material e institucional. El empuje del mercado turbo capitalista en Occidente, orientado hacia la maximización del consumo mediante la infantilización masiva y el abandono de la formación racional, también, desde luego. Aunque amplios sectores de la población intuyen sus consecuencias —la incompetencia operativa, la pauperización de servicios esenciales, la sustitución acelerada de mano de obra humana por sistemas automatizados—, las señales de alarma rara vez son tratadas con la seriedad debida en medios de comunicación, menos aún por entidades gubernamentales —cómplices por acción u omisión— y, desde luego, por las corporaciones privadas que son sus principales impulsoras. Se prefiere el relato complaciente, la emocionalidad identitaria, la ilusión de un progreso sin esfuerzo. Al degradar deliberadamente las capacidades intelectivas y operativas de la población, el sistema no solo compromete su futuro, sino que socava las bases mismas de su funcionamiento. La pregunta es inevitable: ¿en qué medida la elección deliberada de formar consumidores dóciles, en lugar de personas operativas y críticas, ha generado una crisis de competencias que amenaza con colapsar el propio sistema que la impulsó?
La paradoja central de nuestro tiempo, analizada desde la ontología materialista y la crítica de las instituciones que vertebra Homo Institutionalis, es que el mercado pletórico —en su impulso por generar una masa consumidora maleable, despersonalizada y emocional— ha terminado por corroer las bases de su propia supervivencia. Las élites dirigentes, tanto públicas como privadas, lejos de asegurar en sus herederos una formación basada en la destreza en la aplicación de operaciones intelectivas sólidas —ciencias exactas, humanidades críticas, arte racional, deporte como disciplina—, al menos para sí mismas, han optado por un modelo educativo idealista y complaciente para todo mundo, donde el elogio del ocio, la emocionalidad irreflexiva y la ausencia de exigencia operativa han sido normalizadas, también en casa. Este proceso, consecuencia lógica de un sistema que privilegia la identidad sobre la razón, el consumo inmediato sobre la construcción institucional, y la adolescentización masiva sobre la formación de personas autónomas, se precipita, lleva avanzado mucho terreno y corre, además, mucho más rápido que cualquier probable solución a corto o mediano plazo.
Según el informe Education at a Glance 2023 de la OCDE, solo el 18% de los graduados en administración y políticas públicas en países occidentales cursa estudios superiores en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas), frente a un 35% en 1990. Más grave aún es el abandono de las humanidades: un estudio de la National Endowment for the Humanities revela que las matrículas en filosofía, literatura crítica e historia del arte han caído un 40% en la última década en universidades anglosajonas.
Nada de casualidades. Sin conceptos sólidos ni capacidad de tematización y problematización, no hay gestión racional de la realidad. Las élites formadas en este caldo de cultivo idealista son incapaces de anticipar crisis sistémicas, de analizar contradicciones materiales o de operar con criterios que trasciendan la mera opinión o el relato identitario.
Pero el problema, como queda claro por el alcance de las nuevas políticas educativas en boga desde hace ya décadas, trasciende las cúpulas, adonde llega, de hecho, por último, pues al menos procuraron cierto cuidado de contaminarse, en un principio. El informe Skills Outlook 2024 del Banco Mundial alerta que el 45% de la población en edad laboral en economías desarrolladas carece de las competencias mínimas para desempeñar trabajos técnicos medios —desde operarios especializados hasta técnicos sanitarios— no por falta de formación reglada, sino por ausencia de habilidades cognitivas básicas: análisis comparativo, resolución de problemas no estructurados, interpretación de textos complejos. Esto ha generado una crisis operativa en servicios esenciales. En Francia, por ejemplo, el Ministerio de Salud reporta que el 30% de las plazas de enfermería y técnicos de emergencia se encuentran vacantes por falta de candidatos competentes; en Estados Unidos, la Federal Aviation Administration ha documentado un aumento del 22% en incidentes por error humano en control aéreo entre 2020 y 2024. El sistema, en su empeño por producir consumidores dóciles, ha descuidado la formación de operadores racionales verdaderamente autónomos y responsables.
