Poder blando: A propósito de la infraestructura detrás del arte audiovisual convertido en mero entretenimiento
Por Juan Pablo Torres Muñiz
[Transcripción de una participación en un foro de Saro]
En la configuración más reciente del Homo Institutionalis, resultado de su interacción con instituciones que le proveen estructuras cognoscitivas, éticas, morales y prácticas que le permiten operar en el mundo con consistencia, el cine y la música han tenido un rol singular: no solo por su refracción de la realidad, su potencia cuestionadora del mundo, sino por su evidente capacidad seductora, por la relativa facilidad con la que, en sus formas más elementales, conecta pronto con un público ávido de imágenes, voces y sonidos que asumir como propios.
En efecto, el cine y la música se han convertido en medios instituyentes, pero de consumo. Así, operan, sobre todo, como dispositivos de seducción emocional, herramientas de consumo identitario y mecanismos de reproducción ideológica a favor de bloques económicos globales, entre los que destaca el caso de BlackRock.
De modo que cabe hablar tanto del secuestro del arte cinematográfico y musical como del aprovechamiento de la producción cinematográfica y musical; en suma, de la reducción de dichas artes a entretenimiento vacío, para su utilización como medio de consolidación de identidades superficiales, capitalizables.
Hoy, sin embargo, el cine se ha convertido en catálogo de identidades, en escaparate de sensibilidades fabricadas, en instrumento de propaganda emocional. Se premia la identificación inmediata, la empatía superficial, la resolución previsible. El espectador no piensa. Siente. Algo muy conveniente para algunos.
Un informe de la Universidad de California (UCLA, 2024) revela que más del 80 % de las películas nominadas a los Oscar en categorías como Mejor Guion Original o Mejor Dirección en los últimos cinco años han priorizado historias sobre identidad sobre conflictos éticos, sociales o políticos complejos.
[Bloques económicos detrás de la producción audiovisual]
Es clave entender que este giro identitario no es casual. Es consecuencia directa de la financiación privada de grandes conglomerados financieros que ven en el entretenimiento una forma de gestión emocional estratégica. Empresas como: Amazon Studios, Apple TV+, Netflix, con BlackRock y Vanguard Group, entre otros, a sus espaldas. Son actores fundamentales en este proceso. Controlan la distribución, deciden qué proyectos se financian, y orientan la narrativa global hacia modelos de consumo afectivo, no de reflexión crítica.
Según datos del Informe Bloomberg sobre inversión en contenido audiovisual (2024), solo tres fondos internacionales (BlackRock, Vanguard y State Street) poseen acciones mayoritarias en más del 60 % de las plataformas streaming más importantes del mundo.
Estas firmas no invierten en arte. Invierten en control. En formación de gustos, en moldeamiento de identidades, en domesticación del discurso.
[Celebración de la ilusión]
Festivales como Coachella, Primavera Sound, Cinéma de París o Festival de Cannes no son espacios de encuentro artístico. Son plataformas de exhibición ideológica, donde se selecciona cuidadosamente lo que puede verse, escucharse y sentirse.
Un análisis comparativo del Centro Europeo de Estudios Culturales (CEEC, 2024) muestra que menos del 5 % de los filmes seleccionados en los principales festivales internacionales de cine en los últimos cinco años presentaron argumentos históricos, sociales o filosóficos complejos. La mayoría trataba temas de identidad, trauma personal o empoderamiento individual.
Uno de los efectos más graves de este fenómeno es la imposibilidad de ejercer una crítica razonable sobre estas obras. Cualquier intento de analizarlas desde una perspectiva racional es tachado de insensible, elitista, opresor.
La industria del entretenimiento no solo produce imágenes y melodías. Produce identificaciones, afectos colectivos, narrativas que refuerzan ciertos valores y eliminan otros.
