Una lengua contra su gente: Sobre el español neutro del doblaje, el mal español y la prótesis de una identidad
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Un niño quiteño enciende el televisor. Sábado por la mañana, digamos. Oirá, en boca de un dinosaurio o de un ratón, que alguien debe empacar sus cosas en la recámara y que otro bebe su refresco con un popote. Nada en ello le suena equívoco. He ahí lo llamativo: aprende a asociar con la voz de la gracia, de la autoridad, de la ternura —con todo cuanto el relato audiovisual reviste de prestigio— una lengua que no es la de su casa, ni la de su calle, ni la de su escuela, ni, a decir verdad, la materna de nadie. Mientras tanto, a varios miles de kilómetros al norte, un adolescente de Houston o de Miami recibe, de la publicidad, de la industria discográfica y de no pocas aulas, la sugerencia contraria y simétrica: que su español «auténtico» es una mezcla chispeante de estribillo caribeño y sintaxis inglesa, y que hablarlo con gramática propia es una pose de viejos. Y en un tercer escenario, sin niños ni adolescentes a la vista, una máquina entrenada sobre un corpus abrumadoramente anglófono redacta, traduce y dobla en un español que nadie le corrigió. Son tres escenas aparentemente inconexas; en realidad, tres tiempos de un mismo fenómeno.
Que una lengua de más de quinientos millones de hablantes nativos (Instituto Cervantes, 2025) deba su voz pública —la de los dibujos animados, las series, las películas, los videojuegos— a una variedad que ninguna comunidad ha hablado nunca en su vida cotidiana dista de la simple curiosidad de estudios de traducción. Toca preguntarse de qué manera la fabricación industrial de un español neutro para el doblaje y la promoción comercial de un español híbrido con el inglés en Estados Unidos operan, en conjunto, como instrumento de influencia cultural en la disputa entre el mundo anglosajón y el mundo de tradición hispánica; qué alcance tienen ambos fenómenos en la educación en español; y qué papel cumplen en esa disputa las plataformas de inteligencia artificial, que heredan los dos y los multiplican…
El español neutro del doblaje es una prótesis lingüística nacida de cálculos de mercado y de Estado; sin necesidad de plan concertado alguno, ese dispositivo converge con la comercialización de un español sentimental e hibridado en Estados Unidos y produce una colonización simbólica; la IA generativa la industrializa, porque fija a escala planetaria y sin instancia de corrección decisiones de diseño cuyo efecto debilitante sobre el español es previsible y aceptado de hecho por quienes las toman; y los efectos educativos de todo ello son en parte comprobables y en parte previsibles.
Aquí nos referiremos como español neutro a la variedad concebida para que una sola banda sonora sirva a todo el mercado hispanohablante, lo que exige podar modismos y localismos hasta obtener un acento que ningún espectador identifique como ajeno (García Aguiar y García Jiménez, 2011). El adjetivo engaña por su ascendencia química: no designa un habla sin sesgo, sino un disolvente, algo que resulta inocuo para todos precisamente porque no pertenece a nadie. Su proliferación nominal —español internacional, común, estándar, «latino»— delata la dificultad de definir un objeto que no remite a ninguna comunidad de hablantes. Por doblaje entendemos la sustitución integral de la banda vocal de una obra por otra en lengua distinta, algo que, frente al subtitulado, que conserva la voz de origen, entrega la mediación entera a quien paga el estudio.
Tres distinciones evitan confundir lo que aquí se critica con lo que no. La primera separa la variedad dialectal —el español caribeño, el andino, el rioplatense—, que es el habla viva de una comunidad y goza de legitimidad plena dentro de la norma policéntrica que las academias de la lengua cultivan en conjunto (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española [RAE y ASALE], 2009), del registro artificial, que es un producto industrial. La segunda distingue el préstamo y la alternancia de códigos —competencia bilingüe sofisticada, como mostró Zentella (1997) en su estudio de los niños puertorriqueños de Nueva York— del calco sintáctico y léxico que desfigura el sistema receptor sin que nadie lo decida. La tercera atañe al spanglish, término que Stavans (2003) rastrea hasta la década de 1940 y a un escritor puertorriqueño, y que abarca fenómenos muy dispares, desde el simple préstamo hasta la mezcla estable: no es lo mismo el habla de un hogar bilingüe que el estilo que una agencia publicitaria decide fabricar. De ahí que el objeto de esta crítica no sea la variación, sino la manufactura: no lo que los hablantes hacen con su lengua, sino lo que se hace con ella desde otro ámbito, ajeno, intencionalmente.
Una cuarta precisión es de método y desagradará a más de un lingüista. El relativismo cultural, convertido en reflejo académico, sostiene que toda variedad y todo uso son equivalentes y que calificar un registro de deficiente es un acto de dominación. La premisa es, en su mitad, ciencia sólida —ninguna variedad es intrínsecamente inferior—; en la otra mitad, un sofisma: de que ningún dialecto sea peor que otro no se sigue que ningún producto lingüístico lo sea, ni que carezca de sentido preguntar quién lo fabrica, con qué criterio y bajo qué corrección. Cameron (1995) sostuvo, desde dentro de la sociolingüística, que la regulación del habla es inevitable y universal —la ejercen editores, maestros, publicistas y también los lingüistas que dicen no ejercerla—, de modo que la disyuntiva real no es entre norma y libertad, sino entre una norma sometida a la crítica de la comunidad y otra impuesta por quien paga. Renunciar a la crítica de la norma no deja el campo libre: lo cede, y quien lo ocupa es el departamento de mercadotecnia de turno.
El marco más amplio es doble. De un lado, la noción de poder blando (soft power), que Nye (2004) define como la capacidad de lograr lo que se desea mediante la atracción y no mediante la coerción ni el pago: quien produce las historias que una generación quiere ver y las voces en que las escucha moldea preferencias antes de que haya conflicto alguno. De otro, la tesis del Homo Institutionalis, según la cual la persona no es un mero humano ni un individuo con derechos, sino el sujeto que se constituye como tal al participar en sistemas de significación, normatividad y crítica que trascienden su subjetividad inmediata. La lengua es la institución primera de ese género: sistema de significación compartido, sometido a norma y susceptible de crítica, cuya materialidad es a un tiempo corpórea —la voz—, psicológica —el hábito— y abstracta —el sistema— (Bueno, 1972). De lo cual se sigue una consecuencia decisiva para lo que sigue: una institución lingüística legítima nace del acuerdo y de la práctica de una comunidad que puede corregirla; una que nace de un estudio de mercado y no puede ser corregida por nadie que la hable es una prótesis, y la identidad que se apoya en ella, una identidad postiza. Se sigue otra consecuencia, menos advertida: una lengua no necesita perder hablantes para debilitarse. Le basta con quedar privada de sus instituciones de corrección —la escuela, la academia, la crítica, el modelo de prestigio— o ver estas sustituidas por dispositivos que ningún hablante controla. Eso, y no la extinción, es lo que entiendo aquí por debilitar una lengua, y en ese sentido el español, con sus quinientos millones de hablantes, es una lengua vulnerable.
