Fotografía del límite: Aproximación a la obra de Morgan Mueller

Por Juan Pablo Torres Muñiz

El florecimiento global de la fotografía digital, impulsado por la accesibilidad tecnológica y la democratización de las redes sociales, ha generado una paradoja estética de graves consecuencias culturales. Lo que comenzó como una promesa de visibilizar lo extraordinario en lo cotidiano —la supuesta epifanía en el instante banal— degeneró con lamentable facilidad en una producción masiva de imágenes vacuas, donde el recurso a filtros automatizados, paletas saturadas y efectos predecibles suplantó la necesidad de una visión auténtica. Kitsch digital. Trivialización de la contemplación.

En este contexto de banalización generalizada, la obra de Morgan Mueller —específicamente su serie Edgelands— pone, digamos, las cosas en su sitio. A través de una mirada austera y deliberadamente anti-espectacular sobre los espacios intersticiales del paisaje posindustrial, Mueller desmonta las instituciones perceptuales del mundo moderno y nos enfrenta, sin pretensiones, a una comprensión radicalmente material —y sí— cuántica de la realidad, desvelando la frágil arquitectura del sentido en el corazón mismo del desecho y la obsolescencia.

La temática central de Mueller se despliega en las tierras límite o edgelands, territorios donde la ciudad cesa y el campo aún no comienza del todo, poblados fantasmalmente de infraestructura obsoleta, naves industriales semiderruidas, solares vallados y vegetación en reclamo de abrirse paso. Directamente, símbolos materiales de instituciones en crisis: el progreso lineal, el mito del crecimiento económico permanente, la fe en la tecnología como fuerza exclusivamente benéfica, etcétera. Mueller fotografía cadáveres del Antropoceno y, al centrarse en estos objetos sin prestigio —los olvidados, los que caen fuera del relato del éxito—, su obra objeta frontalmente nuestra perspectiva material ordenada. Nos recuerda que nuestra existencia contemporánea, con toda su complejidad psicológica y racional, es imposible sin estos artefactos aparentemente muertos. Su ausencia o su estado de abandono no hablan de su irrelevancia, sino de nuestra amnesia constitutiva respecto a la base material que nos sostiene.

Es en la representación de estos objetos donde Mueller ejecuta su propuesta conceptual más audaz: exponer, como ya dijimos, una comprensión cuántica de la realidad a través de la imagen fotográfica. Frente a la intuición general que busca un significado único y estable en la fotografía —«capturar» un instante—, el artista presenta la realidad como el resultado provisional de un campo de probabilidades. Casi como si siguiera a Feynman en su explicación de la electromagnética cuántica. Su encuadre no aísla un objeto para definirlo, sino que lo sitúa en una red de relaciones energéticas con su entorno: la luz que incide en una chapa oxidada, la sombra que una valla proyecta sobre la hierba, la tensión entre la geometría rectilínea de un edificio y el crecimiento orgánico que lo invade. En esta interacción, ciertas «probabilidades» de significado —por ejemplo, la lectura del objeto como «basura»— se anulan o debilitan, mientras que otras —su lectura como «testigo», como «forma pura», como «ente geológico moderno»— adquieren fuerza. La imagen final no es la representación de una cosa, sino la manifestación de la configuración energética más eficaz en ese punto espacio-temporal concreto. Esta aproximación disuelve la noción lineal del tiempo. Efectivamente, en Edgelands, el tiempo no es una flecha, sino la dimensión en la que estas configuraciones de probabilidad se suceden, colisionan y se reconfiguran. No hay, digamos, un efecto de estricta suspensión del tiempo, cuanto la revelación de su naturaleza no simultánea y estratificada: en una misma imagen coexisten el tiempo geológico (la erosión), el tiempo industrial (la construcción y el abandono) y el tiempo biológico (la colonización vegetal). El objetivo no es capturar el instante, sino hacer visible la ilusión misma de la realidad como un estado coherente, mostrando que es, en esencia, un fenómeno de interacción perpetua.

Esta revelación es elocuente por el uso de una estrategia específica: la de distracción forzada y posterior desvío. Nuestra sociedad, y nuestra mirada, están disciplinadas para enfocarse en un propósito específico: identificar, clasificar, usar o descartar. Al presentar objetos que parecen no tener un propósito claro —un transformador eléctrico, un fragmento de hormigón—, Mueller inicialmente captura nuestra atención a través de su ambigüedad. Acto seguido, su composición meticulosa nos impide una lectura utilitaria y nos obliga a contemplar. Es entonces cuando sobreviene el golpe: el paisaje banal se revela como un espacio único de significación inequívocamente profunda. En cuestión, la institución de la observación utilitaria, para rehabilitar la que se da como acto cognitivo y ético. La soledad que emana de estas imágenes dista de la sola melancolía; es un requisito para la contemplación; nos sitúa, como espectadores, en una posición de testigos privilegiados de una realidad que siempre estuvo ahí, pero que nuestra mirada instrumental había cancelado.

La técnica de Mueller opera en consecuencia: al apartamiento expreso del afán de reconocimiento de especificidad. Utiliza una luz natural, plana y clarividente, que otorga a todos los elementos —el metal, el cemento, la maleza— la misma dignidad material. Su paleta, reducida a grises, tierras y verdes apagados, elimina cualquier estridencia —evocadora emocional fácil— y refuerza la sensación de un mundo despojado de rollos explicativos, de justificaciones. Sus encuadres son geométricamente rigurosos, pero evitan el mero formalismo; enmarcan los objetos de modo que su relación con los bordes de la imagen y con los elementos del fondo genere una tensión productiva; a ello se suma el uso de una gran profundidad de campo, donde tanto el primer plano como el infinito son nítidos, aplanando la perspectiva tradicional. Estos recursos, junto con una enorme atención a la textura —la herrumbre, las grietas, la suciedad acumulada—, convierte la imagen en una superficie de inscripción —casi una ecuación—, donde se lee el paso del tiempo y la interacción material, más que en una ventana a un espacio ilusorio.

