A la espera del fuego: De la herejía luterana a la colonización simbólica de Iberoamérica

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Imaginemos, por un instante, que un contingente de soldados estadounidenses arenga a sus tropas en vísperas de un bombardeo sobre Teherán no con consignas patrióticas ni con argumentos estratégicos, sino con la certeza de que el ataque formará parte del plan divino de Dios y servirá para acelerar el Armagedón y la segunda venida de Cristo. Esta escena, documentada en febrero de 2026 durante la escalada bélica contra Irán, no es una anécdota de fanatismo marginal, sino el síntoma visible de una operación de mucho mayor calado: la conversión de una herejía teológica del siglo XIX en un dispositivo geopolítico de alcance global. El sionismo cristiano, también llamado sionismo evangélico, supera por mucho el estatus de curiosidad doctrinal de seminarios bíblicos norteamericanos. Es una de las fuerzas más determinantes de la política exterior occidental en el Oriente Medio, y su radio de acción no se detiene en el Atlántico: en estos momentos coloniza iglesias, congresos, imaginarios nacionales y espacios públicos de todo Iberoamérica, con un peso particular en Brasil, Guatemala y, de manera creciente, en el resto de la región. La pregunta que suscita es, por tanto, ineludible: ¿de qué manera el sionismo cristiano, protestante, influye en la geopolítica global, particularmente en Iberoamérica, con especial interés en estos momentos de tensión mundial? Para responderla, será necesario reconstruir no solo la genealogía teológica del fenómeno, sino también sus articulaciones con el poder estatal, el capital y la descomposición institucional que caracteriza a nuestro tiempo.

Convengamos en la necesidad de establecer con precisión el marco teológico y conceptual en el que se mueve este tipo de sionismo, pues buena parte de su eficacia política reside precisamente en el oscurantismo que rodea sus fundamentos. El término sionismo deriva del monte Sión, una de las colinas sobre las que se asentó la antigua Jerusalén, y que en la tradición bíblica hebrea designaba tanto un lugar geográfico concreto como el símbolo de la presencia divina entre el pueblo de Israel. El sionismo político, tal como lo formuló Theodor Herzl a finales del siglo XIX, fue un movimiento secular de emancipación nacional judía que buscaba un Estado propio como respuesta al antisemitismo europeo. El sionismo cristiano, en cambio, no nace de esta suerte de autodeterminación judía, sino de una interpretación específica —y altamente cuestionable— de las Escrituras, que postula que el regreso de los judíos a la Tierra Santa y el establecimiento del Estado de Israel son condiciones necesarias para el cumplimiento de las profecías escatológicas y, en última instancia, para la segunda venida de Jesucristo. Dicho de otro modo: el sionismo cristiano no apoya a Israel por solidaridad con el pueblo judío, ni siquiera por razones humanitarias, sino porque Israel funciona como una pieza indispensable en el reloj apocalíptico que los creyentes evangélicos creen observar.

El pilar teológico de esta construcción es el dispensacionalismo, sistema hermenéutico creado en el siglo XIX por el clérigo anglicano irlandés John Nelson Darby y difundido masivamente por la Biblia anotada de Cyrus I. Scofield, publicada en Estados Unidos en 1909. La palabra dispensación proviene del latín dispensatio, que a su vez traduce el griego oikonomía, término compuesto por oikos (casa) y nomos (ley), y que en su origen designaba la administración de un hogar o de una hacienda. En el pensamiento dispensacionalista, Dios habría dividido la historia de la humanidad en siete etapas administrativas o dispensaciones —inocencia, conciencia, promesa, ley, gracia, tribulación y milenio— cada una con reglas distintas para la relación entre lo divino y lo humano. La característica distintiva del dispensacionalismo clásico reside en su insistencia en que la Iglesia de Cristo no ha reemplazado a Israel en el plan de Dios, y que las promesas territoriales del Antiguo Testamento a la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob permanecen vigentes y serán cumplidas literalmente en un futuro reinado milenario con sede en Jerusalén. De aquí se deriva el premilenialismo: la creencia de que Cristo regresará antes del milenio, arrebatando a los creyentes verdaderos antes de una tribulación de siete años, durante la cual Israel —como nación— será el centro del plan divino. Esta interpretación, que los Padres de la Iglesia habían abandonado en favor de un simbolismo alegórico y que la Reforma protestante no retomó en su forma moderna, fue resucitada en el contexto del fundamentalismo estadounidense de finales del siglo XIX como arma teológica contra el modernismo liberal.

