EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 15
La demora — necesaria… Cuando, luego de haber dado con la clave, el momento que opaca en torno, a tantos otros, me percato, hay que intervenir como quien procura de emergencia, tenso, no obstante el mayor o menor grado de destreza, y con los instrumentos esterilizados apenas, salvar la retina o el globo ocular o algún nervio, restablecer la capacidad de ver que antes, es seguro, tenía quien inocentemente se vio enfrentado a la revelación, también inocente, de quien —con cada porción de su vida, entonces, en apenas un instante, determinó una nueva expectativa en él, para el resto del mundo, más resto que nunca, incluso con el valor de maravilla, — y condicionó, en definitiva, el asombro a una nueva escala.
Trastornado, el tiempo —
desde luego. Al punto que distintos rasgos, puntos, coordenadas, comenzaron a girar en torno suyo desde su aparición, haciéndola, como corresponde, pues es verdad, múltiple: — Espíritu — en carne, elevado, finalmente, adonde la lluvia se forma y cae, ora para calmar mi sed, ora para ahogarme y, llegado el día, donde me encuentre camino a la cima, acabar conmigo, quizá abajo, en la sima, las palmas de las manos y el resto del cuerpo todo magullado, de porfía, llamándola, a sabiendas de que no
(ah, mundo)
tiene — nombre…
Hay que tomárselo con calma. No sin humor —, pero poco — grieta en la lógica imperecedera de destino único, certeza terrible, el velo final…
Así que, aprovecho — ocurre y — anoto: No es que me falle la memoria: cada nueva ventana parece más bien un desgarro en el panal cuyo cénit, paradójicamente, — principio, corresponde a un pasado, entonces cercano, demasiado, al punto de eclipsar gran parte de lo vivo, lo vivido y, más aún, lo vívido, alrededor — Es verdad que no hay mayor complejidad que la nuestra — el hombre, la mujer — y, por tanto, no cabe más que cuanto da de sí una encarnación particular; en mi caso, la primera, para siempre: Bien nacida… Ella