[La dictadura del gusto]
Vamos con algunos casos:
Spotify, con sus recomendaciones diarias, sus playlists personalizados y sus «descubrimientos semanales», no solo ofrece música. Su modelo de negocio se basa en el análisis constante de datos de usuario, en la predicción de preferencias, en la creación de rutinas emocionales asociadas a cada momento del día. Vende identidad. De hecho, Spotify utiliza más de 45 variables para personalizar el consumo musical, incluyendo estado civil, ubicación geográfica, hábitos de navegación y hasta diagnósticos médicos no declarados públicamente.
Netflix no es una plataforma de entretenimiento. Es una fábrica de ficciones sentimentales, donde la identidad reemplaza al conflicto. Es sabido por todos que la amplia mayoría de series originales de Netflix en los últimos tres años han tenido como eje principal la exploración de identidades, dejando de lado cualquier análisis histórico, político o sociológico profundo.
Según datos del Box Office Mojo (2024), el top 10 de taquilla mundial en 2023 fue ocupado por adaptaciones de cómics, spin-offs de franquicias y remakes de supuestos clásicos (más bien, viejos éxitos de moda), todos con un marcado sesgo identitario y una carga emocional alta: Barbie ($1.437 millones); Oppenheimer ($977 millones); Super Mario Bros. ($1.360 mil millones); Fast X ($714 millones); The Marvels ($549 millones).
En cuanto a los conciertos, un reporte de Pollstar (2024) muestra lo obvio: que los artistas más exitosos no son los que tienen mayor calidad compositiva o lírica, sino los que mejor se venden como íconos de movimiento identitario políticamente correcto (lo que incluye, claro, individualismo adolescente, la liberación sexual más bien libertina y la onda ecológica): Taylor Swift – The Eras Tour ($1.04 mil millones); Beyoncé – Renaissance World Tour ($572 millones); Bad Bunny – World’s Hottest Tour ($462 millones); Harry Styles – Love On Tour ($615 millones); Coldplay (Music of the Spheres World Tour ($522 millones).
Mientras tanto, los verdaderos artistas, aquellos que cuestionan, que no halagan, que no venden paz emocional, quedan fuera de pantalla. Fuera de playlist. Fuera de cartelera. No son como tú ni como yo, y su obra requiere, exige conocimiento.
[Let me entertain you]
En la era digital, la industria del entretenimiento ha dejado de ser únicamente un espacio de producción cultural para convertirse en un campo estratégico de acumulación de poder económico, control de información y proyección ideológica. Grandes conglomerados corporativos han consolidado su hegemonía en sectores clave como el cine, la música y las plataformas de streaming, integrando modelos de negocio basados en la recopilación masiva de datos personales, la personalización algorítmica y la difusión de narrativas que reflejan —y a veces moldean— valores culturales globales. Este texto explora estos fenómenos desde una perspectiva interdisciplinaria, combinando análisis político-económico, estudios de medios y geografía mediática.
[Control de la producción]
Uno de los rasgos más destacados de la industria del entretenimiento contemporáneo es la concentración de propiedad en manos de unos pocos conglomerados multinacionales. Menos de diez empresas controlan más del 90% del contenido audiovisual en Estados Unidos. Veamos:
– The Walt Disney Company es propietaria de Marvel Studios, Lucasfilm, National Geographic y las plataformas Disney+, Hulu y ESPN+.
– Warner Bros. Discovery, surgida de la fusión entre AT&T y Discovery, tiene activos como HBO, CNN y DC Comics.
– Netflix Inc., líder en streaming con presencia global y producción propia.
– Apple TV+ y Amazon Prime Video son extensiones digitales de gigantes tecnológicos que incursionan en el entretenimiento como parte de estrategias de expansión de marca y datos.
– Universal Music Group, Sony Music y Warner Music son las tres dominantes en la industria musical global.
Esta concentración tiene consecuencias directas en la diversidad de voces representadas, la independencia creativa y el acceso equitativo al mercado cultural. Como señala Bagdikian (2004) en The New Media Monopoly, la homogenización de contenidos y la estandarización narrativa son efectos colaterales de esta tendencia.
