Luz y presencia: Conversación con Sophie Patry sobre su obra

Con Juan Pablo Torres Muñiz

La fotografía en blanco y negro, desde sus orígenes, ha postulado significados mucho más allá de una mera ausencia de color. Su funcionamiento como un dispositivo de revelación, como una forma de despojar al mundo de su apariencia superficial para exponer su estructura profunda parece aún hoy inagotable. La tradición moderna, desde los experimentos de la vanguardia hasta la poética del instante decisivo, entendió el monocromo como un vehículo para la memoria y la suspensión del tiempo. Sin embargo, fue en los márgenes de la práctica convencional donde algunos artistas empezaron a interrogar la linealidad del tiempo fotográfico. A través del juego de la sobrexposición y la larga exposición, la imagen abandona el simple testimonio del instante para convertirse en un espacio donde la duración y el movimiento se inscriben casi como fantasmas. Sophie Patry dice lo propio aquí.

La artista, formada en el cine expresionista alemán, habita el mundo y lo desdibuja, transformando la cámara en un medio de revelación. Su trabajo, que navega entre el retrato, el paisaje y el autorretrato, se convierte en una invitación a percibir el tiempo no como una flecha, sino como un tejido de sensaciones donde la memoria y el sueño se confunden. Conversamos con ella para adentrarnos en su proceso creativo, explorando su particular concepción del movimiento, la luz y la presencia.

Mucho más allá de expresarse, el artista comparte una propuesta en el caso de que tenga verdaderamente «algo que decir». Dicho esto, el artista dice lo suyo a través de un lenguaje particular, una técnica, en su caso la fotografía. ¿Cuándo tuviste la certeza de que debía hacerlo, de emplear la fotografía para su propósito? ¿Cómo tomaste conciencia de ello?

Me formé primero en cine y audiovisual en la Universidad de París VIII. Las películas expresionistas alemanas, especialmente las de Friedrich Wilhelm Murnau o Fritz Lang, me marcaron profundamente por su capacidad para hacer bascular lo real hacia un universo más interior, donde la atmósfera y la luz se vuelven portadoras de sentido.

La fotografía entró en mi vida casi por casualidad. Un día me pusieron una cámara en las manos y ya no la solté. Muy pronto comprendí que este medio me permitía expresar algo que no podía decir con palabras. Se convirtió en una forma de comunicación no verbal, un espacio donde podía traducir emociones, sensaciones, estados interiores.

De forma bastante natural, empecé a introducir el movimiento en mis imágenes. Con retrospectiva, pienso que esta escritura está directamente relacionada con mi formación cinematográfica. Quería que la fotografía no fuera solo la captura de un instante, sino que conservara una sensación de duración, de vibración, como si varios instantes coexistieran en una misma imagen.

Con el paso de los años, esta investigación se convirtió en el corazón de mi enfoque. No busco reproducir fielmente lo real, sino revelar una dimensión más sensible, donde el paisaje, la luz y las presencias oscilan entre memoria, sueño y percepción. Mis fotografías se agrupan en series temáticas, pero permanecen voluntariamente sin título para dejar a cada cual la libertad de proyectar su propia historia en ellas. Mis autorretratos también ocupan un lugar particular: son para mí una manera de explorar mi identidad a través de la imagen.

¿Cómo concibes cada imagen? ¿En qué medida están planificadas o encontradas? ¿Qué lugar dejas al azar en su concepción?

Mis fotografías raramente nacen de una idea completamente definida. Toman forma en un encuentro con un lugar, una luz o una atmósfera que me interpela. Camino y, en un momento, un paisaje me llama.

Trabajo con exposición larga y en movimiento. Mi cámara se convierte en un pincel: el gesto forma parte integrante de la imagen. Los efectos se crean directamente en el momento de la toma, en una sola fotografía.

No planifico precisamente la imagen que voy a obtener. Funciono ante todo por sensación. No busco ilustrar una idea, sino dejar emerger una sensación. Siempre hay una parte de imprevisto que acojo con gusto. A menudo es ella la que da origen a las imágenes más potentes.

Mis fotografías se construyen así en un diálogo entre mi gesto, la luz y el paisaje. Se sitúan en un espacio donde lo real y lo irreal se encuentran, donde lo visible se convierte en una invitación a percibir algo más que lo que se da inmediatamente a ver.

