EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 11
El tiempo que se va…, era eso, la certeza, tan simple y — no querer saberlo, así que — ver, ver, devorar, cada detalle, y el desespero de dejar de lado, en cada recodo del flujo, decisión, otras cosas, tantas, hechos, sucesos, situaciones, ay, y registrarlo, de momento dibujos pero también palabras memoria ecos secuencias en el aire, pero no sólo para preservarlo, sino sobre todo para completar así su sentido mediante el ejercicio — la representación y, hay que admitirlo, pasados tantos años, pues entonces no lo tenía ni remotamente claro, tan confiado en que cuanto podía era cuanto de veras cabía hacer, concentrar de su totalidad, una parte, una versión reducida, en lo posible, esencial, más fácil de contener, de llevar contigo, niño, hombre — sin tiempo, adonde la frontera abra paso, y también, también — más seguro, para comunicarla — los demás, con ellos, todos, que son niños, que lo han sido, todos, el mismo miedo, así que miren, miren, que está vivo, algo así, y ya entonces sonreías con la idea, pobre diablo, imbécil — así que dibujas, dibujas — de todo, por ejemplo, pirámides; las de los egipcios, sobre todo, fascinantes; dibujas en el reverso de unas estampas de viajes rescatadas de montones de material dispuesto al reciclaje; es que tus padres no pueden permitirse comprar tanto papel como requieres para lo tuyo — todo el día, por supuesto, como piedras, como las traídas de tan lejos — dibujas — desde luego, no sólo pirámides; aparecen otras formas allí mismo, al lado de ellas, a sus pies, el paisaje se extiende, pero sobre todo en cuerpos, gente; — imaginas que diriges la edificación de una nueva montaña con forma de poliedro perfecto; las rocas son talladas por cientos de trabajadores; uno de ellos podría ser, acaso, un profeta más tarde, como en la película esa que vio con mamá; como sea, es trabajo duro; y tú mismo participas de él, la inmortalidad, pero no a través de cinceles y martillos: construyes, sí, pero también — eres tú mismo las formas a través de tu visión, de la que brotan los volúmenes mismos, táctiles, aquí, — ilusión, anticipación y, hasta quieres creerlo, aunque nunca lo consigues: vestigio; y supervisas la materialización del sueño como una cámara debidamente dirigida bajo la escuela de Hollywood, porque son tantas y tantas las películas, no obstante, recién aprendes a interesarte por otros elementos, menos llamativos a primera vista, las personalidades — no importan, prima el mineral, y los músculos en acción, el sudor sobre las pieles rojas de sol, el ruido, la métrica fallida de los golpes que se entrecruzan, como aquí, entre
tus cuadros, Ana, pero también, en otros momentos, aparecen las bestias, fieras vivas y otras extintas, y su paisaje, con cielo de otros colores, vegetación remota, alucinante, salvo los helechos, maravilla, tan grandes, sencillos, armónicos, matemáticos, y a la vez, no; pero, es verdad, para confluir todo finalmente en una consciencia, una memoria, experiencia, fruto de lo vivido, que incluye también el atisbo de lo que no, — y el vacío, como aquí, como aquí —
