Quien tenga ojos: A propósito de la fe, entre la violencia noticiosa
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Mímesis en cadena, de boga en boga. Sentimientos, sobre todo. Alta rentabilidad. Voces, gestos, poses. Ruido. Felicidad. Nada nuevo. Gente-meme. Millones. A corto plazo, aprisa. Gran parte de la gente escribe, fotografía, filma, actúa…, vive para existir en redes, por supuesto, conforme a lo políticamente correcto. Dicen que crean contenido… No hay creación alguna.
Doce, trescientos, decenas de miles se pronuncian, — sensibles: masacres, corrupción. Ciertamente es alarmante. Pero qué necesidad de decir en pantalla yo siento, yo hola, yo aquí, yo como todos, yo todos los que cuentan, claro: seguidores, estadística de popularidad, — influencia, y se lo quieren creer, se lo creen.
Hace una semana se realizó la primera transacción billonaria al margen del Sistema Swift, en yuanes digitales. Un éxito rotundo. Escalofriante, según de dónde se mire. Literalmente, miles de veces más rápido, más barato, más seguro que al modo gringo. Una suerte de sentencia anticipada al dólar.
Quien obvia la desesperación como factor clave de las decisiones y giros del gobierno estadounidense se delata. Quien pasa por alto los intereses, también desesperados de la UE, liderada por quien apodan «Micrón» y esa siniestra dama que acaso nada más por casualidad carece de bigotito, se delata.
Quien ay, Bergoglio y su rollo de autoayuda y dizque revolución espiritual — irresponsabilidad institucional, quien obvia las jugadas de Hillary Clinton contra el Vaticano (ni más ni menos, con el sistema Swift), precipitando el cambio de posta papal, y la campaña de Netflix y demás redes, todas fresa picante, «progre» de la soroscracia. Quien ay, Varguitas, ay, con ocurrencias de semanario intelectual, cero-profundidad, cuando Don Mario, gran novelista, nunca riñó con el aparataje que le permitió encumbrarse —à la française, cómo sino—, el mismo que paga las oenegés a ambos lados de la, en verdad obsoleta, pero tan capitalizable clasificación izquierda Vs. derecha… Quien a sabiendas o no de hacerlo, encumbra a Bergoglio, sí, él de nuevo, con cada nuevo titular y entre posts y selfies y citas cursis (no tiene de otras) como la principal figura de la llamada izquierda, por encima de Xi Jinping, por ejemplo; quien no ve que India y Paquistán, cortesía de Hamas, ahora, justamente ahora, el primero con respaldo de Israel, el segundo, de China, como para quebrar el frente BRICS, trenzan lo religioso, nacional, supra nacional, global, monetario, mercantil, oh, mercado, yes, a misilazos… Quien no ve…
En fin… Si leer no es tan complicado…
Las noticias vuelan. Surcan el cielo, balísticas, hipersónicas. Falsas, unas. Otras, no. Y los rumores, como otras voces, estas veraces, sepultadas bajo lodo de controversia, envueltas en tufo de conspiranoia… — Un tejido más claro para quien sabe analizar, comprar y contrastar, y antes, definir, conceptualizar, así como luego discutir, explorar, indagar, investigar, etcétera.
Si leer e interpretar no es tan complicado…
Notas, notas…
Una exalumna mía me aborda, entonces, en el café.
¿Recuerda, profe?
Sí, dije que respondería…
Un cuento, profe, o algo así… Lo espero. Prometió hacerlo.
Es cierto…
Cordillera Adentro, 6 de mayo de 2025
Estimada A.:
Ante todo, un abrazo y gracias. Y, ahora, cumplo mi parte. El texto va con los mejores deseos para toda tu familia:
En qué cree alguien en particular sólo puede importar por quién es, precisamente, por la consideración que nos merece, sea por su obra o, directamente, por su conducta. Solemos considerar que la clave de sus cualidades radica, quizá, en ello, en su respuesta a dicha cuestión.
