Estructural, totalizadora: Sobre «Antagonía», novela de Luis Goytisolo
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Basta ver el tocho, la imponente edición final para confirmarlo. Tamaña ambición…
Antagonía forma parte de la tradición de la «novela de ideas» y la «novela total», dedicada a la indagación sobre la creación literaria, con una estructura que integra la reflexión crítica con la ficción a fin de ofrecer un fresco lo más amplio posible del mundo en toda su complejidad. Publicada entre 1973 y 1981, la obra de Luis Goytisolo es considerada una de las grandes obras narrativas del último siglo, comparada a menudo, en cuanto a ambición, a títulos como Retrato del artista adolescente de James Joyce y El hombre sin atributos de Robert Musil.
Lo cierto es que el libro, compendio de cuatro partes, antes editadas por separado, no solo ofrece una visión particular de la realidad, sino que también indaga en la propia naturaleza de la escritura y el conocimiento, en el afán de constituirse como un sistema de referencias autónomo. La construcción formal de Antagonía se basa en una sutil teoría del conocimiento que se activa mediante las reminiscencias que despiertan en la conciencia tanto el acto de escribir como el de leer. Además, el proceso de creación se aborda como un reflejo analógico del proceso creador por excelencia, donde la memoria, aunque plagada de trampas, vacíos y falsas apropiaciones, resulta en una vía de conocimiento fundamental. Aquí se incluye el contexto y el tiempo de gestación del texto mismo, con el autor y el lector insertos en la trama, a modo de personajes.
La obra, aparente tetralogía, insistimos, debe ser entendida como una sola novela. Recuento narra la biografía de Raúl Ferrer Gaminde hasta que encuentra su vocación de escritor. Los verdes de mayo hasta el mar ofrece la vida cotidiana de Raúl mientras escribe, mezclada con sus notas, sueños y textos. La cólera de Aquiles presenta una desviación narrativa al ser relatada por Matilde, prima lejana y antigua amante de Raúl, quien ofrece su imagen del mundo de este, convirtiéndolo en protagonista implícito. Finalmente, Teoría del conocimiento es la obra escrita por Raúl, en la que asume su experiencia biográfica (contenida en Recuento), su experiencia como escritor (atisbos de Los verdes de mayo hasta el mar) y otros elementos conocidos indirectamente por Matilde. Este artificio permite una superposición de planos —real, ficticio autónomo, y ficción que se revela como ámbito de la realidad primitiva—, creando una densa urdimbre de alusiones y correspondencias entre todas las partes. El objetivo es claro: que el lector cuente con el tejido de referencias necesario para apreciar cómo la realidad se transforma en escritura en la obra final de Raúl.
La estructura se sostiene en un complejo juego de espejos y metaliteratura, donde un relato terminado es explorado a través de su autor, sus orígenes (notas, sueños), y la reconstrucción de la vida del mismo autor. Este esquema se basa en motivos recurrentes (imágenes como la del oficial a caballo, situaciones, personajes) que actúan de manera casi subliminal, proveyendo densidad de tiempo y experiencia acumulada. Elementos como la alusión a cuadros de Velázquez (Las Meninas, Las Hilanderas) o la mención a Dante y su Comedia funcionan como correlatos gráficos o conceptuales que ilustran la propia estructura de la obra. El autor considera que la estructura no debe ser evidente, visible, sino asimilada mediante la experiencia lectora. La complejidad formal, así, se ofrece a una reflexión particular sobre la naturaleza del acto creador y el tipo de conocimiento al que da lugar. De este modo, la obra se postula, además, como una metáfora de la realidad, operando por analogía, donde el objetivo es el recorrido creativo mismo.
Los personajes en Antagonía son redefinidos, subordinándose al valor real de la escritura y a los niveles profundos de significación. La novela rompe con la convención de la novela tradicional donde el protagonista tiene rasgos más desvaídos que los personajes secundarios. El protagonista, Raúl Ferrer Gaminde, se presenta inicialmente a través de una biografía (Recuento) que busca liberarse de su entorno. Su personalidad se define por un proceso, digamos, de vaciado, un intento de forjarse una identidad de escritor contra el lenguaje ideológico y paralizante de su contexto. Raúl, el autor, se proyecta sobre sus creaciones para explicarse y realizarse, ocultándose para mejor revelarse. Otros personajes, como Matilde o Ricardo Echave (narrador/autor ficticio de Teoría del conocimiento), funcionan como lentes narrativas o proyecciones del autor. Los personajes secundarios, como Tío Rodrigo o el padre de Raúl, suelen ser más bien claramente tipificados, a menudo de forma cómica, por sus discursos estereotipados. Estos personajes, más que individuos psicológicamente profundos en el sentido clásico: se trata propiamente de personae, es decir, encarnaciones de máscaras acústicas y conductas verbales que exponen la estupidez y el alineamiento social. Los personajes, sean reales o ficticios, son clasificados y analizados por la obra misma en sus distintos planos, sirviendo a menudo como elementos que reflejan la doblez y el autoengaño.
