Petrificación: Sobre el individuo artista y su resistencia a ser institucionalizado
Por Juan Pablo Torres Muñiz
La existencia humana se desarrolla dentro de un entramado de construcciones racionales abstractas, conocidas como instituciones. Estas instituciones, desde el Estado hasta la propia conceptualización de la persona configuran el material mismo que define nuestra operatividad y nuestra capacidad de distinguirnos de otras especies. En este cosmos institucional, el Arte se alza como una anomalía sublime: la única institución cuya función constitutiva reside en cuestionar, por medio de la razón, el orden institucional del mundo y, necesariamente, a sí misma.
El artista, por lo tanto, lejos de ser un agente libre ajeno a la estructura, encarna a un Homo Institutionalis particular, oficiante que opera en el seno de la crítica institucionalizada. No obstante, la imagen popular y perdurable del artista, impulsada por marcos narrativos tradicionales y la historia del arte más antigua—como la que Vasari sentó al enfatizar el «genio» individual y la progresión estilística—, lo presenta como una figura excéntrica o un abanderado de la libertad que se opone a las instituciones. Esta concepción, si bien seductora, entraña un peligro fundamental: la monumentalización de la persona del creador.
Cuando la obra se somete a la contemplación pasiva o al gusto acrítico del público, el artista corre el riesgo de ser absorbido por el aura de autoridad y estatus que confieren las grandes instituciones como los museos o las colecciones. Esta petrificación del artista en la figura del «genio incomprendido», o en una identidad solemne de otra índole, neutraliza el motor dialéctico del Arte. Se produce, en términos de Walter Benjamin, una «falsificación del espíritu creador en aras del espíritu profesional», donde la obra deja de ser un acto de confrontación y se convierte en un fetiche o en material de identificación. El arte se degrada, entonces, en mera expresión emocional o contenido para un público cuya capacidad crítica se disuelve bajo la adolescentización promovida por el mercado pletórico.
El arte auténtico, en contraste, exige la destrucción de las convenciones y la formulación de una visión elocuente y coherente que confronte la realidad. Su intención comunicativa es siempre la de cuestionar al receptor, obligándolo a la revisión de categorías preexistentes. Así como en la creación verbal, cada frase y cada oración correcta es un final y un comienzo, y cada acto es un paso hacia el cadalso—donde volvemos a empezar—, el artista debe vivir en un estado de negación implacable de su propia quietud. Debe evitar que su obra, al seducir por identificación, omita la tarea crucial de cuestionar a fondo los conceptos e instituciones objeto de su abordaje. Como llegó a acertar Foucault, la autoría y la autenticidad de una obra no deben depender de la biografía personal, sino que deben permitir que la obra se analice como un signo importante de las prácticas sociales y culturales.
Esta tensión entre la necesidad de reconocimiento (el marco institucional que valida la potencia cuestionadora de la obra) y el imperativo ético de la subversión crítica (la destrucción de los clichés y la solemnidad personal) nos lleva al núcleo del problema: ¿De qué forma el artista, en tanto oficiante de la institución crítica del Arte, puede obtener el reconocimiento institucional que valida su obra sin sucumbir a la petrificación monumental de su persona, que traiciona su deber ineludible de cuestionar, de operar desde una honestidad cortante, y de rechazar la quietud que anula la potencia de su crítica racional?
La reflexión sobre el papel del artista, ese Homo Institutionalis que opera en el epicentro de la crítica, inevitablemente nos confronta con la tensión entre el reconocimiento que otorga la institución y el imperativo ético de la subversión que define al Arte. La pregunta que surge de este conflicto es esencial: ¿De qué forma el artista, en tanto oficiante de la institución crítica del Arte, puede obtener el reconocimiento institucional que valida su obra sin sucumbir a la petrificación monumental de su persona, que traiciona su deber ineludible de cuestionar, de operar desde una honestidad cortante, y de rechazar la quietud que anula la potencia de su crítica racional?