El español neutro no surgió de los hablantes, sino de un problema de costes de la industria cinematográfica estadounidense. Cuando el cine sonoro hizo imposible exportar películas con rótulos, Hollywood ensayó rodar versiones íntegras en español, y el experimento se hundió, entre otros factores, en lo que la historiografía llama la «guerra de los acentos», pues los repartos reunían actores mexicanos, cubanos, argentinos y españoles cuyas hablas mutuas resultaban incómodas al público de cada país (Jarvinen, 2012). Lo reveló el propio cine de la época: las versiones hispanas de películas como Drácula fueron frecuentemente más rentables que los originales ingleses, pero su heterogeneidad dialectal las volvía costosas e insostenibles; el éxito de producciones nacionales como Allá en el rancho grande (1936) completó el giro y empujó a los estudios hacia el doblaje (Jarvinen, 2012). Terminada la Segunda Guerra Mundial, los estudios emprendieron, según la misma autora, una campaña para imponer la voz doblada como modo estándar de traducción en Iberoamérica, pese a la mala acogida inicial de críticos y de parte del público. Nótese el orden causal: el problema no fue lingüístico sino contable, y la solución tampoco fue lingüística, sino contable: una sola pista de audio para veinte países exige una lengua que no sea de ninguno. La diversidad del español estorbó al balance de cuentas; la industria zanjó el estorbo suprimiendo la diversidad.
La segunda mitad de la historia revela algo más: la neutralidad fue, desde el principio, una máscara de la particularidad. En 1944, la Metro Goldwyn Mayer reunió en México a un grupo de actores, la mayoría de la radio, a quienes se atribuía el «acento neutro tan deseado», para grabar en Nueva York la versión española de sus películas; el gobierno mexicano, que vio en ello una amenaza para su cine nacional, prohibió aquellos doblajes y, dos años después, casi todos los actores habían regresado, aunque quedó sembrada una industria propia de doblaje que terminó por suministrar series y dibujos animados, entre ellos los de Walt Disney, a todo el ámbito hispánico, España incluida (García Aguiar y García Jiménez, 2011). Ese español, que se pretendía de nadie, era en rigor un español mexicano pulido. La consecuencia es paradójica: la variedad destinada a no pertenecer a ninguna comunidad terminó atada, por accidentes de la historia industrial, a una sola de ellas, de suerte que el resto de los hispanohablantes ha crecido oyendo como «neutro» un habla ajena. No hay en ello reproche a México —cuyos profesionales del doblaje son, con frecuencia, encomiables—, sino una comprobación incómoda para el relativismo: si todas las variedades valen lo mismo, ¿por qué una de ellas, y no otra, fue elevada a norma audiovisual de veinte países? La respuesta no es lingüística, y los defensores de la equivalencia universal de los usos no tienen cómo darla. La tiene quien admite que la neutralidad es una ficción que solo se sostiene mientras alguien decide qué rasgos cuentan como neutros, y que esa decisión nunca la toman los hablantes.
El doblaje fue, desde sus orígenes, instrumento de Estado además de negocio, y que de ahí se deriva su dimensión geopolítica. Bastan dos casos. En 1941, el régimen franquista, mediante una orden del Sindicato Nacional del Espectáculo, impuso el doblaje obligatorio de todas las películas habladas en lengua extranjera (Estivill Pérez, 1999); la historiografía discute si primó la xenofobia lingüística, el proteccionismo económico o la recaudación, pero coincide en un efecto: el doblaje obligatorio permitía a la censura alterar los diálogos sin que el espectador lo advirtiese (Estivill Pérez, 1999; Sánchez Galán, 2020). El doblaje, por tanto, nunca ha sido una traducción inocente: quien controla la voz controla lo que se dice. El segundo caso viene del otro lado del Atlántico. Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense creó la oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos y encargó a Walt Disney una gira de buena voluntad por Sudamérica que produjo Saludos Amigos (1942) y The Three Caballeros (1944), películas destinadas a cultivar la simpatía hacia Washington en un continente que el Eje cortejaba (Kaufman, 2009). El programa se disolvió al terminar la guerra, pero lo esencial no fue la película, sino el precedente: la industria del entretenimiento demostró su valor como herramienta de influencia hemisférica, y esa lección no se olvidó. Nebrija escribió en 1492 que «siempre la lengua fue compañera del imperio» (Nebrija, 1492/2011). La gramática castellana vale, con mayor razón, para los estudios de doblaje del siglo XX: el poder que decide en qué lengua se cuenta el mundo decide también qué mundo se cuenta.
Quien crea que atribuir intención a esta historia es paranoia debería mirar el caso en que la intención fue política pública. Entre 1898 y 1948, Estados Unidos hizo del inglés la lengua de instrucción de la mayor parte de los grados posprimarios en las escuelas públicas de Puerto Rico, y la «americanización» de la isla figuró entre los propósitos de esa política (Angrist et al., 2008). Los economistas que evaluaron el experimento encontraron algo que debería incomodar a todos los bandos: las estimaciones que controlan las tendencias por cohorte no muestran que la enseñanza intensiva en inglés haya mejorado el inglés de los puertorriqueños (Angrist et al., 2008). Es decir, la lengua materna fue desplazada de las aulas sin beneficio pedagógico demostrable en la lengua que se pretendía enseñar. Y cuando, en 1949, Mariano Villaronga, de vuelta en la Comisaría de Educación, hizo del español la lengua de instrucción en todos los grados, venía de ver frenada su confirmación por el Senado estadounidense precisamente por haber anunciado que lo haría (Angrist et al., 2008). El precedente prueba que el desplazamiento escolar del español fue, en un episodio documentado, un propósito de Estado; por otra parte, no prueba que el doblaje o la IA actuales respondan a uno. En todo caso, desarma la coartada de que la sospecha es un invento: la hipótesis del debilitamiento deliberado del español tiene antecedentes registrados, y el modo de evaluarla es mirar qué se decide, quién gana y quién puede corregirlo.
Interesa precisar el alcance del argumento, para no atribuir a la historia más de lo que prueba. Ningún documento de los consultados demuestra que alguien haya decidido degradar el español mediante el doblaje; lo que muestran es la convergencia de tres intereses —el de los estudios, que querían una pista única; el de los Estados, que querían influencia o control; el de los distribuidores, que querían costes bajos— en un mismo resultado. Hay, pues, tres grados de intención que no deben confundirse: la intención declarada contra la lengua, de la que Puerto Rico ofrece un caso; la intención instrumental sobre ella, que la usa como canal o como filtro, como hicieron el franquismo y la buena vecindad; y la indiferencia calculada, en que nadie necesita querer dañar la lengua si el daño probable es conocido y se decide no pagarlo. El derecho penal tiene un nombre para esa última figura —dolo eventual: quien prevé el resultado y lo acepta responde por él—, y la analogía, que no pretende imputar delito alguno, sugiere que la teoría de las instituciones debería tener otro igual de severo. Una convergencia así resulta más eficaz que un plan, porque no puede ser denunciada como tal ni desmontada por la revelación de un secreto: opera por incentivos, unos que se reproducen solos.
El producto de ese proceso es un registro lingüísticamente deficiente, porque la fabricación de una lengua para ser traducida es, a la vez, la fabricación de una lengua para ser calcada. La explicación causal es simple: la oralidad del doblaje es una oralidad «prefabricada», escrita para ser dicha, que reproduce los rasgos de la conversación espontánea sin proceder de ella (Baños y Chaume, 2009), y que, según los estudios sobre el doblaje en español, resulta menos natural que el habla real de la que pretende ser imagen (Romero Fresco, 2009). ¿Una evidencia precisa? La primera temporada completa de Los Picapiedra: junto con un léxico en buena parte despojado de localismos, que a un oído peninsular puede sonar artificial e incluso arcaico, los investigadores hallaron mexicanismos como popote o chango y, sobre todo, una abundancia de calcos del inglés, entre ellos «iniciar el conteo», «los comerciales de la televisión», «baños de sol», «té sobre las rocas», «antes meridiano» o «aplicar una multa», además de construcciones como «mañana en la mañana», «hoy en la tarde» o «por un segundo», y de pasivas y de usos de ser por estar que reproducen la sintaxis del original (García Aguiar y García Jiménez, 2011). No se trata de incorrecciones de un traductor distraído, sino de rasgos estructurales de un producto que se concibe como mera sustitución de voces.