La facilitación de los sistemas de evaluación escolar y universitaria, justificada bajo el pretexto de proteger la autoestima del estudiante, constituye una de las operaciones más corrosivas emprendidas por el idealismo pedagógico contemporáneo. Lejos de constituir una medida en favor de la supuesta equidad, ha resultado en un mecanismo de desarme cognitivo que, al eliminar el rigor, la exigencia y el contraste crítico, produce profesionales incapaces de operar con la realidad material. Se trata de la consecuencia directa de la colonización de las instituciones educativas por ideologías, es decir, sistemas de ideas cerrados, autojustificativos y refractarios a la crítica dialéctica, que se presentan como explicaciones totales de la realidad sin someterse a la validación material. Estas ideologías operan mediante constructos —abstracciones vacías, como «privilegio», «interseccionalidad» o «microagresión»— que no refieren a materiales corpóreos, psicológicos o racionales verificables, sino que funcionan como consignas que bloquean el análisis y sustituyen los conceptos por eslóganes. Dicho de otro modo, son abstracciones inaplicables a la realidad que pretenden explicar maniqueamente.
El resultado es la relativización sistemática del conocimiento. Las ciencias, en lugar de ser entendidas como construcciones racionales basadas en cierres categoriales —como propone Gustavo Bueno—, son reducidas a «narraciones» o «discursos de poder». La literatura, que debería ser estudiada como una situación comunicativa dialéctica donde se cuestionan instituciones y conceptos, es desmontada en favor de una lectura identitaria que solo busca en los textos confirmación de victimismos preestablecidos. Así, Crimen y castigo deja de ser una exploración de la culpa y la redención para convertirse en bodrios del tipo «análisis de la masculinidad tóxica»; la física cuántica es desvirtuada por analogías espíritualistas que confunden el principio de incertidumbre con el «poder de la intención». Esta carcoma epistemológica no solo degrada el conocimiento, sino que fabrica profesionales que, carentes de herramientas para el análisis contrastado, son incapaces de diagnosticar fallos estructurales, prever crisis o gestionar sistemas complejos. Un ingeniero que no domina la estática, un médico que desconfía de la evidencia biomédica, un jurista que confunde el derecho con la empatía, o ética con moral, son productos de la incompetencia institucionalizada. Al renunciar a la razón como instrumento de operación en la realidad, hemos creado una clase profesional que, en su autoestima blindada, es un peligro para la sociedad que dice servir.
Es esta incompetencia generalizada la que, en buena cuenta, ha acelerado y justifica la sustitución tecnológica. Como prevé el McKinsey Global Institute en su informe de enero de 2024, hasta el 40% de las tareas en logística, administración y servicios podrán ser automatizadas en los próximos cinco años, no porque la IA sea intrínsecamente superior, sino porque la mano de obra humana se ha vuelto estructuralmente incapaz de realizarlas con precisión. La paradoja es cuanto menos atronadora: el mismo sistema que fomentó la despersonalización ahora invierte en máquinas para reemplazar a los humanos que él mismo incapacitó. Pero esto conlleva una nueva contradicción, atroz: una masa creciente de desempleados estructuralmente incompetentes carecerá de capacidad adquisitiva para consumir lo que las industrias automatizadas producen. De modo que nos vemos ante el aparente suicidio del mercado pletórico: al degradar al consumidor, degrada al productor, y al degradar al productor, el ciclo económico colapsa.
Frente a este panorama, el contraste con Rusia y las economías asiáticas es aleccionador. En Rusia, el sistema educativo —heredero de la tradición soviética— mantiene un enfoque riguroso en ciencias exactas, literatura universal —con especial énfasis en Dostoievski, Tolstói y la crítica racionalista— y formación física. Según el informe TIMSS 2023, los estudiantes rusos superan consistentemente a sus pares occidentales en resolución de problemas abstractos y comprensión lectora crítica. Nada nuevo, pero sí raro, visto desde nuestras coordenadas, entre reels y tiktoks: sujetos capaces de operar con instituciones, de conceptualizar la realidad y de gestionar sistemas complejos. Algo similar ocurre en Corea del Sur, Japón y Singapur, donde el informe PISA 2022 refleja no solo competencias stem sobresalientes, sino también altos niveles en análisis literario y lo que, no sin controversia, denominan pensamiento crítico. Allí, la educación atiende objetivos bien distintos de la autorrealización emocional; es una herramienta para la construcción de personas operativas acorde a las necesidades del Estado.
