Nostalgia venenosa: Sobre «Los hermosos años del castigo», novela de Fleur Jaeggy

Por Juan Pablo Torres Muñiz

El abordaje de la adolescencia en la literatura ha sido frecuentemente una exploración de la carencia, un tránsito donde el sujeto todavía adolece de personalidad estable y va en busca de modelos externos para construirse un rostro frente al mundo. Esta etapa se manifiesta a menudo como un terreno fértil para el morbo y la fascinación por lo absoluto, donde la conformación del yo se da a través de una dialéctica tensa entre el impulso de libertad y la estructura, percibida como opresiva, de las instituciones. La presencia constante de la culpa funciona aquí no solo como una emoción punitiva, sino como un mecanismo que alerta sobre la vulnerabilidad del individuo ante las normas sociales que aún no domina por completo y las que suele reaccionar con rabia. En la narrativa contemporánea, la cercanía de la depresión y el desapego se presenta como el envés de un idealismo que, al chocar con la realidad material, se retira hacia un aislamiento donde la materia psicológica se fragmenta, impotente. El caso de Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy es paradigmático en este sentido, pues sitúa este proceso en el marco de un internado suizo donde la disciplina institucional se convierte en la única gramática posible para una existencia que se percibe a sí misma como un simulacro, pero lo hace con una seducción decadente que, mediante una prosa depuradísima y una agudeza de mirada asombrosa, ofrece al lector la ilusión de un doloroso contento con la opresión misma.

A los catorce años, la narradora habita el Bausler Institut en Appenzell, regido por una disciplina asfixiante y un orden estético absoluto que encuentra su arquetipo en Frédérique, una joven cuya perfección aparente —obediencia impecable, caligrafía elaborada, desdén hierático— encubre un nihilismo profundo que fascina a la protagonista. Su relación, más intelectual que afectiva, se desarrolla tensa entre la admiración y el deseo de conquista, en un entorno donde las demás figuras —desde la alegría fatua de algunas compañeras, hasta la melancolía ornamental de otras— funcionan como contrapuntos de un mundo fútil.

La novela se estructura mediante lo que la narradora denomina «nichos» mentales: recuerdos que no siguen una lógica cronológica, sino que se acumulan… como la lencería en los armarios del internado, formando una topografía emocional donde el tiempo es circular y el pasado se revive como un presente perpetuo. Esta disposición elíptica y analéptica subraya la inmutabilidad de la experiencia y enfrenta al lector con la fragilidad de los vínculos humanos, sostenidos aquí apenas por el lenguaje, el gesto ritualizado y el fetiche, lejos de ningún principio consistente.

Los personajes ciertamente operan como funciones en una economía simbólica claustrofóbica. La narradora es un sujeto en formación, una conciencia «salvaje» que busca el absoluto en la soledad y termina modelándose a imagen de Frédérique, copiando su caligrafía y adoptando su desprecio por lo mundano. Frédérique, a su vez, es el ídolo enigmático: su perfección es una máscara de obediencia tras la cual se esconde un nihilismo estético y una violencia latente que la llevará, años después, a intentar incendiar la casa familiar y a dialogar con los muertos en una buhardilla parisina. Se trata de la emperatriz del orden por la forma, del positivismo desquiciado, que desemboca en la opresión institucional; pero ella no rige por rebeldía, sino por haber interiorizado su perversión hasta convertirla en una suerte de disciplina espiritual. Frente a ella, Micheline encarna el espejismo de la libertad exterior: una belleza exuberante y vacua, centrada en su daddy y en los bailes, cuya alegría se revela como pura teatralidad y agotamiento prematuro. La «negrita», objeto de compasión y curiosidad malsana, actúa como espejo del abandono institucional: víctima de un ritual de poder (la visita presidencial) que la aísla aún más; su tristeza opaca y su tos persistente son síntomas de una desesperación que el sistema no puede —ni procura— curar. Finalmente, figuras como Frau Hofstetter y la mère préfète son guardianas férreas de un orden que consideran natural; su autoridad se ejerce con una mezcla de rigor y rencor hacia la humanidad, y en su hipocresía residen, irónicamente, las claves de una «educación» que enseña, sobre todo, a someterse con voluptuosidad.

