Desde el quebranto: Sobre «La familia Karnowsky», novela de Israel Yehoshua Singer
Por Juan Pablo Torres Muñiz
La gran narrativa realista de principios del siglo XX encontró en la literatura yiddish uno de sus cauces más singulares y conmovedores. Autores como Sholem Aleichem o I. L. Peretz habían volcado su mirada sobre el shtetl, la pequeña comunidad judía de Europa del Este, capturando sus alegrías, miserias y su idiosincrasia con una mezcla de humor y patetismo que definió un género. Sin embargo, la generación siguiente, la de los hermanos Singer, encabezada por Israel Yehoshua, llevó esa tradición un paso más allá. Si la obra de su hermano Isaac Bashevis, premio Nobel en 1978, se adentraría en lo grotesco, lo demoníaco y la exploración psicológica del individuo poseído por fuerzas oscuras, Israel Yehoshua Singer optó por un camino más clásico y, en cierto modo, más severo. Se alineó con la gran corriente de la novela épica decimonónica, bebiendo de las fuentes de Tolstói y de los grandes cronistas sociales. Su literatura es un intento de aprehender la historia en su totalidad, de convertir el devenir de una familia en el espejo de un siglo convulso. Si la obra de su hermano menor se caracteriza por un distanciamiento irónico y un escepticismo radical hacia el proyecto humano, la de Israel Yehoshua, aunque igual de desengañada, se manifiesta en la precisión del análisis social, en la sobriedad de una prosa que nunca se permite la complacencia. La familia Karnowsky, publicada en 1943, un año antes de su muerte, representa la cúspide de esta visión, un friso generacional que no solo narra, sino que diagnostica y cuestiona las premisas mismas de la identidad moderna.
La novela traza la trayectoria de tres generaciones de los Karnowsky. David, el patriarca, abandona el shtetl polaco por la Berlín de la Ilustración judía, abrazando el ideal de ser «judío en casa y hombre en la calle». Su hijo Georg alcanza el éxito como médico en la Alemania de Weimar, pero el ascenso del nazismo lo reduce a ser un judío despojado de su estatus. Su nieto Yegor, fruto de un matrimonio mixto, crece entre dos mundos y, tras emigrar a Nueva York, se convierte en el punto más trágico de esta saga, un ser escindido que interioriza el odio hacia su propia herencia en un drama de autodestrucción y desesperación.
La estructura de la novela, dividida en tres partes que llevan el nombre de cada protagonista masculino, funciona con enorme precisión cronológica y temática. Cada sección constituye un lienzo completo que examina una fase del proyecto asimilacionista judío y sus consecuencias. La primera parte, dedicada a David, es el relato del optimismo ilustrado. Singer muestra el deslumbramiento del judío oriental ante la cultura alemana, pero siembra las dudas al exponer el conflicto ya en el primer capítulo con el rabino de Melnitz. El verdadero cuestionamiento, sin embargo, no es hacia el judaísmo tradicional, sino hacia la promesa de la Haskalá, que se revela como un espejismo que niega la esencia de quienes la abrazan. La segunda parte, con Georg, es la del fracaso de la integración. Aquí la estructura se vuelve más dinámica, mostrando el auge y la caída. Georg es la encarnación del éxito: un médico respetado, integrado en la alta sociedad berlinesa. Sin embargo, su vida personal es un desierto emocional y su integración es una ilusión que la guerra y el antisemitismo se encargan de desmontar. La estructura narrativa, al seguir la carrera de Georg, hace palpable la fragilidad de su posición, y la condena final trasciende lo político: todo lo construido sobre la negación de la identidad se derrumba. La tercera parte, la de Yegor, es la del naufragio. La estructura se fragmenta, reflejando el caos interior del personaje. Ya no hay una integración posible, ni siquiera en América. La promesa del Nuevo Mundo se convierte en una pesadilla de alienación. Esta parte se construye sobre la base de la negación y el odio a sí mismo, llevando la lógica del asimilacionismo a su conclusión más amarga y violenta. La estructura, en su conjunto, se asemeja así a una espiral, donde cada generación se aparta más de sus raíces, a la vez que se aproxima a su aniquilación espiritual. La «solución», en consecuencia, no radica necesariamente ni en una huida ni en un supuesto progreso en tanto marcha hacia adelante.
El tratamiento de los personajes es el vehículo principal de esta crítica. Singer nos ofrece frutos de un entorno histórico y, sobre todo, de un dilema identitario insoluble. Son personajes relativamente sencillos en su esencia, pero que evolucionan trágicamente al verse arrastrados por las circunstancias. David Karnowsky es el fanático de la razón, el ilustrado que cree poder despojarse de su origen para ser aceptado. Su evolución es la del desengaño, pasando del orgullo por su alemán impecable a la amarga constatación final de su judaísmo innegable. Georg es más complejo; es el pragmático que alcanza la cima, pero su alma, digamos, se encuentra vacía. Así, descubre que sus logros son efímeros y que su verdadera herencia (la nariz, la tozudez, el ser judío) resulta ineludible. Yegor es el personaje más trágico y el más claramente afectado. Involuciona. Escindido entre su herencia aria (Holbeck) y la judía (Karnowsky), termina por odiar esta última, convirtiéndose en su propio verdugo. Su personalidad, más que desarrollarse, se desintegra.
