Candor y tragedia: Sobre «Bajo el volcán», novela de Malcolm Lowry
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Entiéndase la novela como esa forma mayor de pensamiento narrativo que, cuando conviene, estratégicamente rehúye las certidumbres del ensayo y se aparta de la transparencia del tratado, todo para cuestionar. En lugar de respuestas, ofrece un espacio donde las preguntas pueden formularse con la densidad que la vida misma a menudo les niega. En ese territorio, cada personaje pretende reconocer un destino, trazar una línea que vaya de su origen a su muerte confiriéndole sentido. Pero bien se sabe que esa línea es siempre quebrada, que el destino se parece menos a una flecha que a una espiral que vuelve una y otra vez sobre el mismo punto de dolor, y que la muerte, esa certeza trágica que funda toda posibilidad de significado, no es un término sino un horizonte que se desplaza con cada paso. Malcolm Lowry, en Bajo el volcán, lleva esta conciencia al extremo. Publicada en 1947 pero concebida en la vorágine de los años treinta, cuando el mundo asistía estupefacto a la construcción de máquinas de aniquilación masiva, la novela es una de esas obras que cambian silenciosamente la manera en que una época se escucha a sí misma. No es la suya una intervención ruidosa en el debate público, sino una operación más honda y más lenta: una modificación de la sensibilidad, una reconfiguración de lo que puede ser pensado y sentido bajo la categoría de lo trágico en la era de los totalitarismos y las guerras de exterminio.
La historia, en apariencia, se reduce a un día y una noche: Día de Muertos de 1938, en la ciudad mexicana de Quauhnáhuac. Geoffrey Firmin, ex cónsul británico hundido en el alcoholismo, recibe la visita inesperada de su ex esposa Yvonne, que ha regresado tras un año de separación con la esperanza de reanudar la vida común. A ellos se suma Hugh, el hermanastro menor de Geoffrey, periodista de causas perdidas y aventurero romántico, que también alberga sentimientos por Yvonne. Durante la jornada, los tres recorren los márgenes de la ciudad, asisten a un jaripeo en Tomalín, se pierden y se reencuentran, mientras Geoffrey se sumerge progresivamente en una intoxicación que le impide sostener cualquier proyecto de redención. Al anochecer, abandonado por los demás, busca refugio en Parián, en una cantina llamada el Farolito, donde es detenido por agentes de una policía paramilitar y, tras un altercado, asesinado de tres disparos.
Con todo, reducir la novela a esta sinopsis sería traicionarla de manera irremediable, porque lo que Lowry ha construido, lejos de una simple trama es una máquina infernal —así la llamó él mismo— cuyos engranajes son el tiempo, la conciencia y la palabra. La estructura es magistral en su aparente sencillez y su efectiva complejidad. El primer capítulo, fechado un año después de la muerte del Cónsul, sitúa a Jacques Laruelle, amigo de la infancia de Geoffrey, recordando los hechos desde una distancia cargada de melancolía y culpa. Este prólogo retrospectivo establece el tono elegíaco y, sobre todo, transforma todo lo que sigue en una anamnesis, en el rescate de una memoria que se sabe condenada a la impotencia. Los once capítulos restantes se despliegan como un solo movimiento continuo —Lowry pensó la novela como una sinfonía— que avanza implacable hacia el desastre. El tiempo, medido con precisión casi obsesiva por las campanas que suenan en la ciudad y por los relojes que los personajes consultan una y otra vez, no es el tiempo cronológico de la anécdota, sino el tiempo de la conciencia: ese tiempo interior que se acelera cuando se bebe, que se ralentiza cuando se recuerda, que se fragmenta cuando la realidad se hace insoportable. La circularidad domina la arquitectura: el relato comienza y termina en el mismo lugar, con el sonido de la misma campana doliente, como si todo hubiera sido una parábola cruel. Esta circularidad es la expresión de una condición existencial: la del hombre que, habiendo perdido el eje de su vida, se mueve en órbitas cada vez más excéntricas alrededor de un centro vacío.
Los personajes no son, en sentido estricto, individuos psicológicos, cada cual, con un rumbo, sino más bien una constelación trágica: fuerzas que se atraen y se repelen en el interior de un campo minado. Geoffrey Firmin, el Cónsul, es la pieza central de este mecanismo. Su alcoholismo es la forma que ha adoptado, su modo de estar en el mundo. Lowry elude con maestría tanto la glorificación romántica de la ebriedad como la patologización moralizante. El alcohol es para Geoffrey lo que la reja para el preso: no aquello que lo retiene, sino el límite contra el cual se define su espacio de movimiento. Sus periódicos intentos de alcanzar «la sobriedad exacta», ese punto intermedio en que el temblor se apacigua y la lucidez regresa, son tentativas desesperadas de gobernar una máquina que ya le ha sido expropiada. Y, sin embargo, bajo la corteza del borracho degradado late una sensibilidad excepcional: Geoffrey es un hombre que ha leído a los clásicos, que discurre sobre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl como sobre las fuerzas elementales del deseo, que intuye en cada instante la inminencia de lo absoluto. Esa inminencia es la que lo pierde. Como Lowry supo ver, la adicción no es el triunfo de la materia sobre el espíritu, sino el modo que encuentra el espíritu de sabotearse a sí mismo cuando la esperanza de trascendencia se ha vuelto insoportable.