Es preciso subrayar que el dispensacionalismo no es una teología inocua ni neutral. Su preocupación excede el destino de los judíos individuales, apunta sobre todo a Israel como pueblo y nación entre las naciones. Este elemento nacional es parte de lo que hace distintivo el debate del dispensacionalismo sobre Israel en comparación con otras tradiciones cristianas. Así, el dispensacionalismo politiza la escatología, convirtiendo una doctrina religiosa en un programa geopolítico concreto. La creación del Estado de Israel en 1948, lejos de ser interpretada como un evento histórico-político complejo, fue recibida por los dispensacionalistas como una confirmación empírica de sus predicciones, lo que reforzó exponencialmente la credibilidad del sistema y su capacidad de movilización. A partir de entonces, cualquier crítica a las políticas israelíes podía ser descalificada no solo como políticamente incorrecta, sino como teológicamente hereje: quien se opusiera a Israel se oponía al plan de Dios, y quien se opusiera al plan de Dios merecía, en el mejor de los casos, la maldición bíblica de Génesis 12:3, según la cual Dios maldice a quien maldice al pueblo elegido.

Esta operación teológica no puede comprenderse sin situarla en el contexto más amplio del protestantismo y, particularmente, del luteranismo. La tesis del sola scriptura —que cada creyente puede interpretar la Biblia por sí mismo, sin mediación de la tradición eclesiástica ni de la razón institucionalizada— abrió la puerta a una proliferación incontrolable de interpretaciones privadas, cada una reclamando para sí la autoridad divina. El idealismo determinista que acompañó a la Reforma, con su énfasis en la predestinación y en la certeza individual de la salvación, preparó el terreno para una escatología que no solo predice el futuro, sino que lo desea y lo acelera. Cuando el dispensacionalismo se combina con la teología de la prosperidad —según la cual la fe, las donaciones y el apoyo a causas religiosas aumentan la riqueza material del creyente— y con la teología del dominio —que postula que el cristianismo bíblico debe gobernar todas las áreas de la sociedad siguiendo el modelo de la ley de Moisés—, el resultado es una síntesis explosiva: una fe que no solo espera el fin del mundo, sino que trabaja activamente para provocarlo, convencida de que cada bomba caída sobre Gaza o cada embajada trasladada a Jerusalén son pasos hacia el reino milenario.

El sionismo cristiano constituye la consumación lógica del relativismo protestante y su rechazo sistemático de la institucionalidad racional. La Reforma luterana, al negar la autoridad de la Tradición y del Magisterio eclesiástico como instancias de corrección hermenéutica —con todos sus fallos y contradicciones, incluido el problema crítico de plantear un estudio de su propio de objeto de estudio inventado a la medida de una fe indemostrable—, instituyó un principio de interpretación privada que, secularizado, desembocaría en el existencialismo, el romanticismo y, finalmente, en el postmodernismo. El dispensacionalismo es, en este sentido, un caso límite de ese principio: una interpretación literalista de textos bíblicos que ignora quince siglos de exégesis patrística y medieval, y que impone al texto una estructura escatológica —las siete dispensaciones— que la Biblia misma no menciona de manera explícita. La pregunta causal es obvia: ¿por qué una herejía del siglo XIX logró hegemonizar a decenas de millones de creyentes en el siglo XXI? La respuesta reside en que el dispensacionalismo ofrece lo que toda ideología exitosa: certeza absoluta en un mundo de incertidumbre, y una identidad colectiva —el pueblo de Dios aliado con Israel— que sustituye a la comunidad institucional por una comunidad afectiva, emotiva, basada en la adhesión a un relato apocalíptico. Ideología. La evidencia de esta genealogía es abrumadora. El propio John Nelson Darby desarrolló su sistema en el contexto de las reuniones de creyentes irlandeses de 1859-1861, en reacción contra el modernismo teológico de las denominaciones establecidas. La Biblia anotada de Scofield, publicada en 1909, fue distribuida masivamente por los institutos bíblicos y las misiones de fe que proliferaron en Estados Unidos a principios del siglo XX, y que formaron a generaciones de misioneros enviados a Iberoamérica, África y Asia con el dispensacionalismo como equipaje doctrinal. Como ha documentado Joel Carpenter en su obra Revive Us Again, para los dispensacionalistas fundamentales las misiones no eran una actividad secundaria, sino una preocupación importante, y su premilenarismo pretribulacional era un impulso directo para la evangelización. En 1938, solo el Instituto Bíblico de Los Ángeles había producido 426 misioneros, y más de 120 en la última década.

