Un invierno diferente: Sobre decrecimiento demográfico occidental y el porvenir de Iberoamérica

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Ningún imperio ha caído jamás por falta de hijos que lo defendieran, podría objetarse. Sin embargo, ninguno ha sobrevivido sin ellos. Roma, en su ocaso, no fue derrotada únicamente por los godos: antes fue vaciada por leyes como la lex Papia Poppaea —que intentaron en vano revertir la esterilidad voluntaria de sus clases dirigentes—; por un patriciado que prefería el otium a la continuidad de la gens; y por una ciudadanía que delegó en mercenarios extranjeros la defensa de fronteras que ya no consideraba propias. La demografía es la variable más lenta y terca de la historia: no se nota en un trimestre electoral, mata en cámara lenta y, cuando por fin se hace evidente, ya es casi imposible de revertir. El politólogo Nicholas Eberstadt, del American Enterprise Institute, ha llamado a nuestro tiempo la «era de la despoblación» y advierte que la humanidad está a punto de experimentar su primera contracción sostenida desde la Peste Negra —con la diferencia decisiva de que esta vez no la produce una plaga, sino una elección colectiva (Eberstadt, 2025). El demógrafo británico Paul Morland, autor de The Human Tide y de No One Left: Why the World Needs More Children, es aún más tajante: frente a quienes celebran el descenso poblacional como alivio ecológico, sostiene que el declive demográfico no es un florecimiento, sino una atrofia humana (Morland, 2026).

Algo estructuralmente semejante atraviesa hoy al mundo que sigue llamándose, por inercia institucional más que por vigencia real, «Occidente». Europa Occidental, España, Italia, Japón, Corea del Sur, buena parte de Europa del Este y, cada vez con mayor intensidad, Iberoamérica, registran fecundidades muy por debajo del nivel de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer), mientras la esperanza de vida sigue aumentando. El resultado es una pirámide que se invierte: menos jóvenes en la base, más ancianos en la cúspide, y un centro —la población en edad productiva— cada vez más estrecho para sostener ambos extremos. Naciones Unidas certifica que, en 2024, más de la mitad de los países del planeta, con más de dos tercios de la población mundial, están ya por debajo de ese umbral, tras caer la fecundidad mundial de cerca de cinco hijos por mujer en la década de 1960 a 2,2 en 2024 (Naciones Unidas, DESA, 2025). Pero esta cifra global oculta una fractura civilizatoria: mientras Europa del Sur registra 1,10–1,15 y Asia Oriental ha caído por debajo de 1,0, grandes regiones del mundo islámico y África subsahariana mantienen 3,0–5,3 hijos por mujer, construyendo pirámides expansivas que reconfigurarán el peso geopolítico del siglo XXI.

La cuestión es urgente: ¿de qué manera la disminución de nacimientos y el envejecimiento poblacional en el llamado Occidente impacta —e impactará— al mundo, especialmente a Iberoamérica, en el corto, mediano y largo plazo? El decrecimiento demográfico occidental no es un subproducto de la modernización económica, sino la consecuencia estructural de un proceso más amplio de desinstitucionalización de la persona, por el cual la familia, el matrimonio y la noción de compromiso intergeneracional —instituciones racionales que antes organizaban la vida afectiva y reproductiva— han sido sustituidas por la hiper-subjetividad, el consumo narcisista y el relativismo identitario que sirven, funcionalmente, al mercado transnacional y, en el plano geopolítico, a la reconfiguración del poder mundial. La migración, lejos de ser respuesta neutra a ese vacío, se ha convertido simultáneamente en paliativo y arma: alivia transitoriamente la falta de mano de obra en el norte, mientras debilita —demográfica, económica y políticamente— a los países del sur, entre ellos los iberoamericanos, que envejecen sin haber completado su desarrollo.

¿De qué hablamos, más técnicamente? De demografía (del griego dêmos, «pueblo», y gráphein, «describir»), el estudio cuantitativo de las poblaciones humanas: su tamaño, estructura y dinámica. La tasa global de fecundidad mide el número promedio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida reproductiva, y el llamado nivel de reemplazo generacional —fijado convencionalmente en 2,1 hijos por mujer en países desarrollados— es el que permite que cada generación sea sustituida por otra de tamaño equivalente sin necesidad de migración, ya que a ese nivel la tasa de crecimiento poblacional de largo plazo se estabiliza en cero (Naciones Unidas, DESA, 2025). El bono demográfico es la ventana temporal en la que la población en edad de trabajar crece más rápido que la dependiente —menores y ancianos—, generando, si se aprovecha con inversión productiva y educativa, un impulso al crecimiento; una vez que la población dependiente vuelve a superar a la activa, el bono se cierra y da paso al envejecimiento, con su correlato en la tasa de dependencia, esto es, la proporción de personas mayores de 65 años respecto de la población en edad laboral. Morland ha sintetizado los efectos económicos concretos de ese cierre en las «cuatro grises»: mano de obra gris —plantillas cada vez más envejecidas que reducen la productividad y la innovación—; capital gris —concentrado en manos de la tercera edad, lo que limita la inversión emprendedora—; consumo gris —demanda creciente de servicios intensivos en mano de obra justo cuando esa mano de obra escasea—; y presupuestos grises —por la presión sostenida que salud, pensiones y cuidados de larga duración ejercen sobre las finanzas públicas (Morland, 2026).

Por supuesto, esto tiene que ver directamente con la familia. Su nombre proviene del latín familia, derivado de famulus («sirviente doméstico»), y designaba originalmente el conjunto de personas —parientes y servidumbre— bajo la autoridad de un pater familias; con el tiempo, decantó en la institución jurídico-afectiva que articula la reproducción biológica y la transmisión cultural entre generaciones. Matrimonio deriva de matrimonium, compuesto de mater («madre») y el sufijo -monium (función o estado), lo que revela que, en su raíz, la institución estaba orientada hacia la maternidad y la continuidad generacional, y no meramente hacia el afecto entre dos individuos. No es casual que la demografía académica haya terminado formalizando, con otro vocabulario, buena parte de lo que aquí se sostiene: la teoría de la segunda transición demográfica, formulada por Ron Lesthaeghe y Dirk van de Kaa a mediados de los años ochenta, describe el tránsito hacia una fecundidad sostenida por debajo del reemplazo, la proliferación de formas de convivencia distintas del matrimonio y —el punto que aquí más importa— la disociación estructural entre matrimonio y procreación, todo ello impulsado no solo por cambios socioeconómicos sino por un desplazamiento de valores hacia el individualismo expresivo y la autorrealización personal, en la línea de lo que Ronald Inglehart llamó el giro posmaterialista de las sociedades industrializadas avanzadas (Lesthaeghe, 2014; Lesthaeghe & van de Kaa, 1986). Es decir: el propio mainstream académico de la demografía reconoce, aunque con otro lenguaje, que la caída de la natalidad occidental tiene una raíz ideacional y cultural, no solamente económica.

Desde la perspectiva del Homo Institutionalis, la familia es la institución primaria: la más antigua, la más elemental y la que hace posible, biológica e institucionalmente, la continuidad de todas las demás. Cuando esa institución se erosiona —sustituida por el vínculo líquido, revocable y sentimental que ya no se piensa como institución sino como mera experiencia— no solo cambia la vida privada: cambia la base demográfica que sostiene cualquier proyecto político, económico o militar de largo plazo.

[Disolución]

La caída sostenida del matrimonio como institución —no solo como ceremonia, sino como compromiso normativo de largo plazo— es concomitante, y en buena medida causal, respecto del desplome de la natalidad. Cuando el vínculo de pareja deja de entenderse como institución racional que estructura obligaciones recíprocas y proyectos de largo aliento, y pasa a concebirse como relación revocable en función del estado emocional de cada individuo, el horizonte temporal necesario para criar hijos —que exige estabilidad, previsión y renuncia a parte de la autonomía— se vuelve menos disponible. La sustitución de la institución por el sentimiento no elimina el deseo de compañía, pero sí erosiona el marco que permitía convertir ese deseo en proyecto familiar sostenido. A escala global, la tasa de matrimonios ha caído a mínimos históricos: en Estados Unidos, la tasa por cada mil habitantes alcanzó su techo en 1946 y desciende sin interrupción desde 1972; en Inglaterra y Gales, la proporción de mujeres casadas a los treinta años cayó del 90% entre las nacidas en 1940 a apenas el 29% entre las nacidas en 1990, y entre los hombres del 83% al 20% (Infobae, 2025). En España, el fenómeno se combina con un retraso sostenido de la maternidad: en 2024 nacieron apenas 318.005 niños, la cifra más baja desde que el INE inició su serie en 1941, mientras casi un 40% de los nacimientos correspondió a madres mayores de 35 años (El Debate, 2025), edad a partir de la cual la fertilidad natural decrece de forma pronunciada. Eberstadt resume el fenómeno con una fórmula que Morland retoma y suscribe en una entrevista reciente: la huida de la familia es, en el fondo, una huida del sacrificio, de todo aquello a lo que hay que renunciar cuando se decide dedicar la propia vida a criar hijos (Eberstadt, citado en Morland, 2024b).

