¿Qué se lega y qué se hereda?: Sobre «La liebre con ojos de ámbar», obra de Edmund De Waal
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Literatura de memorias, rastreo genealógico. Ejercicios de arqueología íntima en que el autor indaga en los estratos del pasado familiar para reconstruir una historia, pero sobre todo una identidad. En el proceso, el coleccionismo de arte y artesanía emerge como un conductor, pero también una suerte de vehículo privilegiado: cada objeto atesora una carga simbólica, un testimonio material de épocas, desplazamientos y afectos. A través de estos artefactos, el coleccionista—y, por extensión, el memorialista—teje una narrativa que vincula lo personal con lo histórico, lo estético con lo ético, y la tradición con la vocación individual. ¿Un excelente ejemplo? La liebre con ojos de ámbar: una herencia oculta de Edmund de Waal, reconocido ceramista, que emprende un viaje detectivesco a través de los continentes y siglos para seguir la trayectoria de 264 netsuke —minúsculas tallas japonesas— heredados de su tío abuelo. Este recorrido no solo reconstruye la saga de la familia Ephrussi, una dinastía judía de banqueros y coleccionistas, sino que reflexiona sobre la naturaleza misma de la memoria, el exilio, la pertenencia a una tradición y la fragilidad de la belleza en medio de las convulsiones de la Europa moderna. Se trata de una meditación profunda sobre cómo los objetos sobreviven a las personas, cómo las historias se encarnan en lo material y cómo, a través de la artesanía y la escritura, podemos intentar comprender el peso y la levedad de la herencia.
Edmund de Waal narra la historia de su familia a través de la trayectoria de la colección de netsuke, heredada de su tío abuelo Iggie en Tokio, estos objetos viajan desde su creación en el Japón del siglo XVIII hasta París, donde son adquiridos por Charles Ephrussi, un coleccionista y mecenas de los impresionistas; luego a Viena, como regalo de bodas para el bisabuelo del autor; sobreviven al saqueo nazi escondidos por una criada; y finalmente llegan a Tokio con Iggie, después de la diáspora familiar. El libro, armado como un viaje geográfico y temporal en tres partes principales: París (1871-1899), Viena (1899-1938) y Tokio (posterior a 1945), funge como pesquisa del ascenso y la caída de una poderosa familia judía europea, el significado del coleccionismo, la persecución y la resistencia, todo ello entrelazado con la propia vocación del autor como ceramista obsesionado con la materialidad y la memoria de los objetos. La trama combina la microhistoria familiar con la Historia (Belle Époque, affaire Dreyfus, ascenso del antisemitismo y el Anschluss), como ya dijimos, a través del destino de los netsuke. La estructura es, en sí misma, una reflexión sobre la fragmentación y la posterior reconstrucción de una memoria rota por la guerra y el exilio.
Los personajes conforman una galería vívida de individuos complejos cuyas vidas se intersecan con el arte y la historia. Entre los coleccionistas y mecenas, Charles Ephrussi se erige como figura central, primer propietario de los netsuke en París. De Waal le da vida a través de sus escritos en la Gazette des Beaux-Arts, sus compras de arte impresionista y japoniste, así como su vida social. Charles evoluciona de un joven rico y algo frívolo a un connoisseur respetado y un puente entre mundos (el arte antiguo y el moderno, los salones aristocráticos y los talleres bohemios). Es el modelo para Charles Swann en la obra de Proust, elemento que De Waal explora para profundizar en la construcción de la identidad judía y la asimilación en la Belle Époque. En el mismo grupo, cuenta Ignace (Iggie) Ephrussi, el tío abuelo del autor, que representa la etapa final del viaje: el exilio reinventado en Tokio, donde vive abiertamente con su pareja, Jiro, y custodia los netsuke con una mezcla de cariño y distancia nostálgica. Su voz, transmitida en las conversaciones recordadas por el autor, aporta un tono íntimo y melancólico.
Las mujeres de la familia merecen mención aparte. Louise Cahen d’Anvers, amante de Charles, y Emmy von Ephrussi, la bisabuela del autor en Viena, son retratadas a través de su relación con los objetos y los roles sociales que desempeñaron. Emmy, en particular, encarna la elegancia y la posterior vulnerabilidad de la vida burguesa judía vienesa. Pero igualmente importante es Anna, la criada vienesa que esconde los netsuke en su delantal durante los pogromos de la Noche de los Cristales Rotos, salvando así la colección.
Finalmente, tenemos a los artistas e intelectuales. El círculo de Charles en París incluye a Renoir, Degas, Monet y Proust. De Waal los presenta no como iconos, sino como interlocutores y, a veces, antagonistas en un mundo competitivo y cargado de prejuicios (como el antisemitismo de Degas).