El color posee su propio código. El trabajo en blanco y negro, por su parte, aunque reduce sus variables, acentúa el impacto por el contraste, por los múltiples matices. ¿A qué obedece tu elección? ¿Cómo nació?

La elección del color o del blanco y negro nunca responde a una regla. Nace de lo que siento ante una imagen. Siempre me he sentido atraída naturalmente por el blanco y negro. Me toca más porque depura la imagen y deja más espacio a la atmósfera, a la luz y a la emoción. Los tonos sepia, que utilizo especialmente en mi serie La lumière se souvient, refuerzan aún más esa impresión de memoria y de tiempo suspendido. Instalan la imagen en un espacio que oscila entre el recuerdo y el sueño. El color es mucho más raro en mi trabajo. Si lo conservo, es porque es indispensable para la imagen. Nunca es un elemento decorativo; también lleva una emoción. Pienso especialmente en una fotografía realizada en los altiplanos de Auvers-sur-Oise. Hice volar amapolas trabajando el movimiento. Elegí conservar su rojo, porque ese color participaba plenamente en la fuerza de la imagen. En blanco y negro o en sepia, habría perdido parte de su presencia. Por tanto, no elijo una paleta por principio. Elijo la que me parece más justa para traducir la atmósfera y la sensación que busco transmitir.

Por tanto, no elijo una paleta por principio. Elijo la que me parece más justa para traducir la atmósfera y la sensación que busco transmitir.

Se identifica la fotografía con una impresión más o menos precisa de un momento dado, una captura, por así decirlo, aunque la combinación, la superposición y la sobreexposición son posibles. Al respecto, ¿qué ocurre con el tiempo en tu trabajo? ¿Qué provoca esa multiplicidad de impresiones, o bien esa impresión múltiple manifiesta en tantos de tus trabajos?

El tiempo está en el corazón de mi trabajo, pero no se trata de congelar un instante. Al contrario, intento hacer visible una duración, un movimiento, una sensación de paso.

Todas mis fotografías se realizan en una sola toma. No trabajo ni con superposición de imágenes ni con montaje. Es la exposición larga asociada al movimiento de la cámara lo que permite hacer coexistir varios rastros en una misma imagen. El movimiento está a la vez inscrito y suspendido: está presente, a la vez que congelado en la fotografía.

Esta escritura da a veces la impresión de que varios instantes se superponen o de que el tiempo se dilata. Acerca la imagen al funcionamiento de la memoria. Nuestros recuerdos nunca son perfectamente nítidos; mezclan sensaciones, emociones, lugares y fragmentos de tiempo.

Es ese espacio entre lo real y el recuerdo lo que me interesa. Mis fotografías no buscan documentar un instante preciso, sino hacer sentir una temporalidad más interior, donde lo visible conserva la huella de lo que acaba de desaparecer.

Sujetos. Protagonistas. Medios. Interrogantes… En tu obra, vemos personas que encuentran lugares o se encuentran en ellos, o bien aparecen, aparentemente sin más, atravesadas por ellos… ¿Quiénes son?

Las personas que aparecen en mis fotografías no son personajes en el sentido narrativo. Su identidad importa poco. Se convierten ante todo en presencias. Me interesa más la relación que mantienen con el espacio que habitan que lo que son. A veces parecen aparecer, a veces desaparecer, como si estuvieran atravesadas por el lugar tanto como lo atraviesan. De estas imágenes se desprende una parte de misterio que busco preservar. Ocurre lo mismo con mis autorretratos. Aunque a menudo se realizan en espacios interiores, mi intención no es que se me reconozca. No busco hacer mi retrato, sino explorar una presencia, un estado, una emoción. Son para mí una manera de explorar mi relación conmigo misma a través de la imagen. No cuento una historia precisa ni doy una respuesta. Mis fotografías permanecen abiertas para que cada cual pueda proyectar en ellas su propia sensibilidad, su memoria o su imaginario.

¿Qué puedes decirnos de tus influencias?

Mis influencias son múltiples, pero lo que las une es su capacidad para crear un universo. Me gustan los artistas que cuentan una historia sin explicarlo todo, que dejan un lugar al misterio e invitan al espectador a entrar en su imaginario.