De lo anterior se desprende lo que cabe llamar, sin eufemismos, «mal español»: no el habla dialectal, que es legítima, sino el que se aparta de los recursos del propio sistema para imitar los de otro, y que circula sin la corrección que ejerce una comunidad que se escucha a sí misma. El adjetivo es deliberado. Una comunidad que ha convertido en tabú la palabra «error» no puede defender su lengua, porque defender es discriminar entre lo que la sirve y lo que la socava. El peligro no está en el calco aislado —toda lengua los ha tolerado—, sino en la escala y la ausencia de retroalimentación: millones de niños y adolescentes reciben durante años, por la vía más prestigiosa, un modelo cuya sintaxis ha sido ajustada a la lengua inglesa. Y el modelo no se queda en el entretenimiento: los mismos autores señalan que el español neutro se convierte en lenguaje de especialidad en la traducción científico-técnica y que abunda en los videojuegos (García Aguiar y García Jiménez, 2011). Ahí el daño sobrepasa lo meramente estético: una lengua cuyo registro científico se calca del inglés pierde la capacidad de pensar la ciencia con sus propios recursos, y con ella una parte de su autonomía intelectual.
El segundo extremo de la operación —la promoción en Estados Unidos de un español hibridado y sentimental— obedece a una lógica complementaria, y que su mecanismo principal no es la imposición, sino el aprovechamiento comercial de una pérdida. La cadena de porqués es la siguiente. La escolarización en inglés produce, a partir de la segunda generación, hablantes de herencia cuya competencia en español es limitada; el Instituto Cervantes (2025) informa de que el grupo de hablantes de competencia limitada ha crecido un 79 % desde 2012, impulsado en parte por la enseñanza del español en los sistemas educativos de Estados Unidos, Europa y Brasil. El mercado, que se dirige a ese público tal como lo encuentra, adapta su lengua a su competencia, y la adaptación, al difundirse, legitima el estado de cosas que explotaba: la pérdida se vuelve estilo, y el estilo, identidad. La publicidad lo muestra: las grandes marcas, como Coca-Cola, han recurrido a la alternancia de códigos como estrategia de identificación con el consumidor hispano (Esquivel, 2012). Y se completa con lo que Pew documentó sobre el término Latinx: solo el 23 % de los adultos hispanos de Estados Unidos lo conocía y apenas el 3 % lo usaba, pero la familiaridad era mucho mayor entre los jóvenes y los universitarios, y entre quienes lo conocían el predominio de hablantes principalmente de español era de apenas el 9 %, frente al 33 % entre quienes lo ignoraban (Noe-Bustamante et al., 2020). La innovación lingüística no brotaba de la comunidad hispanohablante, sino de las instituciones que hablan sobre ella, y lo hacía mayoritariamente en inglés. Un término que la mayoría de los supuestamente representados ignora o rechaza, y que sin embargo circula con fluidez entre las instituciones que hablan sobre ellos, es la forma más pura de lo que aquí se critica: una institución lingüística sin comunidad, esta vez con membrete académico.
Tal lógica produce la desinstitucionalización: sustituye una identidad racional, apoyada en lengua, derecho, historia e instituciones, por una identidad sentimental, hecha de música, color y pasión. El reguetón es el ejemplo más visible, y conviene tratarlo con rigor y no con desdén. Rasgos como la aspiración de la /s/ o la apócope de «para» en pa’ son fenómenos del español caribeño descritos por la gramática (RAE y ASALE, 2011), no deformaciones. Lo que se objeta no es, pues, la fonética de un género, sino su selección como rostro casi único del español para las audiencias jóvenes del planeta y para los aprendices extranjeros. El 8 de febrero de 2026, Bad Bunny protagonizó el primer espectáculo del descanso de la Super Bowl cantado predominantemente en español, con una audiencia televisiva combinada de 128,2 millones de espectadores (Guinness World Records, 2026), y Duolingo informó de un aumento del 35 % en el número de personas que comenzaron lecciones de español tras la actuación (beIN SPORTS, 2026). La lengua conquistó, así, el escenario mayor del entretenimiento estadounidense; pero conquistar un escenario no es lo mismo que conquistar una institución: aquella tarde el español fue espectáculo y no ley, ciencia ni escuela, y las audiencias se acercaron a él como a una estética muchísimo antes que como a un sistema de pensamiento. Que la forma más celebrada de existir del español en el mundo sea el festival y no el aula dice más sobre la jerarquía real de las lenguas que cualquier estadística de hablantes.
El alcance de ambos fenómenos en la educación en español es hoy parcial pero real, y que se despliega por tres vías. La primera es la del contenido audiovisual y digital que la escuela y el hogar consumen como complemento educativo: si la voz con que los niños aprenden, además de entretenerse, es la del español neutro, y si este se extiende al lenguaje científico-técnico y a los videojuegos, la norma de la que los alumnos se nutren fuera del aula es una norma de laboratorio (García Aguiar y García Jiménez, 2011). La segunda es la del mercado de aprendices: con más de seiscientos treinta y cinco millones de hablantes potenciales y un número creciente de estudiantes que, según el Cervantes, podría rondar los cien millones antes de fin de siglo (Instituto Cervantes, 2025), la oferta de enseñanza del español depende cada vez más de plataformas y editoriales comerciales cuyos criterios de variedad responden al mercado y no a una política lingüística; cabe sospechar que la preferencia por el español neutro o por el español «de la calle» en esos materiales sea la proyección escolar de las mismas lógicas, aunque la hipótesis aguarda estudios que la corroboren.
La tercera vía es la de la escuela como campo de batalla. En Estados Unidos, la pedagogía del translanguaging, que propone usar el repertorio completo del alumno bilingüe como recurso de aprendizaje (García y Wei, 2014), ha dado a la alternancia de códigos un lugar legítimo en el aula; cuando se emplea para construir la alfabetización en español, es valiosa, pero cuando sustituye la enseñanza de la norma culta, deja al hablante de herencia sin la lengua escrita que le daría acceso a la ciencia, el derecho y la literatura de su tradición. Dicho sin rodeos: celebrar como «autenticidad» lo que es una carencia de instrucción es una forma de abandono con buena prensa. En el mundo hispánico, por su parte, las autoridades educativas han percibido que la escuela es el último reducto de la norma: así lo muestra la resolución de 2022 del gobierno de Buenos Aires, que prohibió a los docentes emplear en el aula marcas como la «e», la «x» o la «@» y se apoyó, para ello, en la recomendación de la Academia Argentina de Letras y en el criterio de la Real Academia Española (El Espectador, 2022). Sea cual sea el juicio que merezca la medida, importa su significado: una parte del sistema educativo hispánico ha comprendido que, sin criterio institucional propio, la escuela recibe como norma lo que otros han decidido.
Es preciso reconocer, con todo, que no abundan los estudios longitudinales concluyentes que midan el efecto causal del doblaje o del spanglish comercial sobre la competencia lingüística escolar de los niños hispanohablantes, y toda afirmación al respecto debe presentarse como hipótesis fundada, solamente. Pero esa ausencia no es neutral: quien espera la prueba longitudinal para actuar acepta, mientras tanto, que una cohorte entera sirva de experimento, y el caso de Puerto Rico, evaluado con rigor casi sesenta años después de que concluyera la política (Angrist et al., 2008), muestra lo que cuesta esperar.
