¡Cómo se atreven!: Sobre Greta Thunberg y otras figuras de supuesto liderazgo

Por Juan Pablo Torres Muñiz

¿Quién es Greta Thunberg No es una activista. No es una científica. No es siquiera una ciudadana común. Es una figura pública que ha sido construida con precisión quirúrgica, como un personaje mediático más que como un sujeto histórico. (De su persona integral, apenas y sabemos algo…, porque, si suponemos que lo que se ve en pantallas lo refleja de veras, mejor ni hablar.) Su rostro se ha convertido en icono, su voz en cantaleta, su presencia en bandera (multicolor). Sin embargo, detrás de la imagen hay un vacío que no puede ocultarse con pancartas ni cámaras.

El último episodio en el que participó —su detención y deportación— no fue un acto político, sino una performance mediática, una escena inserta en una narrativa ya escrita de antemano. Su acto no tenía relación directa ni remota con el cambio climático. Sin embargo, allí estaba ella, erguida frente a las cámaras.

Entendámonos: La política políticamente correcta no busca cambiar el mundo; busca verse bien en el afán de cambiarlo.

 

[Una construcción…]

Greta no surgió de la nada. Fue lanzada. Y ese lanzamiento fue cuidadosamente orquestado por quienes entienden que en la era posverdad, lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se dice. Apareció en escena como una heroína de cuento moralista: adolescente, frágil, sincera, con un diagnóstico de trastorno del espectro autista que le otorgaba cierta pureza moral, como si la diferencia neurológica fuera garantía de honestidad política.

Pero ¿qué hay detrás de sus ojos fijos, la mirada acusadora y un lenguaje corporal tan esquemáticamente medido que parece ensayado? No hay misterio: productores mediáticos, agentes de comunicación, periodistas dispuestos a convertir a una niña sueca en profeta global del clima. Una institucionalización de la indignación, donde la emoción sustituye al conocimiento, y el testimonio reemplaza al análisis.

«No soy una líder», dijo una vez. «Soy solo una persona común».  Ahora bien, esto, en boca de quien vive de hablar ante parlamentos y vuela en yates ecológicos, resulta irónico hasta lo grotesco.

 

[Liderazgo…]

Aquí, vale la pena detenernos en la cuestión del liderazgo, por obvios motivos que, como todo lo importante, exceden el alcance de una figura de redes sociales:

¿Qué se entiende hoy por líder? El uso constante, casi obsesivo, de esta palabra cuyo contenido semántico se ha desvanecido tanto como su fundamento histórico, no es solo impreciso, sino, a estas alturas, perjudicial. Se repite sin comprensión, se exige sin formación y se promueve sin criterio, todo bajo el amparo de una educación que ha confundido el liderazgo con la autoestima (no, amor propio), y la autoridad, al caso, con la seducción.

La palabra líder proviene del inglés antiguo lǣdan, que significa guiar, conducir, dirigir, pero está emparentada con el latín ducere, que quiere decir conducir. Originalmente, era un término técnico, usado en contextos militares o políticos, para designar a quien asume responsabilidad operativa y moral frente a un grupo organizado. En este sentido, el líder no era quien tenía carisma ni quien inspiraba, sino quien sabía qué hacer, cómo hacerlo, y cuándo hacerlo.

Pues bien, esa noción ha sido distorsionada hasta la ininteligibilidad. El líder ya no se define por su capacidad de conducción institucional, ni por su conocimiento técnico, ni siquiera por su claridad argumentativa. Ahora se define por su supuesta «visión», por su «inspiración», por su «capacidad de conectar emocionalmente». No se requiere competencia ni efectividad, sino afectividad. Nada de guías, en vez de eso, consuelo. Porque impera el miedo.

Este giro subjetivista del concepto de liderazgo tiene raíces profundas en el romanticismo alemán e inglés del siglo XIX, donde la figura del genio, del elegido, del iluminado interior se convierte en modelo de conducta. Desde Hölderlin hasta Emerson, pasando por Nietzsche en sus peores momentos, se construye un imaginario según el cual la verdad no necesita ser enseñada ni demostrada; basta con sentirla para poseerla, y otras chorradas.

El concepto moderno de liderazgo no puede entenderse sin rastrear su filiación con cierta corriente luterana del pensamiento: aquella que sostiene que la verdad no se adquiere mediante estudio, sino mediante revelación interna. El líder, en esta visión, no es alguien formado, instruido, experimentado, es alguien que siente profundamente, que tiene una conexión especial con el mundo, que escucha voces que otros no escuchan.

Esta idea se alimenta de una tradición religiosa que prioriza la interioridad sobre la institución, lo personal sobre lo colectivo, y la revelación privada sobre la discusión pública. Como acertó a decir Adorno (1951), «el romanticismo es la negación de la realidad disfrazada de afirmación de lo superior». Así, el líder actual no es quien tiene conocimiento, sino quien parece tener fe. Y esta fe, lejos de ser humilde, se viste de certeza absoluta. No hay lugar para la duda, ni para la revisión crítica. Es un asunto de fanáticos.