A nivel temático, la novela emprende una demolición implacable de la institucionalidad de la España franquista y su transición. La recapitulación lúcida del período histórico y cultural del franquismo se da a través de una abierta impugnación de sus retóricas. Goytisolo usa la parodia y un notable arsenal cómico para exponer la idiotización del sujeto por el lenguaje, mostrando la cristalización ideológica que convierte el discurso político (comunismo, tradicionalismo) y social en «lenguaje totalitario o paralizante». La crítica se extiende a la emergente burguesía de la Transición, mostrada como ideológicamente evolucionada y sexualmente liberada, pero captada por el consumismo y el oportunismo político, promoviendo políticas neoliberales desde un supuesto ideario progresista. La nación y el estado son cuestionados a través de la caricatura del nacionalismo catalán y la exposición del antagonismo conflictivo de Cataluña. El nacionalismo se ve como la proyección de un problema interno y un impulso de resolver mediante un combate quimérico, el combate real que la región libra consigo misma.
Por otra parte, claro, tenemos el tema de la identidad y la persona. Raúl, como autor, se enfrenta a la tendencia del lenguaje a esclerotizarse y a encubrir la realidad. El núcleo de la novela es la intensa experiencia de que el autor, al proyectarse en su obra, se crea a sí mismo al tiempo que crea su obra. Los personajes que adoptan roles fijos son aquellos que adaptan su conducta a un patrón prefijado, tanto en la vida real como en la ficción.
La relación entre vocación y escritura o, más bien, arte, en general, se aborda como un proceso que surge del conflicto y la necesidad, no de una elección racional. El impulso creador es a la vez una condena, y se relaciona con el desentrañamiento del significado de la experiencia que el adulto busca y el viejo quisiera haber encontrado. La escritura es una forma de objetivar la conciencia y el inconsciente del autor. La obra se convierte en un mundo autónomo, un objeto de posibles referencias, una suerte de creación de creaciones.
La memoria se explora como un campo de batalla. Las imágenes de la infancia y de uno mismo son ilusiones que solo tienen realidad sobre el plano de creación, el lienzo o, más precisamente, aquí, el papel. Los recuerdos se van configurando en una obra por la propia dinámica de esta, y no por una selección casual.
El uso del lenguaje, el estilo, la originalidad expresiva son elementos centrales que dan forma al cuestionamiento de la obra. El lenguaje funciona aquí como un tejido que el escritor estira, dándole tensión, intensidad y polivalencia significativa. Aparte, la «parodia impasible», que consiste en transcribir fiel y escuetamente los discursos sociales para exponerlos como irracionales, destaca en la novela el uso de amplias comparaciones que se despliegan con prolijidad de detalles, desviando la atención del lector del nexo original de la comparación, expandiéndola e incluso invirtiéndola. Este recurso estilístico es acorde con la idea de que junto a una cosa hay siempre otra, «y otra contrapuesta y otra colateral y otra anterior que la contradice y niega, que la altera y confunde». La obra cuestiona radicalmente convenciones tipográficas y narrativas (descripciones, diálogos, argumento), proponiendo una prosa densa y tensa. El libro asume su propia autorreferencialidad y la figura del autor se inserta en el texto, incluso en pasajes explícitos donde se teoriza sobre la escritura, como las notas de Ricardo Echave. La novela emplea un registro lingüístico amestizado (el castellano hablado en Cataluña), y su originalidad radica en la forma en que el lenguaje se expande mediante asociaciones, símiles y metáforas de raíz, podríamos decir, proustiana.
Aproximarse a Antagonía con el objetivo de hallar yerros y desequilibrios en su argumento, entendido este en el sentido tradicional de articulación orgánica de causas y efectos, exige un ejercicio que, irónicamente, la propia novela anticipa, desarma parcialmente y, ciertamente, trasciende.
El principal desequilibrio que un lector no avisado podría señalar reside en el carácter aparentemente accesorio que la novela otorga al argumento, las descripciones, los personajes y los diálogos. La novela se burla de la preceptiva del género que exige una trama complicada y se distancia del clásico diario íntimo a menudo plagado de vacuidades. El relato lineal de la vida de Raúl Ferrer Gaminde en Recuento o la intriga en torno a la novela inacabada de Adolfo (Los Ángeles), con sus «borracheras» y «cuernos», son utilizados como meros vehículos para propósitos superiores. Si el argumento se centra, por ejemplo, en la rebelión del protagonista que decide irse a vivir a un ático o en las infidelidades en el matrimonio, la novela misma parece desestimar estos hechos como «cosas de la vida» o como «paja» que en nada favorece a la materia narrativa.
Sin embargo, estos supuestos yerros son, en realidad, actos conscientes de la poética de la obra.
