Falsos refugios: Sobre «Las tempestálidas» de Gueorgui Gospodínov
Por Juan Pablo Torres Muñiz
No hay refugio sin ruina. Tampoco memoria sin desgaste. En Las tempestálidas, Gueorgui Gospodínov no solo construye una novela sobre la nostalgia, sino que la convierte en un laboratorio de autopsia del presente, donde el pasado no es un reino al que retornar, sino un espejo roto frente al cual nos miramos con melancolía y desconcierto. La obra se mueve entre dos tiempos: uno que ya no existe y otro que nunca llega a existir del todo. El autor búlgaro no busca reconstruir una identidad perdida, ni siquiera evocarla con cierta solemnidad romántica; más bien, disecciona la nostalgia como dispositivo patológico, como forma de resistencia ineficaz ante la crudeza de lo real.
Gospodínov no escribe una novela lineal, ni siquiera narrativa en el sentido clásico. Es más acorde decir que construye un cronorrefugio, tal como denomina Gaustín, el personaje central que parece habitar en la intersección entre el médico y el investigador de la memoria. Este espacio temporal artificial —una clínica dedicada al estudio de los trastornos de la memoria— se convierte en metáfora de una sociedad entera que intenta escapar del presente mediante la fabricación de recuerdos o la exhumación de otros ya caducados. Pero esta fuga no es heroica ni liberadora; es, por el contrario, una operación desesperada de supervivencia psíquica.
«El hombre es la única máquina del tiempo de la que disponemos», dice Gaustín. Y eso, lejos de ser una bendición, se revela como una maldición: porque mientras recordamos, mantenemos el pasado a distancia, pero también nos vemos condenados a repetirlo, a habitarlo como quien se aferra a un naufragio. La memoria no es consuelo, es prisión; no salva, encarcela.
Lo interesante no es solamente cómo Gospodínov aborda el tema de la memoria, sino cómo lo hace desde una perspectiva institucional. Esta clínica del pasado no es casual: es una crítica implícita al modo en que la sociedad contemporánea ha medicalizado el recuerdo, lo ha convertido en objeto de consumo terapéutico. Como si fuera posible domesticar el tiempo, como si el pasado pudiera ser domesticado. La ironía cruel es que quienes buscan refugiarse en él terminan encontrando, no paz, sino caos. Porque el pasado, como señala el texto, «no discurre en una sola dirección». Se bifurca, se repliega, se distorsiona. Lo que creíamos seguro, resulta traicionero.
Y esto no es una simple observación estilística. Es un diagnóstico moral. El idealismo nostálgico, tan extendido en nuestros días, se muestra aquí como una forma de cobardía: una huida de la responsabilidad del presente, un recurso cómodo para no enfrentar el vacío histórico y emocional que nos atraviesa. La melancolía no es virtud, es síntoma. El libro no ofrece consuelo, sino advertencia: «A menos memoria, más pasado».
[Del tono…]
Una de las mayores virtudes de Las tempestálidas es su uso sutil y corrosivo del humor. No se trata del chiste fácil ni de la ironía superficial, sino de una risa oscura, casi involuntaria, que surge cuando el lector comprende que no hay escape, que toda tentativa de reconstruir el pasado está destinada a fracasar, y que, sin embargo, seguimos insistiendo en ello.
La escena en que el protagonista decide convertirse en «trampero del pasado» no puede leerse sin una sonrisa amarga. No es un oficio noble, ni digno de leyenda. Es una tarea absurda, casi kafkiana, en la que se rastrean ecos, aromas, luces de tardes pasadas, como si fueran piezas de caza mayor. Y allí, en ese acto ridículo, radica precisamente su verdad: somos cazadores de fantasmas, y nuestra presa es inexistente.
Este humor no es ornamental. Es estructural. Funciona como herramienta de análisis psicológico. El lector, al reír, se descubre en el gesto inútil de quien sigue buscando algo que ya no está. ¿Qué mejor manera de iluminar la condición humana que mostrarnos riendo de nosotros mismos?
Un ejemplo contundente es la descripción de los pacientes que se sienten cómodos en la clínica, que se vuelven parlanchines, que olvidan fugarse. Esa comedia de la complacencia esconde un drama: la renuncia al presente, la entrega voluntaria a un tiempo muerto que, paradójicamente, se resiste a morir. La comodidad es sospechosa. Quien se siente cómodo en el refugio del pasado es alguien que ya no quiere vivir en el mundo real.
