EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 32
Entonces no tenía idea de a dónde por muy claros que fueran el rumor del río los suspiros del follaje alto y el crepitar del fuego trazar un rumbo fijo me era imposible la lluvia el temblor de los millones de hojas y el olor de la tierra negra me envolvía en el sueño no señalaba ni aludía tan siquiera a una dirección
Es sólo ahora que entiendo acaso basta un punto de partida y es aquí entonces — traerla a Ella ojos almendrados donde supongo viene conmigo sí ahora para recorrer conmigo la memoria una línea paralela a su misma invención por entonces cuando la música y los dibujos de los jóvenes robusta ya tan nítida —
aquí de perfil a tus cuadros Ana para desde ellos tentar el contacto la huella cálida a través de la paradoja mineral como partir al bosque o quizá arrancarme a mí mismo de él mediante el mar pues es ya lo dije antes haber develado lo cierto y desgarrar la ilusión pues sirvió sin duda y tanto tiempo como motivo — hasta poder asentir no con la masa sino en libertad — la propuesta la voz el reclamo no son clamores de milagros se trata más bien de lo que se da y no de lo que se espera… a propósito de lo cual guardé silencio un largo rato — hasta decantarme evadiendo la solemnidad:
(Sin deidad)
La guarda de un milagro al que el mar
se impone con su canto…,
yace el canto, triste, tozudo — empeñado
en asentir negando: ajeno
al roce, la labor entorno — cientos millones
de apacibles guijarros…,
primos de estrellas, todos, inocentes
paseantes de Saturno…
Bien, canta, si quieres: acaso,
y sólo tal vez
conozcas una mano, pero
ten en cuenta: Nadie
te habrá besado tanto
como el mar,
ni abrazado
como tus hermanos…
