Sin rumbo: Sobre la educación para la democracia

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Lo hemos dicho antes: La educación occidental contemporánea, bajo la égida de un idealismo que se manifiesta en una pedagogía sentimentalista, sensiblera y clientelista, lejos de un instrumento de formación crítica, aunque pregona lo contrario, constituye un mecanismo vaya que eficaz de infantilización y adolescentización masiva. Este fenómeno, profundamente enraizado en las instituciones educativas de países democráticos, no solo entorpece la adquisición de conocimientos sólidos y la capacidad de razonamiento, sino que socava la base misma de la democracia, al menos como se la supone funcional: la ciudadanía informada, crítica y responsable.

La crítica no puede circunscribirse a una mera denuncia retórica. Debe partir de una comprensión precisa de las operaciones intelectivas que se han desplazado, sustituidas por un discurso que prioriza la sensibilidad, el testimonio y la identidad por encima del análisis racional. El sistema educativo produce individuos que se enfrentan al mundo con una expectativa de armonía entre su percepción y la estructura social, algo que la realidad no puede garantizar.

Este divorcio entre el sujeto y la realidad se manifiesta en la frustración generalizada de los egresados de sistemas educativos que prometieron formar ciudadanos libres, críticos y solidarios, pero que en la práctica han generado una masa de personas desorientadas, incapaces de sostener un discurso argumentativo coherente, y que, al verse confrontadas con la complejidad del mundo, recurren al victimismo, al fundamentalismo democrático o a ideologías simplistas que ofrecen respuestas inmediatas a preguntas complejas, y que los hacen parte de la masa consumista de turno (mientras tengan crédito financiero).

El caso de la enseñanza de la Literatura es ilustrativo. En lugar de presentarla como un sistema de conocimientos, como una disciplina que exige comprensión, interpretación y análisis, se la reduce a una herramienta de autoexpresión, a un medio para el desahogo emocional o para la identificación con personajes y situaciones. Esta visión no sólo empobrece la enseñanza de la literatura, sino que la vacía de su función crítica. La literatura, en tanto arte, no es una terapia ni un vehículo de identidad, sino una situación comunicativa en la que se permite al lector confrontar su visión del mundo con sistemas de ideas complejos, históricos y filosóficamente situados.

En este contexto, la educación no solo no forma para la crítica, sino que la inhibe. El resultado es una ciudadanía que, aunque formalmente libre y participativa, carece de los instrumentos intelectuales para ejercer su libertad con responsabilidad. En tal sentido, la democracia se ve amenazada no por el autoritarismo externo, sino por la debilidad interna de sus ciudadanos, incapacitados para sostener un discurso racional y para discernir entre lo que es un argumento válido y una emoción pasajera, entre un proyecto y la acción, por una parte, y el entusiasmo y los sueños, por otra.

La contradicción es brutal: un sistema político que otorga derechos y libertades a sus ciudadanos, pero que, por medio de su sistema educativo, los forma en la ignorancia, en la subjetividad absoluta y en la imposibilidad de confrontar la realidad. Se trata del resultado de un diseño pedagógico que, bajo la apariencia de inclusión y sensibilidad, ha convertido la educación en un mercado de identidades, en una industria de satisfacciones inmediatas que responde más a intereses comerciales que a necesidades sociales.

Hasta aquí, nada nuevo.

Al desconocer la institucionalidad, al reducir la libertad a una ausencia de límites y al transformar la igualdad en un dogma vacío de contenido, se genera un entorno en el que cualquier crítica racional es percibida como un ataque a la identidad personal. Así, nos vemos ante una de las formas más sutiles de totalitarismo: aquel que se instala desde dentro, bajo el manto de la tolerancia.

La Literatura, como disciplina, podría, sin duda, ofrecer un contrapeso a esta deriva. Pero para ello, debe recuperar su lugar como una materia que exige razonamiento, que exige confrontación con sistemas de ideas y que, por tanto, forma sujetos capaces de pensar más allá de su sensibilidad inmediata. Pero, mientras la educación siga priorizando el testimonio por encima del análisis, la sensibilidad por encima del razonamiento y la identidad por encima del conocimiento, la democracia seguirá viendo cómo sus ciudadanos se alejan de la realidad y se refugian en ideologías que, lejos de liberarlos, los someten a una nueva forma de tutela: la tutela de la emoción, del victimismo y de la identidad absoluta. Con un censor más poderoso que cualquiera que haya conocido antes: la masa misma, conforme en su asentimiento políticamente correcto.