[La trampa de la locura…]
La gran intuición filosófica de Gospodínov es comprender que la memoria no es solo una facultad cognitiva, sino una enfermedad crónica. Una vez contraída, no tiene cura. Y aunque pueda ofrecer alivios temporales —ese fuego que encendemos en el claro del bosque mientras los lobos acechan—, no garantiza seguridad, sino solo postergación. Mientras más ardemos en recuerdos, más vulnerable nos volvemos al ataque del tiempo.
«Mientras recordamos, mantenemos el pasado a distancia», dice el texto. Pero esa distancia es ficticia. El pasado no está ahí, quieto, esperándonos. Está vivo, activo, acechando, dispuesto a devorarnos. El cronorrefugio es una ilusión. El único remedio verdadero sería el olvido. Pero el olvido, como el mismo autor sugiere, no es deseado por todos. Algunos prefieren seguir siendo perseguidos por los demonios del ayer, antes que enfrentar el vacío del hoy.
Esta concepción de la memoria como enfermedad no es nueva, pero sí adquiere en Gospodínov una densidad inusual. No se limita a describir el malestar, sino que lo vive en primera persona. El texto mismo se contagia de esa enfermedad: borra páginas, mezcla voces, pierde nombres, deja huecos. Como si el propio lenguaje sufriera los efectos del deterioro que describe. No hay distancia crítica, hay inmersión. El lector no contempla la locura ajena; se encuentra dentro de ella.
[Pero…]
Pero no toda luz carece de sombra. Si hay un punto débil en Las tempestálidas, es su tendencia a la dispersión. El texto flota demasiado tiempo en atmósferas, en sensaciones, en fragmentos que, aunque poéticos, no siempre logran sostener una tensión argumentativa o conceptual constante. Hay momentos en los que la novela parece diluirse en una neblina de imágenes poderosas, pero poco conectadas.
Esto puede entenderse como una decisión estética deliberada, un reflejo de la misma confusión mental que pretende retratar. Pero también puede interpretarse como un defecto estructural: la novela no siempre sabe hacia dónde va, y eso, en manos menos hábiles, podría llevar al lector a la fatiga. Aunque Gospodínov logra mantener la coherencia última del relato, hay párrafos que se quedan suspendidos, como preguntas retóricas que no reciben respuesta.
Además, algunos personajes secundarios —como el agente que sigue al Sr. N.— no están completamente desarrollados. Su presencia, aunque sugerente, queda en el umbral de lo intrigante sin llegar a consolidarse como figura sustancial. Son sombras útiles, pero no necesarias. Y en un texto que se alimenta de la economía simbólica, la superfluidad puede parecer un defecto.
[De modo que…]
Las tempestálidas es una novela que no se conforma con contar historias, sino que interroga la posibilidad misma de hacerlo. En este sentido, es profundamente moderna. Profundamente desesperanzada. Profundamente lúcida.
Gospodínov no propone redención. Ni siquiera ofrece esperanza. Más bien, denuncia la falsa promesa de la nostalgia. Nos advierte que el pasado no es un lugar seguro, sino una trampa. Que la melancolía no es sabiduría, sino derrota. Que el idealismo sentimental es solo una máscara de la cobardía frente al presente.
El humor, la ironía, el juego lingüístico y la fragmentación no son recursos estilísticos gratuitos. Son armas para sobrevivir al derrumbe del sentido. Y si bien el texto no siempre logra articular sus múltiples hilos con la precisión que se espera de una obra maestra, logra apuntar claramente el peso del tiempo, la fragilidad de la identidad y la falacia de la memoria como refugio.
Cabe que el lector se pregunte, al cerrar el libro, si alguna vez fue dueño de su propia voz, o si todo lo dicho, pensado y recordado no es más que eco de otra boca, ya callada.
Referencias bibliográficas:
– Gospodínov, G. (2020). Las tempestálidas. Traducción de María Vútova y César Sánchez.
– Borges, J. L. (1960). Borges y yo. En Elogio de la sombra.
– Berdíaeff, N. (1937). El destino del hombre en el mundo moderno.
– Mann, T. (1924). La montaña mágica. Trad. Isabel García Adánez.
– Larkin, P. (1964). Días. Trad. Damián Alou y Marcelo Cohen.
