EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - XXXIV

Entonces, repentinamente, con la sensación de alivio, sobre todo, pero también el regocijo que trae consigo el afortunado acierto de haberse movido uno, apenas, un mínimo desplazamiento aleatorio en la cama, motivado por el calor, hasta dar con la caricia de la brisa que se cuela por la ventana entreabierta una tarde bochornosa, así vi disiparse la violencia con la que hasta el momento me había visto impulsado a recorrer la memoria de entonces en el 424, la urgencia de apelar a cada imagen generando, en la medida de lo posible, un relámpago par al de la revelación de su sentido, o el que creía que debía serlo, sinuosa, escurridizamente vuelto a la marea electrizante de donde provenía. De pronto, eran los objetos a mi alrededor, lo mismo que las sensaciones físicas y las emociones despertadas, jugueteando siempre en los límites de su definición y a menudo burlándola, lo que tendía hacia mí desde el pasado, sin mayor intervención de mi yo del presente, preocupado —como no sin motivos sigo estándolo— sus delicados extremos, trazos levísimos en el aire que se interponían ahora entre quien de pronto se reconocía suspirando y el presente debidamente discernido, al menos para clausurar la jornada; de modo que las claves de su reconstitución en mito, ya que no —imposible— en nueva realidad, me resultaron de autoridad suficiente para disculparme, trazando el límite de mi capacidad de objetividad. Y es que tus cuadros, Ana querida, se corresponden a la clave actual de una representación, dentro de ti, ajena al calendario, par a la mía y a la de todos quienes hemos procurado en determinado momento dignificar el pasado más allá de nosotros mismos, como se dice, de la época, nuestra época… que se va y cuyos últimos vestigios desaparecerán con los adioses que alcancemos a transmitir con la mirada, ya dispuestos al silencio definitivo, salvo que algo hagamos, trabajo o no, obra, en definitiva.

El alivio fue y es considerable; no ha mermado, en realidad. La domesticación del pensamiento implica reconocer cuanto de salvaje pervive en él y, al fin, me resulta más o menos clara la responsabilidad que me corresponde, ya puestos en el recuento: garantizar que lo que de indomable se cuele, revele, por gracia del contraste con el resto de la reflexión, esmeradamente articulada, la magnitud del silencio que requiere, más que como un guiño, incluso franco, un tic delator, verdad por detrás del manto de la realidad tejida verbalmente.

Afuera, es fácil visualizar —que no ver— cómo el día se dilata en una suerte de bostezo herido donde incuba pronto el germen del recuerdo doloroso, huido de la reflexión, irresponsable, y, por más que uno pretenda combatir el reflejo, en concreto, los espasmos, nos excede y desborda reduciendo a absurdo la idea misma de brevedad; todo porque entonces, un instante apenas, se inflamó la nostalgia, ganó peso y nos arrastró a ceder por lo que dura un pestañeo al engaño: preferir fugazmente el sueño a la vigilia, como si para descansar de veras de uno mismo bastara ese imposible: apearse de la rueda del reloj mientras el resto del mundo continúa girando a toda velocidad: los sentidos vueltos hacia adentro, paralizados. Aquí, en cambio, no cabe el engaño. La paradoja es evidente: donde se tiende cada vez más a soñar despierto y se promueve el intercambio de versiones a cuál más delirante de un supuesto bienestar individual, dizque irrepetible, y en realidad pre envasado; donde cunde la confusión entre simpleza y franqueza para hacer pasar miseria y miedo disfrazados de dignidad; entre tanto ruido, la honestidad es cada vez más rara y se justifica, en consecuencia, para invocarla, un despojamiento implacable: el hombre apartado del paisaje, especialmente del de las estructuras que inventó, armado solamente de su propia desnudez, la masa de tejidos sujeta a la gravedad, objeto de probable aceleración, física elemental, aunque desafiada, para que quien encaje el cuadro refleje en su mirada, quiera o no, por quién se tiene a sí mismo y qué entiende de veras por el otro, lo que expresa de una u otra forma, incluso si calla, pues entonces, se abre el espacio ante el lienzo para el signo operante, apunte u omisión, así como la ambigüedad…