Ningún sistema de gobierno puede sostenerse sobre una base de irracionalidad, de relativismo y de desconocimiento de la realidad, pero la democracia, menos. Exige lo contrario, cualquiera sea su modalidad, y más cuanto más amplio su rango de votantes y más uniforme el peso de los votos.

La solución no pasa por un retorno a un modelo autoritario, pero tampoco por una redefinición radical de la educación al margen de la política. Esto es imposible. Todo sistema educativo atiende una necesidad política, en nuestro caso, estatal. La priorización del razonamiento, la crítica, el conocimiento disciplinado y la confrontación con la realidad tienen sentido, sólo, en tanto y cuanto apuntan a un determinado tipo de participación en sociedad. Una educación que, lejos de infantilizar y adolescentizar, forma sujetos capaces de operar con el mundo, de transformarlo racionalmente y de participar en la vida pública con criterio, con responsabilidad y con conocimiento, puede cobrar, y de hecho viene cobrando forma como proyecto en otras latitudes, que no, no son Finlandia ni mucho, muchísimo menos, Estados Unidos.

 

[Estudiantes]

A gran parte de los adultos les gusta pensar que los buenos estudiantes son los que obedecen: los que saben seguir instrucciones y las acatan; cumplen con lo que se espera de ellos sin protestar. Qué significa para ellos la inteligencia resulta bastante fácil de deducir.

Los niños más inteligentes muchas veces no obedecen, sin más. La obediencia de los cuestionadores, los más agudos, vale mucho más que la de los mansos. Es consecuencia, de una reflexión; en primera instancia, desobedecer, para ellos, equivale a pensar. Nada de tragarse sin masticar todo lo que dice el profesor, el libro o la autoridad. No seguir instrucciones que carecen de sentido o que entran en conflicto con su curiosidad natural.

Esto, claro que incomoda. Un estudiante obediente es predecible, bastante más fácil de manejar. Su equivalencia en el exterior es «políticamente correcto» y, claro, fundamentalista democrático. Quien no obedece es disruptivo, interrumpe, plantea alternativas, exige argumentos. Memoriza más de lo que parece, cuando ve la utilidad de hacerlo; reformula ideas ajenas. Pero suele prestar atención especial a la fuente.

Obviamente no nos referimos aquí a las formas de desobediencia que expresan violencia gratuita, destrucción, insultos u otras faltas graves de respeto a los demás: compañeros y docentes, especialmente. Aquí nos referimos a las que manifiestan, más bien, alerta al sistema que, notan, pretende su mansedumbre.

Si el sistema escolar recompensa el silencio, la docilidad y la repetición, no es extraño que muchos niños inteligentes se aburran, se desconecten o incluso sean etiquetados como problemáticos. En este contexto, los más correctos no son siempre los estudiantes más inteligentes, sino los más adaptados al sistema clientelista escolar. Los inteligentes sabrán hacerse compatibles con la realidad de la escuela, sin dejar de ser cuestionadores; satisfarán su curiosidad en otros ámbitos. Y he aquí el problema. Porque si estos espacios no se los proporciona la escuela misma ni, antes, la familia, bien pueden ser ámbitos mucho menos seguros de lo deseable.

Quizá lo más urgente para la sostenibilidad de la democracia sea garantizar espacios donde la desobediencia razonada sea bienvenida. Pero esto es completamente opuesto al dogmatismo de la democracia ideal, a su fundamentalismo.

¿Se deja a los docentes trabajar en este sentido? ¿Se los permite fomentar la discusión entre estudiantes sobre asuntos que, aunque delicados, no requieren más que un grado acorde a su edad de razonabilidad e información contrastada? ¿Se les permite fomentar a los estudiantes a que los contradigan, siempre que sea con sustento? ¿Se les permite decirles la verdad sobre lo que dicta el Ministerio de Educación o sobre el negocio editorial que se monta en otros colegios (ya ni se diga en el suyo, donde trabaja) en favor de empresas que automatizan procesos con material de baja calidad, todo complacencia?

