Acaso depende: Sobre «El volumen del tiempo - I», de Solvej Balle

Por Juan Pablo Torres Muñiz

En un momento cultural en el que la literatura tiende a refugiarse más que nunca antes, en lo reconocible, en lo narrativamente seguro, textos como El volumen del tiempo, de Solvej Balle asumen el reto de desestabilizar no solo la percepción del tiempo, como tal, sino la institución misma del sentido, en términos generales, y con ella, gran parte de las convenciones narrativas. En efecto, la autora no narra una anomalía; propone que la habita, la rastrea y la descompone con la precisión de quien sabe que toda crisis temporal es, en el fondo, una crisis de conciencia, de identidad, de lugar en el mundo. De modo que nos vemos ante una novela que pertenece al género de la ciencia ficción no por voluntad de escapismo, sino, como en el caso de Stanislaw Lem, por urgencia epistemológica: utiliza los recursos de lo especulativo no para huir de la realidad, sino para forzarla a revelar sus grietas.

La narradora vive la repetición del dieciocho de noviembre, mientras su compañero Thomas permanece atrapado en un presente cíclico sin memoria del día anterior. Ella acumula conciencia, días, detalles; él olvida. Juntos investigan la fractura temporal, registrando sonidos, objetos, secuencias. Lo que parece un bucle se revela como una desincronización ontológica: ella se convierte en un cuerpo que persiste, un monstruo en el tiempo, mientras él es un fantasma que renace cada mañana. La casa se transforma en laboratorio, prisión, mapa de una fisura en la realidad.

Lo que Balle pone en cuestión trasciende la mera fantasía del tiempo repetido. En vez de recrear el Groundhog Day de turno, u ofrecer una metáfora más del duelo o la rutina, plantea el tiempo mismo, no como recurso narrativo, sino como una institución que rige la coherencia del sujeto, la posibilidad del encuentro y la validez de la memoria. Así, nos pone ante algo que difiere considerablemente de un probable accidente cósmico, al punto de resultar irónica al respecto, y nos enfrenta más bien con una suerte de disolución del supuesto contrato entre percepción y realidad. La novela desmonta la ilusión de linealidad como fundamento de la identidad, lejísimos de los rollos identitarios en boga, si no, insistimos, a nivel de configuración epistemológica. En efecto, si el tiempo no avanza igual para, al caso, ambos miembros de la pareja, ¿cómo puede sostenerse su relación? ¿Qué constituye en tal situación un «nosotros»? Balle cuestiona la autoridad de la cronología y, con ella, la solidez del recuerdo.

Es cuanto menos interesante que, de este modo, la ciencia ficción, lejos de prestarse como evasión entretenida, se convierta en herramienta fenomenológica: no importa si el bucle es real o una alucinación, porque su efecto, en la ficción, es real: desplaza al sujeto de su lugar natural en el mundo. La locura no está en la anomalía, sino en la necesidad de explicarla con herramientas que ya no funcionan.

Los personajes no son construcciones psicológicas en el sentido clásico, operan, más bien, como configuraciones de conciencia en tensión. Thomas no es un hombre que repite el día, es la encarnación del presente puro, así como del olvido como condición de la existencia cotidiana. Él es el tiempo institucionalizado, el que sigue el patrón sin cuestionarlo. La narradora, en cambio, es la conciencia acumulativa, la que carga con el peso de lo vivido, la que se convierte en pseudo-archivista; a fin de cuentas, carece de evidencia superior a su particular visión de los acontecimientos. Su relación no se deteriora por falta de amor, sino por desfase ontológico. No hay traición, no hay resentimiento explícito; hay una distancia que crece, paradójicamente, al margen de un único tiempo. Llega le punto, entonces, en que ella pasa de verlo como alguien cercano, con quien constituyó una nueva persona en matrimonio, no como a un extraño, sino como a un fenómeno, y él, aunque la ama, no puede retenerla…, del mismo modo que, desde la perspectiva de ella es incapaz de retener nada. Desde esta perspectiva, la soledad, importante a nivel emocional, pasa a serlo más aún en el estructural.

La verosimilitud de la novela reside en una prosa que combina la precisión del informe científico con la intimidad del diario íntimo. Balle construye una voz que registra sin dramatizar, que anota esforzándose por no juzgar, que acumula datos como si fueran pruebas de un crimen que, en realidad, nadie ha cometido. El estilo es frío, pero no desapasionado: en cada observación minuciosa, en cada enumeración de objetos desaparecidos, late nítidamente una considerable angustia; la ilusión de contención hace vibrar entera cada escena. El ritmo de los párrafos imita el flujo del tiempo mismo: a veces lento, denso, repetitivo; otras, acelerado por la urgencia de una hipótesis. Los recursos no son ornamentales: el uso de números como epígrafes (#121, #176, #246) representa la marca de una conciencia que cuenta, que numera, que intenta imponer orden al caos. La casa, los libros, los sonidos nocturnos, las compras, las cebollas del cobertizo: todo se convierte en dato, en indicio, en posibilidad de prueba.

Aquí, la prosa deja de lado todo afán de impresionar y, en cambio, se articula para convencer.

Recomendar esta lectura es, como no podría ser de otro modo, tratándose de literatura, advertir: El primer volumen de este proyecto narrativo de Solvej Balle inquieta y sostiene la tensión, sin complacencias, para exhibir su capacidad de operar como un instrumento de exploración de lo real. Mas seduce…, si uno ha estado contando los días en silencio, si también ha tenido la impresión de vivir en un presente que no avanza, o que lo hace a espaldas de otro, que después habrá de dar la hora; si uno se ha visto también, ante el espejo, como una extraña criatura que sospecha de los engranajes que le hacen reconocerse a sí mismo.