Entre lo sublime y lo ridículo: Sobre «Bella del Señor», novela de Albert Cohen
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Potencia crítica, lirismo desbordante. Y sí, desde luego, densidad emocional, en un muy arriesgado juego de arañones al patetismo… La obra de Albert Cohen ocupa un lugar irreemplazable en la literatura del siglo XX. Su capacidad de trascender el género novelístico para convertirse en un acto filosófico, ético y casi litúrgico de confrontación con lo humano, lo hermanan especialmente a Joyce, Proust, Faulkner y Lowry, especialmente con Bella del Señor, culminación de una trilogía que incluye Solal y Comeclavos, y parte de un díptico con Los esforzados. Mucho más que una gran novela de amor, constituye una epopeya del deseo, una teología invertida del sentimiento, un tratado sobre la vergüenza, la identidad judía, el poder, la soledad y la imposibilidad del absoluto y otros ideales. Cohen, diplomático y escritor, erige con ella una obra monumental que desafía las convenciones del realismo, mezclando géneros, registros y voces con una libertad que anticipa muchas de las rupturas postmodernas, aunque arraigada en una tradición humanista y trágica. Su escritura no busca complacer, sino desgarrar; no aspira a la elegancia por la elegancia, sino a la verdad por la verdad, aunque esta sea insoportable. La institución como espacio de contradicción.
La novela narra la pasión desbordada entre Solal, un alto funcionario judío de la Liga de las Naciones en Ginebra, y Ariane, una aristócrata francesa casada con uno de sus subordinados. Desde el primer encuentro, el amor se despliega como una fuerza cósmica, exaltada con un lirismo casi místico, pero también corroída por la ironía, los celos, la culpa y el deseo de posesión. La relación, intensa y destructiva, atraviesa la seducción, la plenitud, la saciedad y la degradación, mientras ambos amantes intentan salvar el amor mediante artificios: cartas, rituales, humillaciones, promesas. Ambientada en 1936, en medio del ascenso del nazismo, la historia privada se entrelaza con la historia pública, y el cuerpo del amor se convierte en un campo de batalla donde se juega la dignidad, la identidad y el sentido. El final es una agonía lenta, no solo del sentimiento, sino de la ilusión de que el amor puede salvar al hombre de su condición mortal.
La temática de Bella del Señor es tan vasta como despiadada. Cohen no se limita a narrar un romance, sino que pone en crisis los cimientos mismos de las instituciones que sostienen la vida humana: el amor, la familia, el matrimonio, la religión, la nación, la burocracia. El amor romántico, lejos de ser un refugio, aparece como un sistema de tortura psíquica, un teatro de poder donde cada gesto es interpretado, cada silencio es un castigo, cada palabra es una prueba de fidelidad. El amor entre hermanos, o entre padres e hijos, está marcado por la ambivalencia, el resentimiento y el deber; no hay ternura inocente, sino deudas afectivas que se pagan con culpa. Incluso el amor a Dios, o más bien su sombra, se filtra en la obra como una parodia trágica: Solal y Ariane construyen un culto mutuo, se adoran como dioses caídos, se exigen una perfección imposible, y cuando el culto se desmorona, queda solo el vacío, el silencio de un cielo que nunca respondió. Pero esta deconstrucción no se realiza con solemnidad, sino con un humor feroz, sarcástico, a veces grotesco. Cohen ríe de sus personajes mientras los ama, los ridiculiza mientras los compadece. El amor se convierte en una farsa, pero una farsa que duele, que sangra, que no puede ser olvidada. El autor no se salva a sí mismo de esta ironía: la novela está llena de auto-referencias, de digresiones sobre el acto de escribir, de reflexiones sobre la vanidad de la literatura, como si el propio texto fuera consciente de su condición de ilusión necesaria.
