Lo que nace del retiro: Conversación con Celia Anahín sobre su obra
Con Juan Pablo Torres Muñiz
La seducción del paisaje es sólo el principio. Las imágenes de Celia Anahin, predominantemente en blanco y negro y con un alto contraste, en lugar de documentar un lugar, revelan mediante él, una visión. Así, lo que nos ofrece no es el resultado de una captura, digamos, estetizada, sino el de una serie de intervenciones, tamizando los detalles accidentales hasta dejar al descubierto la idea misma, su motivo. Esta depuración, que atraviesa distintas fases de edición, convierte cada fotografía en una composición geométrica y elemental, donde las formas puras y las texturas ya no son atributos de un objeto, sino los materiales primarios de una atmósfera particular, la que corresponde a cada visión específica.
Esta operación sitúa la obra de Anahin en el corazón de una dialéctica entre realidad y ficción. Sus imágenes son reales en tanto materia registrada, pero devienen ficticias en tanto construcciones de sentido que nos interpelan. La artista explora, así, el modo en que nuestra interpretación revela o cancela la materialidad del mundo, en un juego pendular que oscila entre la vigilia y el sueño. No es casual que sus fotografías evoquen a menudo la lógica del ensueño: espacios reconocibles pero extrañados, donde la luz y la sombra, en su extremo contraste, no definen volúmenes, sino que sugieren presencias y ausencias, umbrales entre lo consciente y lo que permanece oculto.
Para acceder a ese territorio donde la realidad se pliega para dejar ver su armazón imaginario, la mirada debe aquietarse. Las imágenes de Anahin son espacios para esa pausa. Invitan a una contemplación activa y necesaria: un tránsito por la naturaleza del entorno que es, a la vez, una exploración de la naturaleza de uno mismo. El conocimiento cabal del mundo, parece decirnos la artista, no se obtiene en la acumulación de vistas, sino en la inmersión solitaria en las visiones que, desde el silencio y la penumbra, nos revelan su estructura profunda.
Nos acoge, cordial como siempre, y hablamos con ella sobre su obra…
Tu fotografía apunta a los exteriores, pero remite claramente a una perspectiva personal; en otras palabras, refleja una visión del paisaje, de la realidad exterior… ¿Cómo surge esta especie de reflejo o refracción?
Silencio y Lugares Imaginarios nace de una escucha. No la escucha del sonido, sino de aquello que permanece cuando el sonido se retira. Camino por espacios que parecen olvidados por el tiempo, que guardan memorias invisibles, paisajes que respiran despacio. No fotografío lo que veo, sino lo que siento cuando el mundo suspende el ruido. El silencio, para mí, no es ausencia. Los lugares imaginarios no son inventados, son revelados. Existen en las grietas de la realidad. Un pasillo que parece conducir a un tiempo que no viví. Una niebla que transforma lo común en misterio. Una sombra que crea arquitecturas imposibles.
La sombra se hace presente, siempre, en tu obra… ¿Representa algo en particular, más allá del propio contraste con la luz?
Trabajo con la luz como quien tantea en la oscuridad. A veces es suave, casi tímida. Otras veces, recorta el espacio como un recuerdo insistente. Me gusta cuando no explica demasiado. Cuando deja preguntas.
¿Cuándo decides que una imagen está terminada, con su forma adecuada?
Mis fotografías son pausas. Son respiraciones largas en medio de la prisa. Son invitaciones para entrar en un territorio donde la mirada desacelera y lo imaginario comienza a expandirse. Yo busco el instante en que el mundo parece soñar consigo mismo.
Cuando siento que mi trabajo fotográfico artístico está listo, no es solo porque técnicamente funciona, es porque deja de pedirme algo. Miro la imagen y ya no siento ganas de ajustar la luz, reencuadrar mentalmente o imaginar otra versión posible. El diálogo entre mí y la fotografía se aquieta.
¿Cabría hablar de una maduración de tu obra a lo largo del tiempo, o más bien de una depuración u otro tipo de cambio? ¿En qué consistiría?