¿Quién es Guillermo Alaín Cóbena Rivero y por qué habría de importarnos lo que dice al respecto?
Docente de bachillerato, el profesor Guillermo nos enseñó a mí y muchos otros, entonces chicos entre 2005 y 2015. Estoy seguro que prácticamente todos quisimos saber cuál era su fe, en caso profesara alguna, y no pocos se lo preguntamos.
Sus planteamientos sobre literatura y arte, en general, nos llevaban antes o después, a cuestionar, entre muchas otras, instituciones religiosas. Aunque muy crítico con todas, sorteaba con sorprendente facilidad la controversia; su abordaje de las situaciones problemáticas, aunque denotaba una enorme influencia del racionalismo escolástico, no se limitaba a él, mucho menos se inclinaba a ningún relativismo fácil.
Se explicaba a través de un curioso sistema de ideas. La tesis del Homo Institutionalis, nos informó, fue idea de su colega de iniciales JP. Se servía de ella para abordar cuestiones, de otro modo, disuasorias. Y, aunque se cuidó de definir su posición religiosa ante nosotros, pues consideraba que podía resultarnos menos provechosa que su silencio durante el curso, una vez terminamos nuestros estudios y lo abordamos en la calle, se valió de la misma tesis para develar su posición definitiva y justificarla; a fin de cuentas, nos dijo, ya deben andar más seguros de sí mismos, lo suficiente como para no culpar a nadie más de sus propias contradicciones.
Pasaron años desde ese encuentro y, felizmente, pude mantener el contacto con mi profesor. De hecho, acabé cubriendo su puesto en el instituto, cuando hacía un par de años ya que él lo había dejado para dedicarse a su café, y a leer y escribir, supongo … porque no soltaba prenda.
Cuando me fue concedida su plaza, me comuniqué con él para agradecerle, supe que algo tuvo que ver con la decisión, y también quería pedirle consejo. Entonces le hice, creo recordar, media docena de visitas, apenas; durante la última, se me ocurrió pedirle que me respondiera nuevamente a la pregunta aquélla sobre su fe, pero ahora ante una cámara, quería presentarla a mis estudiantes como material de referencia: una perspectiva diferente, bastante remota de la suya y bien planteada. Tuve que insistir bastante, hasta que accedió a que grabáramos un audio, solamente.
No recuerdo bien porqué, pero la transcribí. Acaso, un ejercicio; por entonces lo hacía con cierta regularidad, una práctica que adquirí justamente en el bachillerato. Enhorabuena; el audio se perdió con mi móvil en un accidente del que no viene al caso ningún detalle.
He aquí la transcripción del diálogo:
Profesor Guillermo, ¿cree usted en Dios?
Seguramente no soy el primero ni seré el último a quien escuches decir que su creencia al respecto es irrelevante fuera de la intimidad…
Corrígeme si yerro: la cuestión que, me parece, pretendes plantear es más bien si sostengo alguna tesis en particular respecto a la existencia de Dios, más precisamente sobre la probabilidad de que exista o, quizá, alguna certeza lógica al respecto.
Correcto…
Lo que sé es que nuestra especie es la única sobreviviente que, en primer lugar, refiere a elementos de la realidad: cosas, hechos, sucesos, por medio de signos y/o símbolos de los que se sirve para luego, operar de vuelta en ella, transformándola. Hoy somos los únicos capaces de operar a nivel abstracto con dichos símbolos y signos, de hecho, en un tiempo distinto del cronológico, digamos, al que luego retornamos con renovadas capacidades. Sé que la nuestra es, en segundo lugar, la única especie que reconoce a esas entidades (la materia racional que surge de la materia corpórea y sensible, emocional: las instituciones) una fuerza en determinadas situaciones, es decir, un poder y actúa por medio de él; es su fuerza. Si los demás homínidos, cada grupo con sus propias instituciones, desaparecieron fue, o por violentos cambios naturales o porque los absorbimos, cuando no se extinguieron a consecuencia de una mezcla de factores entre los que pesó lo suyo un montón de proto-guerras.