La voz del autor es la del artesano, el historiador aficionado y el heredero perplejo. Su desarrollo radica en el proceso de comprensión: pasa de ser un mero receptor de anécdotas a un investigador obsesivo que necesita, literalmente, «entrar en todas las habitaciones» donde estuvieron los objetos. Su perspectiva práctica como ceramista—su comprensión del peso, la textura y la intención en los objetos—define por completo el enfoque del libro. Él no solo hereda los netsuke, sino la responsabilidad de narrar su historia, una tarea que asume con humildad y un profundo sentido ético.
De Waal explora constantemente los límites entre la historia documentada y la memoria reconstruida. Rechaza la melancolía y la nostalgia fácil, buscando en cambio la mayor exactitud, no obstante, es consciente de que toda narrativa es una construcción. Al interrogar las lagunas en los archivos familiares, al contrastar las versiones de Proust con la realidad histórica de Charles Ephrussi, enfrenta el afán de sentido que determina toda ficcionalización del pasado. La pregunta «¿cómo pretendemos saber qué nos mueve?» se responde parcialmente a través de los objetos, testigos mudos pero elocuentes de acciones cuyas motivaciones a veces se nos escapan.
El libro es una profunda reflexión sobre el significado de poseer. El coleccionismo de Charles en París es inicialmente un signo de estatus, de goût Rothschild, y una forma de integración social. Pero a lo largo del viaje, la propiedad se transforma en custodia. Los netsuke son mucho más que bienes, depositarios de historias. El acto de Anna sburaya este punto: prácticamente los despoja de valor económico para cargarlos de valor ético. Iggie y luego De Waal no son tanto dueños como guardianes temporales de un patrimonio y una herencia. Al respecto, claro, surge la cuestión de qué se hereda realmente, si sólo objetos, responsabilidades, o más bien riqueza y memoria, tanto voluntaria como involuntariamente.
La familia Ephrussi encarna la paradójica posición de los judíos europeos: inmensamente ricos e integrados en las altas esferas de París y Viena, pero siempre vulnerables, siempre otros. De Waal documenta el antisemitismo, desde los chismes de Edmond de Goncourt hasta la venenosa propaganda de Édouard Drumont y la violencia nazi. La «Zionstrasse» vienesa es un escenario de esplendor y, posteriormente, de expolio. Los personajes evalúan su posición de manera diversa: Charles se sumerge en la cultura francesa a través del arte; Viktor y Emmy en Viena viven una asimilación quizá más frágil. El impacto del contexto histórico es brutal y determinante: sus actos (invertir, coleccionar, casarse) están siempre bajo la sombra de una pertenencia cuestionada. La diáspora final hacia Tokio y Londres representa la fragmentación irreversible pero también la reinvención.
La propia perspectiva de De Waal como ceramista es central. La crítica de arte, el coleccionismo, la escritura y la memoria se presentan como formas afines de dar sentido al mundo a través del manejo de lo material. Charles, como crítico y mecenas, y De Waal, como artesano y escritor, están unidos por la necesidad de «tocar» la historia, de comprender a través de las manos y los ojos. El libro propone que la sensibilidad táctil—el saber cómo un objeto «invita a tocarlo»— honra la memoria más allá del discurso académico, en la elocuencia del silencio en torno a la cual, De Waal eleva sí, aunque con disimulo, una elegía. La vocación artística se revela, entonces, como una forma de responsabilidad hacia el pasado y un modo de entablar un diálogo silencioso con aquellos que nos precedieron.
El estilo de De Waal es notable por su precisión evocadora y su densidad lírica, sin caer nunca en lo grandilocuente. Su prosa es limpia, meditada, atenta a los detalles materiales y a los matices de la luz y el espacio. Su potencia expresiva nace toda de la meticulosidad con la que describe tanto un netsuke como el horror del expolio nazi. El ritmo de la narración es deliberadamente pausado, invitando al lector a palpar, junto al autor, cada objeto y cada documento. La voz narrativa es íntima y reflexiva, pero también rigurosa, mostrando un constante diálogo entre la emoción del descubrimiento y el escepticismo del investigador. Esta combinación de calidez personal y disciplina intelectual hace que el libro resuene de forma muy particular.
En definitiva, mucho más que la crónica de una familia o la biografía de una colección, La liebre con ojos de ámbar es un poderoso alegato sobre la importancia de la materialidad, la custodia frente al despose, y la escritura como un acto de restitución múltiple.