El envejecimiento poblacional trasciende la problemática social y sanitaria: impone una restricción estructural sobre la capacidad del Estado para sostener su sistema de pensiones, financiar su aparato productivo y proyectar poder. Un sistema de reparto —el de la mayoría de las pensiones europeas e iberoamericanas— depende de una proporción razonable entre cotizantes activos y pasivos beneficiarios. Cuando esa proporción se invierte, el Estado debe elegir entre aumentar la presión fiscal sobre una población activa menguante, recortar prestaciones o endeudarse; las tres opciones erosionan, con distinto ritmo, la cohesión social y la capacidad de inversión en defensa, infraestructura o innovación. En España, la tasa de dependencia económica de la tercera edad alcanzará el 60% en la primera mitad de la década de 2050, lo que implica que no habrá ni dos personas en edad de trabajar por cada mayor de 65 años (The Object, 2025); la fecundidad española se sitúa ya en 1,1 hijos por mujer —1,07 entre las españolas— y, en algunas provincias como Canarias, cae incluso por debajo de un hijo por mujer, mientras más del 21% de los residentes supera ya los 65 años, proporción que asciende al 25% entre la población autóctona (El Confidencial Digital, 2026). El economista Jesús Fernández-Villaverde, catedrático en la Universidad de Pensilvania, ha calificado repetidamente el colapso demográfico como «el problema existencial de España»: con una fecundidad de apenas 1,2 hijos por mujer, el país se enfrenta a una reducción de hasta un 40% de su población por generación, un fenómeno que —advierte— no admite solución indolora una vez que pensiones, sanidad, educación e intereses de la deuda pública agotan casi todo el margen presupuestario (Fernández-Villaverde, 2024, 2025).

Italia ofrece un paralelo aún más extremo en el corazón de Europa occidental. En 2025, según datos provisionales del ISTAT, Italia registró apenas 355.000 nacimientos frente a 652.000 defunciones, un déficit natural de 297.000 personas en un solo año; su fecundidad cayó a 1,14 hijos por mujer, la cifra más baja desde la unificación en 1861 (ISTAT, 2026). La paradoja italiana es reveladora: las encuestas del ISTAT muestran que los italianos desean en promedio alrededor de 2 hijos, pero la estructura institucional —precariedad laboral, costes de vivienda, emancipación tardía— impide que ese deseo se traduzca en realidad. El análisis comparativo muestra una de las brechas más amplias de Europa entre fecundidad deseada y real, lo que confirma que el problema no es meramente cultural (ausencia de deseo de paternidad), sino institucional: la desaparición del marco normativo que hacía viable el proyecto familiar (Fertility World, 2026). La Unión Europea en su conjunto ha entrado en declive poblacional: se proyecta que, tras 2026, la población comunitaria decrecerá a una tasa media de 0,3 por mil anualmente, impulsada por una caída natural de tres por mil que la inmigración neta no logra compensar por completo (Bruegel, 2025).

[El caso iberoamericano]

A diferencia de Europa, que envejeció después de industrializarse y consolidar un Estado de bienestar, Iberoamérica y el Caribe envejecen antes de cerrar sus brechas de desarrollo, lo que agrava —y no replica— el problema occidental. El llamado bono demográfico iberoamericano, la ventana en que la población activa crecía más rápido que la dependiente, exigía inversión sostenida en educación, empleo formal y productividad para traducirse en desarrollo; al cerrarse antes de que esa inversión rindiera frutos, la región queda atrapada envejeciendo en condiciones de informalidad laboral, baja cobertura previsional y desigualdad persistente. La CEPAL advierte que el bono demográfico regional, que comenzó a mediados de la década de 1960, ya concluyó o está por concluir, debido a la caída de los nacimientos, el aumento de la esperanza de vida y el envejecimiento generalizado, y subraya que, a diferencia del este asiático —donde la caída de la dependencia demográfica coincidió con un crecimiento del PIB per cápita del 6,1% anual entre 1965 y 1990—, Iberoamérica solo alcanzó un 0,9% en el mismo período (La Jornada, 2026). El propio secretario ejecutivo del organismo resumió la anomalía: la región envejece en pocas décadas lo que a Europa le tomó más de un siglo (teleSUR, 2026). Concretamente, se proyecta que ya en 2047 la población de 60 años y más superará a la de menores de 15 años (CEPAL, 2022), y que para 2050 las personas mayores de 60 años representarán el 25% de la población regional, unos 182 millones (Prensa Mercosur, 2026). En Argentina, la fecundidad alcanzó 1,50 hijos por mujer en 2024, muy por debajo del reemplazo, con una esperanza de vida de 77,5 años y un 16,8% de la población en la tercera edad (Diario Norte, 2026); en Centroamérica, la mayoría de los países está ya por debajo del reemplazo, aunque el proceso avanza de forma desigual (Infobae, 2026a).

Estados y actores no estatales han aprendido a instrumentalizar los flujos migratorios como herramienta de presión política, económica y de seguridad frente a los países receptores, aprovechando la necesidad estructural de mano de obra que genera el envejecimiento occidental. Un país que envejece necesita, en el corto plazo, trabajadores jóvenes para sostener cuidados, producción y financiamiento previsional; esa necesidad crea una dependencia que actores externos —vecinos, potencias regionales o Estados en conflicto con el receptor— pueden explotar fomentando o reteniendo deliberadamente flujos para obtener concesiones. Investigaciones especializadas documentan casos como el de Bielorrusia, que en 2021 organizó rutas migratorias artificiales hacia Polonia, Lituania y Letonia como represalia por sanciones europeas, o el de Marruecos, que ese mismo año permitió deliberadamente el paso de miles de personas hacia Ceuta como forma de presión sobre España, método que ha instalado con relativo éxito frente a España y la Unión Europea, recordándole a su vecino que dispone de un medio poderoso para generar un entorno caótico en sus fronteras y forzarlo a actuar según sus intereses (Miholjcic, 2022). La literatura académica ya cuenta con estudios específicos, como la tesis de maestría de la Escuela Naval de Posgrado estadounidense sobre la migración como herramienta de guerra política del siglo XXI (Steger, 2017), y con testimonios ante el Congreso de Estados Unidos que reconocen su instrumentalización como amenaza creciente que exige respuestas proporcionadas de los países receptores (Banulescu-Bogdan, 2024).

Y, sin embargo, este drenaje no es unidireccional ni gratuito para quienes lo protagonizan: la migración iberoamericana hacia el norte global mueve hoy sumas que superan, en varios países, la inversión extranjera directa. Las remesas hacia Iberoamérica y el Caribe alcanzaron un récord de 173.733 millones de dólares en 2025, un 7,3% más que el año anterior, según el Banco Interamericano de Desarrollo, con México como principal receptor —62.472 millones—, aunque en retroceso respecto de 2024 por la reducción de la fuerza laboral mexicana en Estados Unidos (BID, 2026). Esa dependencia de las remesas no significa fortaleza: es la contracara de un vaciamiento. La región no solo envejece internamente por la caída de su fecundidad, sino que además exporta buena parte de su población joven y económicamente activa hacia Estados Unidos y Europa —principalmente España—, precisamente los países que más necesitan compensar su propio déficit demográfico, lo que multiplica el vaciamiento de las sociedades de origen. La migración laboral de jóvenes iberoamericanos hacia economías envejecidas del norte responde a una demanda estructural de mano de obra en esos países, pero implica para los de origen la pérdida del segmento que debería sostener su bono demográfico, su natalidad futura y su fuerza laboral, al tiempo que la dependencia de remesas sustituye, sin resolverlo, el déficit de desarrollo interno. El informe de la CEPAL vincula explícitamente el reordenamiento demográfico regional con la transformación de las estructuras familiares y un complejo escenario de migración internacional, como fenómenos concurrentes y no aislados (Diario Norte, 2026); y España —uno de los principales destinos de la migración iberoamericana— ha sostenido buena parte de su crecimiento poblacional reciente casi exclusivamente por la vía migratoria, con dos millones de inmigrantes adicionales solo en el trienio 2022-2024, en un contexto de fecundidad interna en mínimos históricos (El Confidencial Digital, 2026).