Para abordar la complejidad de esta interrogante, resulta indispensable la premisa fundamental de que la existencia humana es una trama tejida por las instituciones. El término Homo Institutionalis define al ser humano no simplemente como una especie biológica, sino como un sujeto racional que se constituye en persona (personae) precisamente por su participación y creación de sistemas de significación y normatividad. Una persona es un sujeto autónomo, capaz de gobernar su libertad y de establecer sus propias normas (autonomía) para operar racionalmente en la realidad. Esta capacidad de abstracción y establecimiento de criterios es lo que cualitativamente nos distingue.
Dentro de esta visión, las instituciones no son solo estructuras externas y coercitivas como el Estado o la universidad, sino abstracciones fundamentales y materiales humanos que definen la civilización. El Arte se erige como la institución más sublime: una construcción racional y una situación comunicativa que utiliza la elocuencia de la ficción para ejercer su función primordial: cuestionar permanentemente el marco institucional y, por ende, criticar a todas las demás instituciones, incluyendo al arte en sí mismo. El arte opera, por su naturaleza, al límite de la razón, pero está férreamente sujeto a ella, revelando las instituciones en cuanto tienen de ficciones.
La obra de arte, en este contexto, no es mera expresión de sentimientos, sino un texto (una construcción racional de signos y símbolos) de ficción que, al ser elaborado mediante competencias intelectivas del autor y técnicas específicas, ofrece una visión particular de la realidad que confronta dialécticamente al lector. La dialéctica se entiende, siguiendo a Gustavo Bueno por sobre Kant, como la relación de enfrentamiento entre dos ideas a través de una idea correlativa. Una obra de arte, para ser tal, debe ser validada por un marco institucional (o aparato de interpretación) que reconoce su potencia cuestionadora en un contexto de conocimiento suficiente. Un criterio clave para su valoración es, por lo tanto, su capacidad de abordar una amplia variedad de temas y poner hondamente en entredicho los conceptos conexos y relativos.
En este sentido, la postura del artista debe ser de insumisión constante a las narrativas fáciles que buscan la complacencia del espectador y la confirmación de ideales preestablecidos, actuando como un promotor de la formulación de problemas de forma inteligente que evite el abismo del idealismo y el relativismo extremo. Esta lucha contra la asimilación es la condición para que el arte mantenga su papel como «mal controlado» que permite la renovación del mundo.
La pregunta que concierne a la compleja situación del artista como Homo Institutionalis—oficiante de la institución crítica del Arte—es el punto nodal donde convergen la ética de la creación, la sociología de la recepción y la filosofía de la razón. El artista auténtico, aquel que cuestiona las concepciones imperantes de la realidad a través de una obra elocuente, se encuentra inmerso en una dialéctica de tensiones que, de no ser gestionadas con sumo rigor, desembocan en la esterilidad o, peor aún, en la connivencia con aquello que se debe criticar.
El primer frente de batalla del artista es la desmitificación de la propia figura del «genio». La historia del arte, anclada en la tradición de Giorgio Vasari, postula una trayectoria de progreso artístico que culmina en el arte superlativo de un individuo, ligando la validez de la obra al motivo biográfico y a la idea de la «obra maestra». La solemnidad y la petrificación del artista son el resultado directo de este fetichismo de la firma y del enfoque del experto sobre la historia del arte, que hacía de la relación fuerte entre el artista y su arte un sello distintivo. Cuando la figura del artista se monumentaliza, el público se ve seducido por la hipérbole, en lugar de reconocer la creación artística como un oficio, que implica rutina, colaboradores y aprendices, y, por decirlo de algún modo, no siempre la magia.
El reconocimiento institucional, que confiere un aura de autoridad y estatus a la obra al ser adquirida por un gran museo, es un factor necesario para la validación de su potencia cuestionadora. Sin embargo, este mismo mecanismo de canonización se utiliza como medio para imponer jerarquías que benefician al genio individual. La asimilación del artista por la institución lo expone al riesgo de que su obra, al pasar de ser una obra nueva e innovadora a formar parte de la historia de la cultura contemporánea, pierda su filo crítico y transgrede la frontera entre el arte y la historia del arte.