El cine ha alimentado profundamente mi mirada, y sigue haciéndolo. Me gustan las obras que hacen bascular lo real hacia una dimensión más extraña o más poética, donde la atmósfera es tan importante como el relato.

Más allá de las referencias artísticas, me inspira constantemente lo que me rodea. Los paisajes, las variaciones de la luz, la niebla, el viento o el paso de las estaciones son una fuente inagotable de inspiración. No busco reproducirlos fielmente, sino traducir la sensación que despiertan en mí.

Me siento atraída por las obras que continúan habitándonos una vez que las hemos dejado. Esa es la experiencia que me gustaría ofrecer a mi vez a través de mis fotografías.

¿Hacia dónde te diriges como artista? ¿Cuál es el horizonte para tu obra o qué obra nueva inaugura el suyo propio?

No tengo la sensación de cambiar de dirección, sino más bien de profundizar en una misma investigación.

Desde hace varios años, exploro las nociones de memoria, presencia, paisaje y luz. Cada nueva serie me permite avanzar un poco más en esta búsqueda de imágenes situadas en la frontera de lo real y lo imaginario.

Hoy, también tengo el deseo de abrir esta investigación a otras formas de creación. Las colaboraciones artísticas ocupan un lugar cada vez más importante en mi trayectoria. Así, he trabajado con el poeta Jean-Michel Maubert para el libro Fragmentations – d’un corps, publicado por Éditions La Page Blanche, y actualmente estamos preparando un nuevo proyecto editorial.

Este deseo de diálogo entre disciplinas también se concretó con la película Forever Lost, realizada a partir de mis fotografías por Amine Boucekkine y codirigida con Jimena Aguilar. Esta experiencia me ha permitido prolongar mi universo en la imagen en movimiento, manteniéndome fiel a mi lenguaje fotográfico.

No busco alcanzar una forma definitiva. Mi deseo es seguir explorando, experimentando y creando obras que inviten a cada cual a ralentizar su mirada, a sentir más que a comprender, y a construir su propio camino a través de la imagen.

Mientras mis imágenes sigan suscitando una emoción o una interrogación, tendré la sensación de estar en el buen camino.

 

(ENGLISH VERSION)

Light and Presence: A Conversation with Sophie Patry on Her Work

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

Since its origins, black-and-white photography has postulated meanings far beyond a mere absence of color. Its functioning as a device of revelation, as a way of stripping the world of its superficial appearance to expose its deep structure, seems inexhaustible even today. The modern tradition, from avant-garde experiments to the poetics of the decisive moment, understood monochrome as a vehicle for memory and the suspension of time. However, it was on the margins of conventional practice that some artists began to interrogate the linearity of photographic time. Through the interplay of overexposure and long exposure, the image abandons the simple testimony of the instant to become a space where duration and movement are inscribed almost like ghosts. Sophie Patry says as much here.

The artist, trained in German Expressionist cinema, inhabits the world and blurs it, transforming the camera into a means of revelation. Her work, which navigates between portrait, landscape, and self-portrait, becomes an invitation to perceive time not as an arrow, but as a fabric of sensations where memory and dream intertwine. We spoke with her to delve into her creative process, exploring her particular conception of movement, light, and presence.

 

Far beyond expressing oneself, the artist shares a proposal when they truly have «something to say.» That said, the artist speaks their own language through a particular language, a technique—in your case, photography. When did you become certain that you had to do this, to use photography for your purpose? How did you become aware of it?

I first trained in film and audiovisual at the University of Paris VIII. German Expressionist films, especially those by Friedrich Wilhelm Murnau or Fritz Lang, deeply marked me with their ability to shift reality towards a more interior universe, where atmosphere and light become bearers of meaning.

Photography entered my life almost by chance. One day, a camera was placed in my hands, and I never let it go. Very quickly, I understood that this medium allowed me to express something I could not say with words. It became a form of non-verbal communication, a space where I could translate emotions, sensations, inner states.

Quite naturally, I began to introduce movement into my images. In hindsight, I think this writing is directly linked to my cinematic background. I wanted photography not just to capture an instant, but to retain a sensation of duration, of vibration, as if several instants coexisted within the same image.

