La luz y la hoguera: Sobre «Opus Nigrum», novela de Marguerite Yourcenar

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La novela histórica europea nace, en buena medida, como un ejercicio de reconstrucción: Walter Scott inaugura el género con la promesa de devolvernos un pasado verosímil, poblado de costumbres, batallas y personajes de época; Flaubert, en Salammbô, lleva esa promesa a un extremo casi arqueológico, saturando el relato de documentación hasta volverlo enormemente denso; y toda una tradición francesa posterior —de los hermanos Goncourt a Anatole France— hereda esa vocación de exactitud, esa fe en que el dato histórico, bien dispuesto, puede devolvernos una época entera. Marguerite Yourcenar se inscribe, sin duda, en esa genealogía: pocas novelistas del siglo XX han investigado con tanto rigor los pormenores materiales de la época que reconstruyen —la anatomía renacentista, los tratados de alquimia, la teología de la Reforma, la economía bancaria de los Fugger—. Pero Opus Nigrum traiciona esa tradición: donde Flaubert acumula el dato para producir un efecto de distancia, de frialdad casi mineral, Yourcenar lo acumula para producir el efecto contrario, una intimidad progresiva con una conciencia que piensa, duda y se transforma ante nuestros ojos. La novela histórica, en sus manos, deja de ser crónica y se convierte en tratado filosófico disfrazado de crónica; el conte philosophique dieciochesco —el linaje de Voltaire y de Diderot, que usaba el relato como vehículo de una tesis— se cruza aquí con el Bildungsroman y con la meditación estoica, de modo que el resultado no pertenece del todo a ninguno de sus modelos. Marguerite Yourcenar —primera mujer elegida para la Academia Francesa, autora ya consagrada por Memorias de Adriano— dedicó a esta novela más de cuatro décadas de reelaboraciones, desde el relato breve A la manera de Durero, de 1921, hasta la versión definitiva de 1968, premiada con el Femina; ese proceso de maduración larguísimo no es sino la destilación paciente de una sola pregunta: qué le ocurre a un espíritu libre cuando el conjunto de las instituciones de su tiempo —la Iglesia, el Estado, la familia, el saber oficial— se cierra sobre él como una tenaza. Opus Nigrum es, en ese sentido, mucho más que la biografía novelada de un médico alquimista del siglo XVI: es una obra señera, de las pocas capaces de convertir la erudición en intimidad y la reconstrucción histórica en interrogación filosófica sin que ninguna de las dos dimensiones sacrifique a la otra.

Flandes, siglo XVI. Zenón Ligre, médico, alquimista y filósofo de nacimiento ilegítimo, recorre Europa huyendo de la Inquisición y de sí mismo mientras acumula saberes prohibidos: anatomía, cirugía, astrología, alquimia. Tras treinta años de errancia, regresa a Brujas bajo nombre falso y se instala, como médico de pobres, en el hospicio de San Cosme, donde su existencia se vuelve contemplación monástica. Una delación fortuita —la caída de una secta infiltrada en el convento vecino— descubre su identidad. Juzgado por hereje y sentenciado a la hoguera, Zenón se adelanta al verdugo: en la víspera de la ejecución se abre las venas en su celda y muere dueño, por fin, de su propia obra negra.

La arquitectura de Opus Nigrum obedece a una lógica tan rigurosa como la de cualquiera de los tratados alquímicos que cita: tres partes —«La vida errante», «La vida inmóvil», «La prisión»— reproducen las tres fases con que la tradición hermética describía la Gran Obra: la disolución de la materia dispersa en el mundo, su fijación en un punto único, y la prueba final del fuego. Cada parte se abre con un epígrafe que funciona como clave de lectura: la primera, con las palabras de Pico della Mirandola en su Oratio de hominis dignitate —«no te he dado ni rostro ni lugar propio, para que tú mismo, libremente, remates tu propia forma»—, anuncia el programa antropológico de un Renacimiento que cree en la autoconstrucción del hombre; la segunda, con la fórmula alquímica Obscurum per obscurius, innotum per ignotius —a lo oscuro por lo más oscuro, a lo desconocido por lo más desconocido—, anticipa el descenso hacia el interior que ocupará el capítulo central, «El Abismo»; la tercera, con los versos estoicos de Juliano de Médici que justifican el suicidio como forma de dignidad, prepara el desenlace. La simetría de las tres partes —cada una con su propio clima narrativo, su propio ritmo de capítulos— reproduce a escala formal el proceso de destilación que constituye su tema. El capítulo «El Abismo», ubicado casi exactamente en el centro geométrico del libro, reproduce, visual y temáticamente, el lugar de la alquimia en la vida de Zenón.