Así, la palabra liderazgo se vacía de contenido y se llena de emotividad. Ya no se trata de saber hacia dónde ir, sino de hacer sentir bien a quienes te siguen. Y con esto, ya estamos: convertir el liderazgo en una forma de terapia. Menuda bobada.

 

[Una y mil veces, por las aulas…]

La educación contemporánea, influenciada por pedagogías progresistas y modelos empresariales de gestión emocional, ha incorporado la formación en liderazgo como uno de sus pilares. ¿Qué tipo de liderazgo? No el que enseña a tomar decisiones informadas, a gestionar conflictos institucionales, a establecer jerarquías funcionales. No. El nuevo líder escolar es aquel que habla bonito, que usa palabras como empatía, inclusión y transformación, que hace sentir bien a los demás.

Esto es especialmente evidente en programas educativos como los de leadership training, tan populares en colegios internacionales y universidades corporativas. Allí, los estudiantes son sometidos a ejercicios de autoconocimiento, dinámicas grupales y talleres de «descubrimiento vocacional», donde la introspección reemplaza al análisis, y el testimonio sustituye al conocimiento. (De ahí a autopercibirse jirafa no hay mucho trecho…)

Un informe de la OCDE (2022) señala que más del 70 % de los programas de liderazgo en instituciones educativas hispanoamericanas carecen de contenido técnico o ético específico, enfocándose más en «desarrollo emocional» que en formación estructural. Esto no produce líderes. Produce figuras vacías, cargadas de buena voluntad, pero sin rumbo claro. Como advierte ILATE, Informe Regional sobre Educación, 2023: «No se forma en liderazgo. Se fabrica una imagen de liderazgo.»

Ocurre exactamente lo mismo con supuestas empresas especializadas en recursos humanos, que ponen a hacer dinámicas a los trabajadores para los que se agenció la intervención. De jueguitos y emociones, no pasan. Una estafa.

 

[Los medios…]

La cultura audiovisual refuerza esta concepción romantizada del liderazgo. Películas nefastas como Dead Poets Society o Freedom Writers presentan al líder como un individuo excepcional que rompe moldes, desafía sistemas y salva al mundo con su carisma y su intuición. Este relato no solo es falso, sino profundamente pernicioso.

En la realidad, el cambio no surge de un solo hombre o mujer inspirados. Surge de instituciones sólidas, de redes de colaboración, de procesos lentos y cuidadosos. Pero eso no vende. Ni en taquilla ni en currículos.

Ese liderazgo sentimental, vacío, termina siendo manipulado por actores con intereses muy concretos. Las grandes corporaciones, las ONG globales y ciertos movimientos sociales usan esta retórica para reclutar seguidores, generar identificación emocional y legitimar agendas que, en muchos casos, poco tienen que ver con el bien común. ¿Ejemplos? El más claro: BlackRock, como la llama el geopolítico Alfredo Jalife, la «soroscracia».

Basta con mirar las campañas publicitarias de empresas tecnológicas o de fundaciones ambientalistas para notar que el líder actual no es quien propone soluciones técnicas, sino quien genera identificación emocional.

Este fenómeno no es nuevo. Es la secularización del profeta, la comercialización del visionario. Y es precisamente esta transformación del líder en icono lo que permite su instrumentalización. No se busca cambiar el sistema, sino mostrar que se cambia. No se busca resolver problemas, sino parecer comprometido con ellos.

 

[De vuelta a Greta…]

El ascenso de esta celebridad fue posible porque el mundo quería creer en alguien que dijera lo que todos ya sentían vagamente: que el planeta se arruina, que hay que hacer algo, que hay que salvar a los niños. Pero nadie parece haberse preguntado: ¿quién es ella? ¿De dónde viene su conocimiento? ¿Qué propuestas ofrece más allá del juicio moral?

Ayer, 9 de junio de 2025, Greta fue detenida y posteriormente deportada por las autoridades israelíes tras viajar a bordo del barco Freedom Wave, una embarcación que formaba parte de un convoy internacional destinado a romper el bloqueo marítimo sobre la Franja de Gaza.

Según informes de Haaretz, The Times of Israel y Al Jazeera, Thunberg no solo estaba presente, sino que su presencia había sido anunciada previamente por organizaciones pro-palestinas como un acto simbólico de protesta contra la política israelí hacia Palestina, particularmente en relación con el conflicto en Gaza tras los eventos de octubre de 2023.