Yvonne y Hugh ocupan posiciones complementarias. Yvonne encarna la posibilidad, que el lector sabe desde el principio condenada, del retorno, de la reparación, de la vida común. Su regreso no es un gesto romántico sino un acto desesperado de lucidez: sabe lo que encontrará, sabe que Geoffrey probablemente no podrá sostener ningún proyecto de redención, y aun así viene. He aquí su fidelidad. Hugh, por su parte, es el idealista de última hora, el periodista que milita en causas ajenas para escapar del vacío de la propia. Su comunismo de salón, sus cables a periódicos londinenses, sus sueños de escalar el Popocatépetl, todo en él tiene algo de impostura, pero de una impostura tan desesperada que resulta tan asombrosa como el delirio de Geoffrey. Los dos forman, respecto al Cónsul, una suerte de coro trágico que comenta y anticipa su caída sin poder intervenir en ella.
Jacques Laruelle, el amigo francés que abre y cierra la novela, es la conciencia tardía, el sobreviviente que no puede olvidar y que, en el gesto final de quemar las cartas de Yvonne, ejecuta una pequeña purificación inútil. En torno a este cuarteto se agrupa una galería de personajes secundarios que funcionan como espejos refractantes: el doctor Vigil, cuya bondad profesional es impotente ante la catástrofe; el pelado español que roba al moribundo; los policías de la Unión Militar, encarnaciones de esa violencia política que Lowry supo ver como el trasfondo irrenunciable de la historia. México, en esta constelación, constituye un personaje más, acaso el principal: ese país donde los volcanes amenazan desde el horizonte, donde el Día de Muertos celebra la porosidad entre la vida y la muerte, donde la sombra del fascismo europeo se proyecta en las prácticas de una paramilitar local.
La indagación temática de Bajo el volcán es tan vasta como la red de alusiones que teje. En su centro se halla la pregunta por la vida y la muerte, como dimensiones que se penetran mutuamente. La vitalidad, en Geoffrey, no se opone a la pulsión de muerte; cabría decir que, incluso, la contiene. Su alcoholismo es la única manera que le queda de experimentar la vida como intensidad, como experiencia límite. La frase que sirve de lema a toda la obra, «No se puede vivir sin amar», se encuentra inscrita sobre la puerta de la casa de Laruelle y atraviesa la novela como un mantra irónico. El amor, en este contexto, implica una unión a algo o alguien hasta el punto de que sin esa unión la existencia se vuelve inhabitable. Fracasados todos los amores —el matrimonio, la patria, la causa política—, Geoffrey ama el alcohol no como sustituto, sino como la forma que ha adoptado su capacidad de amar tras la destrucción de sus objetos legítimos. El sexo, que irrumpe en la escena con María en el Farolito revela la culminación mecánica de un proceso de degradación en el que el cuerpo ya no es el templo del alma ni su prisión, sino simplemente una superficie de inscripción para el sufrimiento.
El destino, en Lowry, dista de ese hilo que los antiguos hacían depender de las Moiras, así como del plan que las teologías atribuyen a la providencia. El destino es la recurrencia, la imposibilidad de escapar de lo que ya se ha hecho. Cada vez que Geoffrey parece vislumbrar una salida —el proyecto de una granja en Canadá, el reencuentro con Yvonne, la posibilidad de la sobriedad— la máquina infernal de su historia personal vuelve a ponerlo en la misma encrucijada, frente a la misma botella, en el mismo callejón sin salida. No hay decretos divinos sino leyes del cuerpo, automatismos de la conciencia, condicionamientos históricos. Y, sin embargo, precisamente porque el destino está hecho de la materia de los actos humanos, la pregunta por la responsabilidad se vuelve ineludible. Geoffrey es responsable, y lo sabe. Sus meandros dialécticos, sus tentativas de justificar la bebida como terapia o como búsqueda espiritual, son formas de una mala fe que la novela desmonta sin piedad. Pero esta responsabilidad no es la del libre albedrío abstracto; es la del hombre que ha perdido las condiciones prácticas de ejercer su libertad y que, aun así, no puede dejar de sentirse culpable.