La diferencia radica en la concepción de la persona. Mientras en Occidente el individuo ha sido reducido a la abstracción vacía del «ser humano», desvinculado de instituciones y responsabilidades, en estas sociedades aún se valora la noción de persona como sujeto racional, autónomo y vinculado a un entramado normativo y cultural: el Estado. Ello no implica idealizar estos modelos —muchos arrastran problemas de autoritarismo y rigidez—, pero sí revela que, sin un sustrato formativo sólido, ninguna institución puede sostenerse. Algo obvio, aunque, dadas nuestras circunstancias, no tanto.
Veamos ahora algunos otros datos:
– Según un informe de la OECD (2023), el 40% de los incidentes reportados en servicios de salud en la UE se atribuyen a «errores humanos evitables», relacionados con falta de competencias técnicas o de juicio clínico. En Reino Unido, el National Health Service reportó en 2022 que el 15% de las bajas laborales en personal sanitario se debían a «estrés por incompetencia percibida».
– En el sector energético, un estudio del MIT Energy Initiative (2024) revela que el 30% de las interrupciones de suministro en redes eléctricas inteligentes en Europa y EE.UU. se debe a errores en la operación de sistemas digitalizados, atribuibles a una formación insuficiente en matemáticas aplicadas y lógica de sistemas.
– En el ámbito judicial, el Council of Europe reportó en 2023 que el 25% de las apelaciones exitosas en casos penales en Francia y Alemania se basaron en errores procesales cometidos por funcionarios judiciales jóvenes, relacionados con una comprensión deficiente de la teoría del derecho y la argumentación jurídica.
Por si fuera poco, la Organización Internacional del Trabajo (2024) señala que los permisos por «ansiedad laboral» y «síndrome del trabajador inseguro» han aumentado un 60% en la última década en países occidentales. No se trata solo de entornos laborales que fácilmente se denominan «tóxicos», sino de una brecha creciente entre las exigencias del puesto y las competencias reales del trabajador. Un profesional que no domina su campo vive en un estado de incertidumbre permanente, que deriva en estrés crónico, desmotivación y, en última instancia, en abandono laboral. Esto explica en parte —sólo en parte, pero una importante— por qué, según el Eurostat, el 38% de los jóvenes europeos entre 25 y 35 años no espera alcanzar el mismo nivel de vida que sus padres, no por falta de oportunidades, sino por falta de herramientas operativas para gestionarlas.
Esta crisis se ve agravada por la proliferación en redes sociales de modelos de éxito basados en el «emprendimiento rápido» o el «influencing», que promueven la idea de que es posible generar riqueza sin competencias técnicas o intelectuales sólidas. Un estudio de la London School of Economics (2023) analizó 5,000 cuentas de TikTok e Instagram que promueven «métodos para hacerse rico sin estudios» y encontró que el 90% de ellas dirigían a los usuarios hacia esquemas piramidales, criptomonedas especulativas o cursos de dudosa valía. Algo nada sorprendente. Se alimenta la idea de que el conocimiento sistemático es prescindible, profundizando la desconexión entre formación y realidad material. El resultado es una generación que, habiendo internalizado que el esfuerzo intelectual es innecesario, se encuentra después incapacitada para operar en un mundo que, sin embargo, exige cada vez más especialización, criterio y capacidad de abstracción.