Este fenómeno se inscribe, además, en un contexto histórico de inestabilidad bélica sin precedentes desde la posguerra: 2025 fue, según el Uppsala Conflict Data Program, el año con mayor número de conflictos armados activos registrado desde 1946 —setenta y cinco guerras simultáneas—, y a comienzos de ese año el número de personas desplazadas por la fuerza en el mundo alcanzó un récord histórico de 122,1 millones, encabezado por Sudán, que con 14,3 millones de desplazados superó a Siria como la mayor crisis de desplazamiento del planeta, seguido de Afganistán (10,3 millones) y Ucrania (8,8 millones) (ACNUR, 2025). El informe de Tendencias Globales 2026 del propio organismo registró, por primera vez en una década, un descenso de la cifra global —hasta 117,8 millones—, atribuible sobre todo a retornos forzados en condiciones precarias más que a resoluciones políticas de fondo; el propio ACNUR advirtió, sin embargo, que acontecimientos de comienzos de 2026 —la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán del 28 de febrero, el reinicio de las hostilidades entre Israel y Hezbolá en Líbano, y la ofensiva yihadista y tuareg en Malí— amenazaban con revertir esa tendencia (ACNUR, 2026; Infobae, 2026b). Esta multiplicación de frentes bélicos no solo alimenta directamente los flujos migratorios hacia Occidente: también empuja el gasto militar mundial a máximos históricos —2,887 billones de dólares en 2025, undécimo año consecutivo de crecimiento, equivalente al 2,5% del PIB planetario—, un gasto que las sociedades envejecidas de Occidente deben financiar con una base tributaria cada vez más estrecha, en simultáneo con el gasto en pensiones y salud que ya tensiona sus presupuestos (BBVA Research, 2026).

El caso venezolano ilustra con crudeza cómo colapso institucional, violencia política y migración convergen en un mismo nudo geopolítico. Con 7,9 millones de personas fuera del país —más del 85% repartidas en diecisiete Estados de América Latina y el Caribe—, Venezuela constituye, junto con Sudán, la mayor crisis de desplazamiento forzado del planeta (eACNUR, 2026; OIM, s.f.). El 3 de enero de 2026, Estados Unidos ejecutó la Operación Resolución Absoluta, una incursión militar que incluyó bombardeos sobre instalaciones estratégicas en Caracas y la captura de Nicolás Maduro, extraditado a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo (Wikipedia, 2026). El episodio, calificado por especialistas en derecho internacional como un uso de la fuerza de legalidad discutible bajo la Carta de las Naciones Unidas, no ha revertido de inmediato el patrón migratorio: aunque se han registrado retornos espontáneos —más de 1,2 millones desde 2018—, el primer trimestre de 2025 ya había marcado un récord histórico de solicitudes de asilo venezolano en España, 23.724, en lo que constituye un giro reciente de los flujos migratorios desde el eje andino tradicional —Colombia, Perú, Brasil— hacia el eje transatlántico (Coalición por Venezuela, 2025). Este desplazamiento del centro de gravedad migratorio confirma la tesis: los Estados iberoamericanos y europeos con instituciones más sólidas —España como receptor neto, o Colombia y Perú como receptores regionales ya saturados— absorben simultáneamente una presión migratoria doble, la interna derivada de su propia caída de natalidad y la externa generada por el colapso de Estados vecinos, sin que la inestabilidad política y militar de la región dé señales claras de remitir.

[El contraste global]

El envejecimiento no es exclusivo de Occidente: China, Rusia e Irán lo padecen con intensidad comparable o mayor. Pero la magnitud del fenómeno en las sociedades históricamente dominantes —europeas y angloamericanas— acelera un reacomodo del poder mundial hacia regiones con estructuras más jóvenes. La proyección de poder de un Estado —militar, económica, tecnológica— depende a largo plazo de la disponibilidad de población activa, de su capacidad de innovación y de la sostenibilidad del gasto público; una pirámide invertida reduce las tres cosas al mismo tiempo, mientras regiones con estructuras más jóvenes ganan peso relativo aun sin igualar el desarrollo institucional occidental. Un análisis reciente resume la asimetría: China envejece rápidamente, Rusia combina baja fecundidad con declive poblacional e Irán transita una trayectoria similar, mientras India conserva la principal ventaja demográfica relativa (La Jornada Veracruz, 2026). Y, a más largo plazo, África, que hoy representa cerca del 18% de la población mundial, podría superar el 40% hacia finales de siglo, con Nigeria en camino de desplazar a Estados Unidos como tercera nación más poblada antes de 2050 (Agenda Pública, 2025). Un informe del centro de estudios estratégicos español subraya que, si bien el envejecimiento trasciende a Occidente, el hecho de que las sociedades occidentales —que ostentan una posición dominante— estén inmersas en un proceso de estancamiento o retroceso demográfico convierte esta cuestión en un problema geopolítico de primer orden (Global Strategy, 2022). Morland matiza, con razón, que la demografía no es destino absoluto —había que conocer todos los hechos demográficos del mundo en 1930 para no poder predecir, aun así, la Segunda Guerra Mundial, señala—, sino un componente estructural que condiciona, sin determinar por sí solo, la fuerza económica, la capacidad militar y el poder político de las naciones (Morland, 2026).

Esta erosión de la capacidad de proyección de poder no es hipotética: ya se manifiesta en la crisis de reclutamiento que atraviesan los ejércitos occidentales. Las Fuerzas Armadas españolas redujeron su plantilla un 10% entre 2010 y 2023, y la ratio de aspirantes por plaza cayó de 20 a apenas 5 entre 2015 y 2020 (El Confidencial Digital, 2020); en Alemania, los aspirantes a la Bundeswehr descendieron un 7% solo en los primeros cinco meses de 2023, con una tasa de abandono del 30% (Defensa.com, 2024); en el Reino Unido, el déficit anual de contratación equivale a dos batallones de infantería completos pese a haber externalizado el reclutamiento a una empresa privada (Galaxia Militar, 2024); y en Estados Unidos, solo el 9% de los jóvenes de entre 17 y 24 años se declaró dispuesto a servir en 2022, mientras el 71% de los aspirantes no superó los criterios físicos de ingreso (Defensa.com, 2024). El Real Instituto Elcano advirtió tempranamente que esta escasez estructural de jóvenes intensificaría la competencia entre las instituciones europeas por captarlos, con un efecto que calificó de «particularmente grave» sobre la capacidad de las fuerzas armadas de mantener sus efectivos actuales (Real Instituto Elcano, 2021). La paradoja es evidente: mientras el gasto militar mundial bate récords —impulsado precisamente por las guerras en Ucrania, Oriente Medio y las crecientes tensiones en el Indo-Pacífico—, las sociedades occidentales que más invierten en rearme son, simultáneamente, las que menos jóvenes tienen disponibles para vestir el uniforme.

Sin embargo, el diagnóstico de «era de la despoblación» no puede aplicarse de forma indiferenciada al planeta entero. Si bien es cierto que la fecundidad ha descendido también en buena parte del mundo musulmán —Irán, por ejemplo, registra hoy 1,7, por debajo del reemplazo, y Turquía se sitúa en 1,9—, ello no invalida la existencia de una brecha institucional y cultural profunda entre Occidente y amplias regiones del Islam. La clave no radica en la tasa puntual de un país, sino en la resistencia estructural que ciertas sociedades ofrecen ante la desinstitucionalización de la familia.