La estructura de la novela parece caótica, es en realidad deliberadamente asimétrica, rigurosamente organizada en torno a un eje central: la pasión. No hay una línea narrativa lineal, sino una espiral que gira en torno al deseo, repitiéndolo, variándolo, deformándolo. Los capítulos son a menudo fragmentos, escenas sueltas, cartas, monólogos interiores, descripciones minuciosas de objetos o gestos. La temporalidad es elástica: un instante puede ocupar cincuenta páginas, mientras que años pasan en un párrafo. Esta composición, que recuerda tanto a Proust como a Joyce, pero también al teatro del absurdo, refleja la obsesión del narrador por capturar lo inefable, por detener el tiempo del amor antes de que se evapore. El formato mismo de la novela —larguísimo, digresivo, a veces repetitivo— es una declaración de principios: el amor no cabe en una forma clásica, necesita un cuerpo monstruoso, desmesurado, que lo contenga. La obra se niega a ser leída como entretenimiento; exige una entrega casi religiosa del lector, que debe aceptar perderse en sus laberintos, confiar en la voz del narrador, aunque esta lo desafíe, lo provoque, lo humille.
El lenguaje de Cohen es una de las cumbres de la prosa en lengua francesa. Híbrido, combina el registro elevado del ensayo filosófico con el coloquialismo más crudo, el latinajo erudito con el insulto popular, la oración bíblica con la frase de café. Esta multiplicidad de voces compone una elevada polifonía: el narrador adopta tonos distintos según el objeto que describe, pasando del sarcasmo al patetismo, del análisis frío a la exaltación mística. La capacidad expresiva es apabullante: una escena de amor puede comenzar como un himno y terminar como una autopsia; una carta puede ser al mismo tiempo una declaración de eternidad y una carta de despedida disfrazada. La innovación radica en esta tensión permanente entre lo sublime y lo ridículo, entre la grandilocuencia y la autodescarnación. Cohen no teme al exceso, al contrario: lo abraza como condición del sentimiento auténtico, rebelde a la razón que, sin embargo, lo alumbra. En medio del aparente desborde, hay una minuciosidad obsesiva, una atención al detalle que recuerda al pintor que repasa el mismo trazo mil veces: cómo se ata un nudo de corbata, cómo se pega un sello, cómo se mira una carta cerrada. Esta obsesión por lo mínimo es, en realidad, una forma de respeto por lo máximo: el amor no existe en las generalidades, sino en los gestos insignificantes que lo sostienen.
Los personajes de la novela son figuras trágicas, arquetipos en conflicto con su tiempo y consigo mismos. Solal es el hombre moderno en su paradoja más extrema: inteligente, culto, poderoso, y sin embargo esclavo de un sentimiento que lo reduce a la condición de niño herido. Su judaísmo no es una identidad fácil, sino una marca, una herida, una fuente de orgullo y de vergüenza. Ariane es la aristócrata atrapada en un mundo que se desvanece, que busca en el amor una trascendencia que ya no encuentra en la religión ni en la clase. Su belleza es un arma y una maldición. Los personajes secundarios —los Deume, los criados, los colegas de Solal— funcionan como espejos deformantes, que reflejan la grandeza y la miseria de los protagonistas. Cohen los dibuja con una mezcla de ternura y crueldad: no los juzga, pero tampoco los perdona. Todos están atrapados en instituciones que los moldean y los destruyen: el matrimonio, la burocracia, la sociedad ginebrina, la historia europea. Incluso el lector es un personaje en esta obra: no se le permite ser un espectador pasivo. La novela lo interpela, lo desafía, lo obliga a preguntarse si él también miente sobre el amor, si también construye ídolos para no enfrentar el vacío.
Bella del Señor es ejemplar magnífico de arte como situación comunicativa. El autor, lejísimos de un vate inspirado, se eleva como sujeto que ejerce competencias intelectivas al máximo. La obra no es un objeto estético, sino un texto elocuente que se dirige al lector como intérprete activo, capaz de reconocer el cuestionamiento y reevaluar sus propias concepciones. Este último, en efecto, ha de participar en el drama interpretativo, debe confrontar sus propias ilusiones sobre el amor, la identidad, la moral. Y el marco institucional —la literatura, la crítica, la enseñanza— no es un contenedor neutro, sino un espacio de disputa donde se juega íntegro el sentido.
Cohen escribe… sí, contra la posteridad. Su obra es una institución en ruinas que, sin embargo, sigue funcionando como lugar de encuentro entre lo verdadero y lo imposible. Sin mentiras…