La concatenación es clara: la facilitación educativa produce profesionales incompetentes; la incompetencia genera estrés laboral y deserción; la deserción reduce la calidad de los servicios públicos; y la propaganda del enriquecimiento sin esfuerzo completa el círculo, convenciendo a muchos de que el problema no está en su falta de formación, sino en el sistema. Se trata de una crisis de operatividad: sin personas capaces de gestionar instituciones, las instituciones colapsan, y con ellas, el mundo que sostienen.
Veremos lo que viene…
Referencias bibliográficas:
Association of American Colleges and Universities. (2021). Humanities and the Workforce: A Survey of Graduates and Employers. AAC&U.
Banco Mundial. (2024). Skills Outlook 2024: Global Competence in the Age of Automation. World Bank Publications.
Council of Europe. (2023). Judicial Efficiency and Competence: A Pan-European Analysis. European Commission for the Efficiency of Justice.
Eurostat. (2023). Youth Expectations and Economic Reality in the European Union. Publications Office of the European Union.
German Engineering Association (VDMA). (2023). Annual Report on Technical Skills Shortage in German Industry. VDMA Verlag.
INSEAD. (2023). Global Talent Competitiveness Index 2023: Talent and Technology. Fontainebleau: INSEAD.
London School of Economics. (2023). Digital Influencers and Financial Misinformation: A Study of Social Media Content. LSE Research Online.
McKinsey Global Institute. (2024). The Future of Work: Automation, Competence, and the Global Labor Market. McKinsey & Company.
Ministerio de Salud de Francia. (2023). Crisis de Competencias en el Sector Sanitario: Datos y Perspectivas. Gobierno de Francia.
National Endowment for the Humanities. (2022). The Decline of Humanities in Western Higher Education: A Statistical Analysis. NEH.
National Health Service (NHS). (2022). NHS Workforce Report: Vacancies and Competence Gaps in Healthcare. NHS England.
OECD. (2023). Education at a Glance 2023: OECD Indicators. OECD Publishing.
OECD. (2023). Health at a Glance 2023: OECD Indicators. OECD Publishing.
OECD. (2023). Skills Outlook 2023: Lifelong Learning for Complex Societies. OECD Publishing.
Organización Internacional del Trabajo (OIT). (2024). Tendencias Globales del Empleo Juvenil y Salud Mental. OIT.
TIMSS & PIRLS International Study Center. (2023). Trends in International Mathematics and Science Study (TIMSS) 2023: International Results in Mathematics and Science. Boston College.
World Economic Forum. (2023). The Future of Jobs
ENGLISH VERSION
Systemic Suicide: On the Crisis of Competence and the Decline of the West
Translation by Rebeca Sanz
Every decision, every choice of direction, implies a material and institutional cost. The thrust of turbo-capitalist markets in the West, oriented towards maximizing consumption through mass infantilization and the abandonment of rational formation, is, of course, no exception. Although broad sectors of the population intuit its consequences—operational incompetence, the impoverishment of essential services, the accelerated replacement of human labor by automated systems—the warning signals are rarely treated with due seriousness in the media, let alone by governmental entities—complicit by action or omission—and, of course, by the private corporations that are its main drivers. The complacent narrative, identitarian emotionality, the illusion of effortless progress are preferred. By deliberately degrading the intellective and operational capacities of the population, the system not only compromises its future but undermines the very foundations of its functioning. The question is inevitable: to what extent has the deliberate choice to form docile consumers, instead of operative and critical persons, generated a crisis of competence that threatens to collapse the very system that drove it?
The central paradox of our time, analyzed from the perspective of materialist ontology and the critique of institutions that structures Homo Institutionalis, is that the plethoric market—in its drive to generate a malleable, depersonalized, and emotional mass of consumers—has ended up corroding the foundations of its own survival. The ruling elites, both public and private, far from ensuring for their heirs an education based on proficiency in the application of solid intellective operations—exact sciences, critical humanities, rational art, sport as discipline—at least for themselves, have opted for an idealist and complacent educational model for everyone, where the praise of leisure, unreflective emotionality, and the absence of operational demands have been normalized, even at home. This process, a logical consequence of a system that privileges identity over reason, immediate consumption over institutional construction, and mass adolescentization over the formation of autonomous persons, is accelerating, has advanced significantly, and is, moreover, running much faster than any probable short or medium-term solution.