Sé también que esta capacidad nuestra fue asumida como natural e integrada a nuestra conducta a través de los mismos clanes, luego, comunidades más complejas, pueblos y, finalmente, ciudades estados. Debido a que, claramente, refiere a una realidad más allá de la materialidad elemental, puesto que, por ejemplo, alude a la muerte como mucho más que un suceso, lo mismo que a la paternidad como mucho más que una condición biológica, entre otros tantos ejemplos, nos vimos dotados de un poder de origen incierto, conocedores de una realidad ampliada prácticamente en todas direcciones, en buena cuenta anacrónica. También, de un poder que efectivamente trasciende a la muerte, pues nuestras instituciones nos sobreviven mientras haya más de los nuestros.
Esta situación ha sido representada, en lo que comúnmente denominamos Occidente, del Enūma Eliš al Pentateuco, para luego ser sublimada en el cristianismo católico, especialmente, con la Santa Trinidad. En ella, el Padre representa el material afectivo, la autoridad amorosa, la luz guía, inicio y fin; el Hijo, la encarnación, la materia corpórea y actor de la salvación, mientras el Espíritu Santo constituye la materia racional, el aliento —de ahí, el don de lenguas— gracias al cual se transmite la esencia de la fe: a través de la palabra, ni más ni menos. A lo que habría que añadir a María, como símbolo de la plenitud, el seno de amor pleno: por lo que es, no por lo que hace; porque acoge, más que por dar (de hecho, se da a sí misma).
Entretanto, lo que comúnmente denominados Oriente se volcó al conocimiento del mundo pre institucional, a desconfiar siempre de la palabra. Mientras Occidente ha labrado a la persona: el hombre operante en sociedad casi exclusivamente a través de las instituciones, Oriente ha tratado de reconocer al hombre, ya no como persona, sino como criatura pre institucional, un elemento más, aunque lúcido, entre el cosmos y el caos.
Finalmente, sé que el conocimiento de ambas perspectivas se ejemplifica en el supuesto testimonio de Mateo el evangelista sobre la conducta del mismísimo Joshua Ben Josef. Capítulo 22, versículos del 17 al 22, según la traducción Reyna Valera… Recuerdo la interpelación al supuesto mesías: «Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.» Y en el capítulo 27, versículos del 11 al 14: «Jesús estaba en pie delante del gobernador; y este le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices. Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.»
¿Puede deducirse, entonces, una fe en la propia capacidad creadora del hombre?
Se trata de algo plenamente coherente con las formas más elevadas de entendimiento. Ocurre que la propia institucionalidad se compone de tres sustancias (entendidas, por cierto, al modo de Spinoza) y tres materialidades: un afecto de guía y cuidado, instinto paternal, digámosle; la encarnación ejemplar de quien, como persona, ejerce correctamente la institucionalidad; y el aliento articulador de ideas, el don manifiesto por el que se propaga el orden institucional.
Con esto mismo se confirma, por otra parte, lo obvio: que no todo es institución, ni mucho menos. Una cosa es nuestro mundo y otra, la realidad toda. O, como diría Gustavo Bueno, en cuyo materialismo se apoya la tesis del Homo Institutionalis: una cosa es la materia cognoscible y otra, la materia ontológico general. En el ámbito pre institucional cabe la armonía, por supuesto, pero del afán por deshacer la institucionalidad, per se, de deshacer el cosmos, digamos, para generar el caos, sólo brota el mal, que nada crea.