Las autoridades israelíes interceptaron el convoy cerca de la zona costera de Ashdod, considerando la maniobra una violación de las leyes marítimas y de seguridad nacional. Tras ser identificada, Greta fue llevada a tierra firme, interrogada durante varias horas y luego expulsada del país. No hubo cargos penales formales, pero se le prohibió la entrada a Israel indefinidamente.

Veamos…:

La situación en Gaza sigue siendo uno de los epicentros de crisis humanitaria más graves del siglo XXI. Tras los enfrentamientos entre Hamás e Israel en octubre de 2023, la Franja ha estado sometida a un bloqueo parcial por tierra, mar y aire, con acceso restringido de suministros médicos, alimentos y combustible.

Aunque el gobierno israelí argumenta que estas medidas son necesarias para evitar que materiales estratégicos lleguen a manos de grupos terroristas, numerosas organizaciones internacionales han denunciado condiciones catastróficas para la población civil. Más allá de las expresiones de la impotente ONU, la situación humanitaria, especialmente tras el colapso del sistema sanitario y educativo en Gaza, es indudablemente atroz.

En este contexto, movimientos como Free Gaza Now y International Solidarity Flotilla han organizado acciones similares en los últimos años, algunas con resultados trágicos. El caso de Greta no es nuevo, pero sí significativo por su peso mediático: su participación no cambia la situación en Gaza, pero sí amplifica narrativas ideológicas ya polarizadas.

Greta Thunberg, que, entre muchas otras cosas, no es una diplomática, ni analista geopolítica ni trabajadora humanitaria (ni tan siquiera trabajadora), aprovecha si, que su imagen tiene un valor propagandístico inmenso. Su aparición en el Freedom Wave no puede interpretarse bajo ningún punto de vista como un acto espontáneo. Fue una decisión mediatizada, probablemente coordinada con grupos internacionales que buscan visibilizar la causa palestina mediante la utilización de rostros conocidos. Pero esa visibilidad no necesariamente ayuda a resolver el problema, sino que lo convierte en espectáculo global.

¿Qué beneficio real produce su intervención? ¿Ayuda a negociar la entrada de ayuda humanitaria? ¿Contribuye a estabilizar la región? ¿O simplemente agrega ruido emocional a un conflicto que exige precisión política y estrategia institucional?

Este tipo de intervención no resuelve conflictos, sino que los transforma en objetos de consumo mediático. Y eso es exactamente lo que ocurrió: medios internacionales centraron su atención en Greta, no en Gaza. Las imágenes de su detención corrieron el mundo, pero pocos preguntaron por la situación actual de los hospitales en Gaza, ni por el número real de niños desnutridos, ni por la infraestructura eléctrica colapsada.

Sí, cuando el mensaje se vuelve imagen, el contenido se vacía… 

En lugar de fomentar una comprensión compleja del conflicto, su presencia generó una nueva bifurcación: quienes celebraron su gesto como un acto valiente, y quienes lo tacharon de irresponsable e instrumental.

Una creencia extendida entre ciertos movimientos es que el lenguaje de la emoción, del testimonio personal, es suficiente para articular política global. Nada más falso. La política no opera con sentimientos. Opera con acuerdos, con líneas rojas, con intereses nacionales y con equilibrios regionales.

Por efectivamente criminal que sea Netanyahu —y lo es—, Israel no dejó entrar a Greta porque sea insensible al dolor humano, sino porque no puede permitir que buques no autorizados entren en sus aguas bajo pretextos políticos. Si lo hiciera con ella, tendría que hacerlo con todos. Y eso sería inviable desde cualquier punto de vista de seguridad.

¿Gracias, Greta?

Porque mientras ella navega en barcos que no saben hacia dónde van, los verdaderos damnificados del conflicto esperan ayuda, no eslóganes.

«El que habla en nombre de todos, termina hablando por ninguno.» (George Orwell, En defensa de lo impopular.)

 

 

 

 

Referencias bibliográficas:

  • Adorno, T. W. (1951). Minima Moralia: Reflexiones sobre la vida dañada. Akal.
  • Al Jazeera. (2025). Greta Thunberg joins Gaza aid flotilla intercepted by Israeli navy.
  • (2025). Greta Thunberg detenida en protesta contra el bloqueo de Gaza.
  • Instituto Latinoamericano de Tecnología Educativa (ILATE). (2023). Informe regional sobre formación en liderazgo en América Latina.
  • Lippmann, W. (1922). Public Opinion. Harcourt, Brace and Company.
  • Postman, N. (1985). Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Penguin Books.
  • The Times of Israel. (2025). Swedish activist Greta Thunberg deported after flotilla attempt.
  • (2022). Programas de liderazgo en escuelas secundarias de América Latina.
  • Orwell, G. (1940s). En defensa de lo impopular. Ensayos no recopilados formalmente, pero citados en múltiples fuentes académicas.
  • Weber, M. (1920). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Fondo de Cultura Económica.
  • Imagen obtenida de El Periódico.