La lealtad y la fidelidad aparecen bajo una luz igualmente ambigua. Yvonne es leal más allá de la razón, y esa lealtad excesiva la convierte en cómplice: regresa sabiendo que su regreso podría precipitar el desastre. Hugh es leal a causas que no acaba de comprender, y esa lealtad lo mantiene en un perpetuo estado de fuga dizque hacia adelante. Geoffrey es leal al alcohol como el adicto es leal a su droga: con una fidelidad que excluye cualquier otra y que, por lo mismo, no puede llamarse propiamente fidelidad. En la intersección de todas estas lealtades se dibuja la figura de una traición generalizada: la del amigo que traiciona al amante, la del hermano que codifica el deseo, la del esposo que ha hecho de la bebida su verdadero hogar conyugal.
El materialismo invencible de la realidad es, aquí, atronador. Por momentos, el relato parece abrirse a la posibilidad de que el alcohol sea un vehículo de conocimiento, una vía de acceso a estados superiores de conciencia. Geoffrey cita a los alquimistas, habla del soma védico, evoca la tradición de la ebriedad sagrada. Pero el texto no se pliega nunca a esta interpretación. Porque cada vez que la borrachera parece tocar el cielo, la realidad material devuelve al Cónsul a su condición de cuerpo que se descompone, de conciencia que se fragmenta, de sujeto que se degrada. No hay vía de escape, nos dice Lowry, o más bien las vías de escape existen, pero conducen siempre al mismo punto de partida, como esas calles de Quauhnáhuac que terminan en barrancas o en tapias.
El lenguaje y el estilo de Bajo el volcán constituyen uno de los logros más extraordinarios de la prosa del siglo XX. Lowry elabora una sintaxis que es, en sí misma, un mapa de la conciencia de su protagonista. La frase se alarga, se ramifica, se interrumpe, se retoma, como el pensamiento del Cónsul que divaga entre el recuerdo, la percepción inmediata y la alucinación. El monólogo interior, que la novela utiliza con maestría faulkneriana, no es aquí un recurso técnico sino una necesidad ontológica: porque la conciencia de Geoffrey no puede ser dicha desde fuera, sólo puede ser habitada, con sus vacilaciones, sus repeticiones, sus contradicciones, todo desde adentro. La puntuación obedece a una lógica respiratoria: los paréntesis son los repliegues de una mente que no puede sostenerse en la linealidad; los guiones son las fracturas por donde se escapa la coherencia; las comas crean pausas cuasi fisiológicas, los espacios donde la conciencia deja de sostener su mascarada de unidad. La incorporación de múltiples lenguas —español, francés, alemán, latín— configura la expresión de una condición existencial descentrada, la de quien ya no tiene una lengua materna porque todas han sido colonizadas por el alcohol y la culpa.
Las alusiones literarias, históricas y mitológicas tejen una red de correspondencias que transforman cada episodio en una variación de un tema universal. El Fausto de Marlowe y Goethe, la leyenda del Popocatépetl y la Iztaccíhuatl, el mito de Prometeo, la Biblia, Shakespeare, Dante, la Cábala, la alquimia, el tarot: Lowry no cita estas fuentes para adornar su texto, sino para hacer visible que la tragedia de Geoffrey Firmin no es la de un individuo aislado, sino la de una civilización, la de Occidente entero, la del animal symbolicum que ha perdido la fe en sus símbolos y sigue aferrándose a ellos como a objetos vacíos. El volcán del título es, a la vez, el Popocatépetl que se alza sobre Quauhnáhuac, el infierno interior de la conciencia atormentada, y la amenaza de una erupción histórica inminente —la guerra mundial que empezará al año siguiente— que convertirá todas las tragedias privadas en meras estadísticas.
Hay en esta escritura una densidad por intensificación, una calidad coral por la que cada frase resuena con los ecos de todas las demás. Lowry no escribe sobre el alcoholismo ni sobre la soledad ni sobre el fracaso del amor: su prosa es la forma misma de esas experiencias, su traducción directa al medio de la palabra. Por eso Bajo el volcán no se deja resumir ni interpretar del todo; hay que leerlo como se escucha una sinfonía, dejándose llevar por sus movimientos, sus cambios de tonalidad, sus retornos. La obra, en lugar de concluir, se disuelve, como la conciencia de Geoffrey, en la oscuridad de una noche. Queda, eso sí, el gesto de Laruelle quemando las cartas de Yvonne, ese pequeño ritual, testimonio de que, más allá del horror, la humanidad no ha renunciado del todo a sus ritos. Y esa brasa que se extingue lentamente en el cenicero de una cantina de provincia es, quizás, la única respuesta que la literatura puede ofrecer a la maquinaria infernal de la historia: no un mensaje de esperanza, sino la constatación de que, en algún rincón del mundo, alguien todavía recuerda cómo se quema una carta de amor.