Las plataformas de inteligencia artificial heredan, a la vez, el corpus que dejaron los dos fenómenos anteriores, el criterio de variedad que fijaron las industrias que los generaron y la lógica de incentivos que los sostiene, y que los multiplican sin instancia alguna de corrección. Meta documentó que el 89,70 % del corpus de preentrenamiento de Llama 2 era inglés, frente a un 0,13 % de español (Touvron et al., 2023). La cifra pertenece a un modelo de 2023 y a una de las pocas empresas que han publicado esa distribución, de modo que conviene no generalizarla con ligereza: la mayoría de los desarrolladores no informa la composición lingüística de sus datos, y esa opacidad es ya un dato. Lo relevante no es solo que el español reciba poco, sino que lo reciba en una proporción fijada por quien entrena y no por quienes lo hablan: la decisión de cuánto español merece un modelo la toma el mismo tipo de agente que decidió, en los años treinta, cuántos acentos podía costear una película.
Wendler et al. (2024) analizaron los estratos intermedios de Llama 2 y hallaron que, ante un texto en otra lengua, el modelo asigna en las capas medias mayor probabilidad a la versión inglesa del concepto que a la de la lengua de entrada, y que su «espacio de conceptos» queda más cerca del inglés que de las demás lenguas. La imagen es elocuente, con las cautelas de un hallazgo sobre una familia concreta de modelos: la máquina piensa, por así decir, en inglés y traduce al español, es decir, hace con cada respuesta lo que el doblaje hace con cada película. Si esa jerarquía se traduce en calcos —cosa que ningún estudio citado aquí mide y que debe verificarse—, reproduciría en una arquitectura el rasgo que el análisis de Los Picapiedra documentó en una industria.
Por otro lado, debemos atender la contaminación del corpus por traducción automática. Thompson et al. (2024) mostraron que una porción enorme de la web traducida a varias lenguas procede, con toda probabilidad, de traducción automática, que ese contenido es más corto, más simple y de peor calidad, y que domina la traducción hacia lenguas de menos recursos; los autores advierten de que esto plantea serios problemas para entrenar modelos multilingües con datos raspados de la web. El español, lengua de recursos altos, ocupa el extremo menos expuesto de esa distribución, y sería deshonesto ocultarlo; pero el mecanismo es el que ya conocemos: cuando la traducción mecánica precede al texto original, el calco deja de ser accidente y se vuelve corpus. Y un corpus calcado entrena modelos que producen texto calcado que alimenta nuevos corpus. El circuito, que apenas se esboza, no necesita malicia para cerrarse, sólo que nadie lo interrumpa.
Finalmente, veamos lo concerniente a la conversión del español neutro en especificación de producto. Desde 2005 existe una etiqueta técnica, es-419, registrada ante la entidad que administra los códigos de lengua de internet, cuyo formulario de solicitud, presentado desde una dirección del dominio corporativo de Sony Pictures Entertainment, declara su propósito con franqueza: es práctica comercial común localizar contenidos en una versión neutra del «español latinoamericano», y la etiqueta pretende identificar esa variante neutra y distinguirla del castellano de Europa (Internet Assigned Numbers Authority [IANA], 2005, traducción propia). Nótese la jerarquía: el neutro no es una variedad descubierta, sino una variante registrada por la industria audiovisual para su logística. Veinte años después, las plataformas de streaming ofrecen doblaje asistido por IA, sí, en «español latinoamericano»: Prime Video lo estrenó en marzo de 2025 con un piloto de doce títulos licenciados, en inglés y en ese español, con profesionales humanos que supervisan el resultado (Señal News, 2025). La voz sintética ya no es siquiera la de un actor mexicano pulido: es la de nadie, y se convierte en norma por defecto para todo un continente.
Yakura et al. (2026) analizaron más de un millón de horas de comunicación hablada en inglés —conferencias académicas y pódcast— y detectaron un aumento abrupto, tras la salida de ChatGPT, del uso espontáneo de las palabras que este modelo prefiere; sus autores advierten del riesgo de homogeneización lingüística y de una influencia cultural latente en manos de unos pocos proveedores. El estudio se refiere al inglés y nada en él autoriza a afirmar que ocurra lo mismo en español; pero establece algo que importa aquí: que un modelo puede devolver sus rasgos a la lengua de la que se alimentó. Si ese modelo ha sido entrenado sobre una lengua calcada y le habla a millones de escolares, la pregunta ya no es si el circuito funciona, sino con qué rasgos.
¿Es esto debilitamiento intencionado? Depende del grado de intención que se exija. No hay, en las fuentes consultadas, prueba de que alguna empresa de IA se haya propuesto degradar el español. Lo que sí consta son decisiones deliberadas —qué proporción de datos, qué variedad por defecto, qué voz, qué revisión humana, qué transparencia— cuyo efecto sobre una lengua es previsible y que cada empresa toma atendiendo a su cuenta de resultados y no al interés de la comunidad que la habla. Cuando el daño probable se conoce y se acepta, la ausencia de plan no exculpa; de ahí que hablemos de debilitamiento por diseño: no lo quiere nadie, lo decide cada quien en su eslabón, y de la suma, pues nadie responde. La IA no es, por tanto, la herramienta neutral puesta al servicio de todas las lenguas que se anuncia, sino la prótesis más avanzada del Homo Institutionalis, y como todas funciona según el criterio de quien la fabrica.
Apelar a que todo estándar es artificial y que el español neutro cumple una función legítima, análoga a la de las lenguas comunes que han unido a los pueblos desde la koiné griega, parecería válido. Pero la analogía falla en su punto decisivo. La koiné nació del contacto entre hablantes y fue corregida por ellos; el español neutro nació de una hoja de costes y no admite corrección alguna de la comunidad, porque nadie lo habla. La unidad del español no necesita esa prótesis, pues ya cuenta con un instrumento institucional genuino: la norma panhispánica que consensúan las veintitrés academias de la lengua y que, lejos de suprimir la variación, la integra como parte de un sistema policéntrico (RAE y ASALE, 2009). Y la aceptación de los públicos es, además, menos unánime de lo que se afirma: el primer intento de doblaje masivo de Hollywood en México fue prohibido por el gobierno de ese país (García Aguiar y García Jiménez, 2011), y las críticas iniciales al doblaje «latinoamericano» fueron considerables (Jarvinen, 2012). Que el público se acostumbre no prueba que consienta: la costumbre es el modo en que se instala lo que nadie sometió a votación. Una lengua de uso común puede tolerar un registro artificial para el cine; no debería aceptar que se convierta en su modelo.
En cuanto al spanglish y el reguetón como expresiones ascendentes de comunidades vivas, y que la alternancia de códigos es una competencia bilingüe sofisticada, así como que el cambio lingüístico no es corrupción; más aún, que el éxito de Bad Bunny demuestra la vitalidad del español y no su deformación, en cuanto a todo ello, hay que subrayar la diferencia entre lo que los hablantes hacen con su lengua y lo que la industria selecciona, amplifica y presenta como su rostro único. Y los propios datos de la mercadotecnia confirman que la comunidad no recibe esa selección sin reservas: en un experimento con 230 sujetos bilingües, las actitudes hacia la alternancia de códigos disminuyeron tras la exposición a un anuncio con eslogan mixto (Hernandez Santos, 2021). Quien sostiene que Bad Bunny prueba la vitalidad del español dice algo cierto; quien deduce que el español no necesita instituciones olvida que la vitalidad de un espectáculo no garantiza la de una escuela, y que el propio Cervantes advierte del riesgo de que el español se convierta en «lengua sospechosa» en Estados Unidos (Instituto Cervantes, 2025).
