Vectores de la escalada: Europa, Rusia y la arquitectura institucional de una guerra que no llega con declaración
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Hay momentos históricos en los que el problema de fondo no consiste en confirmar la existencia de un peligro, sino en precisar de qué clase de peligro se trata: qué parte de él es material y qué parte pertenece al dominio de la percepción, qué actores tienen capacidad efectiva para modificarlo y, sobre todo, qué mecanismos podrían transformar una acumulación de hechos —dispersos, aparentemente inconexos— en algo mayor, de implicaciones difíciles de acotar. Europa, en 2026, se sitúa exactamente en esa categoría. La cuestión decisiva no es si el continente y Rusia se encuentran ya en guerra total —no lo están, en el sentido convencional—, sino hasta qué punto el sistema europeo ha entrado en una dinámica de preparación para un conflicto de alta intensidad que, superados ciertos umbrales, podría convertir la guerra de Ucrania, la confrontación económica y la competencia tecnológica en un enfrentamiento directo entre Rusia y los Estados europeos miembros de la OTAN. La respuesta que se desprende de la evidencia disponible no es tranquilizadora: existe una transición inequívoca desde la gestión de una guerra localizada hacia una arquitectura europea de preparación para un conflicto interestatal de gran escala, acompañada de una expansión extraordinaria del gasto militar, la producción de armamento, la movilidad militar, la defensa antiaérea, los drones, la resiliencia de infraestructuras, la ciberseguridad, la preparación civil y la vigilancia de amenazas híbridas (European Commission, 2025a, 2025b; NATO, 2025, 2026; SIPRI, 2026a; IISS, 2026). Lo que el análisis que sigue se propone —y aquí conviene declarar de entrada el instrumento teórico que lo sostiene— es leer esa acumulación no como una simple crónica de rearme, sino como el registro de cómo un sistema de instituciones —militares, económicas, jurídicas, digitales— reconfigura, bajo presión, las condiciones material-físicas, operativas y abstracto-institucionales en que los pueblos europeos habitan su propia seguridad. ¿Qué le ocurre a una institucionalidad —en el sentido fuerte del término— cuando se prepara, durante años, para una guerra que todavía no ha declarado?
Una de las trampas intelectuales más frecuentes del momento consiste en convertir cada medida de preparación en prueba de una decisión previa de guerra. Pero el razonamiento inverso es igualmente defectuoso: suponer que, porque la preparación puede tener finalidad disuasoria, carece de toda relevancia ofensiva. Desde una perspectiva realista de las relaciones internacionales, ambos destinos deben considerarse simultáneamente. Un Estado rearma porque teme una guerra, pero el rearme modifica a su vez las percepciones del adversario; el adversario responde; esa respuesta confirma el temor inicial; y la secuencia produce el conocido dilema de seguridad. La paradoja es que medidas concebidas para disminuir la probabilidad de agresión pueden, bajo determinadas condiciones, aumentar la percepción de amenaza del otro actor y reducir el margen temporal disponible para la negociación. Cuando dos actores interpretan la propia seguridad del otro como inseguridad para sí mismos, la acumulación defensiva adquiere una dinámica ofensiva sin que ninguno haya comenzado necesariamente con intención de guerra total (Jervis, 1978; Mearsheimer, 2001).
La pregunta sobre la «inminencia» exige descomponerse en cuatro escalas temporales. En la primera, de días o pocas semanas, no hay evidencia pública suficiente para sostener que Europa y Rusia se encuentren ante una guerra total inevitable. En la segunda, de meses, el riesgo de incidentes militares, ataques híbridos, errores de cálculo, sabotajes, violaciones de espacio aéreo, ataques contra infraestructura crítica y episodios de coerción es sustancialmente mayor que antes de 2022. En la tercera, de un par de años, la probabilidad estructural de una confrontación directa depende de la evolución de la guerra de Ucrania, de la arquitectura de seguridad que de ella emerja, de la relación transatlántica, del ritmo del rearme europeo y de la capacidad rusa para regenerar fuerzas y producción. En la cuarta, de carácter propiamente sistémico, Europa ya entró en una economía estratégica distinta: energía, industria, materias primas, cadenas logísticas, datos, espacio, ciberseguridad y defensa se tratan crecientemente como dimensiones de seguridad nacional. Esta última transformación es, quizá, más importante que cualquier predicción puntual sobre el día en que pudiera comenzar una guerra.
La escala material del rearme es inequívoca. La Comisión Europea ha situado la iniciativa Readiness 2030 y el plan ReArm Europe alrededor de una movilización potencial de 800.000 millones de euros, mediante la combinación de mayor espacio fiscal nacional y el instrumento SAFE, de hasta 150.000 millones en préstamos para adquisiciones de defensa. Se pretende modificar la base industrial europea, acelerar permisos, facilitar compras conjuntas, reforzar la movilidad militar y desarrollar capacidades en drones, defensa aérea, espacio, ciberseguridad y fuegos de largo alcance (European Commission, 2025a, 2025b, 2025c). La hoja de ruta incluye, además, proyectos emblemáticos como Eastern Flank Watch, European Drone Defence Initiative, European Air Shield y European Space Shield. El mensaje estratégico es transparente: Europa ya no considera suficiente la capacidad militar heredada de la posguerra fría y busca recuperar masa, velocidad industrial y autonomía de sostenimiento (European Commission, 2025c).
La OTAN ha avanzado en la misma dirección. En la Cumbre de La Haya de 2025, los aliados asumieron el compromiso de alcanzar el 5 % del PIB anual en 2035, dividido entre un mínimo del 3,5 % para requisitos militares fundamentales y hasta un 1,5 % para infraestructura, resiliencia y otras actividades relacionadas con seguridad y defensa. En 2026, la propia Alianza informa que los aliados europeos y Canadá ya se sitúan alrededor del 4 % del PIB agregado cuando se consideran ambas categorías (NATO, 2025, 2026). La cifra representa un cambio de régimen en la relación entre economía y seguridad. SIPRI estima que el gasto militar europeo alcanzó aproximadamente 864.000 millones de dólares en 2025 —un incremento real del 14 %—, mientras Rusia destinó alrededor de 190.000 millones (7,5 % de su PIB) y China unos 336.000 millones (SIPRI, 2026a). IISS, por su parte, identifica 2025 como otro año de fuerte expansión del gasto europeo y señala que la experiencia ucraniana está transformando doctrinas, ciclos de producción y empleo de sistemas no tripulados (IISS, 2026).
El dato más importante no es, sin embargo, la comparación simple de presupuestos. Rusia opera con una economía de guerra mucho más concentrada y con un Estado capaz de dirigir recursos hacia objetivos militares con menos restricciones institucionales que la mayoría de los gobiernos europeos. Europa posee una base económica agregada muy superior, pero se encuentra fragmentada en múltiples presupuestos, doctrinas, industrias, sistemas de armas y cadenas de decisión. El problema europeo no es tanto la ausencia absoluta de recursos como la dificultad de convertir riqueza potencial en poder militar utilizable: la diferencia entre PIB y capacidad militar es, precisamente, la diferencia entre potencial y movilización. Una Europa con abundante riqueza, pero con insuficiente producción de munición, defensa aérea, inteligencia, mando y control, logística, transporte estratégico y reservas puede ser menos capaz de sostener una guerra larga de lo que sugieren sus agregados económicos. De ahí la obsesión contemporánea con la «masa»: no basta con tener plataformas sofisticadas; hay que poder reemplazarlas, repararlas, alimentarlas, conectarlas y producirlas durante años.
Rusia presenta el problema inverso. Su economía es mucho menor que la europea, pero la guerra ha convertido al complejo militar-industrial en uno de sus principales mecanismos de asignación económica. SIPRI calcula que el gasto militar ruso alcanzó en 2025 unos 16 billones de rublos, cerca del 7,5 % del PIB, aunque para 2026 se presupuestó inicialmente una reducción a 14,9 billones —6,3 % del PIB—, en parte por presiones macroeconómicas y por la necesidad de contener el sobrecalentamiento de la economía (Cooper, 2026). Esa reducción presupuestaria no debe interpretarse automáticamente como desmilitarización: una economía que ha acumulado capacidad industrial, experiencia operacional y mecanismos de movilización durante varios años puede conservar una inercia militar elevada incluso cuando el gasto deja de crecer a tasas extraordinarias. El límite ruso se encuentra en otra parte: demografía, dependencia de ciertos componentes y tecnologías externas, coste de la guerra, calidad desigual de algunas plataformas, desgaste humano y necesidad de sostener, simultáneamente, una base económica civil funcional.
En el plano estrictamente militar, la guerra de Ucrania ha destruido varias certezas heredadas: que las plataformas caras dominan necesariamente a las baratas; que el campo de batalla puede separarse limpiamente de la retaguardia; que la superioridad tecnológica compensa indefinidamente la falta de masa; que la defensa aérea puede proteger grandes superficies a bajo coste; y que la guerra electrónica y la ciberseguridad son disciplinas meramente auxiliares. IISS señala que Rusia ha perfeccionado, en el Báltico, un sistema de denegación de área que combina defensa aérea estratificada, fuegos de largo alcance, guerra electrónica, reconocimiento mediante UAV y sistemas de ataque distribuidos; y que, en Ucrania, la saturación mediante oleadas de drones de ataque y señuelos baratos ha puesto de manifiesto la asimetría económica entre el coste de un vector atacante y el coste de interceptarlo (IISS, 2026a, 2026b).
De aquí se sigue una conclusión decisiva para un eventual conflicto europeo: el arma determinante no sería un sistema aislado, sino la arquitectura de detección, decisión, producción y reposición que conecta satélites, radares, aviones, drones, sensores terrestres, inteligencia humana, redes digitales, centros de mando y municiones. La guerra se desplaza, en otras palabras, desde la plataforma hacia el sistema. Un misil de largo alcance importa, pero importa mucho más la cadena que identifica el objetivo, calcula su prioridad, transmite la información, autoriza el ataque, guía el vector, evalúa el resultado y repite el ciclo. El tiempo de esa cadena es, él mismo, una variable estratégica: si un actor puede cerrar su ciclo de observación-orientación-decisión-acción en minutos mientras el adversario tarda horas, la ventaja se vuelve insalvable.
El segundo gran cambio es la industrialización del dron. La experiencia ucraniana ha convertido a los sistemas no tripulados en una suerte de artillería barata, flexible y renovable. No reemplazan a aviones, misiles, artillería ni tropas, pero alteran considerablemente la economía del combate: una oleada de vehículos baratos puede obligar al defensor a emplear interceptores mucho más costosos; un dron de reconocimiento puede corregir el fuego de una batería de artillería; una munición merodeadora puede atacar un radar; una red de sensores puede convertir un espacio físico en un entorno de vigilancia casi permanente. IISS observa que los ataques masivos con UAV de un solo uso generan «masa de combate» a un coste relativamente bajo, obligando a Europa a reforzar capacidades SHORAD y VSHORAD que durante décadas habían perdido prioridad (IISS, 2026b).
El desarrollo de la empresa Anduril resulta particularmente ilustrativo, porque muestra la convergencia entre industria digital y complejo militar. Su plataforma Lattice integra sensores, efectores y sistemas de mando; su arquitectura Mesh pretende distribuir datos en redes descentralizadas incluso en entornos de ancho de banda limitado; y su proyecto Arsenal persigue el tránsito de la producción de armas como series limitadas a la producción hiperescala de sistemas autónomos mediante software, componentes comerciales y fábricas digitalizadas (Anduril Industries, 2026a, 2026b). Asistimos, así, a la emergencia de una categoría empresarial en la que software, inteligencia artificial, robótica, sensores y fabricación militar dejan de ser sectores separados. Reuters documentó, además, la asociación entre Anduril y Rheinmetall para producir drones militares destinados al mercado europeo, operación que revela la creciente integración transatlántica de estas capacidades (Reuters, 2025a).
La cuestión de la inteligencia artificial es todavía más profunda. La IA no necesita sustituir al comandante para transformar la guerra: basta con que reduzca el tiempo de procesamiento de información, integre datos heterogéneos, detecte patrones, priorice amenazas y permita que un mismo operador gestione un número mayor de sistemas. En ese contexto, los datos dejan de ser un subproducto administrativo y se convierten en materia prima militar. Los sistemas de combate modernos dependen de datos geoespaciales, imágenes satelitales, telemetría, señales electromagnéticas, registros logísticos, patrones de movilidad, comunicaciones y bases de datos —y la frontera entre información civil y militar se vuelve, por ello, mucho más porosa. La ubicación de una antena, un patrón de consumo eléctrico, el movimiento de vehículos, el tráfico marítimo, la actividad financiera o la distribución de mercancías pueden adquirir, de pronto, valor estratégico.