Los personajes secundarios refuerzan el sistema de oposiciones. Están los que se aferran a la tradición, como el sabio Reb Efraim Walder, anclado en sus libros y ajeno al mundo, que representa la sabiduría eterna frente al tiempo histórico. Por otra parte, los que viven la asimilación con dolor, como la esposa de David, Lea, que nunca deja de añorar su shtetl, y los que, como Elsa Landau, optan por la lucha política. La novela los clasifica en tres grandes grupos: los que sueñan con la integración (los Karnowsky), los que la sufren en su carne (Lea, Teresa), y los que se rebelan contra el sistema o lo desafían (Elsa, el doctor Landau). El único que parece tener cierta claridad moral, aunque sea desde la marginalidad, es el anarquista Yidl Bardásh, un contrapunto vital a la rigidez de los Karnowsky. Pero Singer, evita idealizar a ninguno de ellos; su crítica apunta a todas las vías de escape posibles.
En el centro de la novela reside una indagación feroz sobre el precio de la identidad. El cuestionamiento temático es tan amplio como la propia novela. En primer lugar, la obra es una crítica radical al proyecto de la Ilustración judía (Haskalá). El ideal de «ser judío en casa y un hombre en la calle» se revela como una falacia. La novela muestra que la identidad es, tanto una marca en la carne, como una herencia que la sociedad gentil, sino el judío mismo, se encarga de recordar. La lucha de David por el Pentateuco de Mendelssohn es la lucha por una modernidad que, sin embargo, no lo protege del gueto ni de la humillación final. La asimilación, lejos de ser una salvación, es una forma de auto-engaño que conduce a la pérdida del alma y a la imposibilidad de pertenecer realmente a ningún lugar.
La obra es también un retrato potente de la violencia del antisemitismo, no solo en su brutalidad física, sino en su capacidad de penetrar la conciencia de la víctima. Singer muestra cómo el odio trasciende los pogromos y al ascenso del nazismo, para manifestarse en la mirada del vecino, en la humillación cotidiana y, de manera más letal, en la interiorización del prejuicio por parte de Yegor. Al respecto, sirva de ilustración la lección de «antropología racial» a la que es sometido Yegor en el instituto, donde su cuerpo desnudo se convierte en un objeto de escarnio científico. Este episodio revela a las claras que no basta con odiar al judío, hay que demostrarle su inferioridad.
Esta dinámica conduce al tema más profundo y doloroso: la fractura de la identidad y el odio a uno mismo. Yegor Karnowsky es el producto más acabado de esta fractura. Su odio a su padre y a su herencia es el odio que su entorno le ha inoculado. Su tragedia radica no en ser perseguido, sino en haber internalizado la persecución. El deseo de ser alemán, de borrar su judaísmo, se convierte en su propia ruina. Cuando el sujeto adopta la mirada de su opresor, se condena a una guerra civil interna que ninguna huida geográfica puede resolver.
Frente a la asimilación, la obra presenta la tradición no como una solución, sino como un ancla a un mundo que se desvanece. Reb Efraim Walder, el erudito que vive entre sus libros en el gueto de Berlín, encarna una forma de resistencia que es a la vez hermosa y estéril. Su sabiduría es inmensa, pero su mundo es un museo en ruinas. Su aislamiento es una crítica a la ortodoxia que se niega a ver la realidad, pero su presencia es la memoria viva de una cultura que el asimilacionismo y el nazismo pretenden borrar. La novela parece preguntar, sin ofrecer una respuesta fácil, si la tradición es un refugio viable o simplemente un acto de heroica obstinación frente a la historia.
En esta tesitura, la novela se alza también como una crítica a las grandes ideologías emancipadoras. El socialismo y el comunismo, representados por figuras como Elsa Landau o Yidl Bardásh, aparecen como una vía que, aunque promete una fraternidad universal, a menudo fracasa a la hora de ofrecer una respuesta a la cuestión judía. Elsa, que antepone la lucha política a su vida personal, resulta en varios sentidos admirable, pero su propia desolación y el auge del fascismo que no logra detener ponen en tela de juicio el poder transformador de su ideología. La revolución, se insinúa, es otro espejismo que no puede curar la herida de un pueblo que carga con siglos de historia. La obra evita el consuelo ideológico y nos muestra que el individuo, en última instancia, se halla solo frente a su destino.
En su factura literaria, el lenguaje y el estilo de I.J. Singer son de una eficacia encomiable. Su prosa se caracteriza por una precisión y sobriedad excepcionales, muy alejadas del lirismo o la experimentación de otros autores de su época. La narración es fluida y tradicional, pero la mirada que la sostiene es de una claridad despiadada. Singer observa y describe con un realismo minucioso que hace que cada gesto y cada ambiente cobre un peso simbólico. No hay grandilocuencia ni sentimentalismo, ni siquiera en los momentos más dolorosos. El autor expone a los personajes, y al hacerlo, descubre las fuerzas que los determinan. La estructura de la novela, que avanza de manera implacable de generación en generación, refuerza la sensación de un destino inexorable, una lógica histórica y psicológica que se impone sobre el individuo.
La fuerza de la prosa de Singer reside en su capacidad para crear una ilusión de total transparencia. Las frases son directas y los diálogos parecen arrancados de la vida real, pero la selección de cada detalle y la tensión que subyace en las escenas más cotidianas confieren a la narración una enorme intensidad dramática. La precisión de su lenguaje, incluso en la descripción del sufrimiento más específico, evita el patetismo y lo convierte en una verdad… terrible. La novela, a través de su propio estilo, nos obliga a enfrentarnos al espejo que rompió Yegor, mostrándonos que la fealdad que él veía en su reflejo no era más que la proyección de un mundo que lo había quebrado.