Habrá, finalmente, quien diga que toda lengua cambia, que el cambio no es corrupción, que ningún hablante puede equivocarse en su propia lengua y que, por tanto, hablar de «mal español» o de debilitamiento es un residuo de purismo colonial, que los modelos de IA, además, mejoran cada año y el español ya figura entre sus lenguas fuertes. Pero hay que separar tres cosas. Primero, el cambio lingüístico ocurre en el uso de los hablantes y se estabiliza por su aceptación; lo que aquí se analiza ocurre en una mesa de producción y se difunde por prestigio, y confundir ambos procesos es la operación retórica que permite llamar «evolución» a lo que es política industrial. Segundo, que ningún hablante se equivoque en su dialecto no implica que ningún texto se equivoque respecto de un sistema: el calco sintáctico sistemático es medible (García Aguiar y García Jiménez, 2011), y una lingüística que renuncia a medir cuando el resultado incomoda a su dogma deja de ser ciencia. Tercero, la mejora de los modelos es un hecho de rendimiento y no responde a la pregunta de la norma: que una máquina escriba cada vez más fluido en español no dice qué español, con qué criterio ni sometido a qué corrección. Y la acusación de purismo colonial pierde su gracia cuando se recuerda que el desplazamiento escolar del español mejor estudiado, el de Puerto Rico, no lo practicó ningún purista peninsular, sino la potencia que sucedió a España en la isla (Angrist et al., 2008), y que la norma que aquí se defiende es la panhispánica, que comparten veintitrés academias, veintidós de ellas fuera de España (RAE y ASALE, 2009).
Por lo dicho, una política lingüística audiovisual, hoy casi inexistente, debería ser asunto de las academias, de los ministerios de educación y de los sectores productivos, no de los departamentos de mercadotecnia de empresas extranjeras. En el plano educativo, hace falta proteger la alfabetización en español de los hablantes de herencia en Estados Unidos, considerar el translanguaging como puente y no como sustituto, y estudiar con rigor, mediante investigación longitudinal, los efectos de los modelos audiovisuales sobre la competencia lingüística de niños y adolescentes. La expansión del doblaje y la traducción automáticos, que llevan a multiplicar el registro neutro a una escala inédita, hace más urgente que nunca la creación de corpus, de modelos y de normas verdaderamente hispánicos.
Si la persona se constituye en la participación en instituciones que trascienden la subjetividad inmediata, una lengua que la comunidad no habla y que otros fabrican para ella no la constituye: la suplanta.
La lengua, decía Nebrija, acompañó al imperio; la pregunta ahora es si podrá acompañar a su gente.
Referencias bibliográficas:
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beIN SPORTS. (2026, 12 de febrero). Bad Bunny’s Super Bowl LX halftime show sparks surge in Spanish lessons. https://www.beinsports.com/en-us/american-football/articles/bad-bunny-s-super-bowl-lx-halftime-show-sparks-surge-in-spanish-lessons-2026-02-12
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(ENGLISH VERSION)
A Language Against Its People: On the Neutral Spanish of Dubbing, Bad Spanish, and the Prosthesis of an Identity
Translation by Tiffany Amber Elías Trimble
A child from Quito turns on the television. Saturday morning, let us say. He will hear, from the mouth of a dinosaur or a mouse, that someone must pack their things in the bedroom and that another drinks his soda with a straw. Nothing in it sounds equivocal to him. That is precisely what is striking: he learns to associate with the voice of grace, of authority, of tenderness —with everything the audiovisual narrative invests with prestige— a language that is not that of his home, nor that of his street, nor that of his school, nor, truth be told, the mother tongue of anyone. Meanwhile, several thousand kilometers to the north, a teenager in Houston or Miami receives, from advertising, from the music industry, and from no few classrooms, the contrary and symmetrical suggestion: that his «authentic» Spanish is a sparkling mixture of Caribbean refrain and English syntax, and that speaking it with its own grammar is an old person’s pose. And in a third scenario, with no children or teenagers in sight, a machine trained on an overwhelmingly Anglophone corpus writes, translates, and dubs in a Spanish that no one corrected. These are three apparently unconnected scenes; in reality, three moments of the same phenomenon.
That a language with more than five hundred million native speakers (Instituto Cervantes, 2025) should owe its public voice —that of cartoons, series, films, video games— to a variety that no community has ever spoken in its daily life is far from the simple curiosity of translation studies. One must ask in what way the industrial manufacture of a neutral Spanish for dubbing and the commercial promotion of a Spanish hybridized with English in the United States operate, together, as an instrument of cultural influence in the dispute between the Anglophone world and the world of Hispanic tradition; what scope both phenomena have in Spanish education; and what role artificial intelligence platforms play in that dispute, inheriting the two and multiplying them…
The neutral Spanish of dubbing is a linguistic prosthesis born of market and State calculations; without the need for any concerted plan, that device converges with the commercialization of a sentimental and hybridized Spanish in the United States and produces a symbolic colonization; generative AI industrializes it, because it fixes on a planetary scale and without any instance of correction design decisions whose weakening effect on Spanish is foreseeable and accepted in fact by those who make them; and the educational effects of all this are partly verifiable and partly foreseeable.
Here we will refer as neutral Spanish to the variety conceived so that a single soundtrack may serve the entire Spanish-speaking market, which requires pruning idioms and localisms until obtaining an accent that no viewer identifies as foreign (García Aguiar and García Jiménez, 2011). The adjective deceives by its chemical ancestry: it does not designate a speech without bias, but a solvent, something that is innocuous to all precisely because it belongs to no one. Its nominal proliferation —international, common, standard, «Latino» Spanish— betrays the difficulty of defining an object that refers to no community of speakers. By dubbing we understand the integral substitution of the vocal track of a work by another in a different language, something that, as opposed to subtitling, which preserves the voice of origin, delivers the entire mediation to whoever pays the studio.
Three distinctions avoid confusing what is criticized here with what is not. The first separates the dialectal variety —Caribbean, Andean, Rioplatense Spanish—, which is the living speech of a community and enjoys full legitimacy within the polycentric norm that the language academies cultivate together (Real Academia Española and Asociación de Academias de la Lengua Española [RAE and ASALE], 2009), from the artificial register, which is an industrial product. The second distinguishes loanwords and code-switching —sophisticated bilingual competence, as Zentella (1997) showed in her study of Puerto Rican children in New York— from the syntactic and lexical calque that disfigures the receiving system without anyone deciding it. The third concerns Spanglish, a term that Stavans (2003) traces back to the 1940s and to a Puerto Rican writer, and which encompasses very disparate phenomena, from the simple loanword to stable mixing: the speech of a bilingual home is not the same as the style that an advertising agency decides to manufacture. Hence the object of this critique is not variation, but manufacture: not what speakers do with their language, but what is done with it from another sphere, foreign, intentionally.
A fourth precision is one of method and will displease more than one linguist. Cultural relativism, turned into an academic reflex, holds that every variety and every use are equivalent and that calling a register deficient is an act of domination. The premise is, in one half, solid science —no variety is intrinsically inferior—; in the other half, a sophism: from the fact that no dialect is worse than another it does not follow that no linguistic product is, nor that it lacks meaning to ask who manufactures it, by what criterion, and under what correction. Cameron (1995) maintained, from within sociolinguistics, that the regulation of speech is inevitable and universal —exercised by editors, teachers, advertisers, and also by linguists who say they do not exercise it—, so that the real dilemma is not between norm and freedom, but between a norm subjected to the critique of the community and another imposed by whoever pays. To renounce the critique of the norm does not leave the field free: it cedes it, and whoever occupies it is the marketing department of the day.