According to the OECD’s Education at a Glance 2023 report, only 18% of graduates in administration and public policy in Western countries pursue higher education in science, technology, engineering, and mathematics, compared to 35% in 1990. Even more serious is the abandonment of the humanities: a study by the National Endowment for the Humanities reveals that enrollments in philosophy, critical literature, and art history have fallen by 40% in the last decade in Anglo-Saxon universities.
No coincidences here. Without solid concepts and the capacity for thematization and problematization, there is no rational management of reality. Elites formed in this idealist breeding ground are incapable of anticipating systemic crises, analyzing material contradictions, or operating with criteria that transcend mere opinion or identitarian narrative.
But the problem, as is clear from the scope of the new educational policies in vogue for decades, transcends the upper echelons, where it arrives, in fact, last, since they at least initially took some care not to become contaminated. The World Bank’s Skills Outlook 2024 warns that 45% of the working-age population in developed economies lacks the minimum competencies to perform medium-skilled technical jobs—from specialized operators to healthcare technicians—not due to a lack of formal training, but due to an absence of basic cognitive skills: comparative analysis, solving unstructured problems, interpreting complex texts. This has generated an operational crisis in essential services. In France, for example, the Ministry of Health reports that 30% of nursing and emergency technician positions are vacant due to a lack of competent candidates; in the United States, the Federal Aviation Administration has documented a 22% increase in incidents due to human error in air traffic control between 2020 and 2024. The system, in its endeavor to produce docile consumers, has neglected the formation of truly autonomous and responsible rational operators.
The simplification of school and university assessment systems, justified under the pretext of protecting student self-esteem, constitutes one of the most corrosive operations undertaken by contemporary pedagogical idealism. Far from being a measure in favor of supposed equity, it has resulted in a mechanism of cognitive disarmament that, by eliminating rigor, demand, and critical contrast, produces professionals incapable of operating with material reality. This is the direct consequence of the colonization of educational institutions by ideologies, that is, closed, self-justifying systems of ideas refractory to dialectical critique, which present themselves as total explanations of reality without submitting to material validation. These ideologies operate through constructs—empty abstractions, such as «privilege,» «intersectionality,» or «microaggression»—that do not refer to verifiable corporeal, psychological, or rational materials, but function as slogans that block analysis and replace concepts with catchphrases. In other words, they are abstractions inapplicable to the reality they purport to explain in a Manichean way.
The result is the systematic relativization of knowledge. The sciences, instead of being understood as rational constructions based on categorical closures—as proposed by Gustavo Bueno—are reduced to «narratives» or «discourses of power.» Literature, which should be studied as a dialectical communicative situation where institutions and concepts are questioned, is dismantled in favor of an identitarian reading that only seeks confirmation of pre-established victimhood in texts. Thus, Crime and Punishment ceases to be an exploration of guilt and redemption to become drivel of the «analysis of toxic masculinity» type; quantum physics is distorted by spiritualist analogies that confuse the uncertainty principle with the «power of intention.» This epistemological decay not only degrades knowledge but manufactures professionals who, lacking tools for contrasted analysis, are incapable of diagnosing structural failures, foreseeing crises, or managing complex systems. An engineer who does not master statics, a doctor who distrusts biomedical evidence, a jurist who confuses law with empathy, or ethics with morality, are products of institutionalized incompetence. By renouncing reason as an instrument for operating in reality, we have created a professional class that, in its armored self-esteem, is a danger to the society it claims to serve.
It is this generalized incompetence that, to a large extent, has accelerated and justifies technological substitution. As the McKinsey Global Institute forecasts in its January 2024 report, up to 40% of tasks in logistics, administration, and services could be automated in the next five years, not because AI is intrinsically superior, but because human labor has become structurally incapable of performing them with precision. The paradox is nothing short of deafening: the same system that fostered depersonalization now invests in machines to replace the humans it itself incapacitated. But this entails a new, atrocious contradiction: a growing mass of structurally incompetent unemployed will lack the purchasing power to consume what automated industries produce. Thus, we face the apparent suicide of the plethoric market: by degrading the consumer, it degrades the producer, and by degrading the producer, the economic cycle collapses.