Aquí aparece uno de los elementos más importantes de la guerra híbrida contemporánea: el objetivo no es necesariamente destruir al adversario, sino degradar su capacidad de decidir. Un Estado puede conservar intactos sus tanques y, sin embargo, quedar parcialmente paralizado si sus redes logísticas, telecomunicaciones, sistemas financieros, puertos, energía o administraciones públicas pierden funcionalidad. ENISA registró 4.875 incidentes entre julio de 2024 y junio de 2025, y señaló que la administración pública, el transporte, la infraestructura digital y los servicios financieros se encontraban entre los sectores más atacados; los actores estatales o vinculados a Estados intensificaron operaciones de ciberespionaje y manipulación informativa, mientras el ransomware siguió siendo una de las amenazas de mayor impacto (ENISA, 2025).
La Unión Europea, por su parte, ha atribuido públicamente a actores vinculados con Rusia actividades de sabotaje, ciberataques, manipulación informativa, interferencia electoral y ataques contra infraestructuras críticas. El Consejo de la UE describe estas campañas como persistentes y multidominio, y ha creado instrumentos sancionatorios específicos para responder a ellas (Council of the European Union, 2025a, 2025b). Las atribuciones de operaciones encubiertas son, por naturaleza, difíciles de verificar externamente; y no puede ignorarse que Europa parece culpar a Rusia de cuanto sea posible a través de sus medios de comunicación, un día sí y al otro también. Sin embargo, la convergencia de informes gubernamentales, agencias de ciberseguridad y organismos de inteligencia vuelve imposible tratar la guerra híbrida como una ficción.
El Báltico es un laboratorio especialmente importante. La OTAN ha descrito el mar Báltico como zona crítica por la concentración de cables submarinos, rutas comerciales e infraestructura energética; y la creación de Baltic Sentry, junto con células de coordinación sobre infraestructura submarina, demuestra que el concepto de defensa colectiva se ha extendido hacia el lecho marino, la logística civil y las empresas privadas propietarias de infraestructuras (NATO, 2025b). La importancia estratégica de este cambio es enorme: un cable submarino no necesita ser destruido por un misil para convertirse en objetivo militar; puede ser manipulado, interferido o dañado en circunstancias ambiguas, creando un problema de atribución que dificulta determinar si se trata de accidente, delito, sabotaje o acto de guerra. Esa ambigüedad es, precisamente, la materia prima del conflicto por debajo del umbral.
La posibilidad de sabotaje adquiere aún mayor importancia si se considera la interdependencia energética europea. El gas ruso representaba alrededor del 40 % de la demanda europea en 2021; para 2025 había caído a aproximadamente 10 %, mientras la participación del GNL se acercaba al 45 % (IEA, 2026a). La UE ha acordado eliminar progresivamente las importaciones rusas de gas hasta 2027. Desde una lectura económica, esto constituye una diversificación; desde una lectura estratégica, significa que el sistema energético europeo ha cambiado de una dependencia concentrada en un proveedor terrestre a una mayor exposición a los mercados globales de GNL, el transporte marítimo, la infraestructura portuaria y la disponibilidad de productores alternativos. La dependencia no desaparece: cambia de forma. Y cada nueva forma de dependencia genera nuevas vulnerabilidades.
Esta es una de las razones por las que las causas geoeconómicas deben ocupar un lugar central en cualquier análisis serio de la crisis. La guerra no se explica solamente por territorios, fronteras o doctrinas militares: se explica también por energía, corredores logísticos, materias primas, mercados, tecnologías críticas y capacidad de financiar la producción militar. La separación entre geopolítica y geoeconomía es artificial. Un oleoducto es una infraestructura económica, pero también estratégica; un puerto es comercial, pero puede ser logístico-militar; un cable de fibra óptica es civil, pero sostiene operaciones militares; un semiconductor es un producto industrial, pero su disponibilidad condiciona misiles, radares, drones y sistemas de inteligencia. La guerra contemporánea convierte las cadenas de suministro en mapas estratégicos.
La ruptura energética entre Rusia y Europa ha tenido, además, efectos asimétricos. Europa ha logrado reducir drásticamente su dependencia del gas ruso, pero a costa de una transformación profunda de sus mercados energéticos: la Agencia Internacional de la Energía documentó que los precios del gas, la reducción de la demanda industrial y la necesidad de importar GNL alteraron la estructura económica europea durante la crisis de 2022-2023 y sus secuelas (IEA, 2025). No cabe afirmar mecánicamente que las sanciones «desindustrializaron Europa» —esa formulación atribuiría a una sola causa un fenómeno multicausal, pues la competitividad europea también está condicionada por precios eléctricos, regulación, productividad, demografía, inversión, fiscalidad, competencia global y transición tecnológica—; pero sí puede sostenerse que la ruptura con la energía rusa eliminó una fuente históricamente barata y geográficamente cercana, obligando a sustituirla mediante una combinación de ahorro, renovables, GNL, gas noruego, interconexiones y otras fuentes, con efectos distributivos e industriales significativos (IEA, 2026a; OECD, 2025).
La reorientación económica europea tiene un segundo componente, crucial: la industria de defensa se convierte en política industrial. Durante décadas, Europa redujo reservas, fragmentó adquisiciones y mantuvo una base industrial de defensa relativamente pequeña en relación con la magnitud de su economía; la guerra ha invertido el proceso, y la Comisión pretende que la demanda militar impulse producción, empleo, innovación, cadenas de suministro y capacidad tecnológica. El FMI ha estudiado las consecuencias macroeconómicas de este giro y concluye que el aumento del gasto en defensa puede generar estímulo de corto plazo y efectos de arrastre, aunque también plantea costes fiscales, presión sobre recursos, tipos de interés y necesidad de priorizar inversiones productivas (Furceri et al., 2026). La OCDE llega a una conclusión semejante: el rearme puede fortalecer la capacidad productiva si se acompaña de reformas, competencia y compras eficientes, pero puede agravar las tensiones fiscales si se financia persistentemente mediante deuda sin ampliar la capacidad productiva (Conigrave & Shin, 2026).
Lo que queda claro es que la guerra produce una nueva coalición de intereses materiales. Gobiernos, ejércitos, fabricantes, empresas tecnológicas, proveedores de energía, bancos, fondos de inversión y regiones industriales encuentran ahora un incentivo económico en la expansión de la seguridad. Las guerras tienen causas políticas y estratégicas que preceden a cualquier contrato, pero sería igualmente ingenuo negar que, una vez creada una arquitectura de seguridad, aparecen actores con interés propio en su mantenimiento y expansión. La economía política de la seguridad importa porque modifica los costes de salida de una confrontación.
La identidad digital debe analizarse dentro de este contexto con especial cuidado, porque es aquí donde la dimensión institucional del problema se vuelve más visible. La Unión Europea ha establecido el European Digital Identity Wallet, que deberá estar disponible para ciudadanos, residentes y empresas en todos los Estados miembros al final de 2026; la cartera permitirá identificarse en servicios públicos y privados, almacenar credenciales, firmar documentos y compartir información seleccionada (European Commission, 2026a, 2026b). Esto es un hecho. También lo es que una identidad digital interoperable incrementa la capacidad de integrar servicios administrativos, financieros, sanitarios, educativos y comerciales —con la consecuente facilidad, en principio, para imponer un régimen general de racionamiento de suministros, o para condicionar el acceso a bienes esenciales a una puntuación social—. La cuestión no puede reducirse a la técnica: es, en sentido estricto, una cuestión institucional, porque lo que está en juego es la forma —abierta o cerrada— que adopte la mediación entre el individuo y el conjunto de servicios de los que depende su vida cotidiana.
Una infraestructura de identidad puede usarse para simplificar trámites, reducir el fraude, verificar atributos, facilitar la movilidad o integrar servicios. Exactamente la misma infraestructura puede, bajo otro marco legal y político, ampliar la capacidad de vigilancia o hacer posible una gestión centralizada de derechos de acceso. El riesgo relevante, por tanto, no es la identidad digital en sí misma, sino la concentración de funciones, la interoperabilidad obligatoria, la trazabilidad de las transacciones, la ausencia de alternativas analógicas, el acceso estatal o corporativo a los datos, la retención de información y la posibilidad de usar una credencial para condicionar múltiples dimensiones de la vida social. El problema estratégico es la función de «llave maestra»: cuantos más ámbitos dependan de una misma infraestructura de identificación, mayor será el impacto sistémico de su captura, su abuso, su fallo técnico o su utilización coercitiva. Dicho en los términos que empleo para pensar las instituciones: cuando una sola institución —la credencial digital— pasa a mediar la totalidad de los intercambios entre el individuo y las demás instituciones de las que depende, deja de ser una institución entre otras y se convierte en la condición de posibilidad de todas las demás; ahí, exactamente, reside el peligro.
La guerra aumenta este riesgo por una razón muy concreta: las sociedades sometidas a amenazas tienden a aceptar más coordinación centralizada. Es pura lógica: si una población teme sabotajes, terrorismo, fraude, epidemias, ciberataques o interrupciones de suministros, la demanda de seguridad crece; la seguridad, a su vez, requiere información; la información requiere identificación; la identificación facilita la correlación de datos; y la correlación de datos permite la vigilancia. Cada eslabón de esa cadena es, en sí mismo, razonable; es la cadena completa la que produce un resultado que ninguno de sus eslabones, aislado, habría autorizado.
La Estrategia de Preparación de la Unión, presentada en 2025, propone sistemas de alerta temprana, campañas de concienciación, ejercicios, reservas, cooperación público-privada, cooperación civil-militar y una recomendación de autosuficiencia doméstica mínima de 72 horas (European Commission, 2025d). Desde una perspectiva de defensa civil, esto es razonable: una infraestructura crítica puede fallar por guerra, ciberataque, desastre natural, pandemia, accidente industrial o corte energético. La preparación demuestra que los gobiernos europeos institucionalizan la hipótesis de crisis sistémicas de duración suficiente para afectar simultáneamente energía, transporte, comunicaciones, sanidad y abastecimiento.
Aquí aparece la cuestión de los simulacros y las alarmas. Un ejercicio militar puede cumplir tres funciones a la vez: entrenar fuerzas, comunicar capacidad al adversario y preparar a la población propia. El problema es que cada actor puede interpretarlo de manera distinta: un Estado puede considerar que realiza una maniobra defensiva; el adversario, verla como ensayo de una operación ofensiva. La historia de la Guerra Fría ofrece numerosos ejemplos de cómo los ejercicios aumentaron, temporalmente, el temor a un ataque real; y ese peligro se ha incrementado hoy por la velocidad de las comunicaciones, la omnipresencia de las redes sociales y la facilidad para convertir imágenes de movimientos militares en narrativas de movilización inminente.
La «manipulación de la población» debe analizarse, también, como variable estratégica —aunque no reducida a una sola dirección—. Rusia desarrolla operaciones de influencia; los Estados europeos desarrollan estrategias de comunicación estratégica y lucha contra la manipulación extranjera; actores privados producen contenidos; las redes sociales amplifican mensajes; y los usuarios comunes reinterpretan los acontecimientos. ENISA ha identificado la manipulación de información como dimensión creciente del entorno de amenazas europeo, mientras la UE ha establecido instrumentos específicos para enfrentar la FIMI —foreign information manipulation and interference— (ENISA, 2025; Council of the European Union, 2025a). El fenómeno es real, pero la frontera entre protección informativa y control del discurso político es normativamente delicada. Desde un punto de vista estratégico, una población que deja de confiar en todas sus instituciones es tan vulnerable a la propaganda extranjera como a la doméstica. El equilibrio informativo no consiste en creer al gobierno, sino en disponer de suficientes fuentes independientes, competencia mediática, transparencia institucional y mecanismos de verificación para detectar falsedades sin convertir toda discrepancia en amenaza —algo de lo que Europa carece, ciertamente, de manera grave.
El escenario de guerra híbrida más plausible en Europa sería una secuencia de acciones por debajo del umbral: ciberataques, sabotaje selectivo, interferencias electromagnéticas, presión migratoria, operaciones de influencia, espionaje industrial, manipulación de mercados, perturbación de cables, ataques contra infraestructura energética, drones sobre instalaciones sensibles, campañas de desinformación y acciones encubiertas contra nodos logísticos. El objetivo sería generar costes y desorganización sin cruzar claramente el umbral que obligaría a una respuesta militar colectiva —lógica atractiva para cualquier actor que quiera modificar el comportamiento del adversario evitando, al menos inicialmente, la guerra abierta.