The broader framework is twofold. On one hand, the notion of soft power, which Nye (2004) defines as the capacity to achieve what one desires through attraction and not through coercion or payment: whoever produces the stories a generation wants to see and the voices in which it hears them shapes preferences before there is any conflict. On the other, the thesis of Homo Institutionalis, according to which the person is not a mere human nor an individual with rights, but the subject who constitutes himself as such by participating in systems of signification, normativity, and critique that transcend his immediate subjectivity. Language is the first institution of that genus: a shared system of signification, subject to norm and susceptible to critique, whose materiality is at once corporeal —the voice—, psychological —the habit—, and abstract —the system— (Bueno, 1972). From which a decisive consequence follows for what follows: a legitimate linguistic institution is born of the agreement and practice of a community that can correct it; one that is born of a market study and cannot be corrected by anyone who speaks it is a prosthesis, and the identity that rests on it, a false identity. Another consequence follows, less noted: a language does not need to lose speakers to weaken. It is enough for it to be deprived of its institutions of correction —the school, the academy, criticism, the model of prestige— or to see these replaced by devices that no speaker controls. That, and not extinction, is what I understand here by weakening a language, and in that sense Spanish, with its five hundred million speakers, is a vulnerable language.
Neutral Spanish did not arise from speakers, but from a cost problem of the American film industry. When sound cinema made it impossible to export films with intertitles, Hollywood tried filming full versions in Spanish, and the experiment sank, among other factors, in what historiography calls the «war of accents,» since the casts brought together Mexican, Cuban, Argentine, and Spanish actors whose speech was mutually uncomfortable for the audience of each country (Jarvinen, 2012). The cinema of the time itself revealed it: the Hispanic versions of films like Dracula were frequently more profitable than the English originals, but their dialectal heterogeneity made them costly and unsustainable; the success of national productions like Allá en el rancho grande (1936) completed the turn and pushed the studios toward dubbing (Jarvinen, 2012). After the Second World War, the studios undertook, according to the same author, a campaign to impose the dubbed voice as the standard mode of translation in Latin America, despite the initial poor reception from critics and part of the public. Note the causal order: the problem was not linguistic but accounting, and the solution was not linguistic either, but accounting: a single audio track for twenty countries demands a language that belongs to none of them. The diversity of Spanish hindered the balance sheet; the industry settled the hindrance by suppressing diversity.
The second half of the story reveals something more: neutrality was, from the beginning, a mask of particularity. In 1944, Metro Goldwyn Mayer gathered in Mexico a group of actors, most from radio, to whom was attributed the «much desired neutral accent,» to record in New York the Spanish version of their films; the Mexican government, which saw in this a threat to its national cinema, prohibited those dubbings and, two years later, almost all the actors had returned, although a dubbing industry of its own had been seeded that ended up supplying series and cartoons, among them those of Walt Disney, to the entire Hispanic sphere, Spain included (García Aguiar and García Jiménez, 2011). That Spanish, which was supposed to belong to no one, was in truth a polished Mexican Spanish. The consequence is paradoxical: the variety destined not to belong to any community ended up tied, by accidents of industrial history, to a single one of them, so that the rest of Spanish speakers have grown up hearing as «neutral» a foreign speech. There is in this no reproach to Mexico —whose dubbing professionals are frequently commendable—, but an uncomfortable verification for relativism: if all varieties are worth the same, why was one of them, and not another, elevated to audiovisual norm of twenty countries? The answer is not linguistic, and the defenders of the universal equivalence of uses have no way to give it. Whoever admits that neutrality is a fiction that sustains itself only while someone decides which features count as neutral, and that this decision is never made by speakers, does.
Dubbing was, from its origins, an instrument of the State in addition to a business, and from this its geopolitical dimension derives. Two cases suffice. In 1941, the Franco regime, through an order of the National Syndicate of Entertainment, imposed the obligatory dubbing of all films spoken in a foreign language (Estivill Pérez, 1999); historiography discusses whether linguistic xenophobia, economic protectionism, or revenue collection prevailed, but it agrees on one effect: obligatory dubbing allowed censorship to alter dialogues without the viewer noticing (Estivill Pérez, 1999; Sánchez Galán, 2020). Dubbing, therefore, has never been an innocent translation: whoever controls the voice controls what is said. The second case comes from the other side of the Atlantic. During the Second World War, the U.S. government created the office of the Coordinator of Inter-American Affairs and commissioned Walt Disney with a goodwill tour of South America that produced Saludos Amigos (1942) and The Three Caballeros (1944), films destined to cultivate sympathy toward Washington on a continent that the Axis was courting (Kaufman, 2009). The program was dissolved at the end of the war, but the essential thing was not the film, but the precedent: the entertainment industry demonstrated its value as a tool of hemispheric influence, and that lesson was not forgotten. Nebrija wrote in 1492 that «language was always the companion of empire» (Nebrija, 1492/2011). The Castilian grammar holds, with greater reason, for the dubbing studios of the twentieth century: the power that decides in what language the world is told also decides what world is told.
Whoever believes that attributing intention to this history is paranoia should look at the case in which the intention was public policy. Between 1898 and 1948, the United States made English the language of instruction for most post-primary grades in the public schools of Puerto Rico, and the «Americanization» of the island figured among the purposes of that policy (Angrist et al., 2008). The economists who evaluated the experiment found something that should discomfort all sides: the estimates that control for cohort trends do not show that intensive instruction in English improved the English of Puerto Ricans (Angrist et al., 2008). That is, the mother tongue was displaced from the classrooms without demonstrable pedagogical benefit in the language that was intended to be taught. And when, in 1949, Mariano Villaronga, back at the Commission of Education, made Spanish the language of instruction in all grades, he came from seeing his confirmation blocked by the U.S. Senate precisely for having announced that he would do so (Angrist et al., 2008). The precedent proves that the school displacement of Spanish was, in a documented episode, a purpose of State; on the other hand, it does not prove that current dubbing or AI respond to one. In any case, it dismantles the alibi that the suspicion is an invention: the hypothesis of the deliberate weakening of Spanish has recorded antecedents, and the way to evaluate it is to look at what is decided, who wins, and who can correct it.
It is important to specify the scope of the argument, so as not to attribute to history more than it proves. No document consulted demonstrates that someone has decided to degrade Spanish through dubbing; what they show is the convergence of three interests —that of the studios, which wanted a single track; that of the States, which wanted influence or control; that of the distributors, which wanted low costs— in a single result. There are, then, three degrees of intention that must not be confused: declared intention against the language, of which Puerto Rico offers a case; instrumental intention upon it, which uses it as a channel or as a filter, as Francoism and the Good Neighbor policy did; and calculated indifference, in which no one needs to want to harm the language if the probable harm is known and it is decided not to pay for it. Criminal law has a name for that last figure —dolus eventualis: whoever foresees the result and accepts it is responsible for it—, and the analogy, which does not pretend to impute any crime, suggests that institutional theory should have another equally severe one. Such a convergence is more effective than a plan, because it cannot be denounced as such nor dismantled by the revelation of a secret: it operates by incentives, ones that reproduce themselves.