Over the years, this research became the heart of my approach. I do not seek to faithfully reproduce reality, but to reveal a more sensitive dimension, where landscape, light, and presences oscillate between memory, dream, and perception. My photographs are grouped into thematic series, but they remain deliberately untitled to leave everyone the freedom to project their own story onto them. My self-portraits also occupy a particular place: they are for me a way of exploring my identity through image.

How do you conceive each image? To what extent are they planned or found? What room do you leave for chance in their conception?

My photographs rarely arise from a fully defined idea. They take shape in an encounter with a place, a light, or an atmosphere that speaks to me. I walk, and at some point, a landscape calls me.

I work with long exposure and movement. My camera becomes a brush: the gesture is an integral part of the image. The effects are created directly at the moment of shooting, in a single photograph.

I do not precisely plan the image I will obtain. I function above all by feeling. I do not seek to illustrate an idea, but to let a sensation emerge. There is always an element of the unexpected that I welcome willingly. It is often what gives rise to the most powerful images.

My photographs thus build themselves in a dialogue between my gesture, light, and landscape. They occupy a space where the real and the unreal meet, where the visible becomes an invitation to perceive something beyond what is immediately given to see.

Color has its own code. Black-and-white work, though it reduces variables, heightens impact through contrast and multiple nuances. What determines your choice? How did it come about?

The choice of color or black and white never follows a rule. It arises from what I feel before an image. I have always been naturally drawn to black and white. It moves me more because it refines the image and gives more room to atmosphere, light, and emotion. The sepia tones, which I use especially in my series La lumière se souvient, further reinforce that impression of memory and suspended time. They place the image in a space that oscillates between memory and dream. Color is much rarer in my work. If I keep it, it is because it is essential to the image. It is never a decorative element; it also carries emotion. I think particularly of a photograph taken on the plateaus of Auvers-sur-Oise. I set poppies flying by working with movement. I chose to keep their red, because that color fully participated in the strength of the image. In black and white or sepia, it would have lost part of its presence. So I do not choose a palette out of principle. I choose the one that seems most fitting to translate the atmosphere and sensation I seek to convey.

So I do not choose a palette out of principle. I choose the one that seems most fitting to translate the atmosphere and sensation I seek to convey.

Photography is often identified with a more or less precise impression of a given moment, a capture, so to speak, though combination, superposition, and overexposure are possible. In that regard, what happens with time in your work? What does this multiplicity of impressions produce, or that manifest multiple impression seen in so many of your works?

Time is at the heart of my work, but it is not about freezing an instant. On the contrary, I try to make visible a duration, a movement, a sensation of passage.

All my photographs are made in a single shot. I work neither with image superposition nor montage. It is the long exposure combined with the movement of the camera that allows several traces to coexist in one image. The movement is both inscribed and suspended: it is present, while being frozen in the photograph.

This writing sometimes gives the impression that several instants overlap or that time dilates. It brings the image closer to the functioning of memory. Our memories are never perfectly sharp; they mix sensations, emotions, places, and fragments of time.

It is this space between the real and the memory that interests me. My photographs do not seek to document a precise instant, but to make one feel a more interior temporality, where the visible preserves the trace of what has just disappeared.

Subjects. Protagonists. Mediums. Interrogators… In your work, we see people who find places or find themselves in them, or who appear, seemingly without more, traversed by them… Who are they?

The people who appear in my photographs are not characters in the narrative sense. Their identity matters little. They become above all presences. I am more interested in the relationship they have with the space they inhabit than in what they are. They sometimes seem to appear, sometimes to disappear, as if they were traversed by the place as much as they traverse it. A part of mystery emanates from these images that I seek to preserve. The same goes for my self-portraits. Although they are often made in interior spaces, my intention is not for me to be recognized. I do not seek to make my portrait, but to explore a presence, a state, an emotion. They are for me a way of exploring my relationship with myself through image. I do not tell a precise story and I do not give an answer. My photographs remain open so that everyone can project their own sensitivity, memory, or imagination onto them.

What can you tell us about your influences?

My influences are multiple, but what unites them is their ability to create a universe. I like artists who tell a story without explaining everything, who leave room for mystery and invite the viewer to enter their imagination.

Cinema has deeply nourished my gaze, and continues to do so. I like works that shift the real towards a stranger or more poetic dimension, where atmosphere is as important as narrative.