Pero la guerra híbrida tiene un problema: la escalada por atribución. Si un cable es cortado, una red eléctrica cae y un aeropuerto queda paralizado, la pregunta decisiva es quién lo hizo. Si la atribución se considera suficientemente fiable y el daño se interpreta como deliberado, la presión para responder aumenta; y si la respuesta consiste, a su vez, en una operación encubierta, el ciclo puede continuar sin que exista una declaración de guerra. El resultado es una especie de guerra innombrada. Esto es especialmente peligroso en la relación OTAN-Rusia, porque el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte no se limita, conceptualmente, a los ataques con tanques: la cuestión política y jurídica es determinar cuándo una acción híbrida constituye un «armed attack» suficiente para activar la obligación de asistencia colectiva. Esa ambigüedad es una de las zonas de mayor riesgo estratégico.
El segundo gran vector de escalada sería el empleo de armas de largo alcance. Rusia dispone de una amplia familia de misiles y drones de ataque capaces de alcanzar objetivos a gran distancia; Europa amplía sus propias capacidades de precisión profunda. IISS advierte que los países europeos permanecen al alcance de los sistemas rusos de ataque de largo alcance, y que el campo de batalla ucraniano está generando una rápida adaptación en tácticas y ciclos de producción (IISS, 2026). En una guerra directa, los objetivos no se limitarían a unidades militares: puertos, aeródromos, depósitos, centros logísticos, nodos ferroviarios, refinerías, plantas eléctricas, radares y centros de mando serían objetivos estratégicos. Esto introduce un dilema particularmente grave: cuanto más se intente proteger la retaguardia, más deben dispersarse los sistemas defensivos; y cuanto más se dispersen, más difícil resulta concentrar capacidades ofensivas.
La defensa aérea puede convertirse en uno de los cuellos de botella europeos. El ataque con cientos de drones baratos plantea una ecuación económica incómoda: interceptar cada amenaza con un misil caro es insostenible. Por eso el futuro de la defensa aérea europea dependerá de una combinación de misiles, cañones, sistemas de energía dirigida, guerra electrónica, interceptores baratos, drones cazadores y algoritmos de clasificación. La carrera será menos «misil contra misil» y más «coste de ataque contra coste de defensa»: el actor que logre producir más vectores a menor precio puede imponer una presión estratégica incluso sin lograr penetraciones decisivas.
La dimensión espacial completa este cuadro. Satélites de observación, navegación, comunicaciones y alerta temprana son indispensables para el mando contemporáneo; un conflicto directo tendría incentivos para atacar no necesariamente satélites completos, sino estaciones terrestres, enlaces de comunicación, sistemas de navegación o redes de datos. La militarización del espacio incrementa así el riesgo de que una guerra terrestre tenga consecuencias orbitales. Europa intenta desarrollar un Space Shield precisamente porque la vulnerabilidad espacial ya no se considera una cuestión abstracta: el espacio se ha convertido en infraestructura crítica y, como todas las de este tipo, es susceptible de interferencia, degradación o ataque.
China constituye el factor que transforma una crisis europea en un problema verdaderamente mundial. Beijing no necesita entrar militarmente en Europa para alterar radicalmente el equilibrio: puede hacerlo mediante comercio, energía, materias primas críticas, componentes industriales, financiación, tecnología, satélites, diplomacia y apoyo económico a Rusia. La relación sino-rusa se ha profundizado desde 2022, aunque no equivale a una alianza militar formal comparable a la OTAN; la prudencia analítica exige distinguir asociación estratégica de alianza bélica. China tiene intereses propios y enormes incentivos para evitar una guerra directa con Europa o Estados Unidos, porque su economía depende todavía profundamente del comercio global y de las cadenas de suministro internacionales.
Sin embargo, la cuestión cambia si el conflicto europeo se conecta con la rivalidad entre Estados Unidos y China. Europa depende de Estados Unidos para una parte sustancial de su defensa aérea, aviación, inteligencia y capacidades de largo alcance; China depende de los mercados europeos y occidentales; Rusia depende crecientemente de China para determinadas tecnologías y mercados; y la guerra de Ucrania ha convertido los componentes de doble uso en un auténtico campo de batalla económico. SIPRI muestra que las importaciones de armas europeas se multiplicaron más de tres veces entre 2016-2020 y 2021-2025, y que Estados Unidos suministró alrededor del 48 % de las importaciones europeas de armas en ese período; en paralelo, Asia ha aumentado su gasto militar y se intensifica la competencia entre China, Japón, India, Corea del Sur, Australia y Estados Unidos (SIPRI, 2026b).
El escenario asiático tiene varias líneas de fractura. La primera es Taiwán: una guerra europea no implica automáticamente una guerra en el estrecho de Taiwán, pero puede producir incentivos contradictorios, pues China podría aprovechar una concentración estadounidense en Europa y, al mismo tiempo, temer que un conflicto europeo acelere la integración militar de Estados Unidos, Japón, Australia y Europa. La segunda es India-Pakistán, donde SIPRI registra ya un entorno de rearme y una rivalidad que adquirió dimensión militar nuevamente en 2025. La tercera es el mar de China Meridional, donde la competencia entre China y Filipinas, con presencia estadounidense, podría convertirse en escenario de incidentes. La cuarta es Corea, donde Corea del Norte puede utilizar una crisis mundial para ampliar su margen de maniobra. La quinta es el corredor energético del Índico, particularmente vulnerable si Oriente Medio permanece en guerra.
El problema asiático es, por tanto, de interconexión. Una guerra europea absorbe producción de defensa estadounidense; una guerra en Taiwán absorbería recursos navales y aéreos; una crisis en Oriente Medio absorbe capacidades de defensa antimisiles y energía; y una guerra prolongada y simultánea en varios teatros produciría una escasez global de munición, combustible, chips, motores, explosivos, transporte marítimo y seguros. En ese escenario, la pregunta clave sería qué coalición puede sostener más frentes sin colapsar económicamente.
Oriente Medio constituye, precisamente, el multiplicador de riesgo ineludible. En 2026, la guerra entre Estados Unidos e Irán y las perturbaciones en el estrecho de Ormuz han convertido al mercado energético en variable geopolítica capital. La IEA estima que alrededor de 20 millones de barriles diarios y una fracción decisiva del comercio mundial de GNL atraviesan normalmente el estrecho; en 2026, la interrupción del tráfico ha provocado el mayor shock de suministro de gas y uno de los mayores shocks petroleros de la historia reciente (IEA, 2026b, 2026c). Para Europa, la importancia es indirecta pero enorme: incluso cuando la mayor parte del petróleo que cruza Ormuz se dirige hacia Asia, la competencia por cargamentos, seguros, transporte y productos refinados afecta a todos los mercados. La energía tiene precio global.
La dimensión asiática del conflicto de Ormuz es especialmente relevante. China, India, Japón y Corea del Sur son grandes importadores de energía procedente del Golfo; una interrupción prolongada del estrecho puede empujar a China hacia Rusia, Asia Central y otros proveedores, incrementar la demanda de rutas alternativas, estimular reservas estratégicas e intensificar la competencia por petróleo y gas no afectados por el conflicto. Reuters ha documentado que China ha incrementado sus compras de crudo ruso y ha explorado mayores compras de petróleo iraní durante las perturbaciones de 2026 (Reuters, 2026a). De este modo, Oriente Medio puede fortalecer temporalmente la posición económica rusa, complicar las sanciones y acercar aún más las cadenas energéticas euroasiáticas.
Pero China no es simplemente un socio de Rusia; su conducta durante la crisis de Oriente Medio muestra que Beijing también intenta preservar su propia estabilidad energética y comercial. En septiembre de 2026, China instó a Irán a reducir los ataques hutíes contra infraestructura petrolera saudí, señal de que su interés fundamental es mantener el flujo de energía, no necesariamente alinearse sin reservas con Teherán (Reuters, 2026b). Esta es una clave para comprender la futura arquitectura multipolar: los grandes actores no tienen por qué formar bloques ideológicos rígidos, sino que pueden cooperar en un teatro y competir en otro. Rusia y China pueden coordinarse frente a Occidente y, simultáneamente, competir por mercados energéticos, influencia en Asia Central y acceso a recursos.
La guerra total europea sería, por ello, menos probable como conflicto binario que como accidente de sistemas interconectados. Un incidente en el Báltico puede afectar a la OTAN; una respuesta de la OTAN puede afectar a Rusia; Rusia puede responder en el ciberespacio; un ciberataque puede afectar a una empresa energética; la empresa puede activar protocolos de emergencia; el mercado energético puede disparar precios; los gobiernos pueden intervenir; la intervención puede ser interpretada por otro actor como preparación militar; y la secuencia puede seguir creciendo. La guerra del siglo XXI puede comenzar sin que nadie emita una orden inicial llamada «comenzar la guerra»: puede emerger de una cadena de decisiones locales racionales que produce un resultado global irracional.
Aquí adquiere sentido la noción de escalada accidental. Los sistemas nucleares agravan el problema porque reducen el margen de error: Rusia y Estados Unidos siguen siendo las dos mayores potencias nucleares; varios Estados europeos pertenecen a la OTAN, y Francia y el Reino Unido poseen arsenales nucleares propios. La guerra convencional entre Rusia y la OTAN podría, en determinadas circunstancias, generar amenazas percibidas como existenciales por alguno de los actores. La doctrina nuclear no debe interpretarse como un guion automático, pero sí como un límite estructural: la presencia de armas nucleares hace que operaciones que serían normales en una guerra convencional —por ejemplo, ataques profundos contra nodos estratégicos— puedan interpretarse de manera radicalmente distinta.
La lógica de la disuasión sigue siendo relevante: precisamente porque una guerra nuclear sería catastrófica, los actores tienen fuertes incentivos para evitarla. Pero la disuasión funciona mejor cuando los mensajes son claros y las líneas rojas son comprensibles; en un entorno híbrido, donde no siempre está claro quién atacó, qué se atacó y si el ataque constituye una agresión estatal, la disuasión se dificulta. Una respuesta demasiado débil puede incentivar nuevas acciones; una respuesta demasiado fuerte puede provocar escalada. El equilibrio entre credibilidad y control es, probablemente, uno de los problemas estratégicos centrales de Europa en los próximos años.
Las causas profundas de la precipitación europea son múltiples: la guerra rusa contra Ucrania y la percepción europea de que el conflicto no puede tratarse como crisis periférica; la incertidumbre acerca del compromiso estadounidense con la defensa europea, que ha incentivado a los europeos a construir capacidades propias; la transformación tecnológica de la guerra; la vulnerabilidad de las cadenas de suministro; la competencia con China; el shock energético; la percepción de que la arquitectura de seguridad europea posterior a 1991 ya no corresponde al equilibrio de poder actual; y, menos visible pero fundamental, la necesidad de los Estados europeos de reconstruir una cultura estratégica después de décadas en que la guerra de alta intensidad parecía improbable.
Desde esta perspectiva, cuanto ocurre puede entenderse como una reacción a la compresión del tiempo estratégico. Si los gobiernos consideran que Rusia puede regenerar fuerzas, que China puede alterar el equilibrio tecnológico, que Estados Unidos puede reducir su presencia, que las infraestructuras son vulnerables y que la guerra híbrida ya está en curso, el incentivo es actuar antes de que el entorno empeore. El problema es que esa misma urgencia puede conducir a compras aceleradas, dependencia de proveedores concretos, menor deliberación pública y aceptación de medidas excepcionales. La seguridad produce, así, su propia lógica expansiva.
La hipótesis de que todo esto forma parte de un plan deliberado para llevar a las poblaciones europeas a un régimen de suministros controlados surge, y debe tratarse con el mismo estándar de prueba que exige cualquier investigación seria. Hay elementos reales que pueden alimentar esa hipótesis: preparación civil, reservas estratégicas, identidad digital, interoperabilidad de datos, digitalización de servicios, mayor vigilancia de infraestructura y expansión de los sistemas de inteligencia. Pero de estos elementos no se deduce causalmente un plan de racionamiento permanente. Hasta septiembre de 2026, las fuentes oficiales lo niegan. En el mejor de los casos, el riesgo se reduce a la capacidad potencial de la infraestructura, con la consecuente posibilidad de modificar, en el futuro, las reglas de su uso.
No se puede ignorar la dimensión de poder de los datos: significa situarla en el lugar correcto. En una guerra híbrida, la base de datos de población, infraestructura, movilidad y actividad económica es un activo estratégico. Un Estado que conozca qué hospitales tienen generadores, qué puertos tienen capacidad de descarga, qué carreteras concentran combustible, qué empresas fabrican componentes críticos y qué nodos de telecomunicaciones son redundantes posee una ventaja de planificación extraordinaria; en sentido inverso, un adversario que penetre esas bases de datos puede mapear vulnerabilidades sin necesidad de penetrar físicamente un territorio. En los términos de mi propio marco teórico, lo que aquí se vuelve visible es que la institución —entendida como forma estable de mediación entre un material, un operador y una norma— se ha convertido ella misma en objetivo militar: no hace falta destruir la fábrica si se puede corromper el registro que la coordina.