 

[Docentes]

La profesión docente atraviesa una crisis que no puede atribuirse únicamente al desgaste individual de quienes la ejercen. Se trata de una consecuencia directa del sistema educativo, el cual, lejos de formar sujetos críticos, produce docentes que no pueden sino repetir el esquema que los formó: un esquema basado en la sensibilidad, en la motivación, en el testimonio, en la empatía y en la autoexpresión, pero no en el conocimiento riguroso, en la crítica ni en la institucionalidad. Ah, y que deben repetir lo que dice el libro adquirido por la escuela.

En Australia, Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Japón, Corea del Sur, México, Brasil, Argentina y Perú, las tasas de abandono de la docencia son alarmantes. Entre el 30% y el 50% de los nuevos docentes dejan la profesión en los primeros cinco años. En Tokio, un 4,9% de los recién ingresados renuncia antes de cumplir un año. En Perú, más del 30% de los docentes tienen un segundo empleo.

Precariedad salarial, burocratización. Sí, son causas que suman, pero la raíz, también de este par de factores, se encuentra en la pérdida de sentido de la educación como institución crítica y su interés para el Estado. La escuela, en lugar de ser un espacio de formación racional, se ha convertido en un lugar de asistencia emocional, en un espacio de contención, en un dispositivo de gestión de expectativas irreales. El docente, así, no es ya un formador de pensamiento, sino un gestor de emociones, un facilitador de autoestima, un mediador de identidades y, como tal ha de cumplir encargos que nada tienen que ver con la conducción inherente a la docencia ni figuran concretamente en su contrato de trabajo, sino como generalidad sometidas al ánimo de la Dirección. Se promueve la seducción anímica, entre otros males. El caos está garantizado.

En el Perú hay más de 550,000 docentes y más de 230,000 postulantes a plaza. El sistema educativo no solo no absorbe a los nuevos profesionales, sino que los somete a una dinámica de precariedad, de frustración y de infantilización constante. No faltan docentes, faltan condiciones institucionales para que la docencia sea una profesión viable, respetable y digna. Y esto no es exclusivo del Perú. Es una característica global del sistema educativo contemporáneo.

La creciente judicialización del quehacer docente es otro síntoma de esta pérdida de autoridad institucional. El docente carece de autoridad pedagógica. Se le somete a un régimen de vigilancia constante, como si fuera un riesgo más que un recurso. Esta situación, lejos de proteger a los estudiantes, los priva de la posibilidad de confrontar una autoridad crítica, de enfrentarse a un pensamiento ajeno y distinto, de aprender a través del error y del fracaso.

Además, la introducción de la inteligencia artificial en la educación, lejos de resolver estos problemas, los agravará. En manos de un sistema educativo que ya no forma en el razonamiento, la crítica ni la responsabilidad, la IA se perfila como un instrumento de automatización del pensamiento, en un medio para la reproducción mecánica de respuestas, en lugar de un espacio para la generación de preguntas complejas. Si ya hoy los estudiantes no saben definir, conceptualizar ni argumentar, ¿qué esperar de una educación mediada por algoritmos que premian la velocidad y la eficiencia por encima de la profundidad y la precisión?

Una idea provocadora: Hacer docencia, acaso, valga la pena, al margen de las instituciones oficiales.

 

[Democracia]

La democracia, en su versión institucional y operativa, cualquiera sea su forma, no puede sostenerse sobre una base de idealismo abstracto, de igualdad sin criterios ni de isovalencia cultural. No se trata de un sistema que funcione por sí solo, ni puede mantenerse en pie únicamente con la participación electoral, requiere de una ciudadanía formada, capaz de razonar, de confrontar ideas, de sostener un discurso argumentativo y de aceptar la crítica como parte del proceso de construcción colectiva del conocimiento y de las decisiones políticas. Pero cuando el sistema educativo prioriza la sensibilidad, la identidad y la expresión emocional por encima del conocimiento disciplinado y del pensamiento crítico, lo que se produce es una población no solo mal informada, sino profundamente susceptible al discurso populista.

