EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 31

Música, siempre; por mi padre, clásica, sobre todo Bach, y la que imperaba entonces en español, grandes producciones, composiciones de Manuel Alejandro y otros, para grandes voces; mi viejo, esmerado, también tocaba bien guitarra, y cantaba mejor; valoraba en la radio, la variedad, mientras yo prefería el rock, pero, gracias a mis primos llegados de viaje, y sus amigos, música de otras partes: jazz, y más rock, pero progresivo, mucho, pero también, un día, entre lo más suave, — algo — que resonó en mi memoria — una rara síntesis de herencia confesional y la innovación armónica de la maravillosa Joni Mitchell, a quien entonces apenas había escuchado, sí, pero que luego reconocería como antecesora, especialmente en su fase jazzística y en la desconstrucción pianística de Blue —; se trataba de una sensibilidad narrativa más afín a Peter Gabriel — y sonidos orgánicos — un sustrato etéreo, casi arquetípico, raíces célticas y el imaginario sonoro del bosque — un tejido delicado y potente, seductor, sobre todo, eso, de arquitectura compositiva donde el piano, y no la guitarra eléctrica, erigía el eje armónico y rítmico principal, un piano tratado — como paisaje — acaso, golpeado, acariciado, raspado en sus cuerdas internas, convertido en percusión y en susurro —, sobre el cual — una voz que abandonaba el bel canto hacia el frágil falsete quebrado, el contralto cálido y envolvente — rechazaba tempranamente la frialdad digital incipiente de la época en favor de una ambientación acústica cálida, rica en reverberaciones naturales — algo de lo sacro y lo primitivo; no en vano, el arpa, la gaita uilleann, los violines, todo integrado con sintetizadores de pads atmosféricos y loops rítmicos sutiles que debían más al ex vocalista de Genesis y Kate Bush que a cualquier fórmula pop contemporánea, sí: con el bosque como metáfora de la psique, algo así, — articulación de una experiencia material dolorosa e intensa como vía de conocimiento y catarsis, rescatando la emoción, pero no por sí misma, ciega, sino como boceto desesperado de epistemología —; y es que entonces, me parece también, surgió una suerte de nostalgia por un futuro perdido, desviación penosa de saudade — de los hijos extraviados ad portas del fin de la más elaborada artesanía, por entonces nada exclusiva ni tan emparentada con el lujo; su insistencia en la memoria personal y colectiva, su evocación de un mundo natural y espiritual (no místico, simplemente, ni mucho menos) se intuía amenazado, así que esas canciones, las voces, sobre todo femeninas, actuaron como elegía antes de la inundación digital y la fragmentación cultural…; a ello debía, pues, su personalidad señera y profundidad autobiográfica irreductible: eran testimonios — ceremonia de evocación contra el desvanecimiento, un último suspiro de la era del álbum como obra de arte total, donde el sonido del bosque y la herencia múltiple no eran anacronismos, sino lenguajes vivos para expresar una modernidad herida —

El bosque, el bosque: — su representación superaba el pastorilismo, — más bien constituía una topografía sónica, a menudo inquietante, con la femineidad como un arquetipo edulcorado de la naturaleza, sí, pero también de fuerza intrínsecamente ligada a los ciclos de crecimiento, descomposición y regeneración; así, el paisaje era un espacio — a partir de capas de resonancia: densidad oscura del sotobosque: luz filtrándose a través del dosel arbóreo: roce de martillos y retumbar de las cuerdas en la caja de resonancia: melismas que se enroscaban y desplegaban como enredaderas: ecos provenientes de un claro oculto: contrapuntos narrativos; lo puedo oír, lo escucho: instrumentación de timbres de origen orgánico, con irregularidad deliberada, afinados con frecuencia en escalas modales reminiscentes de piel pálida que evitaban el vibrato romántico en favor de un sonido más seco y directo, como un viento cortante: dolor y éxtasis con igual propiedad, pulso tribal y cavernoso: ambigüedad no sin peligro, donde la claridad melódica podía, de repente, sumergirse en la disonancia más oscura de la madera…

Era eso, por una parte; por otra, el barroco; y, como puente, la instrumentación moderna, — amalgama, pero esto, después, algo después