La misma lógica vale para las instituciones en general. Un ataque contra una administración pública no necesita destruir edificios: puede alterar registros, robar credenciales, paralizar pagos, modificar bases de datos, bloquear servicios o sembrar dudas sobre la integridad de la información. Si el ciudadano no puede saber si un documento digital es auténtico, si una cuenta bancaria refleja correctamente sus fondos o si una orden de movilización es legítima, la capacidad del Estado se degrada sin un solo disparo. La guerra cognitiva y la guerra digital convergen, así, en la confianza: el objetivo final no es solamente destruir sistemas, sino conseguir que nadie confíe en ellos —lo que equivale, dicho con precisión, a disolver la institucionalidad misma sin necesidad de derribar ninguno de sus edificios.
La cuestión de la autonomía europea aparece, entonces, bajo una luz distinta. Europa está intentando reducir dependencias militares de Estados Unidos, energéticas de Rusia y tecnológicas de terceros, pero reducir una dependencia puede crear otra: comprar sistemas estadounidenses aumenta capacidad rápidamente, pero puede mantener dependencia tecnológica; comprar sistemas europeos fortalece la industria, pero puede tardar más; producir chips propios aumenta resiliencia, pero requiere enormes inversiones; diversificar energía reduce la dependencia rusa, aunque aumenta la exposición al transporte marítimo y a productores globales. La autonomía estratégica no consiste en no depender de nadie —algo imposible—, sino en controlar suficientes nodos críticos para que ninguna dependencia individual pueda transformarse fácilmente en coerción.
El mismo razonamiento permite comprender la economía rusa. Las sanciones occidentales han reducido el acceso a determinadas tecnologías y mercados, pero Rusia ha reorientado su comercio hacia China, India, Turquía, Asia Central y otros mercados. La efectividad de las sanciones no puede medirse únicamente por si provocan un colapso económico inmediato: su función puede consistir en aumentar costes, limitar tecnologías, reducir inversión, degradar productividad y encarecer la financiación. Pero también generan incentivos para crear sistemas alternativos de pagos, rutas comerciales y cadenas de suministro. La guerra acelera, en consecuencia, una fragmentación económica mundial que podría sobrevivir incluso después de un eventual alto el fuego.
La geoeconomía de los minerales críticos merece atención equivalente. Drones, baterías, misiles, radares, motores, semiconductores y sistemas de comunicación requieren tierras raras, litio, cobalto, grafito, níquel y una amplia gama de materiales. China posee una posición especialmente fuerte en el procesamiento de numerosos minerales críticos; Europa y Estados Unidos intentan diversificar mediante Australia, Canadá, África, América Latina y producción doméstica. Esto introduce un nuevo teatro de competencia: los países productores dejan de ser simples proveedores comerciales y adquieren valor estratégico. Un conflicto europeo prolongado podría acelerar la competencia por África, el Ártico, Asia Central e Iberoamérica —no necesariamente mediante guerras abiertas, sino mediante contratos, financiación, infraestructuras, sanciones, diplomacia y presión política.
El Ártico es particularmente relevante. El deshielo, las nuevas rutas marítimas y la concentración de recursos convierten a la región en un espacio donde Rusia, Estados Unidos, Canadá y los países europeos tienen intereses superpuestos. Una guerra europea incrementaría la importancia de la ruta marítima septentrional, de las capacidades submarinas y de la vigilancia de infraestructuras; el Ártico podría convertirse en zona de competencia militar de baja intensidad incluso sin enfrentamiento directo. El patrón, de nuevo, es el mismo: la guerra contemporánea se extiende hacia las infraestructuras y los espacios de tránsito.
El escenario más peligroso no es, necesariamente, el que comienza con un ataque ruso a un Estado miembro de la OTAN. Puede comenzar con un incidente ambiguo: un dron que cae en territorio de un país aliado; un avión que penetra brevemente un espacio aéreo; un cable que es cortado; una subestación eléctrica que sufre un incendio; un puerto que es objeto de un ciberataque; una campaña de desinformación que altera un proceso electoral; una empresa de defensa que sufre ransomware; o una munición de largo alcance que impacta accidentalmente en territorio de un Estado de la OTAN. Si las atribuciones se endurecen y las sociedades exigen respuesta, el dilema de seguridad se transforma en dilema de escalada.
Por ello, el indicador más importante de riesgo es la densidad de incidentes y la reducción de los mecanismos de comunicación. Una Europa que aumenta su gasto militar, pero mantiene canales de comunicación con Moscú puede estar más preparada y no necesariamente más próxima a la guerra; una Europa con menos armas, pero sin mecanismos de gestión de crisis puede ser más vulnerable. La estabilidad depende de ambas cosas —capacidad de disuasión y capacidad de desescalada—; la ausencia de una de ellas aumenta el riesgo.
El futuro inmediato puede organizarse en cuatro escenarios teóricos. El primero es una «disuasión armada con guerra híbrida persistente»: Europa continúa rearmándose, Rusia mantiene presión indirecta, Ucrania permanece como espacio de confrontación y no se produce guerra abierta OTAN-Rusia. El segundo es una «escalada limitada»: un incidente grave en el Báltico, el mar Negro, el espacio aéreo o el ciberespacio provoca una respuesta militar limitada que permanece localizada mediante negociación urgente. El tercero es una «guerra regional de alta intensidad»: fuerzas rusas y de uno o varios Estados europeos entran en combate directo, con empleo masivo de drones, misiles, guerra electrónica y ataques contra infraestructura. El cuarto es la «crisis sistémica multiteatro»: Europa, Oriente Medio y Asia experimentan simultáneamente conflictos o bloqueos, produciendo un shock energético, industrial y financiero global. Este último no requiere que China entre en guerra para resultar extraordinariamente disruptivo.
El primer escenario no debe confundirse con la paz. Sería una forma de conflicto crónico en la que las sociedades viven bajo preparación militar permanente, campañas de influencia, espionaje, sabotaje y sanciones: la frontera entre paz y guerra quedaría institucionalmente borrosa. El segundo escenario sería particularmente peligroso porque el éxito de la desescalada dependería de la velocidad con la que los gobiernos pudieran establecer atribución, comunicación y proporcionalidad. El tercero transformaría de inmediato la economía europea en economía de guerra. El cuarto produciría una crisis de globalización mucho más profunda, con controles de exportación, racionamiento temporal de energía, restricciones financieras y priorización de industrias estratégicas.
Ahora bien, los sistemas estratégicos producen restricciones, no necesariamente destinos. Las decisiones de liderazgo, la diplomacia, los cambios tecnológicos, la situación económica rusa, la política estadounidense, la evolución de China y la trayectoria de la guerra de Ucrania pueden modificar sustancialmente el resultado; pero tampoco es razonable asumir que la mera continuidad del sistema actual producirá, de manera automática, ninguna estabilidad.
Una variable decisiva será el futuro de Ucrania. Una paz que no resuelva las percepciones fundamentales de seguridad de Rusia, Ucrania y Europa puede convertirse en un alto el fuego prolongado, no en un nuevo orden. Por otra parte, una guerra prolongada puede agotar a Ucrania, Rusia y Europa, aumentando el incentivo de todas las partes para buscar un acuerdo.
La variable estadounidense es igualmente central. Si Estados Unidos mantiene una presencia militar robusta en Europa, el coste de una agresión rusa contra un Estado OTAN permanece extraordinariamente elevado; si reduce significativamente su presencia, Europa deberá asumir mayor carga y Rusia podría interpretar el cambio de manera ambigua. Pero una Europa más autónoma también puede ser una Europa más difícil de intimidar: el resultado depende de cómo Moscú interprete la capacidad europea.
La variable china tiene una estructura igualmente paradójica. Un conflicto europeo debilita a China si interrumpe el comercio global y aumenta los costes energéticos, pero puede fortalecerla relativamente si reduce el peso económico occidental o consume recursos estadounidenses. China tiene, por tanto, incentivos para evitar una guerra mundial y, simultáneamente, incentivos para aprovechar estratégicamente una mayor dispersión de recursos occidentales. Esa combinación explica una política que puede ser cooperativa, competitiva y oportunista al mismo tiempo: no es necesario asumir una conspiración, sino reconocer la racionalidad propia de una gran potencia que intenta maximizar su margen de maniobra.
El factor iraní es semejante. Rusia puede beneficiarse de precios energéticos elevados, pero una guerra prolongada en Oriente Medio también puede reducir la demanda mundial, aumentar la presión sobre China y provocar una recesión que termine perjudicando al propio Kremlin. Irán puede utilizar el estrecho de Ormuz como instrumento de coerción, pero su cierre prolongado amenaza a sus propios ingresos y a sus socios. Estados Unidos puede ejercer supremacía militar regional, pero cada semana de guerra consume recursos, aumenta el riesgo de proliferación y obliga a mantener fuerzas dispersas. Todos los actores enfrentan costes; precisamente por eso el sistema permanece abierto.
Hay, finalmente, una dimensión antropológica que merece atención. Las sociedades occidentales han vivido, durante décadas, bajo la expectativa de que la guerra industrial era un fenómeno del pasado. Ucrania ha demostrado que la guerra de alta intensidad puede regresar al continente europeo, y la consecuencia psicológica y política es una transformación de la población en variable estratégica: gobiernos y ejércitos necesitan ciudadanos preparados para apagones, ciberataques, interrupciones de suministros y desinformación; las empresas necesitan planes de continuidad; las escuelas incorporan preparación; las familias almacenan suministros. Estas medidas pueden aumentar la resiliencia, pero también normalizan la excepcionalidad: una sociedad que vive permanentemente en estado de alarma puede terminar aceptando como ordinarias medidas que, en otro contexto, habría considerado extraordinarias.
Aquí reside, quizá, la cuestión más profunda sobre la identidad digital. El problema no es que exista una credencial electrónica; el problema aparece cuando la arquitectura de seguridad, finanzas, salud, movilidad y administración se vuelve tan interdependiente que la identidad digital se transforma en condición transversal de acceso a la vida social. En ese punto, una decisión administrativa puede tener efectos sistémicos: si la guerra híbrida convierte los datos en un activo estratégico, la protección del ciudadano exige impedir que ese activo pueda convertirse, sin controles, en instrumento de coerción. Es exactamente el fenómeno de sujeción posdemocrática: no la imposición abierta de un régimen autoritario, sino la sustitución gradual de la pluralidad institucional por una infraestructura única de mediación.
La misma lógica debe aplicarse a la industria tecnológica de defensa. La privatización parcial de funciones militares puede aumentar innovación y velocidad, pero introduce una cuestión de soberanía: si una empresa privada controla una plataforma de datos que integra sensores, armas, comunicaciones y decisiones operacionales, ¿quién controla el algoritmo?, ¿quién audita sus actualizaciones?, ¿quién garantiza que una vulnerabilidad no comprometa la red?, ¿qué ocurre si la empresa cambia de propietario, entra en crisis financiera o decide no suministrar una capacidad? Reuters informó, en 2025, de advertencias internas del Ejército estadounidense sobre vulnerabilidades potenciales en un sistema de mando y comunicación asociado con Anduril y Palantir, aunque las empresas cuestionaron o matizaron las conclusiones de esas evaluaciones (Reuters, 2025b). El dato revela una tensión estructural: la velocidad de Silicon Valley no siempre coincide con la cultura de aseguramiento propia de los sistemas militares críticos —y esa misma tensión reproduce, a escala corporativa, el problema institucional que venimos describiendo: una función pública indelegable —la defensa— mediada, cada vez más, por una institucionalidad privada que no responde ante los mismos mecanismos de control.
La guerra futura será, en buena medida, una guerra por la continuidad de los sistemas. El vencedor no será necesariamente quien destruya más plataformas, sino quien mantenga funcionando su energía, comunicaciones, logística, producción, satélites, finanzas, hospitales, administración y cadena industrial mientras el adversario pierde coherencia. Esto devuelve la guerra al terreno económico: la resistencia nacional se convierte en capacidad militar. Un país capaz de reparar rápidamente una red eléctrica, producir transformadores, reponer drones, fabricar munición, recuperar satélites, restablecer comunicaciones y sustituir proveedores críticos posee una forma de poder que no aparece en las cifras tradicionales de tanques y aviones.
Desde esa perspectiva, Europa hace algo inusual: está transformando la defensa en una política general de resiliencia. El problema es que una política así tiende a la militarización de la administración pública. La Comisión Europea ya habla de un enfoque «whole-of-society», de cooperación público-privada y de coordinación civil-militar (European Commission, 2025d). Esa estrategia puede ser perfectamente compatible con una democracia liberal, pero aumenta la necesidad de controles: cuanto más se integran sociedad civil, empresas, administraciones y fuerzas armadas, más importante resulta mantener fronteras claras entre funciones militares y civiles, proteger derechos y asegurar que las medidas de emergencia tengan límites temporales y jurídicos.