La vida del protagonista concentra en sí los rasgos de varias figuras históricas reales —Paracelso, Miguel Servet, Campanella, Vesalio, Leonardo da Vinci, entre otros—; se trata de su principio constructivo: Zenón no representa a un hombre del Renacimiento, sino la posibilidad misma del Renacimiento como tipo humano, la suma de todas las curiosidades que la época dispersó en individuos distintos. Su evolución sigue una curva descendente en apariencia —de la ambición del joven que quiere «dar una vuelta a su cárcel» hasta la reclusión casi monástica del médico de pobres en San Cosme— pero ascendente en un sentido más profundo: cuanto más se estrecha el espacio exterior que se le permite habitar, más se ensancha su vida interior, hasta el punto de que el capítulo «El Abismo» registra, con una sutileza notable, el momento en que el foco deja de recaer sobre lo que Zenón hace para recaer sobre lo que Zenón es. Alrededor de él, Yourcenar dispone un elenco de personajes que funcionan, cada uno, como una institución encarnada. Henri-Maximilien Ligre, el primo aventurero, poeta y soldado de fortuna, representa el humanismo cortesano que se acomoda sin conflicto a los poderes de su tiempo —sirve indistintamente al Rey Cristianísimo y al Rey Católico— y que encuentra en la guerra y en el verso una forma liviana, casi despreocupada, de habitar la historia; es el doble luminoso de Zenón, aquel que eligió no preguntar. El prior de los Franciscanos, Jean-Louis de Berlaimont, encarna la rebeldía posible desde dentro de la institución: erudito, cortesano, piadoso sin fanatismo, protesta discretamente sin romper jamás con la Iglesia a la que sirve. El canónigo Bartholommé Campanus, antiguo maestro de Zenón, representa en cambio la ortodoxia sin fisuras, la lealtad institucional que no deja de sentir, sin embargo, un afecto genuino por su antiguo discípulo, al punto de intentar, en la escena final, arrancarle una retractación que le salve la vida. La familia Ligre-Fugger —el banquero Henri-Juste, su hijo Philibert, la hermanastra Martha— condensa el capital naciente: en la escena en que se discute si interceder por Zenón ante el procurador de Flandes, Yourcenar retrata con precisión cómo la vida de un hombre se convierte, para esta familia, en una variable más dentro de un cálculo de deudas y favores. Hilzonda, la madre de Zenón, entregada primero a un matrimonio de conveniencia y después a la promiscuidad de una secta anabaptista, y su hija Martha, encarnan la institución familiar y religiosa en dos variantes igualmente asfixiantes: la del matrimonio como transacción y la de la secta como sustituto totalitario de la Iglesia que rechaza.

El lenguaje de Yourcenar en Opus Nigrum se sostiene sobre una tercera persona narrativa que fluctúa deliberadamente en su distancia respecto del protagonista: a veces se mantiene como observador externo, casi cronista; a veces se funde con la conciencia de Zenón mediante procedimientos de estilo indirecto libre. Esta fluctuación —especialmente notable en el capítulo «El Abismo»— es el instrumento mismo por el cual el lector experimenta, junto con Zenón, la disolución de las fronteras entre pasado y presente, entre sujeto y mundo, que constituye la fase alquímica del nigredo. El tiempo verbal dominante es un pasado que en el original francés se apoya extensamente en el imperfecto —un tiempo capaz de oscilar entre un valor iterativo, que describe hábitos y estados prolongados, y un valor puntual, que aísla un instante preciso—; esa doble función, que el español solo puede sugerir de manera aproximada, es uno de los recursos que permiten a la prosa de Yourcenar avanzar a la vez como crónica de una vida entera y como inmersión momentánea en una conciencia. El registro es, en todo momento, el de una erudición depurada: frases largas, de subordinación abundante, que exigen del lector una atención sostenida y que, sin embargo, no incurren jamás en la afectación, porque cada término técnico —anatómico, alquímico, teológico— está allí para nombrar con precisión, no para ostentar saber. El tono general es contenido, de una ironía seca que rara vez se permite el sarcasmo; el recurso literario más constante es la imagen elemental —el fuego y el agua, sobre todo—, que atraviesa la novela. Dicho despliegue del fuego como motivo —fuego que calienta y fuego que devora, fuego alquímico y fuego del suplicio— constituye la prueba de que en el texto la forma y el tema son, literalmente, la misma sustancia sometida a las mismas transformaciones.

