Vivaz y ágil, también de palabra, Linda, como siempre, marca el paso y nos conduce, ligeros, de un lado a otro de la estancia; esta se expande, luego se abre y toma finalmente forma también de camino: Ante nosotros, al andar, una historia compleja de influencias que fluye en más de un sentido a la vez: cada imagen, desde una ventana, a una rama, brilla como nueva vertiente, partes todas de un tejido más complejo. La vida como vocación.
Hacer crítica implica ofrecer el sistema de ideas que justifica el juicio propio a nueva crítica. ¿Qué espacio requiere esta forma de comunicación? ¿Qué tiempo, también? Hacer crítica implica necesariamente la exposición del sistema de ideas del que surge el juicio de valor que se enuncia, finalmente, respecto del objeto de crítica; por lo tanto, el asunto de la extensión de la crítica es sin duda importante, sobre todo en relación al que se le ofrece, digamos, en medios. Sea que se desarrolla en una situación comunicativa con personas en vivo, en un texto escrito, sonoro o audiovisual, la crítica requiere –permítaseme la figura–, merced de su profundidad, de mucho más espacio/tiempo que un simple comentario o una reseña; ninguno de estos requiere más que la exposición de una causa inmediata, apenas razonable y cuya validez se ofrece, en el mejor de los casos, como materia de discusión sólo al margen.
La escritura como oficio dista mucho del hábito, de la manía y de la práctica con otros fines, el catártico, por ejemplo, más allá de que últimamente se publique por igual de todo. Más allá, la literatura es arte y como tal dista de la mera realización de una vocación comunicadora, mucho más todavía de la simple expresión; en lugar de registrar hechos, de transmitir información o confirmar ideas, la obra literaria es elocuente en una visión del mundo que cuestiona al lector, en un contexto determinado, respecto de la que tiene del suyo propio.
La misma Joni Mitchell declaró, en su momento: Siempre he pensado en mí misma como una pintora desviada por las circunstancias…
A propósito, caben ciertas notas: ¿cuánto se desvió en realidad, de la realidad? ¿Es posible que la propuesta original de un artista de su talla, pueda extraviarse significativamente al paso de una a otra forma de expresión, siendo el caso que domina ambas –salvando, desde luego, las distancias entre una y otra– con probada solvencia?
¿En qué medida una misma forma de sensibilidad específica, principal, al caso, la visual, pervive nítidamente por una u otra vía?
Joni comentó también, en otra ocasión, que un admirador le dijo pintas imágenes en mi cabeza, lo que para ella significó un elogio especialmente significativo.
Ver no conlleva más misterio, no literalmente; es de por sí, sin embargo, maravilloso. Uno ve, en efecto, lo que tiene ante sí. Pero visualiza justamente lo que no es posible de ver «a simple vista»; de hecho, lo hace visible por medio de algún procedimiento o a través del empleo de algún dispositivo, inclusive la imaginación. Así, uno ve efectivamente por medio de la vista, mientras que uno visualiza en la medida en que fragua ante sí una representación. ¿Qué media en este caso sino el prisma de la propia visión, esta vez como concepto en su acepción más compleja?
Ideal en lugar de realidad. El cambio, drástico, impregna el pensamiento de la masa. Es común, ya, que la comunicación en redes sociales se dé precisamente en estos términos. Anda muy en boga el verbo visualizar, que significa imaginar, hacer imagen, generar rasgos para una realidad que no está efectivamente ante uno. Ver un ideal. Antes, en medios como YouTube, se hablaba aún de vistas, ya no, ahora son supuestas visualizaciones. Más que un mero error, se trata de un trocamiento intencional.
Es importante saber visualizar, toda planificación se lleva a cabo por medio de esta operación. Pero muchos han llegado por preferirla al punto de obviar la vista en cuanto observación objetiva que, por cierto, nos obliga a asumir cuanto de contrario al ideal tiene lo que vemos. Millones de personas desconfían, de hecho, de lo que efectivamente tienen ante sí, de la realidad material, trituradora de ideales. Así, hoy, abundan ciegos o visionarios, pero pocos ven de veras.
