Decir o no decir: Sobre «Tu rostro mañana», novela de Javier Marías
Por Juan Pablo Torres Muñiz
La tradición de la novela de ideas, donde el pensamiento pasa a ser el material mismo de la ficción, encuentra en Tu rostro mañana a uno de sus herederos más conspicuos. Al igual que Proust despliega una fenomenología de la memoria o Musil disecciona la anatomía de un sujeto disperso, Marías construye una arquitectura narrativa donde la acción sirve íntegramente a una incesante exploración de la conciencia. La novela se vertebra en torno a las reflexiones de su narrador sobre el lenguaje, la traición y la naturaleza impredecible del ser humano. Esta vocación especulativa, que dilata el tiempo narrativo en favor del análisis, emparenta a Marías con aquellos autores centroeuropeos que, herederos de la literatura epistolar latina y la reflexión poética del Barroco, hicieron de la digresión filosófica el eje de su obra, demostrando que la gran literatura puede pensarse a sí misma mientras nos cuenta una historia.
La obra entera de Marías gravita en una exploración de los mecanismos de la memoria, la construcción de la identidad a través de la narración y la problemática relación entre la verdad y los hechos. Títulos como Corazón tan blanco o Negra espalda del tiempo, están marcados por una prosa hipnótica, deudora, tanto de Cervantes como de Faulkner y Henry James, esto último por detenerse en los pliegues del pensamiento y la conciencia para desentrañar la madeja de lo que sabemos, lo que creemos saber y lo que nunca podremos conocer de los demás y de nosotros mismos. En esta trayectoria, Tu rostro mañana se erige como una monumental novela-río que, publicada originalmente en tres entregas, culmina y lleva a sus últimas consecuencias todas las obsesiones temáticas y estilísticas del autor. En estas páginas la reflexión sobre el lenguaje plantea la lengua no solo como un vehículo de comunicación, sino como un arma, un veneno, y el principal instrumento para conocer, pero también para traicionar, desfigurar y callar. La novela ahonda en la Historia —con mayúsculas, la de España y la de Europa— para mostrar cómo los grandes acontecimientos se escriben a través de las pequeñas, íntimas y a menudo terribles historias de los individuos.
Tu rostro mañana narra la historia de Jacques Deza, un español afincado en Londres, que, tras separarse de su mujer, Luisa, y de sus hijos, acepta un trabajo para un enigmático grupo de servicios de inteligencia, liderado por el carismático y peligroso Bertram Tupra. Su labor consiste en interpretar a personas: a partir de entrevistas, vídeos o simples observaciones, debe desentrañar el carácter, las intenciones futuras y las capacidades de individuos, determinando si son de fiar, si pueden ser peligrosos o hasta qué punto son capaces de actuar de una u otra manera. A través de sus ojos, el lector asiste a un desfile de personajes del mundo diplomático, académico y de la farándula, mientras Deza se ve inmerso en una realidad donde la lealtad es una mercancía y la violencia, a menudo ancestral, irrumpe con brutalidad inesperada. Paralelamente, su propia vida se desdobla entre los recuerdos de su padre, un republicano que sufrió la posguerra española y la traición de su mejor amigo, y su presente de expatriado, marcado por la añoranza de su familia, la atracción hacia su compañera Pérez Nuix y el creciente horror que le produce su propio trabajo, cuyo poder de predicción se manifiesta de forma trágica.
La estructura de la novela es deliberadamente laberíntica y acumulativa, con un continuo despliegue de la digresión, elevado el nivel de método narrativo. Marías construye el relato a partir de largos párrafos y frases de sintaxis intrincada, que se ramifican con incisos y reflexiones, imitando el flujo de la conciencia y la memoria. La estructura no responde a una trama lineal de causa-efecto, sino a una espiral que va profundizando en los temas a través de la repetición y la variación. Cada episodio, cada conversación, sirve como un catalizador que dispara nuevas asociaciones, recuerdos y meditaciones filosóficas. Esta morosidad, esta cuidadosa demora, es tanto el estilo de la novela como uno de sus temas centrales, explorando cómo el tiempo nos permite ver el rostro que los demás mostrarán mañana. La obra se divide en las tres partes originales —Fiebre y lanza, Baile y sueño, Veneno y sombra y adiós—, a las que se suma un epílogo, Sombra, que cierra el ciclo narrativo con el regreso de Deza a Madrid, creando una estructura de espejos y ecos que conectan el pasado familiar del protagonista con su presente londinense y con los horrores de la Historia europea.
