Tiempo ajeno: Aproximación a la fotografía urbana de Gerardo Matos
Por Juan Pablo Torres Muñiz
El planteamiento conceptual de una muestra, en caso sea, más que pertinente, cuestionadora, lo suficiente como para enfrentar el conjunto de convenciones que rigen la visión de un determinado objeto o escenario común, merece ser explicado, no para justificar su resultado plástico, sino, simplemente, para dar más luces sobre él. Y, claro, destacar su elocuencia.
La exposición fotográfica de Gerardo Matos opera desde una premisa rigurosa: la ciudad como archivo viviente de la fugacidad humana, no en el sentido melancólico del recuerdo, sino en el registro frío, implacable, del paso. Las imágenes, en blanco y negro, optan por este recurso como una necesidad formal: el contraste agudo entre luz y sombra, entre lo fijo y lo móvil, entre el detalle arquitectónico y la silueta difuminada, exige una paleta que difícilmente admite matices sin desviar la atención. El blanco y negro aquí no es ausencia de color, sino presencia de límite.
Así, el centro histórico de Arequipa —con el sillar, sus grietas, su mugre acumulada como testimonio silente de décadas— se erige como la única entidad estable. Los edificios, con sus fachadas erosionadas y sus balcones torcidos, no son escenarios, sino una suerte de actores que prestan no su integridad, sino seccionado, su seno. Las figuras humanas, en cambio, aparecen como trazos, como manchas de movimiento, huellas de velocidad en un entorno que las niega como centros. La persona se desvanece, se convierte en un efecto óptico de la ciudad, en un eco que apenas toca la superficie del tiempo colectivo.
Los elementos que deberían ser efímeros —las aves— aparecen nítidos, congelados en pleno vuelo o posados sobre monumentos. Las palomas, los gallinazos, esos testigos indiferentes del trajín urbano, son los únicos que logran fijarse en el encuadre. Esta inversión de lo esperado constituye una afirmación sobre la perspectiva: el tiempo, tal como lo experimentamos, no pertenece al vuelo de las aves, sino al paso torpe, repetitivo, de los cuerpos humanos que transitan sin dejar huella definida en el paisaje. La ciudad, en su lentitud pseudo geológica, registra lo que nosotros apenas percibimos: que somos nosotros quienes atravesamos, no quienes habitamos.
La idea de por sí no es precisamente novedosa, pero su plasmación, en detalle, lo es en la medida que implica la elección del lugar.
La elección del centro histórico de Arequipa no obedece a un afán folclorista ni a una exaltación regionalista. Es, más bien, una aplicación rigurosa de aquella máxima atribuida a Tolstói: «Narra de tu aldea y serás universal». Arequipa, en este caso, no es un caso aislado, sino un modelo de lo urbano en general: un espacio donde la historia no yace sepultada, sino presente en cada desconchón y sombra. La documentación del trajín cotidiano —el caminante apresurado, el vendedor ambulante— no busca denunciar ni idealizar, sino constatar: somos parte de un paisaje que nos sobrevive, que nos incorpora sin pedir permiso, y es un paisaje personal, sin embargo, fruto de una construcción institucional.
Gerardo Matos aborda el concepto de identidad urbana y su transformación a través del tiempo no como una narrativa lineal de progreso o deterioro, sino como un fenómeno de absorción y anonimato forzado. La identidad en el entorno citadino no es una posesión individual, sino un efecto del paisaje. Las figuras humanas, borrosas, desdibujadas por el movimiento, no son protagonistas en el sentido tradicional, sino elementos transitorios que la ciudad incorpora sin consentimiento. Es precisamente en esa desaparición donde reside su participación en la identidad colectiva: al volverse anónimas, se integran al tejido histórico de Arequipa, cuya piedra volcánica, grietas y mugre funcionan como un archivo físico de décadas de tránsito.
La transformación del tiempo no se muestra como cambio arquitectónico o modernización, sino como una relación de poder inversa: no es el hombre quien transforma la ciudad, sino la ciudad quien transforma al hombre en un rastro. Los elementos fijos —edificios, fachadas, cornisas— son los verdaderos portadores de la personalidad citadina: resisten y acumulan.
La ciudad, en su lentitud, reconfigura lo que atraviesa, integrándolo a una historia que trasciende la intención individual. Una suerte de espíritu, si bien es, claro, corrompible, en determinada medida, corrupto ya. Que tiene esperanza, desde luego, pero también, cierta inclinación a la perversión.
Cada composición establece un juego de coordenadas precisas: el ángulo de la luz, la profundidad de campo, la relación entre el plano cercano y el fondo. No hay improvisación en el encuadre; la intención del autor es, claramente, revelar la estructura oculta de la ciudad, sentido en el que lejos de ilustrar Arequipa, la descompone, la analizan como un sistema de tensiones entre lo permanente y lo transitorio.
El resultado no es una crónica nostálgica donde la anonimia forzada implica una forma de protagonismo inesperado: el de quienes, sin pretenderlo, alimentan el aliento civilizatorio, incluso en su fase de decadencia.
