El brillo de la imagen: Sobre «Prestigio», novela de Rachel Cusk

Por Juan Pablo Torres Muñiz

El asunto de cómo se construye la identidad en un mundo de narrativas impuestas, cosecha interés, pero, en general, una pobre problematización. La vida contemporánea exige negociar constantemente entre los relatos personales y los marcos sociales que los enmarcan —la familia, el arte, el prestigio—. En el territorio de la ficción literaria reciente, sin embargo, vale la pena hablar de Rachel Cusk, quien con Prestigio (título original Kudos, 2018) culmina la trilogía iniciada con A contraluz y Tránsito, consolidando un proyecto narrativo que, desde la órbita de la así llamada autoficción y el relato testimonial, disecciona con precisión las complejidades de la imagen individual y las relaciones humanas.

En la novela a la que nos referimos, Cusk despliega un andamiaje formal realmente interesante donde la voz narrativa —Faye, escritora y alter ego de la autora— actúa predominantemente como escucha: recoge y refracta los monólogos de una serie de interlocutores. Esta estrategia erige la narración ajena como el espacio donde se construye y desmonta, supuestamente, el yo. Desde la perspectiva del sujeto cuya identidad y agencia están profundamente mediadas por las instituciones sociales (familia, matrimonio, mercado literario, roles de sexo, expectativas sociales), el texto se revela como una notable exploración de cómo el individuo negocia, resiste y a menudo queda atrapado en los marcos narrativos que él mismo y los demás tejen para dar sentido —y prestigio— a la existencia.

La trama, de una simplicidad engañosa, sigue a Faye en su participación en un festival literario europeo. El viaje comienza en un avión, donde su vecino le relata la dolorosa noche en la que decidió sacrificar y enterrar al perro familiar, Pilot, acto que desencadena una reflexión sobre su paternidad fallida, su jubilación problemática y la disolución de su autoridad en el hogar. Este encuentro establece el patrón de la novela: Faye se desplaza por un circuito literario (hoteles, entrevistas, fiestas, comidas) donde diversos personajes —un editor cínico y exitoso, una novelista debutante desencantada, una periodista atormentada por la envidia y la enfermedad conyugal, un guía adolescente con una lógica Asperger, una mecenas aristocrática, un escritor transformado por el éxito comercial— le confían sus historias. Estos relatos, aparentemente autónomos, giran en torno a la familia, el arte, la verdad, la justicia y las ficciones que sostenemos para sobrevivir.

Cusk renuncia a una trama convencional con clímax y resolución, optando por una sucesión de episodios vinculados por la presencia del personaje-receptáculo y por ecos temáticos y formales. Así, cada conversación encierra un mundo narrativo completo, a menudo con su propia tensión dramática y aparente epifanía. El argumento es, en esencia, el despliegue acumulativo de estas confesiones: vidas ajenas, en una progresión nada causal sino guiada por la temática y acentos de intensidad, moviéndose de lo íntimo y doméstico (la muerte del perro, los conflictos familiares) a la reflexión más amplia sobre la industria cultural, la política de género y la naturaleza de la narración misma.

Los personajes en Prestigio son, pues, narradores. Cusk los construye no a través de descripciones exhaustivas, sino a través del contenido, el tono y las omisiones de sus monólogos, sin hacer expresa ninguna interpretación psicológica. Pueden clasificarse en dos grandes grupos: los narradores activos (el vecino del avión, el editor, Linda, la periodista, Ryan, Sophia) que despliegan sus historias con mayor o menor autoconciencia, y los interrogadores reflexivos (Faye y, en menor medida, Hermann el guía) que catalizan y enmarcan las confesiones. La protagonista es, en definitiva, el personaje más elusivo; su yo se revela negativamente, por lo que escucha y por sus breves intervenciones, destilado de agudeza y escepticismo; de modo que en ella cobra forma un arquetipo particular del Homo Institutionalis como observador profesional; su función: mediar y dar forma a las experiencias ajenas (en este caso, como escritora) mientras su propia subjetividad parece diluirse en el acto de escuchar. Entretanto, los demás personajes encarnan instituciones de crisis: el padre de familia que pierde su rol tras la jubilación; el editor que instrumentaliza el arte para el beneficio; la esposa y madre que cuestiona los cimientos de su vida lograda; el escritor que negocia entre el prestigio y el comercio. Cada uno lucha por controlar la narrativa de su vida frente a los embates de la realidad, el juicio ajeno y el paso del tiempo. Sus motivaciones oscilan entre el deseo de reconocimiento, la búsqueda de justificación para sus arbitrariedades, y el anhelo, a veces desesperado, de comprensión. Evalúan sus actos con una mezcla de autocrítica, racionalización y teatralidad, velando la responsabilidad auténtica con una aparente performance, inevitable en el más leve cálculo de impacto de la expresión —valga la redundancia— fuera de uno mismo.

