EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 30
Memoria, imágenes — hilandería — con la madeja de años; y veía y dibujaba, los dibujaba, no a ellos, precisamente, pero sí — jóvenes, personajes ataviados así, aunque no podía precisar qué llevaban puesto — los términos, pero sí del carácter que pretendían comunicar: quiénes eran, quién se creían y quiénes querían llegar a ser, — según la ocasión — juventud, siempre, no obstante, las diferencias; y había mucha variedad, más atuendos que disfraces gremiales, como ahora, aunque pudiera parecer que era distinto; al menos aquí se trataba, claro, de imitar, de hacerse una piel — entre ídolos y monstruos, pero el afán de pertenencia no se sobreponía a la individualidad, vista entonces, más bien, como personalidad, es decir, antes de decaer; de modo que había de todo: últimos ecos — pulcro, con sus suéteres de cable knit, gruesos y tupidos, lana merina de roce pretendidamente aristocrático, — colores óxido, azul marino o blanco hueso, y el patrón de rombos — figuras ecuestres, insignias bordadas con hilo de algodón — y el polo de piqué, todo de algodón, con cuello rígido y sus tres botones de nácar diminutos, camisas, a veces; los pantalones chinos, tela de algodón y poliéster — tacto suave y ligeramente cálido, en tonos desvaídos de mostaza, rosa salmón o azul celeste, caían — el pliegue, hasta rozar los mocasines de cordón, piel marrón lustrosa; ellas, — faldas plisadas de tweed, tela áspera y multidireccional, entretejida con hilos de colores contrastantes — evocación de paisaje otoñal, — y se ceñían la cintura con un cinturón de piel y se acompañaban de jerséis doblados con negligencia sobre los hombros, cuyas mangas vacías colgaban como miembros inertes, en una pose de desenfado supuestamente heredado; — y ante la pastoral burguesa, áspera y eléctrica, una cacofonía de agresividad y símbolos rotos; la trillada chaqueta de cuero, pesada, de olor a curtido, — cartografía personal de pines de metal; debajo, las camisetas de algodón, estampados descentrados y craquelados de eslóganes; — Levi’s 501 o imitaciones, desgastados, azul pálido en muslos y rodillas, o teñidos de un negro intenso que se decoloraba a gris con los lavados; y botas; mientras, asomaba ya, aunque tímidamente, la opulencia aspiracional acompañada de rimas violentas — Adidas, tres bandas paralelas en contraste blanco sobre azul marino o rojo fuego, o Puma, franja felina; chaquetas de cremallera abierta hasta el esternón para revelar bisutería de pacotilla, y — los pantalones de entrenamiento, de algodón grueso, se ensanchaban desmesuradamente desde la cadera, formando pliegues profundos sobre las zapatillas: el verdadero patetismo del culto; pero no era todo, ni mucho menos, — color, color — en la oscuridad pulsante de los fines de semana, contaban — y se veían: pantalones baggy, colores ácidos, como globos alrededor de las piernas; ellas, harem pants, cintura bajísima, estrechamiento en el tobillo, seda sintética o satén — también tops de licra, ceñidos, en colores fosforescentes, hombros y espaldas marcadas por el sudor y el baile; casacas enormes, aquí y allá, también para quienes supuestamente se trasladaban en skates o patines, aires, dizque, de caché práctico y desgarbado, — más pantalones baggy, pero de lona o dril de algodón, colores neutros de caqui, gris; las camisetas extra grandes de algodón grueso, estampadas con los logos abstractos y coloridos de marcas; las zapatillas de lona negra, suela de goma, — gorras de equipos deportivos gringos, visera curva y rígida, doblada en los extremos: U perfecta, el logo bordado en el frente, y la hebilla trasera ajustada con precisión…; ahora bien, por supuesto, me fijaba sobre todo en ellas, entre cierta dulzura nostálgica y la energía deportiva del supuesto progreso: jerséis oversize de cuello cisne, acrílico suave y peludo en tonos rosa confeti, malva o azul bebé, mangas largas hasta cubrir las manos, solo los dedos asomando; — faldas tubo, pero menos veces; pronto fue el momento de las de tartán o franela fina; leggins de licra, a menudo combinados con largas camisetas; las hombreras, insertas en blusas de satén o en vestidos de punto, todo exagerado, — silueta triangular, ejecutivas de telenovela — y la variedad de detalles, aditamentos: aretes de aro, grandes, de metal dorado o plateado, rozaban los hombros; los pulsos de plástico en todos los colores, apilados desde la muñeca hasta no muy lejos del codo, cada color dizque un significado; las fajas anchas, de raso o de cuero sintético, neón, que se cinchaban sobre la cintura de una camiseta o un vestido, dividiendo el cuerpo en dos mitades precisas; chokers de terciopelo negro, ajustados, con un pequeño dije de plata, una cruz, un corazón o una lágrima, pero casi nadie llevaba Walkman, curiosamente; intuían que se trataba de una forma de pose ridícula — era demasiado…, si de lo que se trataba era de andar entre otros, y cada quien sabía en realidad a dónde pertenecía, quisiera o no, ¿dónde podría haber cabido engaño?, si saberlo determinaba tan claramente la fuerza de cada quien — pasos, uno, dos, hacia adelante, a ser adulto, pero entretanto, el goce, lo que venía y se iba — entre estampados de camuflaje, no en verdes militares, sino en rosas y lilas, — boutade lúdica; neones fluo, letras graffiti, enredadas, salvajes, y logos, logos, lo que implicaba que quien los portaba debía de saber algo de ellos: — ventanas, otras latitudes, la variedad y, como no había modo de retornar, no, nunca, tallaban tanto, tanto, la memoria, el comentario, — mil veces: juntos —