Faced with this panorama, the contrast with Russia and Asian economies is instructive. In Russia, the educational system—heir to the Soviet tradition—maintains a rigorous focus on exact sciences, universal literature—with special emphasis on Dostoevsky, Tolstoy, and rationalist critique—and physical training. According to the TIMSS 2023 report, Russian students consistently outperform their Western peers in solving abstract problems and critical reading comprehension. Nothing new, but strange, seen from our coordinates, among reels and TikToks: subjects capable of operating with institutions, conceptualizing reality, and managing complex systems. Something similar occurs in South Korea, Japan, and Singapore, where the PISA 2022 report reflects not only outstanding STEM competencies but also high levels in literary analysis and what, not without controversy, they call critical thinking. There, education serves objectives quite different from emotional self-realization; it is a tool for building operative persons according to the needs of the State.
The difference lies in the conception of the person. While in the West the individual has been reduced to the empty abstraction of the «human being,» disconnected from institutions and responsibilities, in these societies the notion of the person as a rational, autonomous subject linked to a normative and cultural framework—the State—is still valued. This does not imply idealizing these models—many suffer from problems of authoritarianism and rigidity—but it does reveal that, without a solid formative substrate, no institution can be sustained. Something obvious, although, given our circumstances, not so much.
Let’s now look at some other data:
– According to an OECD report (2023), 40% of incidents reported in healthcare services in the EU are attributed to «avoidable human errors,» related to a lack of technical skills or clinical judgment. In the UK, the National Health Service reported in 2022 that 15% of sick leave among healthcare staff was due to «stress from perceived incompetence.»
– In the energy sector, a study by the MIT Energy Initiative (2024) reveals that 30% of supply interruptions in smart electrical grids in Europe and the US are due to errors in operating digitalized systems, attributable to insufficient training in applied mathematics and systems logic.
– In the judicial realm, the Council of Europe reported in 2023 that 25% of successful appeals in criminal cases in France and Germany were based on procedural errors committed by young judicial officials, related to a poor understanding of legal theory and legal argumentation.
As if that were not enough, the International Labour Organization (2024) indicates that leave for «work anxiety» and «insecure worker syndrome» has increased by 60% in the last decade in Western countries. This is not just about easily labeled «toxic» work environments, but a growing gap between job demands and the real competencies of the worker. A professional who does not master their field lives in a state of permanent uncertainty, leading to chronic stress, demotivation, and, ultimately, job abandonment. This partly explains—only partly, but an important part—why, according to Eurostat, 38% of young Europeans between 25 and 35 do not expect to achieve the same standard of living as their parents, not for lack of opportunities, but for lack of operational tools to manage them.
This crisis is aggravated by the proliferation on social media of success models based on «quick entrepreneurship» or «influencing,» which promote the idea that it is possible to generate wealth without solid technical or intellectual competencies. A study by the London School of Economics (2023) analyzed 5,000 TikTok and Instagram accounts promoting «methods to get rich without studies» and found that 90% of them directed users towards pyramid schemes, speculative cryptocurrencies, or courses of dubious worth. Not surprising at all. It feeds the idea that systematic knowledge is dispensable, deepening the disconnect between training and material reality. The result is a generation that, having internalized that intellectual effort is unnecessary, later finds itself incapacitated to operate in a world that, however, demands increasing specialization, judgment, and capacity for abstraction.
The concatenation is clear: educational simplification produces incompetent professionals; incompetence generates work stress and desertion; desertion reduces the quality of public services; and the propaganda of effortless enrichment completes the circle, convincing many that the problem is not their lack of training, but the system. It is a crisis of operability: without people capable of managing institutions, institutions collapse, and with them, the world they sustain.
We shall see what comes next…