Percibo que lo que hago queda listo cuando la intención que me movió al inicio, esa emoción, pregunta o inquietud, está claramente presente en la imagen final. No necesito explicar demasiado. La fotografía respira sola. Sostiene silencio. Comunica.
Así que, cuando está listo, el trabajo deja de ser solo mío. Se vuelve abierto a la mirada del otro. Ya no estoy intentando protegerlo o justificarlo. Estoy dispuesta a mostrarlo, a escuchar lo que provoca.
Y, sobre todo, sé que está listo cuando me representa en ese momento de mi trayectoria, con mis dudas, mis referencias, mi madurez actual. Quizás en el futuro lo haría diferente. Pero ahora, es verdadero. Y eso basta.
¿Hay alguna exposición o trabajo tuyo, personal, que prefieras sobre los demás?
La exposición en Portugal, Alcobaça, fue realmente especial, no solo por tener mi trabajo expuesto junto a profesionales que admiro, sino también por la receptividad, respeto y cariño. Puedo decir hoy que tengo amigos allí y que siempre pienso en volver. Alcobaça es un lugar especial donde literalmente me perdí. Sí, me pierdo en todos lados, en los más improbables, en los más pequeños, en los imposibles. Cada paso en Alcobaça fue un encantamiento y la sensación de seguridad, algo raro de vivenciar, me colocó ante una realidad que desconocía. Solo tengo que agradecer a todos los que participaron en ese evento y a todos los que estuvieron allí para visitar la Exposición La Insoportable Levedad del Ser en 2019.
¿Qué nuevos horizontes te planteas con tu trabajo fotográfico?
Los que se corresponden con las visiones nuevas que vendrán…
(VERSÃO —ORIGINAL— EM PORTUGUÊS)
Nascido do Retiro: Conversa com Celia Anahin sobre a sua Obra
A sedução da paisagem é apenas o princípio. As imagens de Celia Anahin, predominantemente a preto e branco e com alto contraste, em vez de documentarem um lugar, revelam através dele uma visão. Assim, o que ela nos oferece não é o resultado de uma captura, digamos, estetizada, mas sim de uma série de intervenções, peneirando os detalhes acidentais até desvendar a própria ideia, o seu motivo. Esta depuração, que atravessa diferentes fases de edição, converte cada fotografia numa composição geométrica e elementar, onde as formas puras e as texturas já não são atributos de um objeto, mas os materiais primários de uma atmosfera particular, aquela que corresponde a cada visão específica.
Esta operação situa a obra de Anahin no coração de uma dialética entre realidade e ficção. As suas imagens são reais enquanto matéria registada, mas tornam-se fictícias enquanto construções de sentido que nos interpelam. A artista explora, assim, o modo como a nossa interpretação revela ou anula a materialidade do mundo, num jogo pendular que oscila entre a vigília e o sonho. Não é por acaso que as suas fotografias evocam frequentemente a lógica do devaneio: espaços reconhecíveis mas estranhados, onde a luz e a sombra, no seu extremo contraste, não definem volumes, mas sugerem presenças e ausências, limiares entre o consciente e o que permanece oculto.
Para aceder a esse território onde a realidade se dobra para deixar ver a sua armadura imaginária, o olhar deve aquietar-se. As imagens de Anahin são espaços para essa pausa. Convidam a uma contemplação ativa e necessária: um trânsito pela natureza do ambiente que é, ao mesmo tempo, uma exploração da natureza de si mesmo. O conhecimento cabal do mundo, parece dizer-nos a artista, não se obtém na acumulação de vistas, mas na imersão solitária nas visões que, desde o silêncio e a penumbra, nos revelam a sua estrutura profunda.
Acollhe-nos, cordial como sempre, e falamos com ela sobre a sua obra…
A tua fotografia aponta para os exteriores, mas remete claramente para uma perspetiva pessoal; por outras palavras, reflete uma visão da paisagem, da realidade exterior… Como surge esta espécie de reflexo ou refração?
