Precaria luz: Sobre «Todos nuestros ayeres», novela de Natalia Ginzburg
Por Juan Pablo Torres Muñiz
En la segunda mitad del siglo XX, la novela realista vio nacer una nueva corriente al margen de épica, para exponer la densidad de la experiencia vivida en los márgenes de los grandes acontecimientos, en los pliegues del tiempo doméstico donde la Historia golpea sordamente, como un eco lejano que acaba por derribar los muros de la intimidad. Natalia Ginzburg, en Todos nuestros ayeres, inscribe su obra en esa estirpe, teje una narración que no se detiene en los grandes hitos bélicos, sino en la textura de los días previos y posteriores, en el modo en que la sombra del fascismo y la guerra se filtra en los gestos cotidianos. Como señala el epígrafe de Macbeth, nuestros ayeres solo han servido para iluminar a los necios en el camino hacia una muerte polvorienta.
La narración, a través de la mirada de Anna, una «chiquilla regordeta, pálida y perezosa», construye un mundo que se sostiene en la observación de lo nimio. Los objetos —los pompones de las chinelas de la señora Maria, la máquina de escribir de Ippolito, el revólver del padre, los huesos de cereza en el alféizar de Giuma— resultan símbolos de una vida que intenta afirmarse a pesar de la amenaza. La atención de Ginzburg salta de un personaje a otro, como si la novela fuera una casa de muñecas que se observa desde fuera, un espacio íntimo, aunque ajeno, donde la narradora se convierte en «un intruso» que ha de vérselas con el pudor y la sensibilidad de ese pequeño y particular mundo.
La fortaleza de la novela reside en su capacidad para mostrar cómo la política no es un estrato separado de la vida, sino que se enraíza en lo más inmediato. El padre, encerrado en su cuarto, escribe sus memorias, opiniones incendiarias contra el fascismo y el rey. Su gesto, sin embargo, es el de un hombre que se ha retirado del mundo. Sus arrebatos de furia y su melancolía son tan domésticos como sus largas horas en la cama, pidiendo que le lean el Fausto. El acto de quemar el manuscrito, años después, es un gesto de desesperación y, al mismo tiempo, de liberación. La manifestación de que la narrativa personal está íntimamente ligada a la narrativa colectiva y que a veces hay que destruir la primera para que la segunda tenga algún sentido.
Esta dialéctica entre la acción y la impotencia, entre el deseo de revolución y la realidad de la vida pequeña, es el motor que mueve a los personajes más jóvenes. Ippolito, el hermano, es el heredero de la rebelión paterna. Con Emanuele y Danilo, se encierra en el salón a conspirar, a quemar periódicos y a hablar en alemán, replicando el gesto del padre, pero llevándolo a un terreno más peligroso. Danilo, que antes se paseaba estoico, es encarcelado y, al salir, aparece transformado: ya no es el rebelde, sino un hombre que anhela la seguridad de un matrimonio con una obrera.
Anna, el centro de la narración, es un personaje definido por su silencio y su pasividad. Es el «bicho triste y perezoso» que observa y calla. Su historia de amor con Giuma es brutal y tierna a la vez, una coreografía de la vulnerabilidad y el deseo adolescente que se desarrolla al margen de la guerra. La relación se construye en los intersticios de la vida familiar, en el parque, en el café de París, en los matorrales del río. El sexo no es un acto de rebelión, sino una continuación de la incomunicación, un acto que la deja sintiéndose como «un insecto». La metáfora del insecto, acuñada primero por ella misma y luego por Cenzo Rena, es clave. Encarna la fragilidad de una vida que apenas tiene peso en la historia, que se agarra a una hoja, a un amante, a un marido, a un pueblo, sin tener la fuerza para volar.
Es Cenzo Rena quien rompe su inercia, quien la ve, no como un insecto, sino como una persona elegible. Su proposición de matrimonio es un acto de salvación pragmático, casi desesperado. Él le ofrece no una vida de cuento de hadas, sino «una hoja grande» donde descansar. La vida en el Sur, en Borgo San Costanzo, se convierte en un exilio que, para Anna, es una oportunidad para aprender a ser persona. Sin embargo, la guerra la alcanza también allí. La llegada de los refugiados judíos —las tres viejecitas de Livorno y el turco—, la persecución, la muerte del perro, y finalmente, la ejecución de Cenzo Rena y Franz, son golpes que transforman su silencio. La novela culmina con su regreso al Norte, a la casa de su infancia, donde se reencuentra con un mundo que intenta reconstruirse. Giuma, ahora casado con una psicoanalista, habla de guarderías para los obreros y de su complejo de culpa curado; Emanuele está agotado por la lucha política; Giustino, el guerrillero que se hacía llamar «Ballesta», añora la sencillez de volar trenes frente a la complejidad de la paz.
La prosa de Ginzburg tiene una cualidad profética y apacible al mismo tiempo. Su estilo, despojado de artificios, construye una atmósfera donde lo importante sucede «como sucede la vida: de golpe». No hay alarmas que avisen al lector de una muerte, de un suicidio, de un fusilamiento. Los acontecimientos se narran con una llaneza que los vuelve más desgarradores. La noticia de la muerte de Ippolito, encontrado en un banco con el revólver del padre, es tan abrupta como la llegada de la guerra o la caída de Mussolini. Todo se entreteje en una red de pequeños gestos y grandes silencios.
Todos nuestros ayeres plantea una forma de mirar la realidad, reconociendo que el miedo, la pérdida y el dolor son la moneda común de la historia, pero que, aun así, en la vida difícil que queda por recorrer, hay espacio para la amistad, el recuerdo compartido y la ternura. Ginzburg, como la Anna que narra, se ha ido convirtiendo poco a poco en todos los personajes de esta historia, y al hacerlo, nos devuelve a nosotros, sus lectores, la responsabilidad de una mirada propia.