En el mundo islámico y en el sur de Asia persisten fecundidades significativamente superiores a las occidentales porque el matrimonio y la familia extendida siguen operando como instituciones normativas centrales, no como experiencias subjetivas revocables. Mientras en Occidente la segunda transición demográfica disoció matrimonio y procreación y redefinió la parentalidad como una opción individual entre muchas, en las sociedades musulmanas y del sur asiático el matrimonio conserva su dimensión institucional vinculante: contrato social y religioso con obligaciones recíprocas explícitas, orientado hacia la continuidad generacional. La familia extendida —que integra múltiples generaciones bajo una estructura de autoridad y solidaridad— funciona como red de seguridad que reduce la dependencia del Estado y del mercado para la crianza, haciendo viables familias numerosas incluso con modestos ingresos. El individualismo expresivo, motor de la baja fecundidad occidental, encuentra en estas sociedades contrapesos normativos: la identidad personal sigue articulándose en gran medida a través del rol familiar, y la esterilidad o el rechazo voluntario de la maternidad conllevan sanciones sociales significativas. Como señala Yurtseven (2015), las sociedades musulmanas presentan, en promedio, mayores tasas de matrimonio, menores edades al primer matrimonio y menor participación femenina en el mercado laboral formal —factores que, conjugados, sostienen una demanda de hijos superior a la de las sociedades occidentales, independientemente del nivel de renta per cápita. Pakistán mantiene 3,44–3,60 hijos por mujer (MacroTrends, 2026; Wikipedia, 2025), muy por encima del reemplazo, y sus proyecciones indican que continuará creciendo como una de las poblaciones musulmanas más grandes del mundo. Indonesia, con 240 millones de musulmanes, registra 2,08–2,20, cercana o ligeramente por encima del umbral (Wikipedia, 2025; Yeung, 2025). Bangladés, que en las décadas de 1970 tenía 6,83, ha descendido a 2,14–2,25, pero se mantiene en o por encima del nivel de estabilización gracias a programas de planificación familiar que no han alterado la estructura institucional del matrimonio (GeoRank, 2026). En contraste, Albania —país musulmán mayoritario, pero con fuerte secularización institucional— registra la tasa más baja de todo el mundo islámico, comparable a la de Europa del Sur (Hoover Institution, 2022), lo que confirma que no es la religión en sí, sino la vigencia de la familia como institución normativa, lo que explica la brecha. En Europa, las mujeres musulmanas inmigrantes tienen, efectivamente, más hijos que las no musulmanas, pero esa brecha se cierra con el tiempo a medida que se asimilan los patrones de individualismo expresivo del entorno receptor (Westoff & Frejka, 2007).

Asia Oriental constituye el polo opuesto: allí el colapso demográfico es aún más extremo que en Occidente, precisamente porque la modernización comprimida destruyó la familia tradicional sin generar instituciones sustitutivas de soporte a la natalidad. Corea del Sur, Japón, China y Taiwán han experimentado una «modernidad comprimida» en la que la educación intensiva, la competencia laboral extrema y la persistencia de roles de género asimétricos han hecho incompatible la maternidad con la participación femenina en el mercado laboral, en un contexto donde el Estado de bienestar no ha asumido las funciones de cuidado que desempeñaba la familia extendida tradicional. El resultado es el colapso más severo de la historia demográfica: Corea del Sur registra 0,72–0,80 hijos por mujer, Taiwán 0,87, China 1,00 y Japón 1,14–1,20 (Nippon.com, 2025; AEI, 2026). La diferencia crucial con el sur de Asia es que allí la familia extendida sigue absorbiendo los costes del cuidado, mientras en Asia Oriental la nuclearización forzada y la ausencia de apoyo estatal han convertido la parentalidad en una carga individual insostenible. En 2025, el Este de Asia promediaba menos de un nacimiento por mujer, un 55% por debajo del reemplazo; por cada 100 mujeres en edad fértil actuales, la región tendrá apenas 45 hijas y 20 nietas (AEI, 2026). En Seúl, la tasa llegó a 0,63; en Macao, a 0,47 (AEI, 2026). Estas cifras no son coyunturales: representan una ruptura generacional estructural.

África subsahariana es hoy el único bastión global de fecundidad alta, y su dinámica reconfigurará el equilibrio de poder mundial hacia mediados de siglo. Allí, la familia y el linaje siguen constituyendo la unidad básica de identidad, seguridad económica y prestigio social. La alta mortalidad infantil histórica generó estrategias de «seguro demográfico» —tener muchos hijos para asegurar la supervivencia de algunos—; más allá de esa racionalidad, persiste una normativa pronatalista arraigada en estructuras de parentesco que vinculan la fertilidad al estatus, la autoridad y la continuidad del linaje. La poliginia, el matrimonio precoz y la baja prevalencia de anticonceptivos modernos en zonas rurales —solo el 33% de las mujeres en edad fértil los utilizaba en 2025— refuerzan esta dinámica (ISS Africa, 2026). Además, el 51% de la población tiene menos de 20 años, lo que genera un momentum demográfico que persistirá décadas incluso si la fecundidad descendiera bruscamente. La fecundidad se sitúa en 4,12–4,21 hijos por mujer (GeoFactBook, 2025; MacroTrends, 2026), más del doble del reemplazo. Nigeria, con 4,30–5,30 y el 63% de su población menor de 25 años, proyecta 401,3 millones de habitantes para 2050, convirtiéndose en el tercer país más poblado, por encima de Estados Unidos (UNFPA, 2023; Intelpoint, 2025). Para 2040, la población en edad de trabajar de África superará la combinada de India y China (ISS Africa, 2026). En contraste, la Unión Europea entrará en declive sostenido tras 2026, con una fecundidad regional de 1,41 y una dependencia de mayores que más que duplicará la proporción de personas de 85+ para 2050 (Eurostat, 2024; Bruegel, 2025).

[Dos objeciones a responder]

Cabría objetar, en primer lugar, que la caída de la natalidad se explica sobre todo por factores económicos —coste de la vivienda, precariedad laboral, gasto en cuidado infantil— y no por un cambio cultural o institucional. Es cierto que esos obstáculos son reales: un estudio de UNFPA en Argentina, por ejemplo, atribuye a factores económicos y de cuidado el 62% de los casos en que las personas tuvieron menos hijos de los que deseaban. Pero si la causa fuera puramente económica, cabría esperar que los países más ricos —con mayor capacidad de amortiguar esos costes— tuvieran mayor fecundidad, y ocurre lo contrario: Noruega, con uno de los sistemas de bienestar más generosos del mundo, financiado además por un fondo petrolero que «resuelve» sobradamente el problema previsional, vio caer su fecundidad de 1,98 en 2009 a 1,44 en 2024 sin que ninguna política pública lograra revertir la tendencia. Los economistas Melissa Kearney y Phillip Levine, tras revisar sistemáticamente las explicaciones económicas tradicionales en un extenso informe del National Bureau of Economic Research, concluyen que estas no explican buena parte del descenso reciente, que refleja más bien una reordenación fundamental de las prioridades adultas moldeada por fuerzas sociales y culturales, incluido el hecho de que la proporción de mujeres sin hijos a los treinta años ha aumentado hasta cerca del 50% o más entre las cohortes más jóvenes en todos los países estudiados (Kearney & Levine, 2025). Esto no invalida la dimensión económica —que agrava el fenómeno y merece política pública—, pero sí confirma que la causa de fondo, la que explica por qué ni Escandinavia ni Corea del Sur ni España han logrado revertir la tendencia pese a políticas de conciliación e incentivos fiscales dispares, es de naturaleza institucional y valorativa: la parentalidad ha dejado de ocupar el lugar central que tenía cuando la familia se entendía como institución rectora de la vida adulta. La teoría de la segunda transición demográfica de Lesthaeghe llega, por otra vía académica y sin intención polémica, a una conclusión convergente.

El contraste con el mundo islámico y el sur de Asia refuta además el determinismo económico: Bangladés y Pakistán, con PIB per cápita infinitamente menores al de España o Italia, mantienen fecundidades de 2,14 y 3,44 respectivamente, no porque sus economías «permitan» más hijos —sus condiciones materiales son mucho más adversas—, sino porque sus instituciones familiares hacen viable y deseable la parentalidad. La economía no explica la natalidad; la institución familiar, sí.

Cabría objetar, en segundo lugar, que el matrimonio no se encuentra en crisis, sino que simplemente cambia de forma: la cohabitación y las nuevas estructuras familiares reemplazarían funcionalmente a la institución tradicional. Hay datos que respaldan esta afirmación: la proporción global de mujeres casadas o en pareja apenas descendió del 69% en 1970 al 64% en 2024, y en Estados Unidos la proporción de adultos sin pareja incluso comenzó a descender levemente después de 2019. Sin embargo, la objeción confunde vínculo afectivo con institución en sentido riguroso. Desde la perspectiva del Homo Institutionalis, una institución no es un mero patrón estadístico de convivencia, sino un marco normativo compartido, con obligaciones recíprocas reconocidas y sancionadas socialmente, orientado —en el caso del matrimonio, como revela su etimología— hacia la continuidad generacional. La cohabitación informal, por definición, carece de esa dimensión normativa objetivable: es revocable sin coste institucional, no articula obligaciones de largo plazo con la misma fuerza vinculante y, dato decisivo, no genera en los hechos tasas de natalidad comparables a las del matrimonio formal. Además, el repunte estadounidense reciente resulta modesto y reversible, y convive con una caída sostenida de los matrimonios formales desde 1972 y con el desplome, en Inglaterra y Gales, de la proporción de mujeres casadas a los treinta años del 90% al 29% en dos generaciones. La proliferación de convivencias sentimentales sin marco institucional no sustituye funcionalmente al matrimonio: coexiste con el colapso reproductivo aquí documentado.