The product of that process is a linguistically deficient register, because the manufacture of a language to be translated is, at the same time, the manufacture of a language to be calqued. The causal explanation is simple: the orality of dubbing is a «prefabricated» orality, written to be said, which reproduces the features of spontaneous conversation without proceeding from it (Baños and Chaume, 2009), and which, according to studies on dubbing in Spanish, turns out to be less natural than the real speech of which it claims to be an image (Romero Fresco, 2009). A precise piece of evidence? The first complete season of The Flintstones: together with a lexicon largely stripped of localisms, which to a Peninsular ear may sound artificial and even archaic, researchers found Mexicanisms such as popote or chango and, above all, an abundance of calques from English, among them «iniciar el conteo,» «los comerciales de la televisión,» «baños de sol,» «té sobre las rocas,» «antes meridiano,» or «aplicar una multa,» in addition to constructions such as «mañana en la mañana,» «hoy en la tarde,» or «por un segundo,» and passives and uses of ser for estar that reproduce the syntax of the original (García Aguiar and García Jiménez, 2011). These are not errors of a distracted translator, but structural features of a product conceived as a mere substitution of voices.
From the foregoing follows what may be called, without euphemisms, «bad Spanish»: not dialectal speech, which is legitimate, but that which departs from the resources of its own system to imitate those of another, and which circulates without the correction exercised by a community that listens to itself. The adjective is deliberate. A community that has turned the word «error» into a taboo cannot defend its language, because defending is discriminating between what serves it and what undermines it. The danger is not in the isolated calque —every language has tolerated them—, but in the scale and the absence of feedback: millions of children and adolescents receive for years, through the most prestigious channel, a model whose syntax has been adjusted to the English language. And the model does not remain in entertainment: the same authors point out that neutral Spanish becomes a language of specialty in scientific-technical translation and that it abounds in video games (García Aguiar and García Jiménez, 2011). There the damage surpasses the merely aesthetic: a language whose scientific register is calqued from English loses the capacity to think science with its own resources, and with it a part of its intellectual autonomy.
The second extreme of the operation —the promotion in the United States of a hybridized and sentimental Spanish— obeys a complementary logic, and its principal mechanism is not imposition, but the commercial exploitation of a loss. The chain of whys is the following. Schooling in English produces, from the second generation onward, heritage speakers whose competence in Spanish is limited; the Instituto Cervantes (2025) reports that the group of speakers with limited competence has grown 79% since 2012, driven in part by the teaching of Spanish in the educational systems of the United States, Europe, and Brazil. The market, which addresses that public as it finds it, adapts its language to its competence, and the adaptation, as it spreads, legitimizes the state of affairs it exploited: the loss becomes style, and the style, identity. Advertising shows it: major brands, such as Coca-Cola, have resorted to code-switching as a strategy of identification with the Hispanic consumer (Esquivel, 2012). And it is completed with what Pew documented about the term Latinx: only 23% of Hispanic adults in the United States knew it and barely 3% used it, but familiarity was much greater among the young and university students, and among those who knew it the predominance of mainly Spanish speakers was barely 9%, compared with 33% among those who ignored it (Noe-Bustamante et al., 2020). The linguistic innovation did not spring from the Spanish-speaking community, but from the institutions that speak about it, and it did so mostly in English. A term that the majority of the supposedly represented ignore or reject, and that nevertheless circulates fluently among the institutions that speak about them, is the purest form of what is criticized here: a linguistic institution without a community, this time with an academic letterhead.
Such a logic produces deinstitutionalization: it replaces a rational identity, supported by language, law, history, and institutions, with a sentimental identity, made of music, color, and passion. Reggaeton is the most visible example, and it should be treated with rigor and not with disdain. Features such as the aspiration of /s/ or the apocope of «para» in pa’ are phenomena of Caribbean Spanish described by grammar (RAE and ASALE, 2011), not deformations. What is objected to is not, then, the phonetics of a genre, but its selection as the almost unique face of Spanish for the young audiences of the planet and for foreign learners. On February 8, 2026, Bad Bunny headlined the first Super Bowl halftime show sung predominantly in Spanish, with a combined television audience of 128.2 million viewers (Guinness World Records, 2026), and Duolingo reported a 35% increase in the number of people who began Spanish lessons after the performance (beIN SPORTS, 2026). The language thus conquered the biggest stage of American entertainment; but conquering a stage is not the same as conquering an institution: that afternoon Spanish was spectacle and not law, science, or school, and audiences approached it as an aesthetic long before as a system of thought. That the most celebrated form of Spanish existence in the world is the festival and not the classroom says more about the real hierarchy of languages than any statistic of speakers.
The scope of both phenomena in Spanish education is today partial but real, and it unfolds along three paths. The first is that of the audiovisual and digital content that the school and the home consume as an educational complement: if the voice with which children learn, in addition to entertaining themselves, is that of neutral Spanish, and if this extends to scientific-technical language and video games, the norm from which students nourish themselves outside the classroom is a laboratory norm (García Aguiar and García Jiménez, 2011). The second is that of the learners’ market: with more than six hundred thirty-five million potential speakers and a growing number of students that, according to Cervantes, could approach one hundred million before the end of the century (Instituto Cervantes, 2025), the supply of Spanish teaching depends increasingly on platforms and commercial publishers whose criteria of variety respond to the market and not to a linguistic policy; one may suspect that the preference for neutral Spanish or for «street» Spanish in those materials is the school projection of the same logics, although the hypothesis awaits studies that corroborate it.
The third path is that of the school as a battlefield. In the United States, the pedagogy of translanguaging, which proposes using the bilingual student’s complete repertoire as a learning resource (García and Wei, 2014), has given code-switching a legitimate place in the classroom; when it is employed to build literacy in Spanish, it is valuable, but when it substitutes the teaching of the cultured norm, it leaves the heritage speaker without the written language that would give access to the science, law, and literature of his tradition. Put bluntly: celebrating as «authenticity» what is a lack of instruction is a form of abandonment with good press. In the Hispanic world, for its part, educational authorities have perceived that the school is the last redoubt of the norm: the 2022 resolution of the government of Buenos Aires shows it, prohibiting teachers from using in the classroom marks such as «e,» «x,» or «@» and relying, for this, on the recommendation of the Argentine Academy of Letters and on the criterion of the Real Academia Española (El Espectador, 2022). Whatever judgment the measure deserves, its meaning matters: a part of the Hispanic educational system has understood that, without its own institutional criterion, the school receives as norm what others have decided.
It must be recognized, however, that conclusive longitudinal studies that measure the causal effect of dubbing or commercial Spanglish on the school linguistic competence of Spanish-speaking children are not abundant, and any assertion in this regard must be presented as a founded hypothesis only. But that absence is not neutral: whoever waits for longitudinal proof to act accepts, in the meantime, that an entire cohort serves as an experiment, and the case of Puerto Rico, evaluated with rigor almost sixty years after the policy concluded (Angrist et al., 2008), shows what waiting costs.
Artificial intelligence platforms inherit, at the same time, the corpus left by the two previous phenomena, the criterion of variety fixed by the industries that generated them, and the logic of incentives that sustains them, and they multiply them without any instance of correction. Meta documented that 89.70% of the pretraining corpus of Llama 2 was English, compared with 0.13% Spanish (Touvron et al., 2023). The figure belongs to a 2023 model and to one of the few companies that have published that distribution, so it should not be generalized lightly: most developers do not report the linguistic composition of their data, and that opacity is already a datum. What is relevant is not only that Spanish receives little, but that it receives it in a proportion fixed by whoever trains and not by those who speak it: the decision of how much Spanish a model deserves is made by the same type of agent that decided, in the 1930s, how many accents a film could afford.