El análisis temático de Opus Nigrum debe partir de una constatación elemental: las instituciones, todas, se presentan como formas necesarias y a la vez insuficientes de organizar la vida humana, formas que Zenón atraviesa sin poder instalarse jamás definitivamente en ninguna. La Iglesia y su brazo inquisitorial ocupan, como es de esperar, el lugar central de ese cuestionamiento: la novela documenta con minucia el aparato judicial-eclesiástico —el acta de acusación, la multiplicación de los cargos, la oferta de retractación como último recurso de clemencia— y muestra cómo ese aparato puede convivir, en la misma institución, con figuras tan opuestas como el prior tolerante y el inquisidor implacable; la crítica a la Iglesia no es, así, una crítica a la fe, sino a la maquinaria que convierte la fe en instrumento de control sobre los cuerpos y las conciencias. El poder político —la Regente de los Países Bajos, el Emperador, los reyes de Francia y España— aparece siempre mediado por la guerra y por el dinero, nunca como fuente autónoma de legitimidad. La institución financiera —los Ligre, los Fugger— es acaso la más moderna de las que la novela retrata: anticipa con lucidez el momento en que la aristocracia empieza a depender de la burguesía naciente. La familia, por su parte, se presenta bajo dos formas igualmente coercitivas: el matrimonio de conveniencia al que se somete Hilzonda y la secta anabaptista en que después se refugia, que no es sino una familia sustituta con reglas aún más totalitarias que las que pretendía abandonar; Zenón, hijo bastardo de un clérigo y una mujer entregada sucesivamente a dos instituciones que lo excluyen, nace ya fuera de la familia como institución legítima, y esa bastardía originaria es, en cierto modo, la condición de posibilidad de toda su libertad posterior. El gremio y el trabajo aparecen en la escena de los telares mecánicos, donde Zenón —significativamente— toma partido por el progreso técnico contra la resistencia de los tejedores, en un episodio que la novela no resuelve moralmente en ningún sentido: ni condena sin más a los obreros que defienden su oficio, ni absuelve sin más el argumento del progreso, sino que expone la tensión sin arbitrarla. La opinión pública funciona, a su vez, como una institución difusa pero eficaz, capaz de fabricar la reputación de Zenón —rumores contradictorios sobre sus títulos, sus curas, sus herejías— antes incluso de que el propio personaje aparezca en escena. El saber mismo se presenta institucionalizado en la Universidad y en la escolástica que Zenón desprecia desde joven, frente a las cuales opone una epistemología empírica y experimental —la disección, la observación clínica, la alquimia entendida no como superstición sino como método de indagación sobre la materia— que la institución académica de su tiempo no está en condiciones de reconocer como legítima. El cuerpo y la sexualidad, finalmente, constituyen el terreno donde la novela plantea sus preguntas más audaces: la homosexualidad de Zenón, apenas insinuada y nunca exhibida, funciona como una zona de la experiencia que ninguna institución de la época logra nombrar sin condenar, y la medicina misma —el arte de curar cuerpos, de practicar abortos clandestinos, de diseccionar cadáveres— se convierte en la novela en una forma de conocimiento herética precisamente porque toma el cuerpo en serio, sin mediación teológica.

Lo que estas páginas escenifican, una y otra vez, es la manera en que una institución —entendida como forma estable de mediación entre un material, un operador y una norma— captura y finalmente consume a un individuo que se había atrevido a practicar, por su cuenta, la operación que solo a la institución le está permitido autorizar. Zenón es un operador de saberes, prácticas médicas y alquímicas que ejerce por su cuenta y riesgo, un sujeto que así, se enfrenta, a lo largo de toda la novela, al marco institucional de su época sin otra defensa que su su cuerpo, que termina siendo, literalmente, el campo de batalla final: el cuerpo que la Inquisición se propone quemar y que Zenón, en un último acto de soberanía, decide abrir él mismo. Así, la propia Yourcenar intuyó la persistencia de la institución como forma: cambian los nombres —Inquisición, checa, comité de salvación pública, telón de acero—, pero la estructura que captura al individuo díscolo y lo convierte en ejemplo para los demás se repite con una regularidad que ninguna época logra desmentir del todo. Por eso Opus Nigrum no es, en el fondo, una novela sobre el siglo XVI, sino una novela sobre las complejas construcciones humanas coercitivas y su capacidad de sobrevivir a cualquier contenido histórico particular.

Recomendar la lectura de Opus Nigrum implica invitar a una prueba: pocos libros exigen del lector erudición histórica, paciencia sintáctica, tolerancia ante la ambigüedad moral, entre otras cosas, pero menos aún devuelven, a cambio de esa exigencia, una recompensa tan poco parecida al consuelo. Quien termine Opus Nigrum no habrá aprendido nada tranquilizador sobre las instituciones que también hoy organizan su vida; habrá aprendido, en cambio, a reconocer la hoguera bajo sus disfraces contemporáneos.