La temática de la novela es vasta y se entrelaza con maestría. En primer lugar, pone en cuestión la institución familiar. La paternidad es examinada en su faceta de proyecto de control y legado, y la maternidad como campo de batalla entre el sacrificio, la culpa y la autonomía. El matrimonio aparece como un pacto de ficciones compartidas, un «secreto inconfesado» (como dice la periodista) que se mantiene para preservar una imagen de normalidad, incluso cuando la realidad dice lo contrario. Por su parte, la institución artística y literaria es diseccionada con ferocidad. El editor representa la lógica mercantil que redunda en el vacío actual de definición para la literatura y todas las artes, la carencia de teorías científicas para su tratamiento y la proliferación de los muy en boga estudios culturales, que reducen todo a producto que confirma el rollo ideológico de turno o satisface «una especie de esnobismo invertido». La gira de promoción, los festivales, las entrevistas son mostrados como rituales en que lo esencial (la obra) es sustituida por la performance del autor. Pero es el prestigio del título (del griego kudos, honor que se reclama) el objeto de deseo que mueve a todos en el libro. Cusk explora cómo este «bien» es con frecuencia una atribución falsa, una apropiación de méritos ajenos o un mero constructo. La novela también indaga en la naturaleza de la verdad y la narración. Los personajes son conscientes de que cuentan una versión de los hechos; la pregunta de si es posible ser sincero, o si la necesidad de contar una buena historia supera pronto la fidelidad a los hechos, incluso en pos de mayor verosimilitud, recorre todo el libro. La escritura y la memoria se presentan como herramientas para dar forma al caos de la experiencia, pero también como mecanismos de evasión. La «vocación de la escritura» figura no como un don sublime, sino como una compulsión problemática, algo que a menudo aliena al escritor de la vida misma. Y, claro, llegamos al tema de la justicia. Los personajes buscan un equilibrio moral en sus vidas, una retribución por sus sufrimientos o una explicación para sus desgracias. La pregunta crucial es, de hecho, explícita: ¿es la justicia una mera ilusión personal, una narrativa que nos contamos para sentir que el universo tiene un orden? La novela sugiere que nuestra percepción de la justicia está íntimamente ligada a nuestra capacidad de contar historias donde el sufrimiento adquiere sentido o el mal es castigado.

El lenguaje y el estilo de Cusk para semejante problematización son clave. Su prosa es de una claridad y una precisión ejemplares. El discurso indirecto libre se funde con la voz del personaje de tal manera que el lector tiene la impresión de escuchar el monólogo interno sin mediaciones, pero filtrado por una inteligencia narrativa que selecciona y ordena con precisión absoluta. Se trata, de hecho, de una escritura que parece transparente, pero cuya transparencia es el resultado de un riguroso trabajo de tallado. La potencia expresiva reside en esta economía de medios: un detalle físico, una frase aparentemente banal, adquieren una resonancia simétrica enorme. El ritmo es pausado, reflexivo, imitando el flujo de la conversación y el pensamiento. Escéptica, compasiva sin sentimentalismo, y profundamente interesada en los límites éticos y estéticos de contar historias. Su estilo es el vehículo perfecto para la exploración del sujeto cuya vida interior es un palimpsesto de discursos ajenos, expectativas institucionales y narrativas en pugna.

Su lectura constituye cuanto menos una cita importante.