Los personajes de Marías son planteados desde una perspectiva profundamente psicológica y, a menudo, a través de la mirada interpretativa del protagonista. Jacques Deza es el arquetipo del «intérprete», un hombre que ve y sabe, pero que se resiste a actuar en consecuencia, atrapado entre su conciencia y su condición de testigo. Bertram Tupra encarna la figura del poder en su estado acaso más despiadado; es un hombre pragmático y sin escrúpulos aparentes, para quien el fin justifica cualquier medio, y cuya mera presencia es una amenaza latente. Sir Peter Wheeler, el viejo hispanista, es la figura del mentor y el puente con el pasado, depositario de una sabiduría forjada en los servicios de inteligencia durante la Guerra Mundial y depositario de un terrible secreto personal. Los personajes femeninos, como la añorada Luisa, la enigmática Pérez Nuix o la superficial Beryl, son tratados con la misma complejidad, siendo a la vez objeto de deseo, sujetos de lealtades conflictivas y reflejos de la vulnerabilidad humana. Todos ellos pueden clasificarse en torno a la dicotomía del saber y el poder: los que, como Deza, saben, pero sufren por ello, y los que, como Tupra y sus superiores, utilizan ese saber para ejercer su dominio sobre la realidad y sobre los demás.
La trama de Tu rostro mañana se convierte en un laboratorio donde Javier Marías somete a examen gran variedad de conceptos e instituciones. El más evidente de todos ellos, y el que da título a la obra, es la identidad, pero no como un atributo fijo sino como una realidad maleable y proyectiva. La labor de Jacques Deza y sus compañeros en el edificio sin nombre consiste en interpretar a las personas para descubrir no quiénes son, sino quiénes serán o de qué serán capaces. Esta capacidad de ver el «rostro mañana» de alguien implica una concepción de la identidad como una serie de probabilidades inscritas en el carácter, a la espera de ser activadas por las circunstancias. Sir Peter Wheeler lo expresa con claridad cuando afirma que los individuos llevan sus probabilidades en el interior de sus venas. La novela plantea la cuestión de si es posible conocer a alguien de antemano, si las personas pueden ser reducidas a sus potencialidades futuras, y qué implica poseer ese conocimiento. (La vigencia del asunto, merced de los adelantos tecnológicos es evidentísima.)
La institución que canaliza y explota este conocimiento es, en la novela, un organismo de inteligencia sin nombre, heredero de aquel «grupo» que Wheeler ayudó a formar durante la Segunda Guerra Mundial. A través de sus operaciones, al autor cuestiona la naturaleza del Estado y sus mecanismos de poder. El Estado, según Tupra, necesita la traición, la venalidad y el delito para justificar su propia existencia y su control. La novela muestra cómo las agencias de inteligencia no solo protegen, sino que también acumulan información sobre las debilidades ajenas como moneda de cambio, creando un entramado de chantajes y favores que opera en los márgenes de la legalidad. La escena en la que Tupra muestra a Deza sus vídeos privados es la culminación de esta idea: el poder se sostiene sobre un archivo de vergüenzas ajenas, un tesoro de imágenes que pueden ser utilizadas para «persuadir, disuadir, conseguir importantes sumas, hacer retirarse a un candidato insalubre, callar bocas». El Estado, lejos de ser un ente abstracto y benefactor, se revela como una red de intereses particulares que se sirven de la flaqueza humana para perpetuarse.
Íntimamente ligada a esta dinámica, tenemos la exploración del lenguaje. La novela no solo reflexiona sobre la lengua, sino que la muestra en acción como un arma y un veneno. Las palabras pueden salvar o condenar. La campaña británica de la «careless talk» durante la guerra, que Wheeler documenta para Deza, advierte de cómo una conversación imprudente puede costar vidas. Pero Marías va más allá: las palabras no solo pueden filtrar información al enemigo, sino que también pueden ser utilizadas para construir realidades falsas, para difamar o para inocular ideas en la mente de otros. Deza es contratado precisamente por su capacidad para interpretar y, por tanto, para generar relatos sobre las personas que tendrán consecuencias reales. Su análisis de Dick Dearlove, por ejemplo, donde especula sobre el «horror narrativo» que sentiría el cantante ante la posibilidad de un final que empañe su biografía, se convierte en una profecía autocumplida cuando Tupra utiliza esa idea para tenderle una trampa mortal. La palabra se convierte así en un acto, en un «lago» que susurra ideas al oído de quien está dispuesto a ejecutarlas.
