A través del dolor: Sobre «El desierto y su semilla», novela de Jorge Baron Biza
Por Juan Pablo Torres Muñiz
El abordaje de la muerte, el deterioro físico y la depresión en la literatura, especialmente en la novela moderna, ha operado sobre todo como un vector de crítica para la confrontación más directa con el idealismo. La locura o el suicidio son temas que obligan a revisar la supuesta armonía del mundo tal cual lo pintan sobre todo las redes sociales. La muerte y el sufrimiento, al ser negados o disimulados por la sociedad complaciente, se convierten en el material acaso más obvio para la ficción cuestionadora. El fracaso del cuerpo, del Homo Sapiens o Faber, es una forma de evidenciar el fracaso de las instituciones racionales que pretenden ordenarlo todo. La tentación es fuerte. Pero, por esto mismo, las propuestas originales son más sencillas de distinguir. Y son pocas. Entre ellas, las de la novela El desierto y su semilla de Jorge Baron Biza (quien se suicidó tres años después de su publicación).
El texto se inscribe como un caso particularísimo de la comúnmente llamada literatura del trauma, al tomar hechos reales de gran resonancia (el ataque con ácido del padre al rostro de la madre, seguido del suicidio del agresor) para transcender el argumento impresionante y adquirir, felizmente, una incontrovertible calidad literaria. La obra confronta directamente desde la materia corpórea, al caso, la carne destrozada de Eligia, con la abstracción y el resentimiento de Arón, obligando a la reflexión sobre el significado de la carne, el dolor, la voluntad y la ética. El autor, que se mueve en un ámbito de alta inestabilidad personal e intelectual, utiliza su experiencia como base para una crítica radical de la razón y la ideología, en un intento de reconstruirse como sujeto frente a un legado paterno de resentimiento profundo absoluto.
La novela relata el ataque con vitriolo del escritor Arón Gageac a su esposa, Eligia, dejando su rostro irreconocible. El narrador, Mario (el hijo), la acompaña a una clínica en Milán, donde su madre debe someterse a complejas cirugías reconstructivas, un proceso de «descarne cotidiano». Mario intenta lidiar con la obsesión por la carne destrozada, el suicidio de Arón y el legado político y literario del padre. En Milán, Mario encuentra la autonomía de la carne herida y la confrontación con su propia identidad, asumiendo su rol como acompañante.
La estructura de El desierto y su semilla se sostiene por heterogeneidad y fragmentación; así, refleja una realidad que solo puede abordarse debidamente racionada. La novela se organiza formalmente en secciones numeradas, mas con una interrupción abrupta de la secuencia, que sugiere una discontinuidad en la cronología o en la coherencia narrativa. El texto opera mediante una constante intertextualidad, insertando fragmentos de otros supuestos materiales (la proclama política de Arón, un artículo periodístico sobre el cuerpo de la esposa del General, la composición escolar del narrador, un paper lírico) que no solo dan cuenta de la situación comunicativa en que se pretende erigir una visión, acaso redentora, sino que demuestran la multiplicación y cooptación del sentido por parte de las instituciones, imposibilitando, justamente, toda posible forma salvífica. La disposición de la acción expone el presente narrativo de Mario en Milán, inmerso en la contemplación de la carne necrosada de Eligia, y se ve constantemente irrumpido por analepsis de su infancia y adolescencia, y por reflexiones abstractas sobre el arte, la política y la filosofía. Un ejemplo de la laboriosidad del caos en la disposición es la inserción del artículo sobre el cuerpo embalsamado de Eva Perón, que funciona como un contraste grotesco y pancriollo con el cuerpo destrozado de Eligia. El final de la novela, que culmina con la revelación de una nueva necesidad: la de Mario por reconstruirse como una versión opuesta de sí mismo hasta entonces, y la sensación de que su propia historia es monstruosa, conducen al lector a ver en la heterogeneidad la única forma de avanzar fieles a la realidad y sus a menudo terribles disonancias.
Los personajes son concebidos con una profunda ambivalencia, evitando el maniqueísmo y el reduccionismo para encarnar, de hecho, fuerzas dialécticas.
Mario, protagonista y narrador, es la persona que opera como testigo y acompañante. Su desarrollo está marcado por el intento de diferenciarse de Arón y la objetivación estética del dolor de Eligia. Pasa de la sensibilidad sentimental a una notable pedantería de las certezas y cambios de perspectiva constantes para evitar el sufrimiento. Su crisis de identidad se manifiesta en la duda sobre su propio nombre, que se mueve entre su padre y su madre. El narrador, un intelectual sin título que, en su búsqueda de libertad y autonomía, experimenta el cinismo del alcohol barato y la mentira. Al final, su desarrollo implica un retorno al afecto, digamos «indigno» y la aceptación de la carne y el sufrimiento como destino.