[Confirmación y porvenir]

El decrecimiento demográfico occidental no puede reducirse a una variable económica ni a una curva estadística autónoma respecto de la vida institucional; es, en lo sustancial, la expresión demográfica de un proceso más amplio de desinstitucionalización de la persona, en el que la familia y el matrimonio —instituciones racionales orientadas por definición a la continuidad generacional— han sido desplazadas por la hiper-subjetividad afectiva, el individualismo consumista y un marco cultural que trata la parentalidad como una opción entre muchas, revocable y postergable, antes que como proyecto institucional central de la vida adulta.

A corto plazo —en los próximos cinco a diez años—, la región experimentará el cierre definitivo de su bono demográfico, proyectado hacia 2028-2029, sin haber consolidado niveles de productividad, formalidad laboral y cobertura previsional necesarios para sostener una población que envejece con rapidez; los sistemas de pensiones de reparto, ya tensionados, requerirán reformas paramétricas urgentes o mayor presión fiscal sobre una fuerza laboral menguante, presión agravada por la escalada simultánea del gasto en defensa que impone el actual ciclo de conflictos activos en múltiples frentes —el mismo diagnóstico, en clave española, que Fernández-Villaverde resume al advertir que, una vez descontados pensiones, sanidad, educación e intereses de la deuda, apenas queda margen presupuestario (Fernández-Villaverde, 2025)—, mientras la emigración de jóvenes calificados hacia España, Estados Unidos y otros destinos del norte global continuará drenando precisamente el capital humano que la región necesita retener.

Dentro de diez y treinta años, España y otros destinos tradicionales de la migración iberoamericana profundizarán su dependencia estructural de esos flujos para sostener su pirámide poblacional, lo cual, de no mediar una integración institucional sólida, alimentará tensiones políticas internas en los países receptores y, simultáneamente, consolidará relaciones asimétricas de dependencia entre ambos lados del Atlántico, en las que la migración funcionará como válvula de escape para el desempleo y la falta de oportunidades en Iberoamérica y como parche demográfico —no como solución estructural, advierte Morland respecto de cualquier país que dependa de la inmigración para compensar su declive, ya que los migrantes también envejecen y reducen su fecundidad con el tiempo de residencia (Morland, 2026)— para el envejecimiento europeo. En este período se hará plenamente visible el reordenamiento geopolítico global: el peso relativo de India y de África crecerá de forma sostenida, mientras Europa Occidental y buena parte de Asia Oriental —incluida China— competirán por retener capacidad productiva con poblaciones activas cada vez más reducidas.

Finalmente, a largo plazo —entre treinta y setenta y cinco años—, de no revertirse la tendencia —algo que ningún país ha logrado hasta ahora mediante política pública—, Iberoamérica podría consolidar un patrón ya visible en el sur de Europa: sociedades envejecidas, con Estados fiscalmente exhaustos por el gasto en pensiones y salud, dependientes de flujos migratorios externos —probablemente desde África subsahariana, dado su crecimiento proyectado— para sostener su base productiva, y con un peso geopolítico relativo decreciente frente a bloques demográficamente más dinámicos. La paradoja final es grave: las mismas fuerzas que hoy debilitan a Occidente —el individualismo expresivo, el relativismo identitario, la mercantilización de la vida afectiva— se difunden culturalmente, a través de medios y plataformas globales, hacia sociedades iberoamericanas que aún no han resuelto sus rezagos de desarrollo, replicando en ellas el mismo patrón de desinstitucionalización familiar antes de alcanzar el nivel de riqueza que permitió a Europa, al menos parcialmente, amortiguar sus efectos más inmediatos.

Así pues, veremos…

 

 

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 (ENGLISH VERSION)

A Different Winter: On Western Demographic Decline and the Future of Ibero-America

Translation by Tiffany Amber Elias Trimble

No empire has ever fallen for lack of children to defend it, one might object. However, none has survived without them. Rome, in its decline, was not defeated only by the Goths: it was first hollowed out by laws such as the Lex Papia Poppaea —which tried in vain to reverse the voluntary sterility of its ruling classes—; by a patriciate that preferred otium to the continuity of the gens; and by a citizenry that delegated the defense of borders it no longer considered its own to foreign mercenaries. Demography is the slowest and most stubborn variable of history: it is not noticed in an electoral quarter, it kills in slow motion, and when it finally becomes evident, it is almost impossible to reverse. Political scientist Nicholas Eberstadt, of the American Enterprise Institute, has called our time the age of depopulation and warns that humanity is about to experience its first sustained contraction since the Black Death —with the decisive difference that this time it is not produced by a plague, but by a collective choice (Eberstadt, 2025). The British demographer Paul Morland, author of The Human Tide and of No One Left: Why the World Needs More Children, is even more blunt: against those who celebrate population decline as ecological relief, he maintains that demographic decline is not a flourishing, but a human atrophy (Morland, 2026).

Something structurally similar runs through today the world that continues to be called, by institutional inertia more than by real validity, the West. Western Europe, Spain, Italy, Japan, South Korea, much of Eastern Europe and, with increasing intensity, Ibero-America, record fertilities well below the generational replacement level (2.1 children per woman), while life expectancy continues to increase. The result is an inverted pyramid: fewer young people at the base, more elderly at the top, and a center —the working-age population— increasingly narrower to support both ends. The United Nations certifies that, in 2024, more than half of the countries on the planet, with more than two-thirds of the world population, are already below that threshold, after global fertility fell from nearly five children per woman in the 1960s to 2.2 in 2024 (United Nations, DESA, 2025). But this global figure hides a civilizational fracture: while Southern Europe registers 1.10–1.15 and East Asia has fallen below 1.0, large regions of the Islamic world and sub-Saharan Africa maintain 3.0–5.3 children per woman, building expansive pyramids that will reconfigure the geopolitical weight of the 21st century.

The question is urgent: in what way does the decrease in births and population aging in the so-called West impact —and will impact— the world, especially Ibero-America, in the short, medium, and long term? Western demographic decline is not a byproduct of economic modernization, but the structural consequence of a broader process of deinstitutionalization of the person, whereby the family, marriage, and the notion of intergenerational commitment —rational institutions that previously organized affective and reproductive life— have been replaced by hyper-subjectivity, narcissistic consumption, and identity relativism that serve, functionally, the transnational market and, on the geopolitical plane, the reconfiguration of world power. Migration, far from being a neutral response to that void, has simultaneously become a palliative and a weapon: it temporarily alleviates the labor shortage in the north, while weakening —demographically, economically, and politically— the countries of the south, including the Ibero-American ones, which age without having completed their development.

What are we talking about, more technically? Of demography (from the Greek demos, people, and graphein, to describe), the quantitative study of human populations: their size, structure, and dynamics. The total fertility rate measures the average number of children a woman would have over her reproductive life, and the so-called generational replacement level —conventionally set at 2.1 children per woman in developed countries— is the one that allows each generation to be replaced by another of equivalent size without the need for migration, since at that level the long-term population growth rate stabilizes at zero (United Nations, DESA, 2025). The demographic bonus is the temporary window in which the working-age population grows faster than the dependent one —minors and the elderly— generating, if harnessed with productive and educational investment, a growth impulse; once the dependent population again exceeds the active one, the bonus closes and gives way to aging, with its correlate in the dependency ratio, that is, the proportion of people over 65 years of age relative to the working-age population. Morland has synthesized the concrete economic effects of this closure in the four grays: gray labor —increasingly aging workforces that reduce productivity and innovation—; gray capital —concentrated in the hands of the elderly, which limits entrepreneurial investment—; gray consumption —growing demand for labor-intensive services precisely when that labor is scarce—; and gray budgets —due to the sustained pressure that health, pensions, and long-term care exert on public finances (Morland, 2026).