Beyond artistic references, I am constantly inspired by what surrounds me. Landscapes, variations in light, fog, wind, or the changing seasons are an inexhaustible source of inspiration. I do not seek to faithfully reproduce them, but to translate the feeling they awaken in me.

I am drawn to works that continue to inhabit us once we have left them. That is the experience I would like to offer in turn through my photographs.

Where are you heading as an artist? What is the horizon for your work, or what new work inaugurates its own?

I do not feel I am changing direction, but rather deepening the same research.

For several years now, I have been exploring the notions of memory, presence, landscape, and light. Each new series allows me to go a little further in this quest for images situated on the border between the real and the imaginary.

Today, I also want to open this research to other forms of creation. Artistic collaborations occupy an increasingly important place in my trajectory. I have worked with poet Jean-Michel Maubert on the book Fragmentations – d’un corps, published by Éditions La Page Blanche, and we are currently preparing a new editorial project.

This desire for dialogue between disciplines also materialized with the film Forever Lost, made from my photographs by Amine Boucekkine and co-directed with Jimena Aguilar. This experience allowed me to extend my universe into moving images, while staying true to my photographic language.

I do not seek to reach a definitive form. My desire is to continue exploring, experimenting, and creating works that invite everyone to slow their gaze, to feel rather than to understand, and to build their own path through the image.

As long as my images continue to arouse an emotion or a question, I will feel I am on the right path.

 

(FRENCH —ORIGINAL— VERSION)

Lumière et présence: Conversation avec Sophie Patry sur son œuvre

La photographie en noir et blanc, depuis ses origines, a postulé des significations bien au-delà d’une simple absence de couleur. Son fonctionnement comme dispositif de révélation, comme une manière de dépouiller le monde de son apparence superficielle pour en exposer la structure profonde, semble encore aujourd’hui inépuisable. La tradition moderne, depuis les expériences d’avant-garde jusqu’à la poétique de l’instant décisif, a compris le monochrome comme un véhicule pour la mémoire et la suspension du temps. Cependant, c’est dans les marges de la pratique conventionnelle que certains artistes ont commencé à interroger la linéarité du temps photographique. À travers le jeu de la surexposition et de la longue exposition, l’image abandonne le simple témoignage de l’instant pour devenir un espace où la durée et le mouvement s’inscrivent presque comme des fantômes. Sophie Patry dit l’essentiel ici.

L’artiste, formée au cinéma expressionniste allemand, habite le monde et le brouille, transformant la caméra en un moyen de révélation. Son travail, qui navigue entre le portrait, le paysage et l’autoportrait, devient une invitation à percevoir le temps non comme une flèche, mais comme un tissu de sensations où la mémoire et le rêve se confondent. Nous avons conversé avec elle pour nous plonger dans son processus créatif, explorant sa conception particulière du mouvement, de la lumière et de la présence.

Bien au-delà de s’exprimer, l’artiste partage une proposition dans le cas où il a véritablement «quelque chose à dire». Cela étant, l’artiste dit le sien à travers un langage particulier, une technique, dans votre cas la photographie. Quand avez-vous eu la certitude que vous deviez le faire, employer la photographie pour votre propos? Comment en avez-vous pris conscience?

Je me suis d’abord formée au cinéma et à l’audiovisuel à l’Université Paris VIII. Les films expressionnistes allemands, notamment ceux de Friedrich Wilhelm Murnau ou de Fritz Lang, m’ont profondément marquée par leur capacité à faire basculer le réel vers un univers plus intérieur, où l’atmosphère et la lumière deviennent porteuses de sens.

La photographie est entrée dans ma vie presque par hasard. Un jour, on m’a mis un appareil photo entre les mains, et je ne l’ai plus quitté. Très vite, j’ai compris que ce médium me permettait d’exprimer quelque chose que je ne pouvais pas dire avec les mots. Il est devenu une forme de communication non verbale, un espace où je pouvais traduire des émotions, des sensations, des états intérieurs.

Assez naturellement, j’ai commencé à introduire le mouvement dans mes images. Avec le recul, je pense que cette écriture est directement liée à mon parcours cinématographique. J’avais envie que la photographie ne soit pas seulement la capture d’un instant, mais qu’elle conserve une sensation de durée, de vibration, comme si plusieurs instants coexistaient dans une même image.