Para evitar esta neutralización, el Homo Institutionalis debe asumir una postura de despojamiento, un acto de voluntad y disciplina. La grandeza del artista no se halla en la efusión lírica o la anécdota biográfica, sino en el ejercicio metódico de la razón y la crítica. Como señala Benjamin a partir de Valéry, la obra de arte no es una creación por inspiración, sino una construcción cuyos protagonistas son el análisis, el cálculo y el plan. El artista debe rechazar el pathos y el sentimentalismo, entendiendo que el pensamiento más importante a menudo contradice nuestros sentimientos.
La huida de la quietud y la solemnidad se traduce en un imperativo de destrucción. El arte auténtico actúa como una fuerza contra las fuerzas de contención racional de su entorno. Para Adolf Loos, si el trabajo humano solo está formado por la destrucción, es realmente un trabajo humano, noble y natural. Este trabajo de destrucción se opone al trabajo encargado y controlado, que solo produce kitsch. El artista, por lo tanto, debe ser un promotor de la formulación de problemas de forma inteligente, lo que implica enfrentar lo que es políticamente correcto.
La petrificación de la persona se vuelve más peligrosa cuando se conecta con la tendencia social hacia la adolescentización masiva, proceso intencional impulsado por el mercado pletórico que hace al público inseguro, emocional e incapaz de institucionalizar su pensamiento, volviéndolo impotente ante la crítica. El arte, al transformarse en un «receptor de emociones» o en mero «contenido», es consumido de forma acrítica. La complacencia que buscan el entretenimiento y la publicidad radica en la identificación, la confirmación de ideales previos. El artista solemnizado se vuelve cómplice de esta pasividad. Por el contrario, la obra auténtica, como el Quijote, debe operar con la realidad, confrontarla y cuestionarla racionalmente, oponiéndose a la propaganda idealista que niega la realidad y la sustituye por «emociones superficiales».
La única manera de que el artista evite la petrificación y ejerza su crítica es, acaso, mediante la impersonalización. James Joyce, a través de Stephen Dedalus, describe la progresión artística: el artista, como el Dios de la creación, debe evaporarse de la existencia e impersonalizarse, permaneciendo dentro o detrás de su obra, indiferente, logrando que la imagen estética en la forma dramática sea solo vida purificada reproyectada por la imaginación humana. La obra pasa de ser un grito personal a una narración fluida, y finalmente a la forma dramática, donde la personalidad del artista se diluye.
Esta impersonalidad no implica la anarquía lírica, sino un rigor formal que permite la crítica. Baudelaire, por ejemplo, no se abandonaba a la «indolence naturelle des inspirés», sino que su trabajo poético se asemejaba a un esfuerzo corporal, a una conquista que le obligaba a dar forma a la modernidad. Esta disciplina formal es, en efecto, la armadura del artista.
Las implicaciones de esta lucha se extienden al ámbito político y social. Con la reproductibilidad técnica, la función social del arte se transforma, emancipándose de lo ritual para fundamentarse en la política. Conceptos tradicionales como «creatividad» y «genialidad» se vuelven inutilizables, ya que su aplicación incontrolada puede conducir a la elaboración del material objetivo en sentido fascista. La estética totalitaria, de acuerdo con Marinetti, busca la «estetización de la política» (Fiat ars, pereat mundus), donde la humanidad vive su propia destrucción como goce estético.
