Revelación: Intervención en foro sobre geopolítica y religión en el llamado bloque occidental

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Desde hace poco, circula públicamente información desclasificada de los archivos de los servicios de inteligencia de EEUU. Material, de hecho, muy interesante. Se corrió la voz y ahora hacen algún eco, especialmente en redes sociales, ciertos datos sobre la intervención de la CIA y USAID en Hispanoamérica. Especialmente llamativos son los relacionados a la lucha contra la iglesia católica en el último cuarto del siglo XX, como parte de la avanzada anglosajona por imponer aquí la democracia al estilo USA y frenar, de paso, la amenaza comunista que identificaron en movimientos como el de la Teología de la Liberación.

El modelo democrático promovido por EEUU en Hispanoamérica no ha sido neutral, sino un instrumento de control geopolítico y económico, diseñado para mantener a la región dentro de su esfera de influencia. Desde el siglo XIX, bajo la Doctrina Monroe («América para los americanos»), EEUU ha intervenido en la política hispanoamericana mediante: intervenciones militares directas (Ej.: México 1846-48, Nicaragua 1912-33); golpes de Estado respaldados por la CIA (Ej.: Guatemala 1954, Chile 1973); la imposición de modelos económicos neoliberales (Consenso de Washington, 1989); la promoción de misiones religiosas evangélicas y protestantes, especialmente en países con mayor presencia de catolicismo tradicional. Esta última vía, la religiosa, no ha sido un fenómeno espontáneo, ni meramente cultural, sino una extensión de una matriz ideológica más profunda, que nace en el núcleo mismo del pensamiento luterano: la arbitrariedad subjetiva en la interpretación de la realidad, que, como veremos, no es un defecto, sino una herramienta estratégica.

Curiosamente, tanto en redes sociales como en programas de canales, digamos, algo más serios, se obvia por lo general la misma parte de la historia: la de la influencia de las corrientes protestantes (luteranas, anglicanas y, especialmente, evangélicas), que debe entenderse en el marco de la estrategia geopolítica de EEUU y Gran Bretaña, como parte de un proyecto de expansión cultural, económica y política. Asunto complejo. Complicado, además. Pero merece la pena algún repaso, al menos para esclarecer el panorama, antes de que alguna otra moda reemplace lo poco dicho del asunto.

(En este punto, advertimos: No ponemos en entredicho la fe particular de nadie, ni sus ideales ni su práctica religiosa, mucho menos su calidad de persona ni el menor o mayor grado de integridad que manifieste entre los suyos y para con los demás. Sí, el uso estratégico de los discursos religiosos y sus consecuencias, así como las implicaciones políticas de un menor o mayor relativismo institucional. Para más inri, los hacemos desde el llamado ateísmo, en realidad, desde el pensamiento racional que no niega sino que ni postula ni requiere de Dios, aunque comprenda, desde luego, su idea, especialmente como institución.)

 

Agradecidas por el apoyo de la corona inglesa y de los pujantes EEUU, tras las independencias hispanoamericanas (siglo XIX), fuente de una fantástica deuda externa aún vigente, las élites criollas liberales vieron en el protestantismo una herramienta para debilitar el catolicismo, asociado al orden, entonces ya colonial, español. Sin embargo, fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando esta influencia se intensificó, mediante Políticas exteriores de EEUU (Doctrina Monroe, «Destino Manifiesto»); Agencias de inteligencia (CIA, USAID) y ONGs y misiones evangélicas (financiadas desde EEUU), algo que ha sido puesto a la luz con la desclasificación de documentos, pero también, aunque desde mucho antes, mediante algo de estudio al margen de la retórica convenientemente injertada en tantos ministerios de educación.

Tras las independencias, las élites hispanoamericanas (inspiradas en el liberalismo masónico y anticlerical) promovieron, desde luego, no sin otros buenos motivos, la libertad de culto para reducir el poder de la Iglesia Católica. En México, con las Leyes de Reforma de 1857, Benito Juárez (masón) expropió bienes eclesiásticos; en Argentina, con la Constitución de 1853, se permitió el culto protestante; en Colombia, con la Constitución de 1863, se da la separación Iglesia-Estado; entre otros ejemplos. 