Silêncio e Lugares Imaginários nasce de uma escuta. Não a escuta do som, mas daquilo que permanece quando o som se retira. Caminho por espaços que parecem esquecidos pelo tempo, que guardam memórias invisíveis, paisagens que respiram devagar. Não fotografo o que vejo, mas sim o que sinto quando o mundo suspende o ruído. O silêncio, para mim, não é ausência. Os lugares imaginários não são inventados, são revelados. Eles existem nas frestas da realidade. Um corredor que parece conduzir a um tempo que não vivi. Uma névoa que transforma o comum em mistério. Uma sombra que cria arquiteturas impossíveis.
A sombra faz-se presente, sempre, na tua obra… Representa algo em particular, para além do próprio contraste com a luz?
Trabalho com a luz como quem tateia no escuro. Às vezes ela é suave, quase tímida. Outras vezes, recorta o espaço como uma lembrança insistente. Gosto quando ela não explica demais. Quando deixa perguntas.
Quando é que decides que uma imagem está terminada, com a sua forma adequada?
As minhas fotografias são pausas. São respirações longas no meio da pressa. São convites para entrar num território onde o olhar desacelera e o imaginário começa a expandir-se. Eu busco o instante em que o mundo parece sonhar consigo mesmo.
Quando sinto que o meu trabalho fotográfico artístico está pronto, não é apenas porque tecnicamente ele funciona, é porque ele deixa de me pedir algo. Eu olho para a imagem e já não sinto vontade de ajustar a luz, reenquadrar mentalmente ou imaginar outra versão possível. O diálogo entre mim e a fotografia se aquieta.
Poderia falar-se de um amadurecimento da tua obra ao longo do tempo, ou antes de uma depuração ou outro tipo de mudança? Em que consistiria?
Percebo que o que faço está pronto quando a intenção que me moveu no início, aquela emoção, pergunta ou inquietação, está claramente presente na imagem final. Não preciso explicar demais. A fotografia respira sozinha. Ela sustenta silêncio. Ela comunica.
Assim, quando está pronto, o trabalho deixa de ser só meu. Torna-se aberto ao olhar do outro. Já não estou tentando protegê-lo ou justificá-lo. Estou disposta a mostrá-lo, a ouvir o que ele provoca.
E, sobretudo, sei que está pronto quando ele me representa naquele momento da minha trajetória, com as minhas dúvidas, as minhas referências, a minha maturidade atual. Talvez no futuro o fizesse diferente. Mas agora, ele é verdadeiro. E isso basta.
Há alguma exposição ou trabalho teu, pessoal, que prefiras sobre os demais?
A exposição em Portugal, Alcobaça, foi realmente especial, não apenas por ter o meu trabalho exposto ao lado de profissionais que admiro, mas também pela recetividade, respeito e carinho. Posso dizer hoje que tenho amigos por lá e que sempre penso em voltar. Alcobaça é um lugar especial onde literalmente me perdi. Sim, perco-me em todos os lugares, nos mais improváveis, nos menores, nos impossíveis. Cada passo em Alcobaça foi um encantamento e a sensação de segurança, algo raro de vivenciar, colocou-me diante de uma realidade que eu desconhecia. Só tenho a agradecer a todos que participaram desse evento e a todos que por lá estiveram para visitar a Exposição A Insustentável Leveza do Eu em 2019.
Que novos horizontes te colocas com o teu trabalho fotográfico?
Aqueles que correspondem às novas visões que virão…
(ENGLISH VERSION)
Born of Withdrawal: A Conversation with Celia Anahin about Her Work
Translation by Tiffany Amber Elías Trimble
The seduction of the landscape is only the beginning. Celia Anahin’s images, predominantly in black and white and with high contrast, rather than documenting a place, reveal through it a vision. Thus, what she offers us is not the result of a capture that is, let’s say, aestheticized, but of a series of interventions—sifting through accidental details until uncovering the very idea, its motive. This refinement, which passes through different stages of editing, turns each photograph into a geometric and elemental composition, where pure forms and textures are no longer attributes of an object, but the primary materials of a particular atmosphere: the one corresponding to each specific vision.