Iberoamérica ocupa, en este mapa, una posición que rara vez se hace explícita pero que ninguna lectura seria del conflicto puede omitir. La región no es beligerante ni aparece mencionada en ninguna de las líneas de fractura descritas hasta aquí, y sin embargo queda atravesada por casi todos los vectores identificados: energía, minerales críticos, alimentos, finanzas y migración. El primero es el más evidente. La competencia por minerales críticos —litio, cobre, níquel, grafito— convierte al llamado triángulo del litio (Argentina, Bolivia, Chile), a la minería cuprífera peruana y chilena y al níquel brasileño en objeto de una disputa que ya no es solo comercial: Europa y Estados Unidos buscan diversificar respecto de China precisamente allí donde China ya ha construido, durante años, posiciones de inversión, financiamiento y procesamiento difíciles de desplazar. Iberoamérica se convierte, así, en terreno de una competencia geoeconómica en la que los propios países productores tienen escaso margen para fijar los términos del intercambio, a menos que logren coordinar una postura común —lo que, hasta ahora, no han conseguido—. El segundo vector es alimentario: la guerra de Ucrania ya demostró, desde 2022, cómo una disrupción en el mar Negro puede transformar a los grandes exportadores agrícolas latinoamericanos —Argentina, Brasil— en piezas de sustitución del suministro global de granos, con el consiguiente efecto sobre precios internos y márgenes de negociación externa; una escalada mayor en Europa, sumada a la crisis de Oriente Medio, no haría sino intensificar esa función, con beneficios coyunturales para algunos países y presión inflacionaria para quienes son importadores netos de energía y fertilizantes.
El tercer vector es financiero y migratorio, y es el menos visible pero quizá el más profundo. Una fragmentación económica mundial acelerada por la guerra —sistemas de pago alternativos, bloques comerciales, controles de capital— obliga a los Estados iberoamericanos a decidir, aunque sea por omisión, de qué lado de esa fragmentación quieren situarse; y una crisis energética o financiera global golpea con particular dureza a economías que dependen de remesas, de inversión extranjera directa y de mercados de deuda denominados en divisas ajenas a su control. A esto se suma la posibilidad, nada remota, de que la región reciba presión migratoria indirecta si el conflicto europeo o el de Oriente Medio genera desplazamientos hacia rutas atlánticas. Pero hay, además, una dimensión propiamente institucional, la que aquí más importa. Iberoamérica no dispone de una arquitectura de seguridad ni de una voz geoeconómica comparable a la europea o a la asiática; su capacidad de convertir sus propios recursos críticos en poder de negociación depende, precisamente, de la fortaleza de sus instituciones nacionales y regionales frente a actores externos —estatales y corporativos— con mucha mayor capacidad de movilización de capital y de coacción diplomática. En ese sentido, la guerra europea no es, para Iberoamérica, un asunto ajeno que observar a distancia: es un test de la solidez institucional con que la región puede administrar su propia riqueza material sin que esta termine, una vez más, sirviendo a proyectos de poder decididos en otra parte.
La conclusión sobre la inminencia, por tanto, debe formularse con precisión. Hay evidencia robusta de que Europa está preparando sus estructuras militares, industriales y civiles para la posibilidad de una guerra de alta intensidad, mientras Rusia mantiene una economía y unas fuerzas armadas orientadas a un conflicto prolongado y desarrolla capacidades de denegación de área, guerra electrónica, drones y ataques de largo alcance. Hay, además, una guerra híbrida ya observable —aunque la atribución de cada incidente particular requiere análisis específico—; y existe un entorno global en el que Oriente Medio y Asia pueden amplificar cualquier crisis europea mediante energía, comercio, tecnología y alianzas. La guerra total no es inevitable, pero el sistema europeo está más preparado para ella y más expuesto a ella que en cualquier momento desde el final de la Guerra Fría. Lo más preocupante es la convergencia de variables: en un sistema así, pequeñas perturbaciones pueden producir grandes efectos porque los subsistemas están acoplados. El mayor error sería, por tanto, esperar una señal única que anuncie la llegada de la guerra total: la guerra moderna no necesariamente llega con una declaración.
Entre los umbrales, conviene vigilar especialmente cinco. Primero, el despliegue permanente de fuerzas europeas de combate en contacto operativo directo con fuerzas rusas fuera de Ucrania. Segundo, ataques deliberados y atribuidos con alto grado de confianza contra territorio de la OTAN que produzcan víctimas o daños estratégicos. Tercero, una movilización rusa sustancial acompañada de concentración logística orientada hacia un teatro OTAN específico. Cuarto, ataques coordinados contra infraestructura crítica europea en múltiples países y dominios simultáneamente. Quinto, señales de degradación de los mecanismos de comunicación y control nuclear. La aparición conjunta de varios de estos indicadores modificaría sustancialmente la evaluación del riesgo.
Hay que vigilar también la dimensión económica: controles de exportación más severos, restricciones al movimiento de capital, reconversión acelerada de industrias civiles, contratos de defensa plurianuales de emergencia, almacenamiento extraordinario de combustible y alimentos, priorización estatal de cadenas de suministro y restricciones de transporte.
La población debe ser tratada, en este marco, no como objeto pasivo de manipulación, sino como parte del sistema de seguridad. Una ciudadanía aterrorizada es menos resiliente; una ciudadanía informada, capaz de distinguir hechos, atribuciones, hipótesis y propaganda, es más difícil de manipular —y más capaz de sostener con las instituciones que la protegen una relación de balance genuina, en lugar de una relación de mera dependencia pasiva—.
Asistimos a la reconfiguración de un sistema internacional que, durante tres décadas, descansó sobre supuestos que ya no funcionan: energía rusa barata para Europa, primacía militar estadounidense incuestionada, globalización relativamente despolitizada, cadenas de suministro optimizadas por coste y no por seguridad, separación entre infraestructura civil y militar, y confianza en que la guerra de alta intensidad pertenecía a una etapa histórica superada. Todos esos supuestos han sido erosionados. El resultado es un mundo más caro, más armado, más fragmentado y, precisamente por ello, más propenso a errores de cálculo.
El horizonte estratégico, entonces, no es el Armagedón anunciado por los apocalípticos, ni la normalidad tranquilizadora de quienes confunden la ausencia de guerra declarada con la ausencia de conflicto. Es una época de competencia permanente en la que la guerra puede permanecer por debajo del umbral durante años y, sin embargo, modificar profundamente instituciones, economías, tecnologías y sociedades. Y es precisamente ahí —en esa modificación lenta, acumulativa, casi invisible mientras ocurre— donde el análisis institucional demuestra su necesidad: porque la guerra que no se declara no deja de librarse; simplemente cambia de terreno, y ese terreno es, cada vez con mayor nitidez, el de las instituciones mismas.
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(ENGLISH VERSION)
Vectors of escalation: Europe, Russia and the institutional architecture of a war that does not arrive with a declaration
Translation by Tiffany Amber Elías Trimble
There are historical moments in which the underlying problem is not to confirm the existence of a danger, but to specify what kind of danger it is: what part of it is material and what part belongs to the domain of perception, which actors have effective capacity to modify it and, above all, what mechanisms could transform an accumulation of facts — scattered, apparently unconnected — into something larger, with implications difficult to delimit. Europe, in 2026, is situated exactly in that category. The decisive question is not whether the continent and Russia are already in total war — they are not, in the conventional sense — but to what extent the European system has entered a dynamic of preparation for a high-intensity conflict that, once certain thresholds are crossed, could turn the war in Ukraine, economic confrontation and technological competition into a direct confrontation between Russia and the European member states of NATO. The answer that emerges from the available evidence is not reassuring: there is an unequivocal transition from the management of a localized war toward a European architecture of preparation for a large-scale interstate conflict, accompanied by an extraordinary expansion of military spending, arms production, military mobility, air defense, drones, infrastructure resilience, cybersecurity, civil preparedness and monitoring of hybrid threats (European Commission, 2025a, 2025b; NATO, 2025, 2026; SIPRI, 2026a; IISS, 2026). What the analysis that follows proposes — and here it is worth declaring from the outset the theoretical instrument that sustains it — is to read that accumulation not as a simple chronicle of rearmament, but as the record of how a system of institutions — military, economic, legal, digital — reconfigures, under pressure, the material-physical, operational and abstract-institutional conditions in which European peoples inhabit their own security. What happens to an institutional order — in the strong sense of the term — when it prepares, for years, for a war that has not yet been declared?
One of the most frequent intellectual traps of the moment consists in turning every preparation measure into proof of a prior decision for war. But the inverse reasoning is equally flawed: assuming that, because preparation may have a deterrent purpose, it lacks all offensive relevance. From a realist perspective of international relations, both destinations must be considered simultaneously. A state rearms because it fears a war, but rearmament in turn modifies the adversary’s perceptions; the adversary responds; that response confirms the initial fear; and the sequence produces the well-known security dilemma. The paradox is that measures conceived to diminish the probability of aggression can, under certain conditions, increase the other actor’s perception of threat and reduce the time available for negotiation. When two actors interpret the other’s own security as insecurity for themselves, defensive accumulation acquires an offensive dynamic without either necessarily having begun with the intention of total war (Jervis, 1978; Mearsheimer, 2001).
The question of «imminence» must be broken down into four temporal scales. In the first, of days or a few weeks, there is not enough public evidence to sustain that Europe and Russia face an inevitable total war. In the second, of months, the risk of military incidents, hybrid attacks, miscalculations, sabotage, airspace violations, attacks against critical infrastructure and episodes of coercion is substantially greater than before 2022. In the third, of a couple of years, the structural probability of direct confrontation depends on the evolution of the war in Ukraine, the security architecture that emerges from it, the transatlantic relationship, the pace of European rearmament and Russia’s capacity to regenerate forces and production. In the fourth, properly systemic, Europe has already entered a different strategic economy: energy, industry, raw materials, logistics chains, data, space, cybersecurity and defense are increasingly treated as dimensions of national security. This last transformation is, perhaps, more important than any specific prediction about the day a war might begin.
The material scale of rearmament is unequivocal. The European Commission has placed the Readiness 2030 initiative and the ReArm Europe plan around a potential mobilization of 800 billion euros, through a combination of greater national fiscal space and the SAFE instrument, of up to 150 billion in loans for defense acquisitions. The aim is to modify the European industrial base, accelerate permits, facilitate joint purchases, strengthen military mobility and develop capabilities in drones, air defense, space, cybersecurity and long-range fires (European Commission, 2025a, 2025b, 2025c). The roadmap also includes emblematic projects such as Eastern Flank Watch, European Drone Defence Initiative, European Air Shield and European Space Shield. The strategic message is transparent: Europe no longer considers the military capacity inherited from the post-Cold War period sufficient and seeks to recover mass, industrial speed and sustainment autonomy (European Commission, 2025c).
NATO has advanced in the same direction. At the 2025 Hague Summit, the allies assumed the commitment to reach 5 percent of annual GDP by 2035, divided between a minimum of 3.5 percent for core military requirements and up to 1.5 percent for infrastructure, resilience and other security- and defense-related activities. In 2026, the Alliance itself reports that European allies and Canada are already around 4 percent of aggregate GDP when both categories are considered (NATO, 2025, 2026). The figure represents a regime change in the relationship between economy and security. SIPRI estimates that European military spending reached approximately 864 billion dollars in 2025 — a real increase of 14 percent — while Russia allocated around 190 billion (7.5 percent of its GDP) and China about 336 billion (SIPRI, 2026a). IISS, for its part, identifies 2025 as another year of strong expansion of European spending and points out that the Ukrainian experience is transforming doctrines, production cycles and the use of unmanned systems (IISS, 2026).
The most important fact is not, however, the simple comparison of budgets. Russia operates with a much more concentrated war economy and with a state capable of directing resources toward military objectives with fewer institutional restrictions than most European governments. Europe possesses a much larger aggregate economic base, but it is fragmented across multiple budgets, doctrines, industries, weapons systems and decision-making chains. The European problem is not so much the absolute absence of resources as the difficulty of converting potential wealth into usable military power: the difference between GDP and military capacity is, precisely, the difference between potential and mobilization. A Europe with abundant wealth, but with insufficient production of ammunition, air defense, intelligence, command and control, logistics, strategic transport and reserves, may be less capable of sustaining a long war than its economic aggregates suggest. Hence the contemporary obsession with «mass»: it is not enough to have sophisticated platforms; they must be replaceable, repairable, feedable, connectable and producible for years.