Una vez nos advirtió de la urgente necesidad de una definición apropiada de mal…
Y de bien. Parece sencillo, pero no lo es. Se trata de una entre tantas ideas asumidas en masa como algo, ora relativo, ora absoluto. Pero se trata también de una dicotomía de la que cada vez resulta más difícil hablar. Es políticamente incorrecto. La complejidad que entraña su explicación excede por mucho cuanto cabe esperar de quienes pretenden, sin saber apenas de qué hablan, alguna superioridad ética o moral, los mismos que prefieren sobrevolar el tema con eufemismos de diseño para redes sociales: sensible, inapropiado, adolescencias, trans-una cosa, no-otra cosa, etcétera.
Cuando nos enseñó narratología nos dijo qué es propiamente el mundo: el conjunto de elementos ordenados en torno nuestro, acorde a la institucionalidad de la que somos sujetos; dicho de otro modo, cuanto tiene nombre para nosotros y cuanto cabe, por tanto, concebir de nuevo y prever… sin horror. También nos dijo que, en consecuencia, el bien no era más que la preservación y ampliación de dicho orden, en beneficio del propio marco institucional. Y que esto implica, claro, su perversión. Suele darse por aletargamiento, anquilosamiento, por su caída en complacencia, cuando no su ruina automática por simple idealismo. Nos dijo que el mal, por otra parte, no es sino cuanto atenta contra nuestro mundo, a menudo para la preservación de otro…
Más o menos, sí…
Entonces, nos habló del rol del arte…
Es el medio por excelencia para cuestionar las instituciones que configuran nuestro propio mundo. La única institución nacida para criticarlo todo; no sólo a las demás instituciones, sino a sí misma y a la mismísima trinidad de la que hablamos antes. No en vano, el arte literario nació con el planteamiento de las deidades por primera vez, no ya como seres sagrados, sino como entes de ficción, apenas. El arte es necesariamente desacralizante, incluso cuando pretende sacralizar algo nuevo o a sí mismo. Gracias al arte renovamos nuestro mundo, ampliamos nuestras libertades, la individual y la colectiva. En tal sentido, es cierto, constituye una especie de mal controlado —de ahí, su valor provocativo, subversivo, que felizmente trasciende— hacia nuevas formas de ejercer la razón.
Entonces, ¿no es que usted cree sólo en el arte, por sobre lo demás?
Quien dizque cree en el arte como situación comunicativa humana, singular porque en lugar de transmitir información o brindar respuestas, afirma, mas para cuestionar el marco institucional en el que se inscribe, que así comunica al autor con el receptor (que siempre será lector, aunque de textos de la más variada naturaleza), es decir, a quien comparte su visión prismática de la realidad por medio de una ficción —siempre ficción—elocuente: la obra; quien dice creer en ello, miente; en realidad sabe que es así. Y quien cree en la ficción del arte, quien se cree lo que afirma un artista tal cual lo hace es un incauto, un bobo…, si tercia mala leche, un Lutero.
Ni catolicismo, ni cristianismo de ningún tipo en específico, ni budismo…
Catolicismo ateo, puede ser. Pero de ningún modo la mediocridad: agnosticismo. Se trata de ateísmo. Debería estar de sobra claro que nada de esto vale la pena discutirlo a fondo con alguien que piensa de veras en un señor de barba y mirada penetrante como algo más que un símbolo, aunque valioso, ni mucho menos con quien considere que es él mismo una suerte de deidad en potencia, con poderes de veras. Con ellos se puede y, de hecho, debe compartirse cierta moral, su sensibilidad es comprensible, su fe, entendible. Es bastante… Ahora bien, para todo aquél que no sabe vivir sin Dios, la ficción es peligrosísima. Esa gente acaba creando las suyas propias, convencidísimos de hacer lo contrario, de revelar una supuesta verdad absoluta —menudo absurdo—… ¿De dónde, si no, nacen el psicoanálisis, las fantasmagorías degeneradas de Heidegger, los constructos justificantes de aberraciones de tanto intelectual posmoderno y las bobadas de los coach?
Hoy me enteré del fallecimiento del profesor Guillermo. A su entender, por tanto, cabría decir, en efecto, que pervive su espíritu…