En todo caso, el artista debe entender que la crítica implica un conocimiento que se sumerge en la obra, dando razón de su verdad, y no un mero juicio comparativo o histórico. La autonomía del artista, su libertad para normar su propia vida, se ejerce al tomar la decisión de actuar sin pensar en la retribución y sin cesar en el cumplimiento de su labor, como se plantea en el Bhagavad Gita. El reconocimiento vendrá, pero no debe ser el fin. El artista debe trascender las redes de la nacionalidad, la lengua y la religión, y persistir en la confrontación, sabiendo que su trabajo representa el «mal controlado» que permite la renovación del mundo y la ampliación de la libertad, lo cual es una necesidad vital para la humanidad. La permanencia del artista en la crítica es la negación de la quietud, el rechazo a ser una «figura cómica» interpretando el papel del poeta ante una sociedad que ya no necesita al poeta auténtico, sino solo a su mimo. Su destino es la sabiduría solitaria obtenida al errar entre las acechanzas del mundo, una sabiduría que se acredita en la continua destrucción de lo establecido y la construcción rigurosa de una visión de la realidad.
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ENGLISH VERSION
Petrification: On the Individual Artist and Their Resistance to Being Institutionalized
Translation by Tiffany Amber Elías Trimble
Human existence develops inexorably within a framework of abstract rational constructions known as institutions. These institutions—from the State to the very conceptualization of the persona—are not mere external normative frameworks, but the very material that defines our operationality and our capacity to distinguish ourselves from other species. In this institutional cosmos, Art stands as a sublime anomaly: the only institution whose constitutive function lies in questioning, through reason, the institutional order of the world and, necessarily, itself.
The artist, therefore, is not a free agent external to the structure, but a particular Homo Institutionalis, an officiant who operates within institutionalized critique. Nevertheless, the popular and enduring image of the artist, driven by traditional narrative frameworks and antiquated art history—such as that established by Vasari by emphasizing individual «genius» and stylistic progression—presents the creator as an eccentric figure or a standard-bearer of freedom who opposes institutions. This conception, while seductive, entails a fundamental danger: the monumentalization of the creator’s persona.
When the work is subjected to the passive contemplation or uncritical taste of the public, the artist risks being absorbed by the aura of authority and status conferred by major institutions like museums or collections. This petrification of the artist into the figure of the «misunderstood genius,» or into a solemn identity of any other sort, neutralizes the dialectical engine of Art. It produces, in Walter Benjamin’s terms, a «falsification of the creative spirit for the sake of the professional spirit,» where the work ceases to be an act of confrontation and becomes a fetish or material for identification. Art then degrades into mere emotional expression or content for a public whose critical capacity dissolves under the adolescentization promoted by the plethoric market.
Authentic art, in contrast, demands the destruction of conventions and the formulation of an eloquent and coherent vision that confronts reality. Its communicative intention is always to question the receiver, forcing them to re-evaluate pre-existing categories. Just as in verbal creation, where each correct phrase and sentence is an end and a beginning, and each act is a step towards the gallows—where we start again—the artist must live in a state of relentless denial of their own stillness. They must prevent their work, by seducing through identification, from omitting the crucial task of thoroughly questioning the concepts and institutions that are the object of its approach. As Foucault rightly pointed out, the authorship and authenticity of a work should not depend on personal biography, but should allow the work to be analyzed as a significant sign of social and cultural practices.
This tension between the need for recognition (the institutional framework that validates the work’s critical potency) and the ethical imperative of critical subversion (the destruction of clichés and personal solemnity) leads us to the core of the problem: In what way can the artist, as an officiant of the critical institution of Art, obtain the institutional recognition that validates their work without succumbing to the monumental petrification of their persona, which betrays their inescapable duty to question, to operate from an incisive honesty, and to reject the stillness that nullifies the power of their rational critique?
The Artist as Homo Institutionalis
To address the complexity of this question, a fundamental premise is indispensable: human existence is a fabric woven by institutions. The term Homo Institutionalis defines the human being not simply as a biological species, but as a rational subject who constitutes themselves as a person (personae) precisely through their participation in and creation of systems of signification and normativity. A person is an autonomous subject, capable of governing their freedom and establishing their own norms (autonomy) to operate rationally in reality. This capacity for abstraction and the establishment of criteria is what qualitatively distinguishes us.