Sin embargo, el protestantismo no tuvo gran penetración popular hasta el siglo XX, cuando EEUU lo utilizó como herramienta geopolítica para contener el comunismo (planteando un enfrentamiento entre teología de la «Libertad Religiosa» vs. ateísmo marxista); debilitar la Teología de la Liberación, que entendía, no sin alguna razón como catolicismo socialista; y promover el modelo capitalista anglosajón, con la ética protestante del trabajo, eminentemente individualista).

 

El protestantismo, en su génesis, no fue solo una reforma religiosa, sino una ruptura epistemológica con la tradición grecolatina, cuyo centro fue la autoridad institucional del conocimiento. Martín Lutero no solo rechazó el papado; rechazó la posibilidad misma de una verdad objetiva mediada por una institución racional. Proclamó el sola scriptura, el sola fide, y con ello, la interpretación individual como ley suprema. Este principio, aparentemente espiritual, tiene consecuencias políticas directas: si cada individuo puede interpretar la Biblia por sí mismo, entonces cada nación puede interpretar la democracia por sí misma, y cada gobierno puede decidir quién es su enemigo, quién es su aliado, quién debe ser liberado, quién debe ser castigado. No hay criterio compartido, solo… revelación subjetiva. Es esta subjetividad la que permite la interpretación arbitraria de la realidad y de la construcción del sueño refundacional a través del trabajo con arado, rifle y biblia en mano.

Este aliento luterano se expandió, se secularizó, se politizó, hasta convertirse en el fundamento ideológico del Destino Manifiesto, la creencia de que Estados Unidos tiene una misión divina de extender la libertad y la democracia por todo el mundo. Pero esta «libertad» no es la libertad como facultad de normar la propia vida en un marco institucional racional; es la libertad como derecho a imponer un orden basado en la interpretación subjetiva del bien común. La supuesta iluminación de una comunidad sanguinaria enamorada de constructos como fraternidad, libertad e igualdad. No se trata de una democracia institucional, sino de una teocracia disfrazada de república, donde el poder no se legitima por el consenso racional, sino por la revelación de una supuesta misión superior.

En este marco, la intervención en Hispanoamérica no fue una aberración, sino la aplicación lógica de un principio teológico-político. Si el catolicismo representa la continuidad de la institucionalidad grecolatina —con su jerarquía, su razón, su derecho, su teología sistemática—, entonces debe ser debilitado, porque es un obstáculo para la implantación de una democracia basada en la subjetividad individual, en el mercado pletórico, en la fragmentación de las comunidades críticas. La Teología de la Liberación, por ejemplo, no fue vista como una corriente interna del catolicismo, sino como una amenaza porque articulaba la fe con una crítica social, aunque endeble, por idealista, más o menos institucionalizada.

 

El National Security Archive revela que EEUU financió grupos evangélicos para desestabilizar gobiernos izquierdistas. Ocurrió con la Operación Condor (1970s), cuando sectores evangélicos apoyaron las dictaduras anticomunistas de Pinochet y Videla; lo mismo que en Nicaragua (1980s), cuando la CIA financió a pastores evangélicos para oponerse al sandinismo; y en Brasil (1964-1985), cuando el régimen militar promovió iglesias pentecostales para contrarrestar la influencia católica progresista.

Más recientemente, organizaciones como USAID y National Endowment for Democracy (NED) financiaron grupos evangélicos para promover la democracia pro-occidental (contra Chavéz, por ejemplo); influir en educación, con escuelas bilingües con currículo estadounidense; y penetrar comunidades indígenas a través de entidades como Summer Institute of Linguistics, acusada de espionaje en Amazonía. 

 

La CIA y USAID no actuaron solas. Fueron el brazo secular de una avanzada que ya había comenzado con las misiones evangélicas del siglo XIX. Estas misiones no solo predicaban el evangelio, desmontaban la institucionalidad tradicional católica para imponer la suya propia, relativista, de institucionalidad pervertida, una fe basada en la experiencia personal, en la emoción, en la identificación con una comunidad de «salvados». Esta fe no cuestiona el orden, lo refuerza con la promesa de una recompensa futura: la salvación individual… de los elegidos. En eso, pues, es perfecta para el capitalismo: genera sujetos despolitizados, emocionales, fácilmente manipulables, incapaces de institucionalizar su pensamiento.

