Silente, contenido: Sobre la obra de Mark Tennant

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La representación de la adolescencia en la pintura ha sido, a lo largo de la historia del arte, un campo de batalla entre la idealización y el realismo, entre la construcción simbólica del paso a la adultez y la crudeza de un estado de transición que, por definición, carece de estabilidad. Desde los retratos renacentistas de jóvenes en el umbral de la razón hasta las escenas románticas del siglo XIX, donde el adolescente aparece como un ser en tensión, ingenuamente, entre la inocencia y la pasión, el arte ha tendido a dotar a esta etapa de una carga mitológica: la del nacimiento del individuo, del despertar del deseo, del choque con el mundo. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX, esta visión comienza a descomponerse. La adolescencia deja de ser un rito de paso para convertirse en un estado prolongado, incluso institucionalizado, marcado por la incertidumbre, la fragmentación identitaria y la influencia creciente de los medios de comunicación y el mercado. Es en este terreno, tan ajeno a la armonía clásica como a la exaltación romántica, que la obra de Mark Tennant se abre paso: no como ilustración de una generación, sino como cuestionamiento racional de lo que significa ser joven en un mundo que ha convertido la juventud en mercancía.

Tennant, en principio, se aparta de la precisión para ofrecer siluetas, contornos, presencias que emergen de una atmósfera densa, subrayando que la la identidad de los sujetos no radica aquí en los rasgos, sino en la postura, en el gesto, en la forma en que el cuerpo ocupa el espacio. Sus figuras, mayormente jóvenes, aparecen aisladas, en escenarios urbanos ambiguos, entre sombras y luces planas, como si acabaran de salir de una película en blanco y negro o de una fotografía olvidada en un álbum familiar. Pero no hay nostalgia en su mirada. Tampoco condescendencia. Tennant seduce, a primera vista, con un aire algo vago a rock & roll, pero, basta detenerse en cada imagen para constatar que supera el concepto de la adolescencia como etapa biológica para abordarla institucionalmente, como condición existencial: ese momento en que uno se reconoce como sujeto, pero aún no ha consolidado una personalidad no mediada por lo exterior. Sin rebeldía estilizada, ni gestos heroicos o símbolos fáciles de pertenencia; en cambio, una quietud inquietante, una introspección que obvia la comprensión ajena. Los impulsos momentáneos no se corresponden con poses. Se trata de instantes concebidos por sus protagonistas, acaso, para perderse.

La temática central de su pintura es la formación de la persona frente a un entorno que la niega. Sus chicos no son consumidores, ni siquiera sujetos de deseo en el sentido tradicional; son observadores, presentes pero distantes, casi desengañados: acaso saben ya que el mundo que los rodea —las calles, los edificios, las luces artificiales— no fue construido para ellos, sino para una imagen de ellos que circula en los medios, en la publicidad, en las redes. Tennant desmonta, con notable precisión, la romantización del animus salvaje, esa idea tan arraigada en el imaginario del siglo XX de que el joven es un ser primario, instintivo, en contacto con una verdad más auténtica. La clave se encuentra en la contención. El «fuego interior» luce domesticado por la conciencia de que cualquier arrebato será inmediatamente convertido en espectáculo. En tal sentido, nos vemos ante un reclamo de intimidad. Hoy, algo especialmente llamativo.

Mientras la cultura contemporánea celebra la adolescencia como un estado de libertad, de autenticidad, de conexión con lo emocional, Tennant muestra su superación: una desangelización progresiva, un vaciamiento. Sus figuras no son felices, pero tampoco tristes; están, simplemente. Como muchas generaciones pasadas, para las que el mercado de lo infantiloide y adolescente no existía por sí mismo, cuando los modelos eran habitualmente gente labrada, para bien o para mal. Así, estos chicos no celebran, no protestan, no seducen para nadie más. Miran al vacío, caminan sin destino, fuman prácticamente sin placer. Esta desafección, no patológica, constituye su respuesta a un entorno que ha reducido la subjetividad a un conjunto de preferencias de consumo. La verdadera tragedia que pinta Tennant no es la pérdida de la inocencia, sino la imposibilidad de construir una identidad que no sea una copia de un modelo preexistente.

Técnicamente, su obra se sitúa en un territorio híbrido entre la pintura y la fotografía. Utiliza una paleta restringida, dominada por grises, ocres apagados, azules fríos y verdes cenicientos, que evocan no tanto una escala cromática como un estado de ánimo: el de la ciudad en la hora incierta entre el crepúsculo y la noche. La luz apenas revela. Su elección cromática busca la verosimilitud de una realidad que, en efecto, ha perdido su brillo. La pincelada es firme, pero no detallista; borra los contornos, difumina los rostros; lo que importa es el perfil: la forma del cuerpo, la inclinación del cuello, la manera en que las manos se hunden en los bolsillos. Son signos de una personalidad que se resiste a ser fijada, que se niega a convertirse en personaje.

La adolescencia, en sentido estricto, es una etapa de búsqueda de identidad, de prueba de máscaras, de imitación. La personalidad, en cambio, implica una coherencia interna, una capacidad de juicio, una resistencia a la manipulación. Tennant no pinta adolescentes, pinta sujetos en vías de personalización, que aún no han sido completamente colonizados por el sistema.

