Todo está escrito: Sobre «Karoo», novela de Steve Tesich
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Hay autores que, lejos del consuelo fácil, se adentran en las grietas del espíritu contemporáneo para desenmascarar las ficciones que habitamos como si fueran realidades: el arte, el amor, la familia, el éxito. En lugar de simplemente narrar historias, las diseccionan, revelando cómo el entretenimiento, lejos de ser mero pasatiempo, ha devorado la autenticidad del juicio, ha colonizado millones de conciencias, y ha sustituido la ética por el guion. En este territorio inhóspito, donde la racionalidad se tambalea bajo el peso de la manipulación emocional, autores como Steve Tesich irrumpen para desmontar el teatro de lo cotidiano con una ironía feroz, pero nunca cínica, porque aún late en ella una exigencia moral, por mínima que sea, de verdad. Tesich, guionista de Hollywood convertido en novelista, conoce el mecanismo del engaño porque lo ha operado, y en Karoo nos enfrenta a él.
Saul Karoo, un reescritor de guiones en la cincuentena, cínico y desencantado, vive de destruir obras ajenas para salvarlas comercialmente. Su vida cambia cuando decide, por primera vez, actuar por alguien más: ayudar a un joven a rescatar a su hija de una secta. El viaje lo enfrenta a sus propias ruinas, a la ficción de su identidad y al vacío que oculta tras décadas de manipulación narrativa. Lo que comienza como un acto de generosidad se convierte en un descenso al absurdo, donde los roles se descomponen, las líneas argumentales se quiebran y la realidad se revela como un guion mal escrito, del que nadie sabe cómo salir.
La estructura de Karoo es una trampa bien montada: parece seguir la forma clásica del viaje del héroe, pero desde el principio sabotea cada uno de sus pasos. De modo que nos vemos en una caída permanente; en lugar de transformación, asistimos a una creciente descomposición. El tiempo no avanza linealmente, sino que se repliega sobre sí mismo, como un guion que se reescribe una y otra vez sin llegar a cerrarse. Las escenas se repiten con variaciones mínimas, los diálogos se deslizan hacia el sinsentido, y los personajes parecen actuar no por impulso interno, sino por obligación narrativa. Es como si Tesich hubiera tomado la fórmula hollywoodiense que conoce tan bien y la hubiera puesto a funcionar en vacío, mostrando cómo, sin contenido ético ni vivencia auténtica, todo se convierte en mecánica inerte. La novela no progresa, sino que gira en torno a un eje roto: el del yo fragmentado de Karoo, que ya no puede distinguir si actúa o si es actuado, si piensa o si repite frases de otros. Si se enfrenta al mal o es el mal el que lo usa a él mismo como medio de operación.
Los personajes, aparte individuos, son, sobre todo, funciones, incluso bajo una interpretación matemática; en efecto, cuanto pasa por ellos se transforma acorde a una lógica de guion: el gran mentor (Cromwell), el discípulo (Brad), la víctima (Laurie), el padre (el mismísimo Karoo), la madre (la anciana). Tesich los convierte en marionetas que se mueven por inercia narrativa, no obstante, sean cada uno de ellos reconocibles, individuos, por lo tanto, presas de una suerte de destino. Karoo, el protagonista, es un anti-héroe que apenas sobrevive. Es un hombre que ha vivido de reescribir las historias de otros y que, al intentar escribir la suya, descubre que no tiene voz propia. Cromwell, el productor, es la encarnación del poder institucionalizado del entretenimiento: habla con la autoridad del que siempre tiene razón porque controla el marco interpretativo. Su discurso es seductor, lleno de referencias a Capra, al espíritu del cine, a la celebración de la vida, pero todo es fachada, un guion que repite sin creer en él y, no obstante, funciona, perversamente. Brad, el joven, no es un inocente, sino una proyección de lo que Karoo fue, o más bien quiso ser: alguien que aún cree que puede cambiar algo. Pero incluso esa creencia es puesta en duda, como si la esperanza misma fuera un recurso narrativo gastado.