Ahora bien, razonar, discernir, implican, necesariamente, como se desprende de ambos términos, dividir, separar, clasificar. De modo que, duela a quien le duela, si el sistema democrático se funda sobre un idealismo que proclama la igualdad absoluta de todas las voces, de todas las culturas y de todas las formas de conocimiento, pierde su fundamento institucional. La igualdad no es un principio absoluto, sino relativo; es decir, solo puede operar como criterio dentro de un marco normativo que establezca las condiciones de validez y de relevancia. Discriminar a la gente por sus rasgos físicos, aparte su sexo, origen, idiosincrasia, nivel de ingresos económicos o credo es obviamente absurdo, pero, en el caso de la votación, hay criterios tales como la situación de cumplimiento tributario, grado de responsabilidad en el servicio público, tiempo de trabajo, carga familiar, etcétera, que bien podrían ser contemplados. Fuera del marco de la razonabilidad, sin criterios que establezcan claramente a qué se refiere la igualdad, ésta se convierte en una herramienta de nivelación hacia abajo, en un mecanismo de anulación de la crítica y de legitimación de cualquier opinión, sin importar su fundamento.

El culto al sentimentalismo y a la identidad ha generado una ciudadanía que no solo no sabe definir, conceptualizar ni argumentar, sino que rechaza la confrontación racional como un acto de violencia. Peor, que niega que esto sea cierto, aunque les sea planteado de forma racional. En este contexto, el populismo encuentra terreno fértil. Como estrategia discursiva que se alimenta de la simplificación, de la polarización y de la identificación de enemigos comunes fructifica entre una población carente de los instrumentos intelectuales suficientes para discernir entre una propuesta política razonable y una promesa vacía.

La democracia idealista, que ha abandonado el marco institucional en aras de una apertura indiscriminada a todas las voces, termina acentuando la visión de la política como un espectáculo en el que prima la emoción, la identidad y la retórica vacía. Y es que demagogia hubo siempre, pero pocas veces, acaso nunca antes, resultó tan avasalladoramente poderosa.

 

[De modo que…]

La infantilización y adolescentización, procesos para nada espontáneos, más bien, consecuencias directas de la aplicación de un sistema educativo que ha priorizado la protección emocional por encima de la formación crítica, atienden a una dinámica global de consumo y de mercado pletórico, en el que la crítica, en lugar de ser vista como una herramienta de conocimiento, se toma, sin más, como una forma de ataque individual. Así, bajo la apariencia de la libertad y la tolerancia, se instala un totalitarismo consumista enormemente eficaz.

En tal contexto, el éxito del populismo no es sólo probable, sino que es inevitable. Alimentado de la frustración de la población, de su necesidad de respuestas simples y de la identificación de enemigos concretos, redunda en un fenómeno de deslegitimación de las instituciones, de desconfianza en los expertos y de exaltación de la voluntad popular como único criterio válido; en suma, en una galopante desinstitucionalización.

En una democracia que prioriza la isovalencia cultural, no puede haber crítica a ninguna práctica, a ninguna creencia ni a ninguna tradición. La destrucción de los marcos normativos que permiten la crítica y la construcción colectiva del conocimiento resulta inevitable. La política se convierte entonces en un espacio de pura afirmación identitaria, en lugar de un espacio de discusión racional.

En tales circunstancias, la democracia, en lugar de ser un sistema de participación racional, se convierte en el principal aparato de manifestación identitaria y retórica vacía.

La democracia requiere de un marco institucional sólido. Sin él, seguirá viendo cómo sus ciudadanos se alejan de la realidad y se refugian en ideologías que, lejos de liberarlos, los someten a una nueva forma de tutela: la más lucrativa, por cierto…

 

 

 

Referencias bibliográficas:

– Bueno, Gustavo. La teoría del conocimiento en el marxismo. Editorial Pentalfa, 1975. 

– Education Policy Institute. Teacher Attrition in the UK. 2022. 

– Finkielkraut, Alain. La derrota del pensamiento. Taurus, 1989. 

– Freund, Julien. La decadencia de la democracia. Tecnos, 1994. 

– INEP Brasil. Indicadores de rotación docente. 2023. 

– Minedu, Sunedu, INEI. Estadísticas educativas en Perú. 2023-2024. 

– Ministerio de Educación de Argentina. Encuesta sobre intención de abandono docente. 2024. 

– National Education Association. Teacher Retention in the United States. 2023. 

– Nussbaum, Martha. La cultura del desprecio. Paidós, 2019.  

– Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Alianza Editorial, 2001. 

– Queensland College of Teachers. Report on Teacher Education Dropout Rates. 2024. 

– UNESCO. Informe sobre necesidades docentes en América Latina. 2024.