Russia presents the inverse problem. Its economy is much smaller than Europe’s, but the war has turned the military-industrial complex into one of its main mechanisms of economic allocation. SIPRI calculates that Russian military spending reached in 2025 some 16 trillion rubles, close to 7.5 percent of GDP, although for 2026 a reduction to 14.9 trillion — 6.3 percent of GDP — was initially budgeted, partly due to macroeconomic pressures and the need to contain overheating of the economy (Cooper, 2026). That budget reduction should not automatically be interpreted as demilitarization: an economy that has accumulated industrial capacity, operational experience and mobilization mechanisms over several years can preserve high military inertia even when spending stops growing at extraordinary rates. Russia’s limit lies elsewhere: demography, dependence on certain external components and technologies, the cost of the war, uneven quality of some platforms, human attrition and the need to simultaneously sustain a functional civilian economic base.
On the strictly military plane, the war in Ukraine has destroyed several inherited certainties: that expensive platforms necessarily dominate cheap ones; that the battlefield can be cleanly separated from the rear; that technological superiority indefinitely compensates for lack of mass; that air defense can protect large areas at low cost; and that electronic warfare and cybersecurity are merely auxiliary disciplines. IISS points out that Russia has perfected, in the Baltic, an area-denial system combining layered air defense, long-range fires, electronic warfare, reconnaissance through UAVs and distributed attack systems; and that, in Ukraine, saturation through waves of attack drones and cheap decoys has exposed the economic asymmetry between the cost of an attacking vector and the cost of intercepting it (IISS, 2026a, 2026b).
From this follows a decisive conclusion for a possible European conflict: the determining weapon would not be an isolated system, but the architecture of detection, decision, production and replacement that connects satellites, radars, aircraft, drones, ground sensors, human intelligence, digital networks, command centers and munitions. War shifts, in other words, from the platform toward the system. A long-range missile matters, but the chain that identifies the target, calculates its priority, transmits the information, authorizes the attack, guides the vector, evaluates the result and repeats the cycle matters much more. The time of that chain is itself a strategic variable: if an actor can close its observe-orient-decide-act loop in minutes while the adversary takes hours, the advantage becomes insurmountable.
The second great change is the industrialization of the drone. The Ukrainian experience has turned unmanned systems into a kind of cheap, flexible and renewable artillery. They do not replace aircraft, missiles, artillery or troops, but they considerably alter the economy of combat: a wave of cheap vehicles can force the defender to use much more costly interceptors; a reconnaissance drone can correct the fire of an artillery battery; a loitering munition can attack a radar; a network of sensors can turn a physical space into an almost permanent surveillance environment. IISS observes that massive attacks with single-use UAVs generate «combat mass» at relatively low cost, forcing Europe to reinforce SHORAD and VSHORAD capabilities that had lost priority for decades (IISS, 2026b).
The development of the company Anduril is particularly illustrative, because it shows the convergence between the digital industry and the military complex. Its Lattice platform integrates sensors, effectors and command systems; its Mesh architecture aims to distribute data across decentralized networks even in limited-bandwidth environments; and its Arsenal project pursues the transition from weapons production as limited series to hyperscale production of autonomous systems through software, commercial components and digitized factories (Anduril Industries, 2026a, 2026b). We are thus witnessing the emergence of a business category in which software, artificial intelligence, robotics, sensors and military manufacturing cease to be separate sectors. Reuters also documented the partnership between Anduril and Rheinmetall to produce military drones for the European market, an operation that reveals the growing transatlantic integration of these capabilities (Reuters, 2025a).
The question of artificial intelligence is even deeper. AI does not need to replace the commander to transform war: it is enough for it to reduce information processing time, integrate heterogeneous data, detect patterns, prioritize threats and allow a single operator to manage a greater number of systems. In that context, data cease to be an administrative byproduct and become military raw material. Modern combat systems depend on geospatial data, satellite images, telemetry, electromagnetic signals, logistics records, mobility patterns, communications and databases — and the boundary between civilian and military information thus becomes much more porous. The location of an antenna, a pattern of electricity consumption, the movement of vehicles, maritime traffic, financial activity or the distribution of goods can suddenly acquire strategic value.
Here appears one of the most important elements of contemporary hybrid war: the objective is not necessarily to destroy the adversary, but to degrade its capacity to decide. A state can keep its tanks intact and yet be partially paralyzed if its logistics networks, telecommunications, financial systems, ports, energy or public administrations lose functionality. ENISA recorded 4,875 incidents between July 2024 and June 2025, and noted that public administration, transport, digital infrastructure and financial services were among the most attacked sectors; state or state-linked actors intensified cyberespionage and information manipulation operations, while ransomware remained one of the highest-impact threats (ENISA, 2025).
The European Union, for its part, has publicly attributed to actors linked to Russia activities of sabotage, cyberattacks, information manipulation, electoral interference and attacks against critical infrastructure. The Council of the EU describes these campaigns as persistent and multi-domain, and has created specific sanctions instruments to respond to them (Council of the European Union, 2025a, 2025b). Attributions of covert operations are, by nature, difficult to verify externally; and it cannot be ignored that Europe seems to blame Russia for as much as possible through its media, one day and the next. However, the convergence of government reports, cybersecurity agencies and intelligence bodies makes it impossible to treat hybrid war as fiction.
The Baltic is an especially important laboratory. NATO has described the Baltic Sea as a critical zone due to the concentration of submarine cables, trade routes and energy infrastructure; and the creation of Baltic Sentry, together with coordination cells on submarine infrastructure, shows that the concept of collective defense has extended toward the seabed, civilian logistics and private companies that own infrastructure (NATO, 2025b). The strategic importance of this change is enormous: a submarine cable does not need to be destroyed by a missile to become a military target; it can be manipulated, interfered with or damaged under ambiguous circumstances, creating an attribution problem that makes it difficult to determine whether it is an accident, a crime, sabotage or an act of war. That ambiguity is, precisely, the raw material of sub-threshold conflict.
The possibility of sabotage acquires even greater importance if one considers European energy interdependence. Russian gas represented around 40 percent of European demand in 2021; by 2025 it had fallen to approximately 10 percent, while the share of LNG approached 45 percent (IEA, 2026a). The EU has agreed to phase out Russian gas imports by 2027. From an economic reading, this constitutes diversification; from a strategic reading, it means that the European energy system has changed from a dependence concentrated on a land supplier to greater exposure to global LNG markets, maritime transport, port infrastructure and the availability of alternative producers. Dependence does not disappear: it changes form. And each new form of dependence generates new vulnerabilities.
This is one of the reasons why geoeconomic causes must occupy a central place in any serious analysis of the crisis. War is not explained only by territories, borders or military doctrines: it is also explained by energy, logistics corridors, raw materials, markets, critical technologies and the capacity to finance military production. The separation between geopolitics and geoeconomics is artificial. A pipeline is economic infrastructure, but also strategic; a port is commercial, but can be logistics-military; a fiber-optic cable is civilian, but sustains military operations; a semiconductor is an industrial product, but its availability conditions missiles, radars, drones and intelligence systems. Contemporary war turns supply chains into strategic maps.
The energy rupture between Russia and Europe has also had asymmetric effects. Europe has managed to drastically reduce its dependence on Russian gas, but at the cost of a profound transformation of its energy markets: the International Energy Agency documented that gas prices, the reduction of industrial demand and the need to import LNG altered the European economic structure during the 2022-2023 crisis and its aftermath (IEA, 2025). It cannot be mechanically affirmed that sanctions «deindustrialized Europe» — that formulation would attribute to a single cause a multicausal phenomenon, since European competitiveness is also conditioned by electricity prices, regulation, productivity, demography, investment, taxation, global competition and technological transition — but it can be sustained that the rupture with Russian energy eliminated a historically cheap and geographically close source, forcing its replacement through a combination of savings, renewables, LNG, Norwegian gas, interconnections and other sources, with significant distributive and industrial effects (IEA, 2026a; OECD, 2025).
Europe’s economic reorientation has a second, crucial component: the defense industry becomes industrial policy. For decades, Europe reduced reserves, fragmented acquisitions and maintained a defense industrial base relatively small in relation to the magnitude of its economy; the war has reversed the process, and the Commission intends for military demand to drive production, employment, innovation, supply chains and technological capacity. The IMF has studied the macroeconomic consequences of this shift and concludes that increased defense spending can generate short-term stimulus and spillover effects, although it also poses fiscal costs, pressure on resources, interest rates and the need to prioritize productive investments (Furceri et al., 2026). The OECD reaches a similar conclusion: rearmament can strengthen productive capacity if accompanied by reforms, competition and efficient purchases, but can aggravate fiscal tensions if persistently financed through debt without expanding productive capacity (Conigrave & Shin, 2026).
What is clear is that war produces a new coalition of material interests. Governments, armies, manufacturers, technology companies, energy suppliers, banks, investment funds and industrial regions now find an economic incentive in the expansion of security. Wars have political and strategic causes that precede any contract, but it would be equally naive to deny that, once a security architecture is created, actors appear with their own interest in its maintenance and expansion. The political economy of security matters because it modifies the exit costs of a confrontation.
Digital identity must be analyzed within this context with special care, because it is here that the institutional dimension of the problem becomes most visible. The European Union has established the European Digital Identity Wallet, which must be available to citizens, residents and businesses in all member states by the end of 2026; the wallet will allow identification in public and private services, storage of credentials, signing of documents and sharing of selected information (European Commission, 2026a, 2026b). This is a fact. It is also a fact that an interoperable digital identity increases the capacity to integrate administrative, financial, health, educational and commercial services — with the consequent ease, in principle, of imposing a general system of supply rationing, or of conditioning access to essential goods on a social score. The question cannot be reduced to technique: it is, in the strict sense, an institutional question, because what is at stake is the form — open or closed — adopted by the mediation between the individual and the set of services on which daily life depends.
An identity infrastructure can be used to simplify procedures, reduce fraud, verify attributes, facilitate mobility or integrate services. Exactly the same infrastructure can, under another legal and political framework, expand surveillance capacity or make possible centralized management of access rights. The relevant risk, therefore, is not digital identity in itself, but the concentration of functions, mandatory interoperability, traceability of transactions, the absence of analog alternatives, state or corporate access to data, information retention and the possibility of using a credential to condition multiple dimensions of social life. The strategic problem is the «master key» function: the more areas depend on the same identification infrastructure, the greater the systemic impact of its capture, abuse, technical failure or coercive use. Put in the terms I use to think about institutions: when a single institution — the digital credential — comes to mediate the entirety of exchanges between the individual and the other institutions on which he or she depends, it ceases to be one institution among others and becomes the condition of possibility of all the others; there, exactly, lies the danger.
War increases this risk for a very concrete reason: societies subjected to threats tend to accept more centralized coordination. It is pure logic: if a population fears sabotage, terrorism, fraud, epidemics, cyberattacks or supply interruptions, the demand for security grows; security, in turn, requires information; information requires identification; identification facilitates data correlation; and data correlation enables surveillance. Each link in that chain is, in itself, reasonable; it is the complete chain that produces a result that none of its links, in isolation, would have authorized.
The Union’s Preparedness Strategy, presented in 2025, proposes early warning systems, awareness campaigns, exercises, reserves, public-private cooperation, civil-military cooperation and a recommendation of minimum domestic self-sufficiency for 72 hours (European Commission, 2025d). From a civil defense perspective, this is reasonable: critical infrastructure can fail due to war, cyberattack, natural disaster, pandemic, industrial accident or energy cutoff. Preparedness demonstrates that European governments institutionalize the hypothesis of systemic crises of sufficient duration to simultaneously affect energy, transport, communications, health and supply.
Here the question of drills and alarms appears. A military exercise can fulfill three functions at once: train forces, communicate capacity to the adversary and prepare one’s own population. The problem is that each actor can interpret it differently: a state may consider that it is conducting a defensive maneuver; the adversary may see it as a rehearsal for an offensive operation. The history of the Cold War offers numerous examples of how exercises temporarily increased fear of a real attack; and that danger has now been increased by the speed of communications, the omnipresence of social networks and the ease of converting images of military movements into narratives of imminent mobilization.
The «manipulation of the population» must also be analyzed as a strategic variable — although not reduced to a single direction. Russia develops influence operations; European states develop strategic communication strategies and fight against foreign manipulation; private actors produce content; social networks amplify messages; and ordinary users reinterpret events. ENISA has identified information manipulation as a growing dimension of the European threat environment, while the EU has established specific instruments to confront FIMI — foreign information manipulation and interference (ENISA, 2025; Council of the European Union, 2025a). The phenomenon is real, but the boundary between informational protection and control of political discourse is normatively delicate. From a strategic point of view, a population that stops trusting all its institutions is as vulnerable to foreign propaganda as to domestic propaganda. The informational balance does not consist in believing the government, but in having enough independent sources, media competition, institutional transparency and verification mechanisms to detect falsehoods without turning every discrepancy into a threat — something Europe certainly lacks, and gravely so.