Of course, this has to do directly with the family. Its name comes from the Latin familia, derived from famulus (domestic servant), and originally designated the set of people —relatives and servants— under the authority of a pater familias; over time, it settled into the legal-affective institution that articulates biological reproduction and cultural transmission between generations. Marriage derives from matrimonium, composed of mater (mother) and the suffix -monium (function or state), which reveals that, in its root, the institution was oriented towards motherhood and generational continuity, and not merely towards affection between two individuals. It is no coincidence that academic demography has ended up formalizing, with another vocabulary, much of what is argued here: the theory of the second demographic transition, formulated by Ron Lesthaeghe and Dirk van de Kaa in the mid-1980s, describes the transition towards fertility sustained below replacement, the proliferation of forms of cohabitation other than marriage and —the point that matters most here— the structural dissociation between marriage and procreation, all driven not only by socioeconomic changes but by a shift in values towards expressive individualism and personal self-fulfillment, in line with what Ronald Inglehart called the post-materialist turn of advanced industrialized societies (Lesthaeghe, 2014; Lesthaeghe & van de Kaa, 1986). That is, the academic mainstream of demography itself recognizes, although in another language, that the fall in Western birth rates has an ideational and cultural root, not merely an economic one.

From the perspective of Homo Institutionalis, the family is the primary institution: the oldest, the most elementary, and the one that makes possible, biologically and institutionally, the continuity of all the others. When that institution erodes —replaced by the liquid, revocable, sentimental bond that is no longer thought of as an institution but as mere experience— not only private life changes: the demographic base that supports any long-term political, economic, or military project also changes.

[Dissolution]

The sustained decline of marriage as an institution —not only as a ceremony, but as a long-term normative commitment— is concomitant with, and to a large extent causal of, the collapse of the birth rate. When the couple’s bond ceases to be understood as a rational institution that structures reciprocal obligations and long-term projects, and begins to be conceived as a relationship revocable according to the emotional state of each individual, the time horizon necessary to raise children —which requires stability, foresight, and giving up part of one’s autonomy— becomes less available. The substitution of institution by feeling does not eliminate the desire for companionship, but it does erode the framework that allowed that desire to be converted into a sustained family project. On a global scale, the marriage rate has fallen to historic lows: in the United States, the rate per thousand inhabitants peaked in 1946 and has declined without interruption since 1972; in England and Wales, the proportion of married women at age thirty fell from 90% among those born in 1940 to barely 29% among those born in 1990, and among men from 83% to 20% (Infobae, 2025). In Spain, the phenomenon is combined with a sustained delay in motherhood: in 2024 only 318,005 children were born, the lowest figure since the INE began its series in 1941, while almost 40% of births corresponded to mothers over 35 years of age (El Debate, 2025), an age from which natural fertility decreases markedly. Eberstadt summarizes the phenomenon with a formula that Morland takes up and subscribes to in a recent interview: the flight from the family is, at bottom, a flight from sacrifice, from everything that must be renounced when one decides to dedicate one’s life to raising children (Eberstadt, cited in Morland, 2024b).

Population aging transcends social and health issues: it imposes a structural restriction on the State’s capacity to sustain its pension system, finance its productive apparatus, and project power. A pay-as-you-go system —that of most European and Ibero-American pensions— depends on a reasonable proportion between active contributors and passive beneficiaries. When that proportion is reversed, the State must choose between increasing the tax burden on a shrinking active population, cutting benefits, or going into debt; the three options erode, at different rates, social cohesion and the capacity for investment in defense, infrastructure, or innovation. In Spain, the economic dependency ratio of the elderly will reach 60% in the first half of the 2050s, which implies that there will not be even two working-age people for each person over 65 (The Object, 2025); Spanish fertility already stands at 1.1 children per woman —1.07 among Spanish women— and, in some provinces such as the Canary Islands, it falls even below one child per woman, while more than 21% of residents are already over 65, a proportion that rises to 25% among the native population (El Confidencial Digital, 2026). The economist Jesus Fernandez-Villaverde, professor at the University of Pennsylvania, has repeatedly described the demographic collapse as the existential problem of Spain: with a fertility of barely 1.2 children per woman, the country faces a reduction of up to 40% of its population per generation, a phenomenon that —he warns— admits no painless solution once pensions, health, education, and public debt interest consume almost all the budget margin (Fernandez-Villaverde, 2024, 2025).

Italy offers an even more extreme parallel in the heart of Western Europe. In 2025, according to provisional ISTAT data, Italy recorded barely 355,000 births against 652,000 deaths, a natural deficit of 297,000 people in a single year; its fertility fell to 1.14 children per woman, the lowest figure since unification in 1861 (ISTAT, 2026). The Italian paradox is revealing: ISTAT surveys show that Italians desire on average about 2 children, but the institutional structure —labor precariousness, housing costs, late emancipation— prevents that desire from becoming reality. The comparative analysis shows one of the widest gaps in Europe between desired and actual fertility, which confirms that the problem is not merely cultural (absence of desire for parenthood), but institutional: the disappearance of the normative framework that made the family project viable (Fertility World, 2026). The European Union as a whole has entered population decline: it is projected that, after 2026, the community population will decrease at an average rate of 0.3 per thousand annually, driven by a natural decline of three per thousand that net immigration fails to fully compensate for (Bruegel, 2025).

[The Ibero-American case]

Unlike Europe, which aged after industrializing and consolidating a welfare state, Ibero-America and the Caribbean age before closing their development gaps, which aggravates —and does not replicate— the Western problem. The so-called Ibero-American demographic bonus, the window in which the working-age population grew faster than the dependent one, required sustained investment in education, formal employment, and productivity to translate into development; closing before that investment bore fruit, the region remains trapped aging under conditions of labor informality, low pension coverage, and persistent inequality. ECLAC warns that the regional demographic bonus, which began in the mid-1960s, has already concluded or is about to conclude, due to the fall in births, the increase in life expectancy, and widespread aging, and emphasizes that, unlike East Asia —where the fall in demographic dependency coincided with a per capita GDP growth of 6.1% annually between 1965 and 1990—, Ibero-America only achieved 0.9% in the same period (La Jornada, 2026). The executive secretary of the body himself summarized the anomaly: the region is aging in a few decades what took Europe more than a century (teleSUR, 2026). Concretely, it is projected that by 2047 the population aged 60 and over will surpass that of those under 15 (ECLAC, 2022), and that by 2050 people over 60 will represent 25% of the regional population, about 182 million (Prensa Mercosur, 2026). In Argentina, fertility reached 1.50 children per woman in 2024, well below replacement, with a life expectancy of 77.5 years and 16.8% of the population in old age (Diario Norte, 2026); in Central America, most countries are already below replacement, although the process advances unevenly (Infobae, 2026a).

States and non-state actors have learned to instrumentalize migratory flows as a tool of political, economic, and security pressure against receiving countries, taking advantage of the structural need for labor generated by Western aging. A country that ages needs, in the short term, young workers to sustain care, production, and pension financing; this need creates a dependency that external actors —neighbors, regional powers, or states in conflict with the receiver— can exploit by deliberately fostering or retaining flows to obtain concessions. Specialized research documents cases such as Belarus, which in 2021 organized artificial migratory routes towards Poland, Lithuania, and Latvia as reprisal for European sanctions, or Morocco, which that same year deliberately allowed the passage of thousands of people towards Ceuta as a form of pressure on Spain, a method it has installed with relative success against Spain and the European Union, reminding its neighbor that it has a powerful means to generate a chaotic environment on its borders and force it to act according to its interests (Miholjcic, 2022). The academic literature already has specific studies, such as the master’s thesis from the US Naval Postgraduate School on migration as a tool of 21st century political warfare (Steger, 2017), and testimonies before the US Congress that recognize its instrumentalization as a growing threat that requires proportionate responses from receiving countries (Banulescu-Bogdan, 2024).