Este proyecto, constituye una repetición de la dialéctica de imperios: de un lado el anglosajón, basado en el individualismo, el mercado y la subjetividad, del otro, el ibérico, basado en la racionalidad tradicional y la comunidad de fe. La injerencia estadounidense en Hispanoamérica no fue un mero asunto de política exterior, sino una guerra de institucionalidades, donde el objetivo no era solo el control económico, sino la destrucción de la persona, para dar paso al ser humano.

 

Efectivamente, el crecimiento evangélico ha alterado el panorama político hispanoamericano, pero, por obvio esto que resulta (basta un vistazo al listado de canales televisivos y de plataformas con pastores al micrófono), apenas y se dice algo al respecto, no obstante innumerables titulares de noticias: En Brasil, Jair Bolsonaro tuvo apoyo clave de iglesias neopentecostales (Universal, Asamblea de Dios); en Guatemala, Ríos Montt (dictador evangélico, 1982-1983) justificó masacres con retórica bíblica y en Colombia, Álvaro Uribe recibió apoyo de sectores evangélicos en su guerra contra las FARC, sin contar que en Perú (1990), Fujimori fue respaldado por los mismos sectores en el proceso electoral en que se enfrentó a Mario Vargas Llosa.

 

El combate se libró convenciendo a los hispanohablantes de que su tradición era opresiva, oscura, colonial, mientras se presentaba al modelo anglosajón como progresista, iluminado, moderno. El resultado actual: sociedades desinstitucionalizadas, donde no hay debate, sino identificación; donde no hay crítica, sino pertenencia; donde no hay personas, sino clientes emocionales. Y en este vacío, el mercado pletórico prospera.

La injerencia geopolítica de la Anglosfera en Hispanoamérica no fue un error, ni una traición a la democracia jerárquica, sino la aplicación coherente de una ideología que nace en el luteranismo: la negación de la institucionalidad, la exaltación de la subjetividad, la interpretación arbitraria de la realidad, en pro de la dominación bajo la apariencia de la emancipación. No quiere precisamente democracia, que, con todos sus defectos, resulta todavía, a fin de cuentas, el sistema menos lamentable de organización política, sino que quiere conformidad emocional para un imperio más cercano al de las alianzas feudales del Medioevo.

 

¿Hoy en día? Los efectos son varios: desde la polarización (los evangélicos suelen oponerse a derechos LGTB, aborto y secularismo), al clientelismo político (muchos pastores son electos para promover agendas conservadoras), pasando por la deslegitimación de instituciones (algunas iglesias promueven teorías conspirativas, como, por ejemplo, «comunismo satánico»). 

 

El silencio en torno al uso estratégico del pensamiento protestante en la lucha geopolítica en Hispanoamérica es, desde luego, deliberado y forma parte del mismo mecanismo de dominación que pretende ocultar. No se trata de que el tema sea desconocido; se trata de que su conocimiento desestabiliza una narrativa fundamental del orden occidental: la de que el protestantismo es una corriente espiritual neutral, progresista, tolerante, cuya expansión responde a una demanda auténtica de libertad religiosa. Pero esta ficción instrumental, ha sido construida para encubrir una operación de largo alcance que ha transformado no solo la religión, sino la estructura cognitiva y política de la región.

El pensamiento de esencia luterana no promueve la libertad como facultad de normar la propia vida en un marco racional, sino como derecho a la interpretación subjetiva de la realidad. Al negar la autoridad de una tradición racional compartida —como la escolástica, el derecho romano, la teología sistemática—, el protestantismo abre la puerta a una sociedad donde no hay criterios comunes, solo revelaciones individuales, condición perfecta para un orden geopolítico que no necesita ciudadanos críticos, sino consumidores emocionales, fácilmente movilizables por consignas, identidades y líderes carismáticos.

