Desrealización: Aproximación a la obra de Cody Cobb

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Si fuera tan sencillo como sólo hacer capturas. Si dependiera simplemente de la locación, del material técnico, de los recursos tecnológicos y la automatización… Pero no es el caso. Eso sería el inicio de una producción repetible, masiva, kitsch; mientras que lo que hacen fotógrafos como Cody Cobb refiere necesariamente a una operación compleja, a menudo, contra el mandato del cálculo informático, de la precisión por sí misma. Y he ahí la ficción de la fotografía, su capacidad de afirmar una visión y no sólo reflejar una perspectiva.

Cody Cobb, en efecto, desactiva paisajes. En lugar de capturar la naturaleza, se las arregla para desmontar la ilusión de que la naturaleza es algo que puede ser capturado, contemplado o comprendido desde la posición cómoda del espectador. En su trabajo, paradójicamente, el paisaje se nos niega como tal. No hay horizonte, no hay profundidad ni, con ella, una invitación al internamiento, no hay luz que, en tal sentido, redima. Lo que Cobb presenta no es un mundo al que se pueda acceder, sino uno que se resiste a ser medido, nombrado, domesticado. Un atisbo, casi. Pero de enorme precisión. En ese acto de resistencia, su fotografía se convierte en un ejercicio crítico radical contra el conjunto de presupuestos que sostienen la idea misma de lo humano como centro, como medida, como destinatario legítimo del mundo.

En su web —de sobriedad ética—, las imágenes se suceden sin título, sin fecha, sin ubicación precisa. Esta ausencia no es omisión: el espectador no puede apelar al dato geográfico, al contexto histórico, a la narrativa turística. El desierto, la montaña, el bosque, son condiciones de la tierra. Cobb elimina el referente para forzar una confrontación directa con lo que queda cuando se quita lo humano o tan siquiera próximo a ello (vida animada): una presencia opaca, densa, indiferente. Su técnica —largos tiempos de exposición, paleta usualmente restringida al gris, azul pizarra, rojo encendido y negro carbón, enfoque selectivo que a menudo borra los límites entre cielo y tierra— apela en tal sentido a la despersonalización. Sin gesto expresivo, no hay drama, mucho menos, narración. La fotografía, en este sentido, deja de ser representación y se convierte prácticamente en una barrera. Hay que detenerse.

Hay quienes se han fijado en su supuesta presentación del «lado oscuro» del paisaje «americano», en lo inquietante de lo solitario. Pero Cobb no plantea lo inquietante como efecto, sino como condición. Su trabajo evoca lo extraño como lo originario. Un mundo sin necesidad de nombres, cuyo silencio no implica ausencia de sonido, mas sí de discurso, de un sentido normal. La composición, muchas veces asimétrica, desequilibrada, con masas oscuras que ocupan el marco sin razón aparente, niega la perspectiva renacentista, el orden cartesiano y, claro, la ilusión de dominio. El sujeto se halla dentro de algo que no lo reconoce y que, por lo tanto, resulta imposible denominar de buenas a primeras escenario.

Esta es la potencia crítica de Cobb: nada de medio ambiente, ni la explotación de la tierra, ni siquiera la alienación moderna. Cuestiona la pretensión de lo humano de tener un lugar en el espacio, uno al que llamará mundo. La institucionalidad misma.

Violencia estructural. Ciertamente. La de un orden que no incluye. Cobb lo expone. Ninguna denuncia. Sería ridículo. Su técnica —la manipulación digital sutil, el control absoluto del contraste, la eliminación de cualquier señal de vida humana, incluso de lejos— no busca hiperrealismo, busca una suerte de desrealización. Lo que vemos, en vez de pasar por un lugar real, es la forma que toma la realidad cuando se la despoja de logos.

