EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - XXXV
Entonces, un día, cumpleaños de mi madre, se congregaron en casa, la pequeña y sencilla casa de la maestra de escuela y su esposo, profesor también, más de cincuenta alumnas y exalumnas suyas para agasajarla, cada una con un regalo hecho con sus propias manos —entre los que abundaron tortas, tartas, pasteles, galletas y bizcochos de todo tipo— impulsadas, más allá del enorme cariño que la profesaban, por lo divertido de armar semejante jaleo en un lugar tan inconvenientemente dispuesto para ello, de colmarlo con su efervescencia adolescente y verse todas juntas, casi codo a codo, reunidas como muy rara vez fuera de las aulas, en suma, por compartir la originalidad del gesto.
Un festival, me apresuro a decir, impelido por el afán de precisar la situación tal como me la había representado entonces, rodeado de tanta vida, dichoso protagonista, nada más que para mí, secretamente, de la más inesperada celebración contra la definición, la finitud en sí y su orden, burlando además el precio que debía de suponer más allá de las limitaciones de mi capacidad de cálculo, para reconocer el punto en que, como luego leería, el cambio cuantitativo derivara en cualitativo. Pero entonces experimenté una forma de embriaguez que, luego, en contadas ocasiones también habría de marcarme hondamente, como ninguna otra, a la vez que nublaba mi memoria; una forma de embriaguez que pude reconocer, por primera vez, no era tan nueva como en principio suponía, pues además de explicar, se correspondía en la impresión misma que la hacía más clara en sueños que en la vigilia, los fogonazos que hasta hace poco pretendí representar mediante una forma de expresión de sintaxis interrumpida, apelante cada muy poco, cada vez, al silencio, al vacío mismo del lenguaje, no por deficiencia de éste, sino simplemente por honesta circunscripción al ámbito de la verdad, limitándome a afirmar nada más lo que de veras vi, reconocí y luego supe, significaba algo más allá de la simple imagen.
Cuanto conservo es un cúmulo informe de impresiones, una nebulosa fluctuante, tan pródiga de resplandores como voraz de luz, por tenue que sea, en su envés; un torbellino: dando vueltas, jirones, tanto de vistas, como de visiones y visualizaciones, todo real, mas desgarrado y difuso, para perder la consistencia propia del recuerdo fiel cada que lo evoco, y cobrar una densidad absurda —con el consecuente vértigo, demoledor—, cuando cierro los ojos y me digo, basta, quizá ya sea tiempo de olvidar. ¿Qué queda, entonces? Un desfile de colores, ante todo, piel y cabello, ojos y labios, removiendo la marea perfumada, mezcla de la variedad creciente, para muchas de ellas mismas —fuentes—, desconocida; al vaivén de las formas, al compás de los pasos más o menos próximos al equilibrio perseguido de la plenitud de las caderas, para el que acaso falta todavía, por más que se note en unos casos el esmero, y en otros, la confianza en la naturalidad de su cercanía. Y risas, dientes fieros, entonces brillantes de claridad, sí, en todo sentido: festejo de la ingenuidad, que aquí nadie morirá y nadie, tampoco, llegará al otro extremo del llamado común de paz: el bostezo. Salvo que —¿por qué no? —, durmieran juntas, unas cuantas, en una de las camas, leve siesta entre el rumor de chisme en torno, mientras la música vibra en la sala comedor, llenísima. Pero pronto, muy pronto se desestima la idea: En efecto, tanto el soñador que recuerda, como el memorialista que tantas veces soñó con esto, quien en todo caso os dice la verdad, opta por la vigilia, ebrio, mil veces, entre ellas, las chicas que lo saludan, le piden que las acompañe, que juegue con ellas, y lo escuchan hablar y hablar, como si probaran todo lo que sabe de veras, aparentemente inagotables. Y sonríen, sin burla, pues es así, lo sabes, te habrías dado cuenta, pese al vértigo y la emoción, porque antes de permitirte la expansión…, sí, me digo, y respiro hondo, aliviado de que también sea verdad, lo pasamos bien, no sólo yo, y el tiempo se diluyó entre el cascabel de una y otra risa.
El único momento nítido del todo, aunque, como el resto, de bordes borroneados, extracto cristalizado de vigilia, quizá porque tenía entre manos un libro con ilustraciones de ballenas y hablaba sobre ellas sin perderlas de vista, enormes, sin miedo a sumergirse en la profundidad helada y cantar desde allí la adivinanza de la demora de su ascenso, y porque me sacó de allí, de lo oscuro, un soplo incontestable de vida, concentrado en el mechón rubio perfumado que cayó sobre mí con el asomo de Ella a la fotografía central del volumen, en el ojo del cetáceo, pozo común, acaso, de nuestra curiosidad.
Sí, hermanos míos (abrazados) —extraviados como yo, fuera de la memoria—; inhalé. Y no recuerdo haber dejado de hacerlo, de ceder a la devolución de ese aire, ni siquiera cuando se supone que debió ocurrir, pues para entonces ya era otro día. Entretanto, había soñado más de una vez con ese día.