Au fil des années, cette recherche est devenue le cœur de ma démarche. Je ne cherche pas à reproduire fidèlement le réel, mais à en révéler une dimension plus sensible, où le paysage, la lumière et les présences oscillent entre mémoire, rêve et perception. Mes photographies sont regroupées en séries thématiques, mais elles restent volontairement sans titre afin de laisser à chacun la liberté d’y projeter sa propre histoire. Mes autoportraits occupent également une place particulière: ils sont pour moi une manière d’explorer mon identité à travers l’image.

Comment concevez-vous chaque image? Dans quelle mesure sont-elles planifiées ou trouvées ? Quelle part laissez-vous au hasard dans leur conception?

Mes photographies naissent rarement d’une idée entièrement définie. Elles prennent naissance dans une rencontre avec un lieu, une lumière ou une atmosphère qui m’interpelle. Je marche et, à un moment, un paysage m’appelle.

Je travaille en pose longue et en mouvement. Mon appareil photographique devient un pinceau : le geste fait partie intégrante de l’image. Les effets sont créés directement au moment de la prise de vue, en une seule photographie.

Je ne planifie pas précisément l’image que je vais obtenir. Je fonctionne avant tout au ressenti. Je ne cherche pas à illustrer une idée, mais à laisser émerger une sensation. Il existe toujours une part d’imprévu que j’accueille volontiers. C’est souvent elle qui donne naissance aux images les plus fortes.

Mes photographies se construisent ainsi dans un dialogue entre mon geste, la lumière et le paysage. Elles se situent dans un espace où le réel et l’irréel se rencontrent, où le visible devient une invitation à percevoir autre chose que ce qui est immédiatement donné à voir.

La couleur possède son propre code. Le travail en noir et blanc, quant à lui, bien qu’il réduise ses variables, accentue l’impact par le contraste, par les multiples nuances. À quoi tient votre choix? Comment est-il né?

Le choix de la couleur ou du noir et blanc ne répond jamais à une règle. Il naît de ce que je ressens face à une image. J’ai toujours été naturellement attirée par le noir et blanc. Il me touche davantage parce qu’il épure l’image et laisse plus de place à l’atmosphère, à la lumière et à l’émotion. Les tonalités sépia, que j’utilise notamment dans ma série La lumière se souvient, renforcent encore cette impression de mémoire et de temps suspendu. Elles installent l’image dans un espace qui oscille entre le souvenir et le rêve. La couleur est beaucoup plus rare dans mon travail. Si je la conserve, c’est parce qu’elle est indispensable à l’image. Elle n’est jamais un élément décoratif ; elle porte elle aussi une émotion. Je pense notamment à une photographie réalisée sur les plateaux d’Auvers-sur-Oise. J’y ai fait s’envoler des coquelicots en travaillant le mouvement. J’ai choisi de conserver leur rouge, car cette couleur participait pleinement à la force de l’image. En noir et blanc ou en sépia, elle aurait perdu une partie de sa présence. Je ne choisis donc pas une palette par principe. Je choisis celle qui me semble la plus juste pour traduire l’atmosphère et la sensation que je cherche à transmettre.

On identifie la photographie à une impression plus ou moins précise d’un moment donné, une capture, pour ainsi dire, bien que la combinaison, la superposition et la sur-exposition soient possibles. À ce sujet, qu’en est-il du temps dans votre travail? Que provoque cette multiplicité d’impressions, ou bien cette impression multiple manifeste dans tant de vos travaux?

Le temps est au cœur de mon travail, mais il ne s’agit pas de figer un instant. Au contraire, j’essaie de rendre visible une durée, un mouvement, une sensation de passage.

Toutes mes photographies sont réalisées en une seule prise de vue. Je ne travaille ni par superposition d’images, ni par montage. C’est la pose longue associée au mouvement de l’appareil photographique qui permet de faire coexister plusieurs traces dans une même image. Le mouvement est à la fois inscrit et suspendu : il est présent, tout en étant figé dans la photographie.

Cette écriture donne parfois l’impression que plusieurs instants se superposent ou que le temps se dilate. Elle rapproche l’image du fonctionnement de la mémoire. Nos souvenirs ne sont jamais parfaitement nets; ils mêlent les sensations, les émotions, les lieux et les fragments de temps.