La historia, en sus vertientes personal y colectiva, es otro de los grandes conceptos puestos en cuestión. El autor yuxtapone constantemente la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial con la vida presente de Deza. El pasado no es un tiempo muerto, sino una losa que pesa sobre los vivos. La historia de la traición que sufrió el padre de Deza a manos de su mejor amigo, Del Real, resuena en las lealtades cambiantes del mundo del espionaje londinense. La historia de Valerie Wheeler, la mujer de Peter, que dio una información sobre su cuñado alemán que condujo a la muerte de unas niñas inocentes, y que acabó suicidándose por el remordimiento, es el ejemplo más trágico de cómo las decisiones del pasado, tomadas en el fragor de una guerra, pueden envenenar el presente para siempre. La novela sugiere que la historia, tanto la de las naciones como la de los individuos, es una acumulación de actos y palabras cuyas consecuencias son imprevisibles e incontrolables.
La verdad, por tanto, se convierte en una noción escurridiza. En el mundo de la novela, la verdad es lo que se dice y se cree, como recuerda Tupra en su primera conversación con Deza: «todo tiene su tiempo para ser creído, hasta lo más inverosímil». La verdad de los hechos es menos relevante que las versiones que de ellos se construyen y que las personas están dispuestas a aceptar. La propia estructura de la novela, con su narrador dubitativo que llena páginas de matices y rectificaciones, subraya esta imposibilidad de alcanzar una verdad única y objetiva. La verdad es una construcción narrativa, y como tal, está sujeta a los mismos vaivenes de la memoria y la voluntad que cualquier otro relato.
Finalmente, la memoria emerge como el territorio en disputa donde se libra la batalla entre la vida y el olvido. La novela es poblada de personajes que luchan por recordar o por ser recordados. Así, se sugiere que la memoria es el único hilo de continuidad entre vivos y muertos, y que la tarea de recordar y de contar es, a la vez, una maldición y una forma de redención. El silencio, por el contrario, es la gran aspiración de los que quieren desaparecer, pero también la condena de los que no pueden ser rescatados del olvido.
La prosa de Marías en Tu rostro mañana constituye un gran logro, una lengua literaria inconfundible. Su período sintáctico es deliberadamente extenso y complejo, construido a base de incisos, subordinaciones y digresiones que se encadenan unas a otras en una estructura que imita el flujo incesante del pensamiento. Esta sintaxis responde a una necesidad expresiva fundamental: la de captar todos los matices, las dudas y las ramificaciones de una idea antes de que el lector pueda perder el hilo. Las oraciones de Marías no concluyen hasta haber explorado cada recoveco de la reflexión, cada posible objeción, cada asociación lateral que la mente del narrador establece. De esta manera, el ritmo de la novela se vuelve pausado, moroso, envolvente. El tono es, además, predominantemente, el de una reflexión oral interiorizada. Se trata de la voz de alguien que se pronuncia para sí mismo, con una precisión y un cuidado que solo la escritura puede alcanzar. A pesar de la complejidad sintáctica, el registro lingüístico es cuidado, pero no artificioso, culto, mas no académico. Marías maneja un vocabulario preciso y a menudo inusual, rescatando términos en desuso o empleando palabras en su acepción más exacta. Esta erudición léxica evade, sin embargo, la impostación, fluye con naturalidad dentro del torrente verbal. El estilo de Marías constituye así, un vehículo de significado: la complejidad de la sintaxis refleja la complejidad del mundo que describe, un mundo de ambigüedades morales, de verdades escurridizas y de identidades cambiantes. No hay concesiones a la ligereza ni al simplismo; cada frase es una invitación a demorarse, a pensar con el narrador, a sentir el peso de las palabras y las ideas que transmiten. Exige una lectura atenta, pero recompensa con una inmersión total en la conciencia de un hombre que, como él mismo dice, es su propio dolor y su fiebre.
Muy recomendable, por decir lo menos.