And yet, this drainage is not unidirectional nor free for those who star in it: Ibero-American migration to the global north today moves sums that exceed, in several countries, foreign direct investment. Remittances to Ibero-America and the Caribbean reached a record 173,733 million dollars in 2025, 7.3% more than the previous year, according to the Inter-American Development Bank, with Mexico as the main recipient —62,472 million—, although in decline compared to 2024 due to the reduction of the Mexican labor force in the United States (IDB, 2026). This dependence on remittances does not mean strength: it is the reverse side of a hollowing out. The region not only ages internally due to the fall in its fertility, but also exports a good part of its young and economically active population to the United States and Europe —mainly Spain—, precisely the countries that most need to compensate for their own demographic deficit, which multiplies the hollowing out of the societies of origin. The labor migration of young Ibero-Americans to aging economies in the north responds to a structural demand for labor in those countries, but it implies for the countries of origin the loss of the segment that should sustain their demographic bonus, their future birth rate, and their labor force, while the dependence on remittances substitutes, without resolving it, the deficit of internal development. The ECLAC report explicitly links the regional demographic reordering with the transformation of family structures and a complex scenario of international migration, as concurrent and not isolated phenomena (Diario Norte, 2026); and Spain —one of the main destinations for Ibero-American migration— has sustained a good part of its recent population growth almost exclusively through migration, with two million additional immigrants only in the 2022-2024 triennium, in a context of internal fertility at historical lows (El Confidencial Digital, 2026).

This phenomenon is also inscribed in a historical context of military instability without precedent since the postwar period: 2025 was, according to the Uppsala Conflict Data Program, the year with the highest number of active armed conflicts recorded since 1946 —seventy-five simultaneous wars—, and at the beginning of that year the number of people forcibly displaced in the world reached a historical record of 122.1 million, led by Sudan, which with 14.3 million displaced surpassed Syria as the largest displacement crisis on the planet, followed by Afghanistan (10.3 million) and Ukraine (8.8 million) (UNHCR, 2025). The 2026 Global Trends report of the agency itself recorded, for the first time in a decade, a decrease in the global figure —to 117.8 million—, attributable above all to forced returns in precarious conditions rather than to political resolutions of substance; UNHCR itself warned, however, that events at the beginning of 2026 —the joint offensive of the United States and Israel against Iran on February 28, the resumption of hostilities between Israel and Hezbollah in Lebanon, and the jihadist and Tuareg offensive in Mali— threatened to reverse that trend (UNHCR, 2026; Infobae, 2026b). This multiplication of war fronts not only directly feeds migratory flows towards the West: it also pushes global military spending to historical highs —2.887 trillion dollars in 2025, the eleventh consecutive year of growth, equivalent to 2.5% of planetary GDP—, a spending that the aging societies of the West must finance with an increasingly narrow tax base, simultaneously with spending on pensions and health that already strains their budgets (BBVA Research, 2026).

The Venezuelan case illustrates with crudeness how institutional collapse, political violence, and migration converge in the same geopolitical knot. With 7.9 million people outside the country —more than 85% spread across seventeen Latin American and Caribbean states—, Venezuela constitutes, together with Sudan, the largest forced displacement crisis on the planet (eACNUR, 2026; IOM, n.d.). On January 3, 2026, the United States executed Operation Absolute Resolution, a military incursion that included bombings on strategic installations in Caracas and the capture of Nicolas Maduro, extradited to New York to face narcoterrorism charges (Wikipedia, 2026). The episode, described by international law specialists as a use of force of questionable legality under the United Nations Charter, has not immediately reversed the migratory pattern: although spontaneous returns have been recorded —more than 1.2 million since 2018—, the first quarter of 2025 had already marked a historical record of Venezuelan asylum applications in Spain, 23,724, in what constitutes a recent shift in migratory flows from the traditional Andean axis —Colombia, Peru, Brazil— towards the transatlantic axis (Coalicion por Venezuela, 2025). This displacement of the migratory center of gravity confirms the thesis: Ibero-American and European states with stronger institutions —Spain as a net receiver, or Colombia and Peru as already saturated regional receivers— simultaneously absorb double migratory pressure, the internal one derived from their own falling birth rate and the external one generated by the collapse of neighboring states, without the political and military instability of the region showing clear signs of abating.

[The global contrast]

Aging is not exclusive to the West: China, Russia, and Iran suffer it with comparable or greater intensity. But the magnitude of the phenomenon in historically dominant societies —European and Anglo-American— accelerates a rearrangement of world power towards regions with younger structures. The projection of power of a state —military, economic, technological— depends in the long term on the availability of an active population, its capacity for innovation, and the sustainability of public spending; an inverted pyramid reduces all three at the same time, while regions with younger structures gain relative weight even without matching Western institutional development. A recent analysis summarizes the asymmetry: China is aging rapidly, Russia combines low fertility with population decline, and Iran follows a similar trajectory, while India retains the main relative demographic advantage (La Jornada Veracruz, 2026). And, in the longer term, Africa, which today represents about 18% of the world population, could surpass 40% towards the end of the century, with Nigeria on track to displace the United States as the third most populous nation before 2050 (Agenda Pública, 2025). A report from the Spanish strategic studies center emphasizes that, although aging transcends the West, the fact that Western societies —which hold a dominant position— are immersed in a process of stagnation or demographic decline turns this issue into a geopolitical problem of the first order (Global Strategy, 2022). Morland qualifies, rightly, that demography is not absolute destiny —one would have had to know all the demographic facts of the world in 1930 to not be able to predict, even so, the Second World War, he points out—, but a structural component that conditions, without determining by itself, the economic strength, military capacity, and political power of nations (Morland, 2026).

This erosion of power projection capacity is not hypothetical: it is already manifest in the recruitment crisis that Western armies are going through. The Spanish Armed Forces reduced their staff by 10% between 2010 and 2023, and the ratio of applicants per place fell from 20 to barely 5 between 2015 and 2020 (El Confidencial Digital, 2020); in Germany, applicants to the Bundeswehr fell 7% in only the first five months of 2023, with a dropout rate of 30% (Defensa.com, 2024); in the United Kingdom, the annual recruitment deficit is equivalent to two complete infantry battalions despite having outsourced recruitment to a private company (Galaxia Militar, 2024); and in the United States, only 9% of young people between the ages of 17 and 24 declared themselves willing to serve in 2022, while 71% of applicants did not pass the physical entry criteria (Defensa.com, 2024). The Royal Elcano Institute warned early on that this structural shortage of young people would intensify competition among European institutions to capture them, with an effect it described as particularly serious on the ability of the armed forces to maintain their current strength (Royal Elcano Institute, 2021). The paradox is evident: while global military spending breaks records —driven precisely by the wars in Ukraine, the Middle East, and growing tensions in the Indo-Pacific—, the Western societies that invest most in rearmament are, simultaneously, those with the fewest young people available to put on the uniform.

However, the diagnosis of age of depopulation cannot be applied in an undifferentiated way to the entire planet. While it is true that fertility has also declined in much of the Muslim world —Iran, for example, today registers 1.7, below replacement, and Turkey stands at 1.9—, this does not invalidate the existence of a deep institutional and cultural gap between the West and broad regions of Islam. The key does not lie in the specific rate of a country, but in the structural resistance that certain societies offer to the deinstitutionalization of the family.

In the Islamic world and South Asia, fertilities remain significantly higher than Western ones because marriage and the extended family continue to operate as central normative institutions, not as revocable subjective experiences. While in the West the second demographic transition dissociated marriage and procreation and redefined parenthood as an individual option among many, in Muslim and South Asian societies marriage retains its binding institutional dimension: a social and religious contract with explicit reciprocal obligations, oriented towards generational continuity. The extended family —which integrates multiple generations under a structure of authority and solidarity— functions as a safety net that reduces dependence on the state and the market for child-rearing, making large families viable even with modest incomes. Expressive individualism, the engine of low Western fertility, finds normative counterweights in these societies: personal identity continues to be largely articulated through the family role, and sterility or the voluntary rejection of motherhood carries significant social sanctions. As Yurtseven (2015) points out, Muslim societies present, on average, higher marriage rates, lower ages at first marriage, and lower female participation in the formal labor market —factors that, combined, sustain a demand for children higher than that of Western societies, regardless of the level of per capita income. Pakistan maintains 3.44–3.60 children per woman (MacroTrends, 2026; Wikipedia, 2025), well above replacement, and its projections indicate that it will continue to grow as one of the largest Muslim populations in the world. Indonesia, with 240 million Muslims, registers 2.08–2.20, close to or slightly above the threshold (Wikipedia, 2025; Yeung, 2025). Bangladesh, which in the 1970s had 6.83, has declined to 2.14–2.25, but remains at or above the stabilization level thanks to family planning programs that have not altered the institutional structure of marriage (GeoRank, 2026). In contrast, Albania —a majority Muslim country, but with strong institutional secularization— registers the lowest rate in the entire Islamic world, comparable to that of Southern Europe (Hoover Institution, 2022), which confirms that it is not religion itself, but the validity of the family as a normative institution, that explains the gap. In Europe, immigrant Muslim women do indeed have more children than non-Muslim women, but this gap closes over time as they assimilate the patterns of expressive individualism of the receiving environment (Westoff & Frejka, 2007).