Las plataformas digitales de música no solo distribuyen contenido; han reconfigurado la lógica misma de producción, consumo y valoración musical. En este contexto, se observa una tendencia marcada hacia la simplificación compositiva orientada a maximizar el engagement (enganche) y la permanencia del usuario (fidelización). Las estructuras melódicas y rítmicas se reducen a patrones repetitivos y fácilmente asimilables, favoreciendo formatos breves (como los short-form content en Spotify o YouTube) que facilitan su viralidad y repetición constante.
Este fenómeno responde a una lógica algorítmica: las plataformas premian aquello que genera mayor tiempo de escucha, lo cual incentiva la creación de canciones diseñadas para ser percibidas de inmediato, sin exigir procesamiento cognitivo complejo.
Además, detrás de ciertos perfiles musicales aparentemente independientes, se esconden artistas ficticios generados por algoritmos o creados por las propias plataformas. Casos documentados muestran cómo sellos internos de servicios como Spotify o Amazon Music producen canciones bajo identidades falsas para ocupar espacios destacados en listas de reproducción automatizadas. Este hecho no solo engaña al consumidor, sino que distorsiona la competencia en un mercado ya de por sí desigual, beneficiando a quienes controlan el acceso al medio.
Un ejemplo paradigmático de esta industrialización musical es el pop coreano (K-pop), especialmente en formaciones masivas como BTS, BLACKPINK o grupos debutantes gestionados por agencias como SM Entertainment o HYBE Corporation. Estos proyectos responden a una producción casi completamente estandarizada, desde la selección genética y estética de sus integrantes hasta la planificación estratégica de lanzamientos discográficos, giras mundiales y presencia digital. La repetición acelerada de álbumes, singles y colaboraciones obedece más a una estrategia de saturación mediática que a un impulso creativo genuino.
El K-pop representa una fusión eficaz entre cultura juvenil global y modelos industriales avanzados, operando como una máquina de generar afecto colectivo y capital simbólico. Sin embargo, también plantea preguntas sobre la autenticidad artística, la explotación laboral de jóvenes talentos y la homogenización cultural en clave transnacional.
[El entretenimiento como infraestructura]
Las plataformas digitales de entretenimiento no solo ofrecen contenido, operan como infraestructuras de vigilancia comercial. Cada clic, pausa, reanudación y búsqueda se convierte en dato estructurado. Según un informe de la Unión Europea (2021), las plataformas de streaming recopilan perfiles detallados de usuarios, incluyendo hábitos de consumo, preferencias emocionales, patrones horarios e incluso microexpresiones faciales cuando están conectadas a dispositivos inteligentes.
Estos datos se utilizan para:
– Personalización algorítmica: recomendaciones automatizadas que maximizan el tiempo de permanencia del usuario.
– Microsegmentación publicitaria: venta de espacios publicitarios hiperdirigidos.
– Modelos predictivos de comportamiento: usados por otras divisiones del grupo corporativo o vendidos a terceros (con frecuencia bajo capas de anonimización).
Este modelo transforma al usuario en «producto» dentro de una economía de atención, donde el contenido es solo el anzuelo que captura datos.
[Soft power]
Desde la Segunda Guerra Mundial, Hollywood ha sido uno de los principales vehículos del llamado soft power estadounidense. En la actualidad, ese rol lo extienden las plataformas digitales, cuya distribución global permite transmitir narrativas norteamericanas a escala planetaria. El «poder blando» consiste en la capacidad de influir sin coerción, mediante cultura, valores y políticas percibidas como legítimas.
Este fenómeno se observa claramente en series como Stranger Things (Netflix), películas de Marvel (Disney) o documentales de Apple TV+. Aunque estas producciones no tienen una agenda explícitamente política, su construcción de identidades, valores familiares, relaciones interpersonales y representación de conflictos refleja una visión del mundo liberal-capitalista occidental que puede influir en audiencias diversas.
Además, países como China y Rusia han desarrollado sus propias plataformas y contenidos para contrapesar esta influencia. Por ejemplo, Tencent y Alibaba poseen divisiones de entretenimiento que buscan exportar narrativas locales con un enfoque distintivo de valores comunitarios y colectivistas.