En primer lugar, la novela opera como una crítica al concepto tradicional de argumento y mímesis. De hecho, Goytisolo insiste en que la vida carece de argumento. El problema del crítico tradicional radica en «considerar la vida como cristalización de momentos decisivos más que como un proceso». La crítica de Raúl a la novela de Adolfo, Los Ángeles, señala este defecto: «la simple transcripción objetiva de nuestro comportamiento, de nuestras borracheras, de nuestros cuernos, por muy bien hecha que esté, no creo que pueda interesar a nadie que no nos conozca». En contraste, Antagonía pretende ser una metáfora de la realidad, procediendo por analogía. Su verdadero nivel de significación reside en el suprarrelato y el infrarrelato, en relación a los cuales la trama concreta hace de «simple vehículo».
En segundo lugar, la estructura fragmentada y el carácter meta narrativo cumplen una función racional y crítica ineludible. Antagonía es una sola novela, cuyo artificio entero está diseñado para que el lector se halle en posesión de un amplio tejido de referencias que le permita apreciar cómo la realidad se transforma en escritura. La inclusión del contexto y del tiempo de gestación, así como el juego de espejos donde la ficción se comenta a sí misma, son la base de la supuesta teoría del conocimiento interna y, sobre todo, una ardua indagación sobre la creación literaria. El libro explora, de hecho, la ambigüedad de la obra de ficción, donde el desarrollo del proceso creativo se impone, sin que la voluntad consciente del autor sea el único motor.
En tercer lugar, lo que podría tomarse por incongruencias argumentales se convierte en evidencia del doblez y la naturaleza antagónica de la realidad. El narrador mismo es consciente de los supuestos «fallos narrativos», como la duplicidad de versiones en la aventura del revisor o la falta de verosimilitud y concordancia, optando por dejarlos, pues carecen de importancia al lado de los propósitos esenciales. Estos fallos son solo superficiales, ya que el valor real de la escritura se juega, como ya fue dicho, en niveles más profundos. El antagonismo que da título a la obra se refleja constantemente en la trama: la lucha entre San Jorge y el Dragón que se necesitan mutuamente para el combate, el amor como guerra interior, o la contradicción de Carlos, cuya fobia a los curas y comunistas es un reflejo de lo que su padre odiaba y lo que él mismo estuvo a punto de ser.
El planteamiento de la novela, al hacer que el objetivo de la escritura sea el recorrido en sí, y no la meta, y al postular que el autor se proyecte y cree a sí mismo mediante su obra, excede astutamente buena cantidad de observaciones sobre los desequilibrios de su argumento. El despliegue de crítica profunda sobre el lenguaje y la conciencia es el verdadero argumento de la obra, trascendiendo cualquier yerro de la trama superficial.
Actualmente, la lectura de Antagonía de Luis Goytisolo adquiere una relevancia complementaria. La validez de los postulados centrales de la novela no solo se mantiene intacta, sino que se ve agudizada al contrastarse con las actuales derivas de la cultura y la comunicación.
La estructura compleja de la obra, su potencia metaliteraria y su crítica a la «cristalización ideológica del lenguaje», son particularmente potentes en un tiempo dominado por la retórica simplificada y el «espectáculo de retórica empobrecida» de las redes sociales. La novela expone cómo el victimismo y el rollo de lo políticamente correcto han sustituido al análisis estructural de la sociedad y la complejidad lingüística en los más variados campos de estudio, incluidos, desde luego, los literarios.
La tendencia a juzgar las obras no por su «estructura narrativa, la complejidad lingüística o la profundidad conceptual» sino por su «conciencia social» o su capacidad de «generar debates sobre la violencia policial y la discriminación racial» a través del victimismo, resulta ser la antítesis de la propuesta de Antagonía, cuyo valor real se juega en niveles más profundos que el argumento, los personajes o los diálogos.
La obra de Goytisolo confronta directamente la superficialidad que achaca a la cultura de la Transición y, por analogía, a la actualidad, como una larga transición a la plenitud del mercado; retrata a la emergente burguesía como un sector «ideológicamente evolucionado, sexualmente liberada (más bien, libertina), y progresivamente captada por un modelo de vida consumista». La crítica al capitalismo pletórico que se manifiesta en la automatización del kitsch mediante la tecnología, encuentra en Antagonía un objeto de estudio perfecto, pues la novela misma es un ejercicio de racionalidad que rechaza el caos y la simulación. Toda materialización del ideal del turbo capitalismo globalista (producción sin subjetividad, conocimiento sin crítica e idealismo anti institucional), es la antítesis del «impulso creador» que Goytisolo define como una «condena» que busca desentrañar el sentido último de la experiencia.
La novela insiste en que la ficción se constituye en un mundo autónomo, un «objeto de posibles referencias», y en que el acto de escribir genera una realidad más intensa que aquella de la que la literatura pretende ser testimonio. La relectura de la novela en un solo volumen, hace inevitable afrontarla en su conjunto, de modo que refuerza su propuesta estructural y totalizadora en un entorno de «fragmentación» de la atención y «brevedad» de contenidos que exigen, aparte autores ligeros, sobre todo, las plataformas digitales.