Sobran motivos válidos de reclamo al actual gobierno. Razones de fuerza que requieren planteamientos de solución razonables y luego, por supuesto, acción coherente, en suma, una gestión responsable. ¿Qué tanto de esta razonabilidad vemos entre la confusión que cunde? ¿Qué se dice dotado de sentido y se presta de veras al diálogo y a la discusión?
De entre los partícipes en las marchas por calles y mítines en plazas, habría que suponer que, además de los dirigentes de cada agrupación, al menos los estudiantes universitarios tendrían que poder explicar qué persiguen, admitiendo que el grueso las masas que claman arengas nada más expresan su insatisfacción y rechazo a tal o cual medida concreta o incluso a una política, en tanto son capaces de identificarla, no más. Pero resulta que los representantes de las organizaciones en marcha insisten en el mismo rechazo, redundan en su carácter indeterminado, y, es más, fomentan en sus declaraciones una confusión mayor: tienen claro a quién detestan, pero no más que por un supuesto sostenido en indefiniciones; es decir, detectan por ejemplo corrupción o malos manejos, pero si no es en su flagrancia, apenas desde un espectro ideológico confuso, sin criterios claros y apelando a una colección de términos a cual más dudoso, todos los cuales asumen ciertos para todo mundo, cuando en realidad son incapaces de explicar que significan ni, mucho menos, cómo han de ser interpretados en determinados contextos ni cómo es que cabría operar en una administración estatal en pro de uno u otro con un mínimo grado de certeza.
Cunde la confusión. Abundan testimonios en los más diversos medios de comunicación de una u otra tendencia, así como en los más pretendidamente objetivos, suficientes para afirmar que, en general, grandes masas siguen sin más, corrientes de opinión, toman partido asimilando expresiones de un discurso cuyos términos y definiciones les son imposibles de definir, y otras tantas, pasan además a la acción. En este último caso, los integrantes de las masas son en su amplia mayoría incapaces de responder por sí mismos, razonablemente, a por qué hacen lo que hacen; eso sí, apelan de inmediato a emociones, a pena, amargura y bronca, aunque apelando a palabras como indignación, justicia, castigo y demás, para dar paso, como ya fue dicho, a un despliegue de lugares comunes en el fondo incomprensibles para ellos mismos. Hay también mucha gente que simplemente se pregunta adónde vamos, con ese plural mayestático que, dadas las circunstancias, redunda señalando su grado de extravío.
Tanto con la fotografía analógica, como con la más moderna, cuyo tratamiento digital permite hablar de muchísimo más que capturas en principio, el enfrentamiento entre visiones, la del autor, de una parte, y la del espectador, por otra, habida cuenta la inmediatez y fidelidad que justifica el uso de la tecnología, implica un grado de violencia elevado y, por ello mismo, decisivo.
Desde luego, hay propuestas y propuestas. Tatiana Rivero nos enfrenta desde hace años a sus modelos en una suerte de juego de espejos en el que la soledad hace eco dentro y fuera de la obra.
Hablar de políticas educativas en nuestro medio implica, al parecer, asumir la tara de su mayor o menor fracaso como justificante de otros múltiples males, poco más. No es un secreto que según distintas evaluaciones internacionales, nuestro país anda en la cola, como tampoco lo es que, con frecuencia creciente, asistimos a bochornosos espectáculos por parte de nuestras autoridades, que ponen sobre la mesa la cuestión de si completaron o no aceptablemente la primaria escolar... ellos y buena parte de los votantes. Ciertamente, el impacto de una gestión educativa deficiente es difícil de calibrar en cada ámbito del estado, a ello responde el brochazo gordo de la calificación de desastre. Sin embargo, poco o nada se dice públicamente respecto de cómo es que las políticas educativas, por ser precisamente tales, debieran atender siempre los intereses de un estado, tanto en relación con otros como más allá de éstos y, con frecuencia, contra otros tantos.