Sistema de producción simbólica integrada. Testimonio negativo. Y es que, aquí vemos, el mundo no es un organismo palpitante en el sentido vitalista, sino en el sentido físico: pulsa como pulsa una estrella, sin intención, sin conciencia, sin destino. Y que acercarse a él no es un acto de contemplación, sino de exposición: al frío, al silencio, a la indiferencia. Mucho cuidado con confundirse: No muestra un mundo muerto; muestra un mundo que nunca estuvo vivo para nosotros. Y en esa distinción, toda su fuerza.

[Todas las imágenes, del sitio web del artista: Cody Cobb – Photographer]

ENGLISH VERSION

Derealization: An Approach to the Work of Cody Cobb

Translated by Rebeca Sanz

If it were as simple as just taking captures. If it depended simply on the location, the technical equipment, the technological resources and automation… But that is not the case. That would be the beginning of a repeatable, massive, kitsch production; whereas what photographers like Cody Cobb do necessarily refers to a complex operation, often against the mandate of computational calculation, of precision for its own sake. And therein lies the fiction of photography, its capacity to assert a vision and not merely reflect a perspective.

Cody Cobb, in effect, deactivates landscapes. Instead of capturing nature, he manages to dismantle the illusion that nature is something that can be captured, contemplated, or understood from the comfortable position of the spectator. In his work, paradoxically, the landscape is denied to us as such. There is no horizon, no depth, and with it, no invitation to immersion, no light that, in that sense, redeems. What Cobb presents is not a world that can be accessed, but one that resists being measured, named, domesticated. A glimpse, almost. But of enormous precision. In this act of resistance, his photography becomes a radical critical exercise against the set of assumptions that sustain the very idea of the human as center, as measure, as the legitimate recipient of the world.

On his website—of ethical sobriety—the images follow one another without title, without date, without precise location. This absence is not an omission: the viewer cannot appeal to geographical data, historical context, tourist narrative. The desert, the mountain, the forest, are conditions of the earth. Cobb removes the referent to force a direct confrontation with what remains when the human, or even anything close to it (animate life), is removed: an opaque, dense, indifferent presence. His technique—long exposure times, a palette usually restricted to gray, slate blue, fiery red, and charcoal black, selective focus that often blurs the boundaries between sky and land—appeals in this sense to depersonalization. Without expressive gesture, there is no drama, much less, narration. Photography, in this sense, ceases to be representation and becomes practically a barrier. One must stop.

Some have noted his supposed presentation of the “dark side” of the “American” landscape, the unsettling quality of the solitary. But Cobb does not present the unsettling as an effect, but as a condition. His work evokes the strange as the primordial. A world with no need for names, whose silence implies not an absence of sound, but of discourse, of a normal meaning. The composition, often asymmetrical, unbalanced, with dark masses occupying the frame without apparent reason, denies the Renaissance perspective, the Cartesian order, and, of course, the illusion of dominion. The subject finds themselves inside something that does not recognize them and which, therefore, is impossible to readily call a setting.

This is Cobb’s critical power: not about the environment, nor the exploitation of the land, not even modern alienation. He questions the human pretension to have a place in space, one it will call world. Institutionality itself.

Structural violence. Certainly. That of an order that does not include. Cobb exposes it. No denunciation. That would be ridiculous. His technique—subtle digital manipulation, absolute control of contrast, the elimination of any sign of human life, even from afar—does not seek hyperrealism, it seeks a kind of derealization. What we see, instead of passing for a real place, is the form reality takes when stripped of logos.

Integrated symbolic production system. Negative testimony. And it is that, here we see, the world is not a pulsing organism in the vitalist sense, but in the physical sense: it pulses as a star pulses, without intention, without consciousness, without destiny. And that approaching it is not an act of contemplation, but of exposure: to the cold, to the silence, to the indifference. Be very careful not to be mistaken: He does not show a dead world; he shows a world that was never alive for us. And in that distinction, all its force.

 

[All images, from the artist’s website: https://www.codycobb.com/]