The most plausible hybrid war scenario in Europe would be a sequence of sub-threshold actions: cyberattacks, selective sabotage, electromagnetic interference, migratory pressure, influence operations, industrial espionage, market manipulation, cable disruption, attacks against energy infrastructure, drones over sensitive installations, disinformation campaigns and covert actions against logistics nodes. The objective would be to generate costs and disorganization without clearly crossing the threshold that would oblige a collective military response — an attractive logic for any actor that wants to modify the adversary’s behavior while avoiding, at least initially, open war.
But hybrid war has a problem: escalation through attribution. If a cable is cut, a power grid falls and an airport is paralyzed, the decisive question is who did it. If attribution is considered sufficiently reliable and the damage is interpreted as deliberate, pressure to respond increases; and if the response consists, in turn, of a covert operation, the cycle can continue without any declaration of war. The result is a kind of unnamed war. This is especially dangerous in the NATO-Russia relationship, because Article 5 of the North Atlantic Treaty is not conceptually limited to attacks with tanks: the political and legal question is to determine when a hybrid action constitutes an «armed attack» sufficient to activate the obligation of collective assistance. That ambiguity is one of the areas of greatest strategic risk.
The second major vector of escalation would be the use of long-range weapons. Russia has a broad family of missiles and attack drones capable of reaching targets at great distance; Europe is expanding its own deep precision capabilities. IISS warns that European countries remain within reach of Russian long-range attack systems, and that the Ukrainian battlefield is generating rapid adaptation in tactics and production cycles (IISS, 2026). In a direct war, targets would not be limited to military units: ports, airfields, depots, logistics centers, railway nodes, refineries, power plants, radars and command centers would be strategic targets. This introduces a particularly serious dilemma: the more one tries to protect the rear, the more defensive systems must be dispersed; and the more they are dispersed, the harder it is to concentrate offensive capabilities.
Air defense could become one of Europe’s bottlenecks. An attack with hundreds of cheap drones poses an uncomfortable economic equation: intercepting each threat with an expensive missile is unsustainable. That is why the future of European air defense will depend on a combination of missiles, guns, directed-energy systems, electronic warfare, cheap interceptors, hunter drones and classification algorithms. The race will be less «missile against missile» and more «cost of attack against cost of defense»: the actor that manages to produce more vectors at a lower price can impose strategic pressure even without achieving decisive penetrations.
The space dimension completes this picture. Observation, navigation, communications and early warning satellites are indispensable for contemporary command; a direct conflict would have incentives to attack not necessarily complete satellites, but ground stations, communication links, navigation systems or data networks. The militarization of space thus increases the risk that a land war will have orbital consequences. Europe is trying to develop a Space Shield precisely because space vulnerability is no longer considered an abstract question: space has become critical infrastructure and, like all infrastructure of this type, is susceptible to interference, degradation or attack.
China constitutes the factor that transforms a European crisis into a truly global problem. Beijing does not need to enter Europe militarily to radically alter the balance: it can do so through trade, energy, critical raw materials, industrial components, financing, technology, satellites, diplomacy and economic support for Russia. The Sino-Russian relationship has deepened since 2022, although it is not equivalent to a formal military alliance comparable to NATO; analytical prudence requires distinguishing strategic association from war alliance. China has its own interests and enormous incentives to avoid a direct war with Europe or the United States, because its economy still depends deeply on global trade and international supply chains.
However, the question changes if the European conflict connects with the rivalry between the United States and China. Europe depends on the United States for a substantial part of its air defense, aviation, intelligence and long-range capabilities; China depends on European and Western markets; Russia depends increasingly on China for certain technologies and markets; and the war in Ukraine has turned dual-use components into a genuine economic battlefield. SIPRI shows that European arms imports multiplied more than three times between 2016-2020 and 2021-2025, and that the United States supplied around 48 percent of European arms imports in that period; in parallel, Asia has increased its military spending and competition between China, Japan, India, South Korea, Australia and the United States is intensifying (SIPRI, 2026b).
The Asian scenario has several lines of fracture. The first is Taiwan: a European war does not automatically imply a war in the Taiwan Strait, but it can produce contradictory incentives, since China could take advantage of a US concentration in Europe and, at the same time, fear that a European conflict accelerates the military integration of the United States, Japan, Australia and Europe. The second is India-Pakistan, where SIPRI already records an environment of rearmament and a rivalry that acquired a military dimension again in 2025. The third is the South China Sea, where competition between China and the Philippines, with a US presence, could become a scenario of incidents. The fourth is Korea, where North Korea can use a global crisis to expand its margin for maneuver. The fifth is the Indian Ocean energy corridor, particularly vulnerable if the Middle East remains at war.
The Asian problem is, therefore, one of interconnection. A European war absorbs US defense production; a war in Taiwan would absorb naval and air resources; a crisis in the Middle East absorbs missile defense and energy capabilities; and a prolonged and simultaneous war in several theaters would produce a global shortage of ammunition, fuel, chips, engines, explosives, maritime transport and insurance. In that scenario, the key question would be which coalition can sustain more fronts without collapsing economically.
The Middle East constitutes, precisely, the inescapable risk multiplier. In 2026, the war between the United States and Iran and the disruptions in the Strait of Hormuz have turned the energy market into a capital geopolitical variable. The IEA estimates that around 20 million barrels per day and a decisive fraction of world LNG trade normally pass through the strait; in 2026, the interruption of traffic has caused the largest gas supply shock and one of the largest oil shocks in recent history (IEA, 2026b, 2026c). For Europe, the importance is indirect but enormous: even when most of the oil crossing Hormuz goes to Asia, competition for cargoes, insurance, transport and refined products affects all markets. Energy has a global price.
The Asian dimension of the Hormuz conflict is especially relevant. China, India, Japan and South Korea are large importers of energy from the Gulf; a prolonged interruption of the strait can push China toward Russia, Central Asia and other suppliers, increase demand for alternative routes, stimulate strategic reserves and intensify competition for oil and gas not affected by the conflict. Reuters has documented that China has increased its purchases of Russian crude and has explored greater purchases of Iranian oil during the disruptions of 2026 (Reuters, 2026a). In this way, the Middle East can temporarily strengthen Russia’s economic position, complicate sanctions and bring Eurasian energy chains even closer together.
But China is not simply a partner of Russia; its conduct during the Middle East crisis shows that Beijing also tries to preserve its own energy and commercial stability. In September 2026, China urged Iran to reduce Houthi attacks against Saudi oil infrastructure, a sign that its fundamental interest is to maintain the flow of energy, not necessarily to align itself unreservedly with Tehran (Reuters, 2026b). This is a key to understanding the future multipolar architecture: great actors do not have to form rigid ideological blocs, but can cooperate in one theater and compete in another. Russia and China can coordinate against the West and, simultaneously, compete for energy markets, influence in Central Asia and access to resources.
European total war would therefore be less probable as a binary conflict than as an accident of interconnected systems. An incident in the Baltic can affect NATO; a NATO response can affect Russia; Russia can respond in cyberspace; a cyberattack can affect an energy company; the company can activate emergency protocols; the energy market can spike prices; governments can intervene; the intervention can be interpreted by another actor as military preparation; and the sequence can continue growing. The war of the twenty-first century can begin without anyone issuing an initial order called «begin the war»: it can emerge from a chain of rational local decisions that produces an irrational global result.
Here the notion of accidental escalation acquires meaning. Nuclear systems aggravate the problem because they reduce the margin for error: Russia and the United States remain the two largest nuclear powers; several European states belong to NATO, and France and the United Kingdom possess their own nuclear arsenals. Conventional war between Russia and NATO could, under certain circumstances, generate threats perceived as existential by one of the actors. Nuclear doctrine should not be interpreted as an automatic script, but as a structural limit: the presence of nuclear weapons means that operations that would be normal in a conventional war — for example, deep attacks against strategic nodes — can be interpreted in a radically different way.
The logic of deterrence remains relevant: precisely because a nuclear war would be catastrophic, actors have strong incentives to avoid it. But deterrence works best when messages are clear and red lines are comprehensible; in a hybrid environment, where it is not always clear who attacked, what was attacked and whether the attack constitutes a state aggression, deterrence becomes difficult. A response that is too weak can incentivize new actions; a response that is too strong can provoke escalation. The balance between credibility and control is probably one of Europe’s central strategic problems in the coming years.
The deep causes of European precipitation are multiple: Russia’s war against Ukraine and the European perception that the conflict cannot be treated as a peripheral crisis; uncertainty about the US commitment to European defense, which has incentivized Europeans to build their own capabilities; the technological transformation of war; the vulnerability of supply chains; competition with China; the energy shock; the perception that Europe’s post-1991 security architecture no longer corresponds to the current balance of power; and, less visible but fundamental, the need for European states to rebuild a strategic culture after decades in which high-intensity war seemed improbable.
From this perspective, what is happening can be understood as a reaction to the compression of strategic time. If governments consider that Russia can regenerate forces, that China can alter the technological balance, that the United States can reduce its presence, that infrastructures are vulnerable and that hybrid war is already underway, the incentive is to act before the environment worsens. The problem is that this same urgency can lead to accelerated purchases, dependence on specific suppliers, less public deliberation and acceptance of exceptional measures. Security thus produces its own expansive logic.
The hypothesis that all this is part of a deliberate plan to lead European populations into a regime of controlled supplies arises, and must be treated with the same standard of proof required by any serious investigation. There are real elements that can feed that hypothesis: civil preparedness, strategic reserves, digital identity, data interoperability, digitization of services, greater infrastructure surveillance and expansion of intelligence systems. But from these elements a plan for permanent rationing is not causally deduced. As of September 2026, official sources deny it. At best, the risk is reduced to the potential capacity of the infrastructure, with the consequent possibility of modifying, in the future, the rules of its use.
The power dimension of data cannot be ignored: it means situating it in the correct place. In a hybrid war, the database of population, infrastructure, mobility and economic activity is a strategic asset. A state that knows which hospitals have generators, which ports have unloading capacity, which roads concentrate fuel, which companies manufacture critical components and which telecommunications nodes are redundant possesses an extraordinary planning advantage; inversely, an adversary that penetrates those databases can map vulnerabilities without needing to physically penetrate a territory. In the terms of my own theoretical framework, what becomes visible here is that the institution — understood as a stable form of mediation between a material, an operator and a norm — has itself become a military target: it is not necessary to destroy the factory if the record that coordinates it can be corrupted.
The same logic applies to institutions in general. An attack against a public administration does not need to destroy buildings: it can alter records, steal credentials, paralyze payments, modify databases, block services or sow doubts about the integrity of information. If the citizen cannot know whether a digital document is authentic, whether a bank account correctly reflects his or her funds or whether a mobilization order is legitimate, the state’s capacity is degraded without a single shot. Cognitive war and digital war thus converge on trust: the final objective is not only to destroy systems, but to ensure that no one trusts them — which is equivalent, stated precisely, to dissolving institutional order itself without needing to tear down any of its buildings.
The question of European autonomy then appears under a different light. Europe is trying to reduce military dependencies on the United States, energy dependencies on Russia and technological dependencies on third parties, but reducing one dependency can create another: buying US systems increases capacity quickly, but can maintain technological dependence; buying European systems strengthens industry, but can take longer; producing one’s own chips increases resilience, but requires enormous investments; diversifying energy reduces Russian dependence, although it increases exposure to maritime transport and global producers. Strategic autonomy does not consist in not depending on anyone — something impossible — but in controlling enough critical nodes so that no individual dependency can easily be transformed into coercion.
The same reasoning allows understanding the Russian economy. Western sanctions have reduced access to certain technologies and markets, but Russia has reoriented its trade toward China, India, Turkey, Central Asia and other markets. The effectiveness of sanctions cannot be measured solely by whether they cause immediate economic collapse: their function may consist in increasing costs, limiting technologies, reducing investment, degrading productivity and making financing more expensive. But they also generate incentives to create alternative payment systems, trade routes and supply chains. War consequently accelerates a global economic fragmentation that could survive even after a possible ceasefire.
The geoeconomics of critical minerals deserves equivalent attention. Drones, batteries, missiles, radars, engines, semiconductors and communication systems require rare earths, lithium, cobalt, graphite, nickel and a wide range of materials. China holds an especially strong position in the processing of numerous critical minerals; Europe and the United States are trying to diversify through Australia, Canada, Africa, Latin America and domestic production. This introduces a new theater of competition: producer countries cease to be simple commercial suppliers and acquire strategic value. A prolonged European conflict could accelerate competition for Africa, the Arctic, Central Asia and Ibero-America — not necessarily through open wars, but through contracts, financing, infrastructure, sanctions, diplomacy and political pressure.