C’est cet espace entre le réel et le souvenir qui m’intéresse. Mes photographies ne cherchent pas à documenter un instant précis, mais à faire ressentir une temporalité plus intérieure, où le visible conserve la trace de ce qui vient de disparaître.

Sujets. Protagonistes. Médiums. Interrogateurs… Dans votre œuvre, nous voyons des personnes qui trouvent des lieux ou bien se trouvent en eux, ou bien apparaissent, apparemment sans plus, traversées par eux… Qui sont-elles?

Les personnes qui apparaissent dans mes photographies ne sont pas des personnages au sens narratif. Leur identité importe peu. Elles deviennent avant tout des présences. Je m’intéresse davantage à la relation qu’elles entretiennent avec l’espace qu’elles habitent qu’à ce qu’elles sont. Elles semblent parfois apparaître, parfois disparaître, comme si elles étaient traversées par le lieu autant qu’elles le traversaient. Il se dégage de ces images une part de mystère que je cherche à préserver. Il en va de même pour mes autoportraits. Bien qu’ils soient souvent réalisés dans des espaces intérieurs, mon intention n’est pas que l’on me reconnaisse. Je ne cherche pas à faire mon portrait, mais à explorer une présence, un état, une émotion. Ils sont pour moi une manière d’explorer mon rapport à moi-même à travers l’image. Je ne raconte pas une histoire précise et je ne donne pas de réponse. Mes photographies restent ouvertes afin que chacun puisse y projeter sa propre sensibilité, sa mémoire ou son imaginaire.

Que pouvez-vous nous dire de vos influences?

Mes influences sont multiples, mais ce qui les relie, c’est leur capacité à créer un univers. J’aime les artistes qui racontent une histoire sans tout expliquer, qui laissent une place au mystère et invitent le spectateur à entrer dans leur imaginaire.

Le cinéma a profondément nourri mon regard, et continue de le faire. J’aime les œuvres qui font basculer le réel vers une dimension plus étrange ou plus poétique, où l’atmosphère est aussi importante que le récit.

Au-delà des références artistiques, je suis constamment inspirée par ce qui m’entoure. Les paysages, les variations de la lumière, le brouillard, le vent ou le passage des saisons sont une source inépuisable d’inspiration. Je ne cherche pas à les reproduire fidèlement, mais à traduire le ressenti qu’ils éveillent en moi.

Je suis attirée par les œuvres qui continuent de nous habiter une fois qu’on les a quittées. C’est cette expérience que j’aimerais à mon tour offrir à travers mes photographies.

Vers où vous dirigez-vous en tant qu’artiste? Quel est l’horizon pour votre œuvre ou quelle œuvre nouvelle inaugure le sien propre?

Je n’ai pas le sentiment de changer de direction, mais plutôt d’approfondir une même recherche.

Depuis plusieurs années, j’explore les notions de mémoire, de présence, de paysage et de lumière. Chaque nouvelle série me permet d’aller un peu plus loin dans cette quête d’images situées à la frontière du réel et de l’imaginaire.

Aujourd’hui, j’ai également envie d’ouvrir cette recherche à d’autres formes de création. Les collaborations artistiques occupent une place de plus en plus importante dans mon parcours. J’ai ainsi travaillé avec le poète Jean-Michel Maubert pour le livre Fragmentations – d’un corps, publié aux Éditions La Page Blanche, et nous préparons actuellement un nouveau projet éditorial.

Cette envie de dialogue entre les disciplines s’est également concrétisée avec le film Forever Lost, réalisé à partir de mes photographies par Amine Boucekkine et co-réalisé avec Jimena Aguilar. Cette expérience m’a permis de prolonger mon univers dans l’image en mouvement, tout en restant fidèle à mon langage photographique.

Je ne cherche pas à atteindre une forme définitive. Mon désir est de continuer à explorer, à expérimenter et à créer des œuvres qui invitent chacun à ralentir son regard, à ressentir plutôt qu’à comprendre, et à construire son propre chemin à travers l’image.

Tant que mes images continueront à susciter une émotion ou une interrogation, j’aurai le sentiment d’être sur le bon chemin.