EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 23

Apropiarse, entonces, de cada instante, y descubrir que todos contienen, dentro de sí, una suerte de clave de su propia amplificación, acaso infinita; — matemáticas —

Entonces ignoraba el término Symploké, pero, como fuere, había que detenerse a pensar al respecto — con el consecuente vértigo: cada momento se presta a su dilatación en segmentos, abiertos a su vez a nuevos pasajes temporales, cada cual tan o más amplio que el original, merced de una red causal enormemente densa, al punto de llevar a tantos, es bien sabido, a desdeñar, pasmados, sobrepasados por el horizonte en torno, por el esfuerzo de concebirlo íntegro, que hay, y vaya que a menudo, casualidades;

— de modo que se trataba, entonces y por tanto, de un posible alivio, felizmente al margen de la idealización, aunque apelara, como alcanzaba a notar, a una capacidad mental muy por sobre mis posibilidades, no sólo las momentáneas sino las más remotas a futuro: es que, vamos, no era yo un niño prodigio, bien lo sabía, pero me empeñaba, por lo mismo, en aprender más, más, todo lo posible, a ver si, como los músculos, el mundo en mi cabeza ganaba potencia para hacerse mayor, apropiándose de los demás; y éste era un punto especialmente relevante, pues si mis capacidades eran inferiores a las de otros, a quienes admiraba —cómo disfrutaba de saber de ellos, de escucharlos hablar en la tele, por ejemplo—, bien podía desarrollar más formas distintas de ver — la realidad, de — abordarla, y algo de eso había notado entonces ya en la pintura, patrimonio humano, un banco inmenso de visiones; eso, primero, y luego, mucho más claramente, en los relatos, la oralidad y, claro, ni se diga de lo escrito; en efecto, me decía, más o menos, cada forma de contar hechos, sucesos, de señalar cosas y describirlas, así como de plantear situaciones, implica necesariamente un abordaje distinto de una realidad tan inmensa como irreductible a ninguna perspectiva en particular, incluso tratándose de la más pequeña arista; de modo que

había campo nuevo, fértil, — recovecos y atajos varios en las intersecciones, donde las cualidades de una forma de ver potenciaban o catalizaban de modo menos previsible las de otra; como si de mezclas se tratara, con resultados especialmente penetrantes, no tan infrecuentes, además, — que permitían tanto ampliar el rango de operaciones, como potenciar algunas experimentadas, y poder aproximarse, sí, aunque de lejos, a las fronteras de los mejor dotados, siempre apeados de su inspiración con décadas de adelanto; — sí, — acaso, quizá —; cierta lógica justificaba el empeño…

Ahora, antre tus cuadros, Ana, cuando recupero poco a poco el aliento, digamos, tras las inmersiones — analéptica invocación — que (al pulso en el aliento y la nitidez disminuida del enfoque afuera más allá donde el tacto acaba adonde se tiende el cansancio y todo ligero hormiguea), evidentemente más exigen de mí, — entre el silencio y la marca que urge, del aparente progreso, con cada arremetida, propiamente — entre nudos minúsculos de signos, entre coordenadas trazadas a anáforas, aquí, digo, entre las imágenes — tus imágenes, — es imposible no asentir ante el símil: un conjunto circular de aproximaciones parciales, momentos negados — en que el tiempo se coagula, acaso, y emerge mineral una verdad remota, de donde se supone habría de expandirse la tibieza humana, que quiera o no miente, parcial, siempre, por su vida —

Porque la contemplación requiere una renuncia más allá de la voluntad orgánica, constituye en sí una paradoja — rebosante de soberbia — tan explotable, lucrativa

por su pátina de sabiduría aparente

que algo aporta, bien dosificada, en efecto;

mientras

tu obra, por otra parte, interpela — y mi exploración —eso pretendo— tironea en busca de un nervio universal, a ver si se activa en arpegio el impulso antiguo de traer a la vida el tiempo, cuando la memoria era compartida en voces que eran roces, en abrazos que incendiaban, lejos, tan lejos del remedo de los hologramas —

para empezar, para empezar…

En fin, vamos de nuevo…