[Manipulación]
Aunque el término «manipulación» suele usarse de forma imprecisa, sí es cierto que el entretenimiento tiene una función ideológica reconocida en los estudios culturales. Las obras audiovisuales transmiten marcos de sentido, construyen imaginarios sociales y normalizan discursos que pueden reforzar o cuestionar estructuras de poder.
Ejemplos:
– Representación de género y diversidad: muchas plataformas han adoptado políticas editoriales que promueven la inclusión de minorías, lo cual puede verse como un avance social o como una adaptación a demandas del mercado global.
– Narrativas ambientalistas y tecnológicas: series como Don’t Look Up (Netflix) o Severance (Apple TV+) abordan temas como el cambio climático o la alienación laboral, con un enfoque convenientemente crítico a sistemas capitalistas.
– Difusión de valores transnacionales (globalismo): las historias que cruzan fronteras suelen enfatizar derechos humanos, democracia y cooperación internacional, aspectos vinculados a agendas globalistas.
Es importante matizar que estas narrativas no surgen de una conspiración centralizada, sino de lógicas industriales, contextos regulatorios y dinámicas culturales complejas. Sin embargo, su repetición y alcance contribuyen a conformar imaginarios colectivos.
Frente a la creciente concentración y privatización de la cultura, diversos movimientos y estados se ha intentado cierta contención mediante políticas y normas que, en lugar de regular la situación, la han complicado considerablemente:
– Políticas públicas de cuotas culturales: ejemplos como Francia y Canadá exigen porcentajes mínimos de contenido local en plataformas y canales.
– Leyes de protección de datos: el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR) de la UE limita el uso indiscriminado de información personal… para entidades privadas. Pero, por otra parte, tiene vigilados a todos, cortesía de la misma normativa, bajo la excusa de procurar para la comunidad el bien y la seguridad que necesita su población, especialmente ante amenazas… inciertas. (Por cierto, el afán de imponer el euro digital no es más que una forma más de ampliar el control de rastreo de datos.)
– Iniciativas de soberanía digital: países como Brasil, India y Sudáfrica promueven plataformas nacionales de contenido y almacenamiento de datos particulares. Pero la lucha contra el llamado globalismo, por parte de los regímenes de corte soberanista es desigual. Un factor importante del fracaso de estas medidas es, también, la asimetría de poder entre estados y corporaciones.
Si bien no existe una conspiración única ni un plan global coordinado detrás de estas dinámicas, sí hay patrones sistémicos claros: la mercantilización de la experiencia humana, la concentración de poder comunicativo y la proyección de narrativas hegemónicas. También es cierto que no todos pueden ejercer con la misma potencia medidas en su beneficio propio, y entonces sí que cabe hablar de conspiraciones, sin que medie para nada ninguna conspiranoia.
Referencias bibliográficas:
– Appadurai, A. (1996). Modernity at Large: Cultural Dimensions of Globalization. University of Minnesota Press.
– Bagdikian, B. H. (2004). The New Media Monopoly. Beacon Press.
– Couldry, N., & Mejias, U. A. (2019). The Costs of Connection: How Data is Colonizing Human Life and Appropriating It for Capitalism. Stanford University Press.
– Jin, D. Y. (2016). K-Pop Live: Fans, Idols, and the Making of a Global Sensation . Stanford University Press.
– Media Reform Project. (2023). Who Owns the Media?
– Morris, J. W., & Powers, D. (2020). The Work of Streaming Platforms: Labor, precarity, and algorithmic mediation in music streaming . New Media & Society.
– Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. PublicAffairs.
– European Commission. (2021). Data Governance Act: Towards a Common European Data Space. COM(2020) 767 final.
– Théberge, P., Devine, K., & Rodríguez, E. (Eds.). (2019). Living the MIDI Life: Digital Media and the Transformation of Musical Practice . Oxford University Press.
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