This operation places Anahin’s work at the heart of a dialectic between reality and fiction. Her images are real as recorded matter, but they become fictitious as constructions of meaning that challenge us. The artist thus explores the way in which our interpretation reveals or cancels the materiality of the world, in a pendular game that oscillates between wakefulness and dreams. It is no coincidence that her photographs often evoke the logic of reverie: recognizable yet estranged spaces, where light and shadow, in their extreme contrast, do not define volumes, but suggest presences and absences—thresholds between the conscious and that which remains hidden.
To access that territory where reality folds to reveal its imaginary framework, the gaze must grow still. Anahin’s images are spaces for that pause. They invite an active and necessary contemplation: a passage through the nature of the environment that is, at the same time, an exploration of one’s own nature. A thorough knowledge of the world, the artist seems to tell us, is not obtained through the accumulation of views, but through solitary immersion in the visions that, from silence and the half-light, reveal their profound structure to us.
She welcomes us, cordial as always, and we speak with her about her work…
Your photography points to exteriors, but it clearly refers to a personal perspective; in other words, it reflects a vision of the landscape, of external reality… How does this kind of reflection or refraction arise?
Silêncio e Lugares Imaginários is born of listening. Not the listening to sound, but to that which remains when sound withdraws. I walk through spaces that seem forgotten by time, that hold invisible memories—landscapes that breathe slowly. I do not photograph what I see, but what I feel when the world suspends noise. Silence, for me, is not absence. Imaginary places are not invented; they are revealed. They exist in the cracks of reality. A corridor that seems to lead to a time I did not live. A fog that transforms the ordinary into mystery. A shadow that creates impossible architectures.
Shadow is always present in your work… Does it represent something in particular, beyond the contrast with light itself?
I work with light like someone groping in the dark. Sometimes it is soft, almost shy. Other times, it cuts through space like an insistent memory. I like it when it doesn’t explain too much—when it leaves questions.
When do you decide that an image is finished, with its appropriate form?
My photographs are pauses. They are long breaths in the midst of haste. They are invitations to enter a territory where the gaze slows down and the imaginary begins to expand. I seek the instant when the world seems to dream of itself.
When I feel that my artistic photographic work is ready, it is not only because it technically works; it is because it stops asking anything of me. I look at the image and no longer feel like adjusting the light, mentally reframing, or imagining another possible version. The dialogue between me and the photograph becomes still.
Could one speak of a maturation of your work over time, or rather of a refinement or another kind of change? What would it consist of?
I perceive that what I do is ready when the intention that moved me at the beginning—that emotion, question, or restlessness—is clearly present in the final image. I don’t need to explain too much. The photograph breathes on its own. It sustains silence. It communicates.
So, when it is ready, the work ceases to be mine alone. It becomes open to the gaze of the other. I am no longer trying to protect it or justify it. I am willing to show it, to listen to what it provokes.
And, above all, I know it is ready when it represents me at that moment in my trajectory, with my doubts, my references, my current maturity. Perhaps in the future I would do it differently. But now, it is true. And that is enough.
Is there any exhibition or personal work of yours that you prefer over the others?
The exhibition in Portugal, Alcobaça, was really special—not only for having my work exhibited alongside professionals I admire, but also for the receptivity, respect, and affection. I can say today that I have friends there and that I always think about returning. Alcobaça is a special place where I literally got lost. Yes, I get lost everywhere: in the most improbable places, in the smallest ones, in the impossible ones. Every step in Alcobaça was an enchantment, and the feeling of security—something rare to experience—placed me before a reality I did not know. I only have to thank everyone who participated in that event and everyone who was there to visit the exhibition A Insustentável Leveza do Eu in 2019.
What new horizons do you set for yourself with your photographic work?
Those that correspond to the new visions that will come…