 

Documentos desclasificados de la CIA y USAID, así como informes de organizaciones como el Pew Research Center (2023) y Open Doors (2024), confirman que, desde la década de 1960, Estados Unidos ha destinado miles de millones de dólares a misiones evangélicas en América Latina, especialmente en países con gobiernos de izquierda o con fuerte presencia católica. En Guatemala, durante la dictadura de Efraín Ríos Montt (1982-1983), las iglesias evangélicas no solo crecieron exponencialmente, sino que justificaron las masacres como parte de una «guerra espiritual» contra el «reino de las tinieblas», identificado con la Teología de la Liberación. En Nicaragua, durante la guerra contrarrevolucionaria (1980s), las misiones protestantes operaron como estructuras paralelas de poder, debilitando la autoridad del Estado sandinista y promoviendo una ética del aislamiento comunitario frente a la solidaridad colectiva.

El caso brasileño es aún más revelador. Según un informe del Instituto Brasileiro de Opinião Pública e Estatística (IBOPE, 2023), entre 1970 y 2020, la población evangélica en Brasil pasó del 5% al 31% del total, con un crecimiento concentrado en las décadas de 1980 y 2010, precisamente cuando el país transitaba de la dictadura militar a la democracia y luego a una crisis institucional profunda. Este crecimiento fue impulsado por redes internacionales de televangelismo, muchas de ellas financiadas por grupos religiosos estadounidenses con vínculos directos al Partido Republicano. El investigador David Martin en Pentecostalism and Politics of Conversion in Brazil (Cambridge University Press, 1990), llega a decir que el pentecostalismo no busca la conversión como salvación espiritual, sino como reconfiguración del sujeto político: de un ciudadano crítico a un creyente obediente, despolitizado, centrado en la prosperidad individual.

 

Este fenómeno no se limita a lo religioso. Tiene consecuencias directas en la estructura de la razón pública. Cuando la verdad no se establece por consenso racional, sino por revelación personal, se vuelve imposible el debate institucional. Se impone el fanatismo victimista, donde quien disiente no es un interlocutor, sino un enemigo de Dios. Esta lógica ha permeado las aulas, los medios, las redes sociales. Y en ese contexto, la educación en operaciones intelectivas —reconocer, definir, analizar, comparar, evaluar— se vuelve innecesaria, incluso peligrosa, porque podría cuestionar la fe.

En Iberoamérica, la situación actual es de desinstitucionalización avanzada. Las élites, herederas del liberalismo masónico del siglo XIX, continúan promoviendo una «democracia» que no exige competencia intelectual alguna, sino identificación emocional. Las universidades han abandonado la formación en gnoseología, en teoría del conocimiento, en crítica institucional, para convertirse en centros de «gestión de emociones» y «empoderamiento identitario». Los medios de comunicación, dominados por algoritmos anglosajones, reproducen una narrativa que exalta un «progresismo» que no es más que el individualismo luterano secularizado.

 

 

 

Referencias bibliográficas:

– ACNUR (2023). «Migración venezolana: cifras y causas».

– Archivos desclasificados de la CIA (NSA Archive, George Washington University). 

– Bastian, J.P. (1997). «La mutación religiosa de América Latina». 

– Chomsky, N. (2015). «Hegemony or Survival: America’s Quest for Global Dominance». 

– Documentales como «Missionaries of Hate» (Vice, 2019).

– Informes del Banco Mundial y ACNUR sobre migración. 

– Informes de la NED y USAID sobre financiamiento a grupos religiosos. 

– Informes del Nuevo Banco de Desarrollo BRICS (2020-2023). 

– Klein, N. (2007). «The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism». 

– Levine, D. (2012). «Politics, Religion & Society in Latin America». 

– Martin, D. «Pentecostalism and Politics of Conversion in Brazil» (Cambridge University Press, 1990).

– Mattelart, A. (2002). «Historia de la Sociedad de la Información».  

– UNESCO (1980). «Los desequilibrios informativos a nivel mundial». 

– Wikileaks cables.

 

 

ENGLISH VERSION

Revelation: Intervention in a Forum on Geopolitics and Religion in the Western Bloc

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

Recently, declassified information from U.S. intelligence archives has begun to circulate publicly—material that is, in fact, deeply revealing. Word has spread, and now certain data regarding the intervention of the CIA and USAID in Hispanic America is echoing across social media. Particularly striking are the details concerning the offensive against the Catholic Church during the last quarter of the 20th century. This was part of the Anglo-Saxon advance to impose U.S.-style democracy while simultaneously halting the communist threat identified in movements like Liberation Theology.