La novela es implacable con la escuela, la familia y el Estado, instituciones expuestas, como fruto del idealismo normativista, en su más atronadora artificialidad y poder mutilador. El internado no es un lugar de aprendizaje, sino una suerte de «harén» o una prisión donde se aprende la «voluptuosidad de la obediencia». La familia figura como una entidad ausente, reducida a cartas insulsas, visitas protocolarias y un Lebenslauf de tela azul donde se registran fechas vacías. El desengaño de la protagonista nace del choque entre su idealismo —que buscaba en la naturaleza, el arte y la figura de Frédérique una puerta hacia lo absoluto— y la realidad material, que se le presenta como una sucesión de espejismos (la pasión intrascendente, el brillo hueco de los bailes, la alegría convertida en «cansancio»). Así, la libertad resulta inalcanzable desde el idealismo, porque el sujeto termina prisionero de las abstracciones que crea para defenderse del mundo. Pero acaso lo más perturbador es que en la novela no opone rigidez a libertinaje, sino que se muestra cómo ambos extremos son caras de una misma moneda de la decadencia: la perfección ascética de Frédérique y la exuberancia vacía de Micheline conducen, finalmente, al mismo vacío.

El estilo de Jaeggy es el gran instrumento seductor. Su prosa es límpida, tersa, de una precisión terrible; desnuda los objetos y las emociones, pero también penetra en ellos, como suele decirse, hasta el hueso y, luego, a la médula. Todo resto de efusión sentimental ha sido extirpado para crear una atmósfera de claustro donde lo inefable —la infelicidad, el vacío, el deseo— se vuelve materia observable a través de gestos mínimos: el doblado de un jersey, el brillo de una sortija, la manera de liar un cigarrillo. Esta «fisonomía de morgue», como la describe la propia narradora, trasciende la frialdad, en intensidad concentrada: una mirada helada que refracta la realidad para revelar su núcleo de violencia, serenamente. De esta manera, la opresión institucional y el desgarro adolescente son travestidos de experiencia estética, para, mediante una «exaltación leve pero constante» que la protagonista encuentra en los años del castigo, elevarse a mucho más: belleza.

Es aquí donde la novela alcanza su mayor potencia crítica: al seducirnos con la perfección claustral de Frédérique y la prosa depurada que la retrata, Jaeggy nos engancha en una fantasía de orden y rigor. Solo después, cuando el relato avanza hacia la disolución —el internado convertido en clínica para ciegos, Frédérique en una habitación desnuda hablando con fantasmas, las compañías dispersas en la vacuidad del mundo adulto—, nos enfrenta a la trampa de esa idealización. La libertad soñada por las otras alumnas se revela como un libertinaje fútil, carnavalesco y sin trascendencia; la «perfección» de Frédérique, como una demencia elegante. La autora nos coloca, así, en la misma encrucijada que la narradora: entre la rigidez mortal de un orden que nos define, pero nos anula, y la libertad desorientada de un mundo que promete todo, incapaz de ofrecer de veras nada. Y nos obliga a mirar a Frédérique como lo que es: un espectro en una buhardilla, la emperatriz de un reino vacío, el espejo más lúcido y aterrador de nuestra propia relación con las normas que nos gobiernan.

Sin respuestas ni consuelos. Nos vemos ante una novela que incita a amar ese dolor con la misma culpable fruición con que la protagonista amaba los años de su encierro, entre el desconcierto, la atracción y el temor, como si en el centro de un jardín bien cuidado viéramos desatarse, lentamente, una vorágine. Una obra maestra de la decepción constructiva.