La influencia de la fotografía urbana es evidente, no solo en la composición, sino en la actitud. Tennant pinta instantes capturados al vuelo, como si el pintor fuera un flâneur que observa sin intervenir. Y sin la pretensión documental. De hecho, se lanza directamente a interpretar. La juventud, acaso, como un espacio de resistencia silenciosa, donde la negativa a participar en el espectáculo es el último acto de libertad posible.

 

[Todas las imágenes, del sitio web del artista: Mark Tennant]

ENGLISH VERSION

Silent, Contained: On the Work of Mark Tennant

Translated by Rebeca Sanz

The representation of adolescence in painting has been, throughout the history of art, a battlefield between idealization and realism, between the symbolic construction of the passage to adulthood and the rawness of a transitional state that, by definition, lacks stability. From Renaissance portraits of youths on the threshold of reason to 19th-century Romantic scenes where the adolescent appears as a being naively caught between innocence and passion, art has tended to endow this stage with a mythological charge: that of the birth of the individual, the awakening of desire, the clash with the world. However, in the second half of the 20th century, this vision begins to decompose. Adolescence ceases to be a rite of passage and becomes a prolonged, even institutionalized state, marked by uncertainty, identity fragmentation, and the growing influence of media and the market. It is on this terrain, as foreign to classical harmony as to Romantic exaltation, that the work of Mark Tennant makes its way: not as an illustration of a generation, but as a rational questioning of what it means to be young in a world that has turned youth into a commodity.

Tennant, in principle, moves away from precision to offer silhouettes, contours, presences that emerge from a dense atmosphere, underscoring that the identity of the subjects lies not in their features, but in their posture, their gesture, the way the body occupies space. His figures, mostly young, appear isolated, in ambiguous urban settings, between shadows and flat lights, as if they had just stepped out of a black-and-white film or a forgotten photograph in a family album. But there is no nostalgia in his gaze. Nor condescension. Tennant seduces, at first glance, with a somewhat vague rock & roll air, but it’s enough to pause on each image to confirm that he surpasses the concept of adolescence as a biological stage to address it institutionally, as an existential condition: that moment when one recognizes oneself as a subject, but has not yet consolidated a personality unmediated by the exterior. Without stylized rebellion, heroic gestures, or easy symbols of belonging; instead, a disquieting stillness, an introspection that disregards others’ understanding. Momentary impulses do not correspond to poses. These are instants conceived by their protagonists, perhaps, to get lost in.

The central theme of his painting is the formation of the person facing an environment that denies them. His kids are not consumers, not even subjects of desire in the traditional sense; they are observers, present but distant, almost disenchanted: they perhaps already know that the world surrounding them—the streets, the buildings, the artificial lights—was not built for them, but for an image of them that circulates in the media, in advertising, on social networks. Tennant dismantles, with remarkable precision, the romanticization of the wild animus, that idea so entrenched in the 20th-century imagination that the young person is a primal, instinctive being, in touch with a more authentic truth. The key lies in containment. The «inner fire» appears domesticated by the awareness that any outburst will be immediately turned into spectacle. In this sense, we are faced with a claim for intimacy. Today, something especially striking.

While contemporary culture celebrates adolescence as a state of freedom, authenticity, connection with the emotional, Tennant shows its overcoming: a progressive de-angelization, an emptying. His figures are not happy, but not sad either; they simply are. Like many past generations, for whom the market of the childlike and adolescent did not exist per se, when models were usually people of substance, for better or worse. Thus, these kids do not celebrate, do not protest, do not seduce for anyone else. They stare into the void, walk without destination, smoke with practically no pleasure. This disaffection, non-pathological, constitutes their response to an environment that has reduced subjectivity to a set of consumer preferences. The true tragedy that Tennant paints is not the loss of innocence, but the impossibility of constructing an identity that is not a copy of a pre-existing model.

Technically, his work resides in a hybrid territory between painting and photography. He uses a restricted palette, dominated by grays, muted ochers, cold blues, and ashen greens, which evoke not so much a chromatic scale as a state of mind: that of the city in the uncertain hour between twilight and night. The light barely reveals. His chromatic choice seeks the verisimilitude of a reality that has, in effect, lost its shine. The brushstroke is firm, but not detailed; it blurs the outlines, smudges the faces; what matters is the profile: the shape of the body, the tilt of the neck, the way hands are shoved into pockets. They are signs of a personality that resists being fixed, that refuses to become a character.

Adolescence, in the strict sense, is a stage of searching for identity, of testing masks, of imitation. Personality, on the other hand, implies internal coherence, a capacity for judgment, a resistance to manipulation. Tennant does not paint adolescents; he paints subjects in the process of personalization, who have not yet been completely colonized by the system.

The influence of urban photography is evident, not only in the composition but in the attitude. Tennant paints moments captured on the fly, as if the painter were a flâneur observing without intervening. And without the documentary pretense. In fact, he directly engages in interpretation. Youth, perhaps, as a space of silent resistance, where the refusal to participate in the spectacle is the last possible act of freedom.

 

[All images, from the artist’s website: https://marktennantart.com/]