East Asia constitutes the opposite pole: there the demographic collapse is even more extreme than in the West, precisely because compressed modernization destroyed the traditional family without generating substitute institutions to support birth rates. South Korea, Japan, China, and Taiwan have experienced a compressed modernity in which intensive education, extreme labor competition, and the persistence of asymmetric gender roles have made motherhood incompatible with female participation in the labor market, in a context where the welfare state has not assumed the care functions that the traditional extended family performed. The result is the most severe collapse in demographic history: South Korea registers 0.72–0.80 children per woman, Taiwan 0.87, China 1.00, and Japan 1.14–1.20 (Nippon.com, 2025; AEI, 2026). The crucial difference with South Asia is that there the extended family continues to absorb care costs, while in East Asia forced nuclearization and the absence of state support have turned parenthood into an unsustainable individual burden. In 2025, East Asia averaged less than one birth per woman, 55% below replacement; for every 100 current women of childbearing age, the region will have barely 45 daughters and 20 granddaughters (AEI, 2026). In Seoul, the rate reached 0.63; in Macao, 0.47 (AEI, 2026). These figures are not conjunctural: they represent a structural generational rupture.

Sub-Saharan Africa is today the only global bastion of high fertility, and its dynamics will reconfigure the global balance of power towards mid-century. There, the family and lineage continue to constitute the basic unit of identity, economic security, and social prestige. High historical infant mortality generated demographic insurance strategies —having many children to ensure the survival of some—; beyond this rationality, a deeply rooted pronatalist norm persists in kinship structures that link fertility to status, authority, and lineage continuity. Polygyny, early marriage, and the low prevalence of modern contraceptives in rural areas —only 33% of women of childbearing age used them in 2025— reinforce this dynamic (ISS Africa, 2026). Moreover, 51% of the population is under 20, which generates a demographic momentum that will persist for decades even if fertility were to drop sharply. Fertility stands at 4.12–4.21 children per woman (GeoFactBook, 2025; MacroTrends, 2026), more than double replacement. Nigeria, with 4.30–5.30 and 63% of its population under 25, projects 401.3 million inhabitants by 2050, becoming the third most populous country, above the United States (UNFPA, 2023; Intelpoint, 2025). By 2040, Africa’s working-age population will surpass that of India and China combined (ISS Africa, 2026). In contrast, the European Union will enter sustained decline after 2026, with a regional fertility of 1.41 and a dependency of the elderly that will more than double the proportion of people aged 85+ by 2050 (Eurostat, 2024; Bruegel, 2025).

[Two objections to answer]

It might be objected, first, that the fall in the birth rate is explained above all by economic factors —housing costs, labor precariousness, childcare costs— and not by a cultural or institutional change. It is true that these obstacles are real: a UNFPA study in Argentina, for example, attributes 62% of cases where people had fewer children than they desired to economic and care factors. But if the cause were purely economic, one would expect richer countries —with greater capacity to cushion these costs— to have higher fertility, and the opposite occurs: Norway, with one of the most generous welfare systems in the world, also financed by an oil fund that more than solves the pension problem, saw its fertility fall from 1.98 in 2009 to 1.44 in 2024 without any public policy managing to reverse the trend. Economists Melissa Kearney and Phillip Levine, after systematically reviewing traditional economic explanations in an extensive report from the National Bureau of Economic Research, conclude that these do not explain a good part of the recent decline, which rather reflects a fundamental reordering of adult priorities shaped by social and cultural forces, including the fact that the proportion of childless women at age thirty has increased to near 50% or more among younger cohorts in all countries studied (Kearney & Levine, 2025). This does not invalidate the economic dimension —which aggravates the phenomenon and deserves public policy—, but it does confirm that the underlying cause, the one that explains why neither Scandinavia, nor South Korea, nor Spain have managed to reverse the trend despite reconciliation policies and disparate fiscal incentives, is of an institutional and value-based nature: parenthood has ceased to occupy the central place it had when the family was understood as the guiding institution of adult life. The theory of the second demographic transition of Lesthaeghe arrives, by another academic route and without polemical intention, at a convergent conclusion.

The contrast with the Islamic world and South Asia further refutes economic determinism: Bangladesh and Pakistan, with infinitely lower GDP per capita than Spain or Italy, maintain fertilities of 2.14 and 3.44 respectively, not because their economies allow more children —their material conditions are much more adverse—, but because their family institutions make parenthood viable and desirable. The economy does not explain the birth rate; the family institution does.

It might be objected, second, that marriage is not in crisis, but is simply changing its form: cohabitation and new family structures would functionally replace the traditional institution. There are data that support this statement: the global proportion of married or cohabiting women barely declined from 69% in 1970 to 64% in 2024, and in the United States the proportion of adults without a partner even began to decline slightly after 2019. However, the objection confuses affective bond with institution in the rigorous sense. From the perspective of Homo Institutionalis, an institution is not merely a statistical pattern of coexistence, but a shared normative framework, with reciprocal obligations recognized and socially sanctioned, oriented —in the case of marriage, as its etymology reveals— towards generational continuity. Informal cohabitation, by definition, lacks that objectifiable normative dimension: it is revocable without institutional cost, it does not articulate long-term obligations with the same binding force and, decisive fact, it does not generate in practice birth rates comparable to those of formal marriage. Moreover, the recent US rebound is modest and reversible, and coexists with a sustained decline in formal marriages since 1972 and with the collapse, in England and Wales, of the proportion of married women at age thirty from 90% to 29% in two generations. The proliferation of affective cohabitations without an institutional framework does not functionally substitute for marriage: it coexists with the reproductive collapse documented here.

[Confirmation and future]

Western demographic decline cannot be reduced to an economic variable nor to a statistical curve autonomous from institutional life; it is, substantially, the demographic expression of a broader process of deinstitutionalization of the person, in which the family and marriage —rational institutions oriented by definition towards generational continuity— have been displaced by affective hyper-subjectivity, consumerist individualism, and a cultural framework that treats parenthood as an option among many, revocable and postponable, rather than as the central institutional project of adult life.

In the short term —in the next five to ten years—, the region will experience the definitive closure of its demographic bonus, projected towards 2028-2029, without having consolidated the levels of productivity, labor formality, and pension coverage necessary to support a rapidly aging population; the pay-as-you-go pension systems, already strained, will require urgent parametric reforms or greater tax pressure on a shrinking labor force, pressure aggravated by the simultaneous escalation of defense spending imposed by the current cycle of active conflicts on multiple fronts —the same diagnosis, in Spanish key, that Fernandez-Villaverde summarizes by warning that, once pensions, health, education, and debt interest are discounted, there is barely any budget margin left (Fernandez-Villaverde, 2025)—, while the emigration of skilled young people to Spain, the United States, and other destinations in the global north will continue to drain precisely the human capital that the region needs to retain.

Within ten to thirty years, Spain and other traditional destinations for Ibero-American migration will deepen their structural dependence on these flows to sustain their population pyramid, which, without solid institutional integration, will fuel internal political tensions in the receiving countries and, simultaneously, consolidate asymmetric dependency relations between both sides of the Atlantic, in which migration will function as a safety valve for unemployment and lack of opportunities in Ibero-America and as a demographic patch —not as a structural solution, warns Morland regarding any country that depends on immigration to compensate for its decline, since migrants also age and reduce their fertility over time of residence (Morland, 2026)— for European aging. In this period, the global geopolitical reordering will become fully visible: the relative weight of India and Africa will grow steadily, while Western Europe and much of East Asia —including China— will compete to retain productive capacity with increasingly smaller active populations.

Finally, in the long term —between thirty and seventy-five years—, if the trend is not reversed —something that no country has achieved so far through public policy—, Ibero-America could consolidate a pattern already visible in Southern Europe: aging societies, with states fiscally exhausted by spending on pensions and health, dependent on external migratory flows —probably from sub-Saharan Africa, given its projected growth— to sustain their productive base, and with a decreasing geopolitical weight relative to demographically more dynamic blocs. The final paradox is serious: the same forces that today weaken the West —expressive individualism, identity relativism, the commodification of affective life— are culturally diffused, through global media and platforms, towards Ibero-American societies that have not yet resolved their development lags, replicating in them the same pattern of family deinstitutionalization before reaching the level of wealth that allowed Europe, at least partially, to cushion its most immediate effects.

Thus, we will see…