El lenguaje de Tesich es directo, seco, a veces brutal, pero cargado de una ironía que se revela casi como un eco. Usa la repetición como arma: frases que se repiten, gestos que se copian, diálogos que no avanzan. Hay un desfase constante entre lo dicho y lo sentido, entre el discurso y la emoción. Los personajes hablan como si estuvieran ensayando una escena, y a menudo lo están. El narrador, en tercera persona, pero con fisuras, a veces se confunde con Karoo, a veces lo juzga, a veces lo compadece, pero nunca, nunca lo salva. Hay momentos de gran densidad poética, como cuando Karoo llora comiendo estofado de cordero para que su madre no lo vea, pero esos momentos en vez de prestarse a la redención, revelan brutalmente la profundidad del desamparo.
Saul, que ha vivido desmontando emociones ajenas para ajustarlas al molde del entretenimiento, descubre demasiado tarde que su propia vida carece de trama, y que el único modo que conoce de dotarla de sentido es a través de una ficción. Pero esta ficción, cuando finalmente se encarna, no es una redención, sino una caída: la tragedia edípica no como mito lejano, sino como destino que se repite en el seno de una familia deshecha, en un mundo donde los lazos no se rompen, sino que se pervierten por la inercia del dolor.
Tesich no cita a Sófocles directamente, pero lo invoca en cada silencio, en cada gesto desviado, en cada línea de diálogo que parece querer decir otra cosa. La dramática clásica griega no está aquí como referencia decorativa, sino como estructura ontológica. Como Edipo, que huye del oráculo para cumplirlo, Karoo huye del sentimentalismo para caer en el sentimentalismo más crudo, más trágico. Y cuando el guion se desarma, el mito se cumple. Él es el padre sustituto, el amante frustrado, el niño abandonado, todo a la vez.
Tesich maneja este despliegue con una economía devastadora. No hay escenas grandilocuentes, no hay confesiones dramáticas. Todo está cargado de significado, pero ningún personaje puede nombrarlo. Porque nombrarlo sería salir del guion, y salir del guion, en este mundo, es caer en el vacío.
La ironía, tan presente en la obra, no sirve para aliviar, sino para profundizar el horror. Cuando Karoo, borracho, se ríe de sí mismo, cuando se burla de su propia grandilocuencia, no se libera, se entierra más. Como los coros griegos, los diálogos con Cromwell funcionan como comentario ético, pero invertido: en lugar de elevar, hunden. Cromwell, el productor, es el nuevo tirano, el que dicta la forma de la verdad, el que convierte el dolor en entretenimiento, la culpa en anécdota cómica. Su risa ante el llanto del joven en el cine no es solo desprecio; es la risa del poder, la risa de quien sabe que toda tragedia puede ser reciclada como comedia si se ajusta bien el tono. Y Karoo, aunque lo odia, participa de esa risa. Porque también él ha vivido de eso: de convertir lo trágico en manejable, en digerible, en rentable.
Temáticamente, Karoo es una novela sobre la muerte del arte como institución crítica. El arte verdadero, el que cuestiona, ha sido reemplazado por el entretenimiento de calidad (dudosa), que simula profundidad mientras aplaca. Tesich muestra cómo el cine, en lugar de ser un medio de exploración, se ha convertido en una máquina de consolación ideológica, que vende redenciones falsas, que convierte el dolor en espectáculo, que transforma la ética en trama. La familia, otro gran tema, aparece como una institución rota, no por la ausencia de amor, sino por la imposibilidad de comunicarlo fuera del lenguaje de los guiones. Karoo ama a su madre, pero no puede decírselo; solo puede llorar comiendo su comida. La responsabilidad individual se diluye en un mundo donde todo está preescrito, donde las decisiones no surgen del carácter, sino del exigente ritmo de la trama. El mal es monstruoso, pero por banal, cotidiano, administrado con sonrisas y entusiasmo. Y, sin embargo, en medio de esta devastación, hay humor: un humor negro, despiadado, que nace de la conciencia de la farsa. En efecto, uno no se ríe de Karoo, sino con él, en el reconocimiento de que todos estamos atrapados en un guion que no escribimos.
Nada de consuelo ni motivación, ni mucho menos esperanza barata. Karoo es una obra feroz, necesaria. Brillante.