The Arctic is particularly relevant. Thawing, new maritime routes and the concentration of resources turn the region into a space where Russia, the United States, Canada and European countries have overlapping interests. A European war would increase the importance of the Northern Sea Route, submarine capabilities and infrastructure surveillance; the Arctic could become a zone of low-intensity military competition even without direct confrontation. The pattern, again, is the same: contemporary war extends toward infrastructures and transit spaces.
The most dangerous scenario is not necessarily the one that begins with a Russian attack on a NATO member state. It can begin with an ambiguous incident: a drone that falls on the territory of an allied country; an aircraft that briefly penetrates airspace; a cable that is cut; an electrical substation that suffers a fire; a port that is the object of a cyberattack; a disinformation campaign that alters an electoral process; a defense company that suffers ransomware; or a long-range munition that accidentally impacts the territory of a NATO state. If attributions harden and societies demand a response, the security dilemma is transformed into an escalation dilemma.
Therefore, the most important risk indicator is the density of incidents and the reduction of communication mechanisms. A Europe that increases its military spending but maintains channels of communication with Moscow may be more prepared and not necessarily closer to war; a Europe with fewer weapons, but without crisis management mechanisms, may be more vulnerable. Stability depends on both things — deterrence capacity and de-escalation capacity —; the absence of one of them increases risk.
The immediate future can be organized into four theoretical scenarios. The first is an «armed deterrence with persistent hybrid war»: Europe continues rearming, Russia maintains indirect pressure, Ukraine remains a space of confrontation and no open NATO-Russia war occurs. The second is «limited escalation»: a serious incident in the Baltic, the Black Sea, airspace or cyberspace provokes a limited military response that remains localized through urgent negotiation. The third is a «regional high-intensity war»: Russian forces and those of one or several European states enter direct combat, with massive use of drones, missiles, electronic warfare and attacks against infrastructure. The fourth is a «multi-theater systemic crisis»: Europe, the Middle East and Asia experience conflicts or blockages simultaneously, producing a global energy, industrial and financial shock. The latter does not require China to enter the war to be extraordinarily disruptive.
The first scenario should not be confused with peace. It would be a form of chronic conflict in which societies live under permanent military preparation, influence campaigns, espionage, sabotage and sanctions: the border between peace and war would be institutionally blurred. The second scenario would be particularly dangerous because the success of de-escalation would depend on the speed with which governments could establish attribution, communication and proportionality. The third would immediately transform the European economy into a war economy. The fourth would produce a much deeper globalization crisis, with export controls, temporary energy rationing, financial restrictions and prioritization of strategic industries.
However, strategic systems produce restrictions, not necessarily destinies. Leadership decisions, diplomacy, technological changes, the Russian economic situation, US policy, China’s evolution and the trajectory of the war in Ukraine can substantially modify the outcome; but it is also not reasonable to assume that the mere continuity of the current system will automatically produce any stability.
A decisive variable will be Ukraine’s future. A peace that does not resolve the fundamental security perceptions of Russia, Ukraine and Europe can become a prolonged ceasefire, not a new order. On the other hand, a prolonged war can exhaust Ukraine, Russia and Europe, increasing the incentive of all parties to seek an agreement.
The US variable is equally central. If the United States maintains a robust military presence in Europe, the cost of a Russian aggression against a NATO state remains extraordinarily high; if it significantly reduces its presence, Europe will have to assume a greater burden and Russia could interpret the change ambiguously. But a more autonomous Europe can also be a Europe harder to intimidate: the outcome depends on how Moscow interprets European capacity.
The Chinese variable has an equally paradoxical structure. A European conflict weakens China if it interrupts global trade and increases energy costs, but it can strengthen it relatively if it reduces Western economic weight or consumes US resources. China has, therefore, incentives to avoid a world war and, simultaneously, incentives to strategically take advantage of a greater dispersion of Western resources. That combination explains a policy that can be cooperative, competitive and opportunistic at the same time: it is not necessary to assume a conspiracy, but to recognize the rationality proper to a great power trying to maximize its margin for maneuver.
The Iranian factor is similar. Russia can benefit from high energy prices, but a prolonged war in the Middle East can also reduce global demand, increase pressure on China and cause a recession that ends up harming the Kremlin itself. Iran can use the Strait of Hormuz as an instrument of coercion, but its prolonged closure threatens its own revenues and its partners. The United States can exercise regional military supremacy, but every week of war consumes resources, increases the risk of proliferation and forces it to maintain dispersed forces. All actors face costs; precisely for that reason the system remains open.
There is, finally, an anthropological dimension that deserves attention. Western societies have lived, for decades, under the expectation that industrial war was a phenomenon of the past. Ukraine has shown that high-intensity war can return to the European continent, and the psychological and political consequence is a transformation of the population into a strategic variable: governments and armies need citizens prepared for blackouts, cyberattacks, supply interruptions and disinformation; companies need continuity plans; schools incorporate preparedness; families store supplies. These measures can increase resilience, but they also normalize exceptionality: a society that lives permanently in a state of alarm may end up accepting as ordinary measures that, in another context, it would have considered extraordinary.
Here resides, perhaps, the deepest question about digital identity. The problem is not that an electronic credential exists; the problem appears when the architecture of security, finance, health, mobility and administration becomes so interdependent that digital identity is transformed into a transversal condition of access to social life. At that point, an administrative decision can have systemic effects: if hybrid war turns data into a strategic asset, protecting the citizen requires preventing that asset from becoming, without controls, an instrument of coercion. It is exactly the phenomenon of post-democratic subjection: not the open imposition of an authoritarian regime, but the gradual replacement of institutional plurality by a single infrastructure of mediation.
The same logic must be applied to the defense technology industry. The partial privatization of military functions can increase innovation and speed, but it introduces a question of sovereignty: if a private company controls a data platform that integrates sensors, weapons, communications and operational decisions, who controls the algorithm? Who audits its updates? Who guarantees that a vulnerability does not compromise the network? What happens if the company changes owner, enters financial crisis or decides not to supply a capability? Reuters reported, in 2025, internal US Army warnings about potential vulnerabilities in a command and communication system associated with Anduril and Palantir, although the companies questioned or nuanced the conclusions of those evaluations (Reuters, 2025b). The fact reveals a structural tension: the speed of Silicon Valley does not always coincide with the assurance culture proper to critical military systems — and that same tension reproduces, on a corporate scale, the institutional problem we have been describing: a non-delegable public function — defense — mediated, increasingly, by a private institutional order that does not answer to the same mechanisms of control.
Future war will be, to a large extent, a war for the continuity of systems. The winner will not necessarily be the one who destroys more platforms, but the one who keeps its energy, communications, logistics, production, satellites, finances, hospitals, administration and industrial chain functioning while the adversary loses coherence. This returns war to the economic terrain: national resistance becomes military capacity. A country capable of rapidly repairing a power grid, producing transformers, replenishing drones, manufacturing ammunition, recovering satellites, restoring communications and replacing critical suppliers possesses a form of power that does not appear in traditional figures of tanks and aircraft.
From that perspective, Europe is doing something unusual: it is transforming defense into a general policy of resilience. The problem is that such a policy tends toward the militarization of public administration. The European Commission already speaks of a whole-of-society approach, of public-private cooperation and civil-military coordination (European Commission, 2025d). That strategy can be perfectly compatible with a liberal democracy, but it increases the need for controls: the more civil society, companies, administrations and armed forces are integrated, the more important it is to maintain clear boundaries between military and civilian functions, protect rights and ensure that emergency measures have temporal and legal limits.
Ibero-America occupies, on this map, a position that is rarely made explicit but that no serious reading of the conflict can omit. The region is not belligerent nor is it mentioned in any of the lines of fracture described so far, and yet it is traversed by almost all the identified vectors: energy, critical minerals, food, finance and migration. The first is the most evident. Competition for critical minerals — lithium, copper, nickel, graphite — turns the so-called lithium triangle (Argentina, Bolivia, Chile), Peruvian and Chilean copper mining and Brazilian nickel into the object of a dispute that is no longer only commercial: Europe and the United States seek to diversify with respect to China precisely where China has already built, over years, investment, financing and processing positions that are difficult to displace. Ibero-America thus becomes terrain of a geoeconomic competition in which the producer countries themselves have little margin to set the terms of exchange, unless they manage to coordinate a common position — which, so far, they have not achieved. The second vector is food: the war in Ukraine already demonstrated, since 2022, how a disruption in the Black Sea can transform the large Latin American agricultural exporters — Argentina, Brazil — into pieces of substitution for global grain supply, with the consequent effect on domestic prices and external negotiating margins; a greater escalation in Europe, added to the Middle East crisis, would only intensify that function, with short-term benefits for some countries and inflationary pressure for those that are net importers of energy and fertilizers.
The third vector is financial and migratory, and it is the least visible but perhaps the deepest. A global economic fragmentation accelerated by war — alternative payment systems, trade blocs, capital controls — forces Ibero-American states to decide, even by omission, on which side of that fragmentation they want to place themselves; and a global energy or financial crisis hits with particular harshness economies that depend on remittances, foreign direct investment and debt markets denominated in currencies beyond their control. To this is added the not remote possibility that the region receives indirect migratory pressure if the European or Middle East conflict generates displacements toward Atlantic routes. But there is, in addition, a properly institutional dimension, the one that matters most here. Ibero-America does not have a security architecture or a geoeconomic voice comparable to Europe’s or Asia’s; its capacity to convert its own critical resources into negotiating power depends, precisely, on the strength of its national and regional institutions vis-à-vis external actors — state and corporate — with much greater capacity to mobilize capital and diplomatic coercion. In that sense, the European war is not, for Ibero-America, a foreign matter to observe from a distance: it is a test of the institutional solidity with which the region can administer its own material wealth without it ending up, once again, serving power projects decided elsewhere.
The conclusion about imminence, therefore, must be formulated precisely. There is robust evidence that Europe is preparing its military, industrial and civil structures for the possibility of a high-intensity war, while Russia maintains an economy and armed forces oriented toward a prolonged conflict and develops area-denial, electronic warfare, drone and long-range attack capabilities. There is, moreover, a hybrid war already observable — although the attribution of each particular incident requires specific analysis —; and there is a global environment in which the Middle East and Asia can amplify any European crisis through energy, trade, technology and alliances. Total war is not inevitable, but the European system is more prepared for it and more exposed to it than at any moment since the end of the Cold War. The most worrying thing is the convergence of variables: in such a system, small disturbances can produce large effects because the subsystems are coupled. The greatest error would therefore be to wait for a single signal announcing the arrival of total war: modern war does not necessarily arrive with a declaration.
Among the thresholds, five deserve special vigilance. First, the permanent deployment of European combat forces in direct operational contact with Russian forces outside Ukraine. Second, deliberate attacks attributed with a high degree of confidence against NATO territory that produce casualties or strategic damage. Third, a substantial Russian mobilization accompanied by logistical concentration oriented toward a specific NATO theater. Fourth, coordinated attacks against European critical infrastructure in multiple countries and domains simultaneously. Fifth, signs of degradation of communication and nuclear control mechanisms. The joint appearance of several of these indicators would substantially modify the risk assessment.
The economic dimension must also be monitored: more severe export controls, restrictions on capital movement, accelerated conversion of civilian industries, emergency multi-year defense contracts, extraordinary storage of fuel and food, state prioritization of supply chains and transport restrictions.
The population must be treated, in this framework, not as a passive object of manipulation, but as part of the security system. A terrified citizenry is less resilient; an informed citizenry, capable of distinguishing facts, attributions, hypotheses and propaganda, is harder to manipulate — and more capable of sustaining with the institutions that protect it a relationship of genuine balance, rather than a relationship of mere passive dependence.
We are witnessing the reconfiguration of an international system that, for three decades, rested on assumptions that no longer work: cheap Russian energy for Europe, unquestioned US military primacy, relatively depoliticized globalization, supply chains optimized by cost and not by security, separation between civilian and military infrastructure, and confidence that high-intensity war belonged to a surpassed historical stage. All those assumptions have been eroded. The result is a more expensive, more armed, more fragmented world and, precisely for that reason, more prone to miscalculation.
The strategic horizon, then, is not the Armageddon announced by apocalyptics, nor the reassuring normality of those who confuse the absence of declared war with the absence of conflict. It is an era of permanent competition in which war can remain below the threshold for years and, nevertheless, profoundly modify institutions, economies, technologies and societies. And it is precisely there — in that slow, cumulative, almost invisible modification while it occurs — where institutional analysis demonstrates its necessity: because the war that is not declared does not stop being fought; it simply changes terrain, and that terrain is, with increasing clarity, that of institutions themselves.