Arón, el padre, es un escritor, político antifascista, y un asesino suicida. Encarnación de la contradicción insalvable, representa la voluntad desatada, el coraje en la pelea y el resentimiento absoluto. Su autoexclusión de la clase social alta y su megalomanía sexual y política lo definen como un agente de la destrucción que busca humillar a Dios y a su familia. Se trata, en suma, del creador del desierto, un mal involuntario, total y ausente.
Eligia, la madre, es, por su parte, la mujer de fe empecinada en la razón y la voluntad de saber, expolítica y víctima del ataque ya referido. Ella representa la materia sufriente que se transforma en una nueva y particular «construcción». Su desarrollo se centra en la pérdida de su identidad carnal y en su resistencia estoica a la victimización. Su cuerpo se convierte en un paisaje que, a pesar de la destrucción, genera vida, una vida callada y fuerte.
Personajes como, el doctor Calcaterra, cirujano reconstructor italiano que representa la voz que institucionaliza el dolor y lo traduce a términos de realidad y creación; Dina, la joven que Male conoce en Milán (y ofrece al narrador una suerte de válvula de escape); y el profesor Bormann, que enseña la observación y los ideales con aplicación, entre otros, operan como complementos para la crítica feroz que el autor plantea mediante la ficción.
La novela desmantela la concepción del yo como un fantasma que vive en el interior de una máquina y la reemplaza por la persona como una auténtica construcción. La carne de Eligia no es un desecho ni un derrumbe, sino una nueva formación… alejada de la voluntad del arquitecto. El cuerpo destrozado se convierte en el único objeto de verdad que revela lo que Male es, obligándolo a desprenderse de la mayoría de abstracciones. La voluntad y la razón de Eligia se esfuman, pero la materia herida se regenera con una potencia inexplicable.
Por otra parte, vemos que el matrimonio de Eligia y Arón es la antítesis de la armonía institucional. De hecho, la novela cuestiona la institución del amor conyugal aquí ejemplificado, a través del «apasionado divorcio infinito», de modo que acaba revelado como una zona callada e inexplicable que gesta reconciliaciones y conatos de separación definitiva. La brutal agresión de Arón no fue el fin del amor, sino, posiblemente, su última y más devastadora manifestación, un monumento a la estupidez de la pasión.
Además, la novela entrelaza la violencia política con la violencia doméstica. La timidez y el miedo de Eligia a la política se contrastan con la temeridad y furia de Arón. Así, se pone contra las cuerdas el idealismo revolucionario, al mostrar que la ira grandiosa que lucha por ideales también engendra odio puro, frío y aislado, con el único objetivo de dañar con el máximo efecto posible a cuanto lo pone, de una u otra forma, en evidencia.
Por si fuera poco, el texto cuestiona también el arte mismo, como producto de la industria de la cultura. Mientras el arte verdadero se descubre solitario, autosuficiente y sin intención de reventar nada, las novelas cursis de Arón, la pornografía kitsch francesa o los Arcimboldi frutales son ejemplos de banalización y servidumbre. La denuncia de la falsa conciencia que rechaza lo imperfecto y se disfraza de conciencia social, rasgo inequívoco del postmodernismo, es directa.
Acompaña y determina a este fondo, la forma de uso del lenguaje y el estilo de Baron Biza: El narrador emplea un castellano pulcro que se contamina constantemente con italianismos, arcaísmos y construcciones gramaticales extranjeras. Esto refleja la deslocalización (Milán, Suiza, Montevideo, Argentina) y la complejidad del mundo recorrido por los personajes, así como también su capacidad de adaptación.
El estilo de Baron Biza es riguroso y exigente al describir el deterioro de la carne. Utiliza un lenguaje técnico y clínico que deshumaniza el sufrimiento de Eligia, permitiendo al narrador distanciarse y aplicar una observación puramente espacial e impersonal. Este deliberado uso de la razón sobre la sensibilidad refleja la defensa intelectual de Male frente al laberinto del dolor.
El texto está cargado de metáforas materiales que operan a nivel temático, recursos elocuentes en su sentido, que confrontan al lector con la irracionalidad. De hecho, la originalidad de la prosa de la novela no reside en ninguna novedad léxica, sino en la tensión constante entre la aspiración a la abstracción racional y la miseria corpórea.
La novela de Baron Biza se yergue como un ejercicio dialéctico en el que la forma más corajosa de enfrentar el desierto del nihilismo es a través de una razón que se atreve a cavar en la carne destrozada y a operar con la heterogeneidad, complacencias.
