Cuando decidí venir aquí aprovechando el peso de la evidencia, la gravedad — tan al borde de la llaga abierta, cuando me dije que, ya puestos, había al menos que fructificar el fiasco, la vergüenza — otra vez al borde, una vez más, intolerable, — e invocarla a Ella, no más como consuelo — imposible, sino, por última vez, cediendo parcial y estratégicamente a la tentación, para librar, a la vuelta de la sima, al rebote de los huesos contra la muy material finitud del ensueño, retorcido, cruzado de razón, una última batalla y — deshacer así, definitivamente, el espejismo; cuando me dije que cabía de tal modo — era en efecto una solución: recorrer juntos, al principio, la memoria remecida, renovada por tu obra, hasta dar con el tramo apropiado, el momento en que se quebrara la linealidad y todo fuera piel del toro, cuando decidí ingresar aquí, concentrado, como toca — zona de tiro —, ignoraba que me encontraría tan pronto, zozobrante, manos tendidas hacia la ilusión, en pos de algún alivio, la gravedad — ahora, peor que nunca, pues una vez develado el engaño, no cabe vuelta atrás, no hay envés, ni siquiera en el lomo escamado de la noche, río del tiempo vibrante en el eclipse…
Y es que no hay —
no hay — y es ahí, pero ¿dónde, sino más hondo, tras la piel? ¿si se abren más caminos, nuevas noches — rojas?