Within this vision, institutions are not only external and coercive structures like the State or the university, but fundamental abstractions and human materials that define civilization. Art stands as the most sublime institution: a rational construction and a communicative situation that uses the eloquence of fiction to exercise its primary function: to permanently question the institutional framework and, therefore, to criticize all other institutions, including art itself. Art operates, by its nature, at the limit of reason, but is firmly bound to it, revealing institutions for what they are: fictions.
The work of art, in this context, is not a mere expression of feelings, but a text (a rational construction of signs and symbols) of fiction that, crafted through the author’s intellectual competencies and specific techniques, offers a particular vision of reality that confronts the reader dialectically. Dialectics is understood, following Gustavo Bueno over Kant, as the relationship of confrontation between two ideas through a correlative idea. A work of art, to be such, must be validated by an institutional framework (or interpretive apparatus) that recognizes its questioning potency in a context of sufficient knowledge. A key criterion for its valuation is, therefore, its capacity to address a wide variety of themes and profoundly call into question all related and relative concepts.
In this sense, the artist’s stance must be one of constant insubordination to easy narratives that seek the spectator’s complacency and the confirmation of pre-established ideals, acting as a promoter of the intelligent formulation of problems that avoids the abyss of idealism and extreme relativism. This struggle against assimilation is the condition for art to maintain its role as the «controlled evil» that allows for the renewal of the world.
Against the Cult of Genius
The artist’s first battlefront is the demystification of the very figure of the «genius.» Art history, anchored in the tradition of Giorgio Vasari, postulates a trajectory of artistic progress that culminates in the superlative art of an individual, linking the validity of the work to the biographical motive and the idea of the «masterpiece.» The solemnity and petrification of the artist are the direct result of this fetishism of the signature and the connoisseur’s focus on art history, which made the strict relationship between the artist and their art a distinctive seal. When the artist’s figure is monumentalized, the public is seduced by hyperbole, instead of recognizing artistic creation as a craft—one which involves routine, collaborators, and apprentices, and, frankly, is not always magic.
The flight from stillness and solemnity translates into an imperative of destruction. Authentic art acts as a force against the rational containment forces of its environment. For Adolf Loos, if human work is formed only through destruction, it is truly human work, noble and natural. This work of destruction opposes commissioned and controlled work, which only produces kitsch.
The petrification of the persona becomes more dangerous when connected to the social tendency towards mass adolescentization—an intentional process driven by the plethoric market that makes the public insecure, emotional, and incapable of institutionalizing their thought, rendering them impotent before critique. The solemnized artist becomes complicit in this passivity. Conversely, the authentic work, like Don Quixote, must operate within reality, confront it, and question it rationally, opposing idealist propaganda that denies reality and substitutes it with «shallow sentiment.»
The Path of Impersonalization
The only way for the artist to avoid petrification and exercise their critique is, perhaps, through impersonalization. James Joyce, through Stephen Dedalus, describes the artistic progression: the artist, like the God of creation, must evaporate from existence and impersonalize themselves, remaining within or behind their work, indifferent, ensuring that the aesthetic image in the dramatic form is only purified life reprojected by human imagination.
This impersonality does not imply lyrical anarchy, but a formal rigor that enables critique. Baudelaire, for example, did not abandon himself to the «natural indolence of the inspired» (indolence naturelle des inspirés), but his poetic work resembled a bodily effort, a conquest that forced him to give shape to modernity. This formal discipline is, in effect, the artist’s armor.
In any case, the artist must understand that critique implies a knowledge that immerses itself in the work, accounting for its truth, and not a mere comparative or historical judgment. The artist must transcend the networks of nationality, language, and religion, and persist in confrontation, knowing that their work represents the «controlled evil« that allows for the renewal of the world and the expansion of freedom. The artist’s persistence in critique is the negation of stillness, the refusal to be a «comic figure» playing the role of the poet before a society that no longer needs the authentic poet, but only their mime. Their destiny is the solitary wisdom obtained by wandering among the world’s snares—a wisdom that is validated in the continual destruction of the established and the rigorous construction of a vision of reality.
