EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 28

La importancia de las cosas. Cada observación… Qué medida corresponde, la proporción precisa, me preguntaba, pasando por alto que en realidad depende de cada situación, tal era mi sed de absolutos: una respuesta contra el absoluto de la finitud, igual de contundente, incontrovertible; de todos modos, notaba que, por ejemplo, la importancia de un pequeña piedra recogida de la orilla del río en un paseo no podía ser la misma para el niño que la recogió que para el adulto que se entera de su aparente error una vez la ha botado; pero, además, entonces, todos lo teníamos claro, la pauta tendría que ser la adulta; lo que correspondía a los asuntos de los niños era, desde luego, cierta comprensión, el amparo maternal, sobre todo, y la puesta en rumbo, de vuelta, del padre, pero no más, — debíamos crecer, no correspondía a los adultos concedernos la ilusión de un mundo reducido a nuestras expectativas, en caso las tuviéramos; eso habría sido cruel, como cualquier engaño, y ya por entonces no sólo sabía que no podía levitar por mucho que me concentrara en ello, sino que, en caso siguiera los supuestos pasos del santo de Asís y partiera descalzo y con las manos vacías a vivir de la providencia, moriría pronto, no sin haber sido seguramente abusado. Esta no era una visión catastrofista, para nada, ni mucho menos una promovida o, peor, impuesta por nuestros padres, imperaba desde mucho más allá: el ejemplo de la vida en ese orden lo teníamos todos a la vista en medios de comunicación, en cada plática oída de paso en la calle, pero, para mí, con un atractivo inmenso, en las visitas a casa; es así que, desde pequeño, anduve rodeado de gente mayor que yo, los amigos de mis padres, que no eran pocos, pero sobre todo exalumnos suyos y estudiantes de secundaria, cuando yo apenas contaba cinco, seis años, — chicas y chicos —; su forma de ver era entonces bastante coherente; había drama, claro, pero duraba poco, no podían permitírselo a sí mismos, se suponía que pronto debían estar listos para mostrarse fuertes a su propios hijos: el mundo giraba rápidamente, ya entonces se decía, y aunque hoy, efectivamente, las novedades se sucedan mucho más violentamente y se sepan, aunque no todas, más pronto, lo cierto es que respecto del orden en la vida de cada quien: — cuerpos, nada de escisiones absurdas de cuerpo-alma, incluso en los más religiosos, para cada quien, sí, todo estaba bastante claro: había un momento dispuesto, un margen razonable para la realización de las distintas etapas; recién por entonces se empezaba a alentar a la gente, cada vez más agresivamente, a creerse que podían, cuando quisieran, volver a empezar; no, no, ellos sabían que no era cierto, no en todo, pero no desesperaban…, a nadie le imponían lo que, más bien, resultaba obvio deseaba la amplia mayoría, sencillamente por atender tanto al instinto como a una razonabilidad bastante evidente, lo que no impedía que, por otra parte, hubiera quienes se trazaran un rumbo distinto, pero, en tal caso, — nada de hacerse los ciegos, que cada quien paga y todo tiene un precio…