Y todo lo hace ver fácil. Frente a la marea de imágenes que confunden efecto con esencia, Mueller exhuma las instituciones materiales. Su fotografía, en lugar de prestarse como escape de la realidad, obliga a una inmersión radical en ella. Nada menos.

 

[Todas las imágenes, del sitio web del artista: Morgan Mueller Portfolio]

 

ENGLISH VERSION

Photographing the Limit: An Approach to the Work of Morgan Mueller

Translation by Rebeca Sanz

The global flourishing of digital photography, driven by technological accessibility and the democratization of social networks, has generated an aesthetic paradox with serious cultural consequences. What began as a promise to make the extraordinary visible in the everyday—the supposed epiphany in the banal instant—degenerated with regrettable ease into a massive production of vacuous images, where the use of automated filters, saturated palettes, and predictable effects supplanted the need for an authentic vision. Digital kitsch. Trivialization of contemplation.

In this context of generalized banalization, the work of Morgan Mueller—specifically his series Edgelands—puts, let’s say, things in their place. Through an austere and deliberately anti-spectacular gaze upon the interstitial spaces of the post-industrial landscape, Mueller dismantles the perceptual institutions of the modern world and confronts us, unpretentiously, with a radically material—and yes—quantum understanding of reality, revealing the fragile architecture of meaning at the very heart of waste and obsolescence.

Mueller’s central theme unfolds in the borderlands or edgelands, territories where the city ceases and the countryside has not yet fully begun, ghostly populated by obsolete infrastructure, semi-derelict industrial sheds, fenced plots, and vegetation reclaiming its way. Directly, material symbols of institutions in crisis: linear progress, the myth of permanent economic growth, faith in technology as an exclusively beneficent force, etc. Mueller photographs corpses of the Anthropocene and, by focusing on these objects without prestige—the forgotten, those that fall outside the narrative of success—his work frontally objects to our ordered material perspective. It reminds us that our contemporary existence, with all its psychological and rational complexity, is impossible without these seemingly dead artifacts. Their absence or state of abandonment does not speak of their irrelevance, but of our constitutive amnesia regarding the material base that sustains us.

It is in the representation of these objects that Mueller executes his most audacious conceptual proposal: to expose, as we said, a quantum understanding of reality through the photographic image. Against the general intuition that seeks a single, stable meaning in photography—to «capture» an instant—the artist presents reality as the provisional result of a field of probabilities. Almost as if following Feynman in his explanation of quantum electrodynamics. His framing does not isolate an object to define it, but places it in a network of energetic relationships with its environment: the light falling on a rusted sheet, the shadow a fence casts on grass, the tension between the rectilinear geometry of a building and the organic growth invading it. In this interaction, certain «probabilities» of meaning—for example, reading the object as «trash»—are canceled or weakened, while others—reading it as «witness,» as «pure form,» as «modern geological entity»—gain strength. The final image is not the representation of a thing, but the manifestation of the most effective energetic configuration at that specific spatiotemporal point. This approach dissolves the linear notion of time. Effectively, in Edgelands, time is not an arrow, but the dimension in which these probability configurations succeed, collide, and reconfigure themselves. There is, let’s say, not an effect of strict suspension of time, but rather the revelation of its non-simultaneous and stratified nature: in a single image, geological time (erosion), industrial time (construction and abandonment), and biological time (vegetal colonization) coexist. The goal is not to capture the instant, but to make visible the very illusion of reality as a coherent state, showing that it is, in essence, a phenomenon of perpetual interaction.

This revelation is eloquent due to the use of a specific strategy: that of forced distraction and subsequent diversion. Our society, and our gaze, are disciplined to focus on a specific purpose: to identify, classify, use, or discard. By presenting objects that seem to have no clear purpose—an electrical transformer, a fragment of concrete—Mueller initially captures our attention through their ambiguity. Immediately after, his meticulous composition prevents a utilitarian reading and forces us to contemplate. It is then that the blow arrives: the banal landscape reveals itself as a unique space of unequivocally profound signification. At stake, the institution of utilitarian observation, to rehabilitate that which is given as a cognitive and ethical act. The loneliness emanating from these images is far from mere melancholy; it is a requirement for contemplation; it places us, as viewers, in a position of privileged witnesses to a reality that was always there, but which our instrumental gaze had canceled.

Mueller’s technique operates accordingly: through the express departure from the pursuit of specificity recognition. He uses a natural, flat, and clear-sighted light, which grants all elements—metal, cement, weeds—the same material dignity. His palette, reduced to grays, earth tones, and muted greens, eliminates any stridency—easy emotional evocation—and reinforces the sensation of a world stripped of explanatory narratives, of justifications. His framings are geometrically rigorous but avoid mere formalism; they frame objects so that their relationship with the edges of the image and with background elements generates a productive tension; this is coupled with the use of a great depth of field, where both the foreground and infinity are sharp, flattening the traditional perspective. These resources, along with enormous attention to texture—rust, cracks, accumulated grime—turn the image into a surface of inscription—almost an equation—where the passage of time and material interaction are read, rather than into a window to an illusory space.

And he makes it all look easy. Against the tide of images that confuse effect with essence, Mueller exhumes material institutions. His photography, instead of serving as an escape from reality, forces a radical immersion in it. Nothing less.