Wendler et al. (2024) analyzed the intermediate layers of Llama 2 and found that, faced with a text in another language, the model assigns in the middle layers a higher probability to the English version of the concept than to that of the input language, and that its «concept space» remains closer to English than to the other languages. The image is eloquent, with the cautions of a finding about a specific family of models: the machine thinks, so to speak, in English and translates into Spanish, that is, it does with each response what dubbing does with each film. If that hierarchy translates into calques —something that no study cited here measures and that must be verified—, it would reproduce in an architecture the feature that the analysis of The Flintstones documented in an industry.
On the other hand, we must attend to the contamination of the corpus by machine translation. Thompson et al. (2024) showed that an enormous portion of the web translated into several languages comes, in all probability, from machine translation, that this content is shorter, simpler, and of worse quality, and that it dominates translation into lower-resource languages; the authors warn that this poses serious problems for training multilingual models with data scraped from the web. Spanish, a high-resource language, occupies the least exposed extreme of that distribution, and it would be dishonest to hide it; but the mechanism is the one we already know: when machine translation precedes the original text, the calque ceases to be an accident and becomes corpus. And a calqued corpus trains models that produce calqued text that feeds new corpora. The circuit, which is barely outlined, needs no malice to close, only that no one interrupts it.
Finally, let us look at what concerns the conversion of neutral Spanish into a product specification. Since 2005 there has existed a technical label, es-419, registered before the entity that administers internet language codes, whose application form, submitted from an address in the corporate domain of Sony Pictures Entertainment, declares its purpose frankly: it is common commercial practice to localize content in a neutral version of «Latin American Spanish,» and the label aims to identify that neutral variant and distinguish it from the Castilian of Europe (Internet Assigned Numbers Authority [IANA], 2005, own translation). Note the hierarchy: the neutral is not a discovered variety, but a variant registered by the audiovisual industry for its logistics. Twenty years later, streaming platforms offer AI-assisted dubbing, yes, in «Latin American Spanish»: Prime Video premiered it in March 2025 with a pilot of twelve licensed titles, in English and in that Spanish, with human professionals supervising the result (Señal News, 2025). The synthetic voice is no longer even that of a polished Mexican actor: it is that of no one, and it becomes the default norm for an entire continent.
Yakura et al. (2026) analyzed more than one million hours of spoken communication in English —academic conferences and podcasts— and detected an abrupt increase, after the release of ChatGPT, in the spontaneous use of the words that this model prefers; its authors warn of the risk of linguistic homogenization and of a latent cultural influence in the hands of a few providers. The study refers to English and nothing in it authorizes affirming that the same occurs in Spanish; but it establishes something that matters here: that a model can return its features to the language from which it fed. If that model has been trained on a calqued language and speaks to millions of schoolchildren, the question is no longer whether the circuit works, but with what features.
Is this intentional weakening? It depends on the degree of intention that is demanded. There is, in the sources consulted, no proof that any AI company has proposed to degrade Spanish. What is on record are deliberate decisions —what proportion of data, what variety by default, what voice, what human review, what transparency— whose effect on a language is foreseeable and that each company makes attending to its bottom line and not to the interest of the community that speaks it. When the probable harm is known and accepted, the absence of a plan does not exonerate; hence we speak of weakening by design: no one wants it, each one decides it in his link, and from the sum, then, no one answers. AI is not, therefore, the neutral tool placed at the service of all languages that is advertised, but the most advanced prosthesis of Homo Institutionalis, and like all of them it functions according to the criterion of whoever manufactures it.
Appealing to the fact that every standard is artificial and that neutral Spanish fulfills a legitimate function, analogous to that of the common languages that have united peoples since the Greek koine, would seem valid. But the analogy fails at its decisive point. The koine was born of contact between speakers and was corrected by them; neutral Spanish was born of a cost sheet and admits no correction from the community, because no one speaks it. The unity of Spanish does not need that prosthesis, for it already has a genuine institutional instrument: the pan-Hispanic norm consensused by the twenty-three language academies and which, far from suppressing variation, integrates it as part of a polycentric system (RAE and ASALE, 2009). And the acceptance of audiences is, moreover, less unanimous than is affirmed: the first attempt at massive Hollywood dubbing in Mexico was prohibited by the government of that country (García Aguiar and García Jiménez, 2011), and the initial criticisms of «Latin American» dubbing were considerable (Jarvinen, 2012). That the public grows accustomed does not prove that it consents: custom is the mode in which what no one submitted to a vote installs itself. A language of common use can tolerate an artificial register for cinema; it should not accept that it becomes its model.
As for Spanglish and reggaeton as ascending expressions of living communities, and that code-switching is a sophisticated bilingual competence, as well as that linguistic change is not corruption; even more, that Bad Bunny’s success demonstrates the vitality of Spanish and not its deformation, as to all of it, the difference must be underlined between what speakers do with their language and what the industry selects, amplifies, and presents as its unique face. And the very data of marketing confirm that the community does not receive that selection without reservations: in an experiment with 230 bilingual subjects, attitudes toward code-switching decreased after exposure to an advertisement with a mixed slogan (Hernandez Santos, 2021). Whoever maintains that Bad Bunny proves the vitality of Spanish says something true; whoever deduces that Spanish does not need institutions forgets that the vitality of a spectacle does not guarantee that of a school, and that Cervantes itself warns of the risk that Spanish may become a «suspect language» in the United States (Instituto Cervantes, 2025).
There will be, finally, those who say that every language changes, that change is not corruption, that no speaker can be wrong in his own language, and that, therefore, speaking of «bad Spanish» or of weakening is a residue of colonial purism, that AI models, moreover, improve every year and Spanish already figures among their strong languages. But three things must be separated. First, linguistic change occurs in the use of speakers and is stabilized by their acceptance; what is analyzed here occurs at a production table and is diffused by prestige, and confusing both processes is the rhetorical operation that allows calling «evolution» what is industrial policy. Second, that no speaker is wrong in his dialect does not imply that no text is wrong with respect to a system: systematic syntactic calque is measurable (García Aguiar and García Jiménez, 2011), and a linguistics that renounces measuring when the result discomforts its dogma ceases to be science. Third, the improvement of models is a fact of performance and does not answer the question of the norm: that a machine writes ever more fluently in Spanish does not say what Spanish, with what criterion, nor subject to what correction. And the accusation of colonial purism loses its charm when one remembers that the best-studied school displacement of Spanish, that of Puerto Rico, was not practiced by any Peninsular purist, but by the power that succeeded Spain on the island (Angrist et al., 2008), and that the norm defended here is the pan-Hispanic one, shared by twenty-three academies, twenty-two of them outside Spain (RAE and ASALE, 2009).
For the foregoing, an audiovisual linguistic policy, today almost nonexistent, should be a matter for the academies, the ministries of education, and the productive sectors, not for the marketing departments of foreign companies. On the educational plane, it is necessary to protect Spanish literacy of heritage speakers in the United States, to consider translanguaging as a bridge and not as a substitute, and to study rigorously, through longitudinal research, the effects of audiovisual models on the linguistic competence of children and adolescents. The expansion of automatic dubbing and translation, which leads to multiplying the neutral register on an unprecedented scale, makes more urgent than ever the creation of truly Hispanic corpora, models, and norms.
If the person is constituted in participation in institutions that transcend immediate subjectivity, a language that the community does not speak and that others manufacture for it does not constitute it: it supplants it.
Language, said Nebrija, accompanied the empire; the question now is whether it will be able to accompany its people.