The democratic model promoted by the U.S. in Hispanic America has never been neutral; it has served as an instrument of geopolitical and economic control designed to keep the region within its sphere of influence. Since the 19th century, under the Monroe Doctrine («America for the Americans»), the U.S. has intervened through direct military action, CIA-backed coups, and the imposition of neoliberal economic models (the Washington Consensus). However, a more subtle path has been the promotion of Evangelical and Protestant missions—especially in countries with a traditional Catholic presence. This religious shift was not a spontaneous cultural phenomenon, but an extension of a deeper ideological matrix rooted in the core of Lutheran thought: subjective arbitrariness in the interpretation of reality. As we shall see, this is not a defect, but a strategic tool.

The Lutheran Breach and the «Manifest Destiny»

Protestantism, in its genesis, was not merely a religious reform but an epistemological rupture with the Greco-Latin tradition, which centered on the institutional authority of knowledge. Martin Luther did not just reject the Papacy; he rejected the very possibility of an objective truth mediated by a rational institution. He proclaimed sola scriptura and sola fide, establishing individual interpretation as the supreme law.

This principle has direct political consequences: if every individual can interpret the Bible for themselves, then every nation can interpret democracy for itself, and every government can unilaterally decide who is an enemy or an ally. There is no shared criterion—only subjective revelation. This subjectivity allows for the arbitrary construction of reality and the «refoundational dream» of building a nation with a plow in one hand, a rifle in the other, and a Bible in the center.

This Lutheran spirit evolved into the ideological foundation of Manifest Destiny—the belief that the United States has a divine mission to spread its version of «freedom.» But this «freedom» is not the faculty of governing one’s life within a rational institutional framework; it is the right to impose an order based on a subjective interpretation of the common good. It is a theocracy disguised as a republic, where power is legitimized not by rational consensus, but by the «revelation» of a supposed superior mission.

The Destruction of the Institutional Person

In this framework, the intervention in Hispanic America was the logical application of a theo-political principle. If Catholicism represents the continuity of Greco-Latin institutionality—with its hierarchy, systematic theology, and Roman Law—it must be weakened. It stands as an obstacle to a «democracy» based on individual subjectivity, the plethoric market, and the fragmentation of critical communities.

The CIA and USAID acted as the secular arm of an advance that began with 19th-century missions. These missions did not just preach the Gospel; they dismantled traditional social frameworks to impose a perverted, relativist institutionality. This faith is based on personal emotion and the «salvation of the chosen.» For capitalism, this is perfect: it produces depoliticized, emotional subjects who are easily manipulated and incapable of institutionalizing their thought.

The Geopolitical Toll: Deinstitutionalization

Declassified documents and reports from the National Security Archive confirm that the U.S. funded Evangelical groups to destabilize leftist governments. This occurred during Operation Condor in the 1970s, in Nicaragua during the 1980s, and in Brazil, where the military regime promoted Pentecostal churches to counter progressive Catholic influence.

The result today is a state of advanced deinstitutionalization. Hispanic American societies have been convinced that their own tradition was merely «oppressive and colonial,» while the Anglo-Saxon model was «enlightened and modern.» Consequently, we no longer have citizens in debate; we have «emotional clients» in a state of belonging. In this vacuum, the plethoric market thrives.

The Present: Fragmentation and «Human Being» vs. «Person»

Today, the silence surrounding this strategic use of Protestant thought is deliberate. To acknowledge it would destabilize the Western narrative that Protestantism is a neutral, «progressive» force. Instead, it has been used to reconfigure the political subject: from a critical citizen (the Person) to an obedient believer (the «human being»).

Our universities have largely abandoned the study of gnoseology and institutional critique to become centers for «emotional management» and «identity empowerment.» We are witnessing a war of institutionalities where the Anglo-Saxon model—based on individualism and market subjectivity—seeks the total dissolution of the Iberian model, which was based on rational community and systematic tradition. In this void, we find only polarization, victimhood-fanaticism, and the triumph of the arbitrary.