El sionismo cristiano no habría alcanzado su actual peso geopolítico sin el patrocinio activo de tres potencias que lo han instrumentalizado según sus intereses estratégicos: el Reino Unido, Estados Unidos e Israel. La genealogía británica del fenómeno es decisiva. Ya en el siglo XIX, antes incluso de que Theodor Herzl escribiera El Estado Judío, políticos y teólogos evangélicos británicos como Lord Shaftesbury abogaban por la restauración de los judíos en Palestina como cumplimiento de la profecía bíblica. La Declaración Balfour de 1917, mediante la cual el gobierno británico expresó su apoyo a un hogar nacional judío en Palestina, no puede desvincularse de este substrato teológico: Arthur Balfour era un cristiano devoto influido por el dispensacionalismo, y la carta que envió a Lord Rothschild respondía tanto a presiones sionistas judías como a una corriente de opinión evangélica británica que veía en el Imperio Otomano una barrera para el cumplimiento de las promesas divinas. El Reino Unido, en su declive imperial, utilizó el sionismo cristiano como herramienta de legitimación moral para su dominio sobre Palestina bajo el mandato de la Sociedad de Naciones, y como instrumento de contención frente a las aspiraciones árabes. Cuando el poder mundial pasó a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, el sionismo cristiano encontró un terreno aún más fértil. La Guerra Fría polarizó el mundo en dos bloques ideológicos, y el Estado de Israel fue presentado por la propaganda occidental no solo como una democracia, sino como un baluarte cristiano-judeocristiano contra el ateísmo comunista. Los evangélicos estadounidenses, que ya constituían un bloque demográfico significativo, fueron movilizados en masa por predicadores como Jerry Falwell, Pat Robertson y, más tarde, John Hagee, quien fundó en 2006 Christians United for Israel (CUFI), la mayor organización pro-Israel de Estados Unidos, con más de diez millones de miembros. La evidencia del patrocinio estatal es inequívoca. CUFI ha logrado que el Congreso estadounidense apruebe legislaciones como el Taylor Force Act, que corta la ayuda a la Autoridad Palestina; ha presionado exitosamente para el reconocimiento de Jerusalén como capital y para el traslado de la embajada norteamericana; ha obtenido el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán; y ha bloqueado en treinta y cuatro estados las iniciativas de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel. En 2024, CUFI gastó 260.000 dólares en lobbying directo en el Congreso, una cifra que, si bien modesta en comparación con la industria armamentística, opera con una eficacia desproporcionada porque no se basa en el dinero, sino en la movilización de votantes. Como ha señalado el investigador Shibley Telhami, sin el apoyo evangélico, las actitudes republicanas hacia Israel no se desviarían sustancialmente del resto de la población estadounidense. En efecto, el sionismo cristiano es el factor diferencial que inclina la balanza política hacia una posición incondicionalmente pro-Israel en el partido que ha dominado la política exterior estadounidense durante las últimas décadas.

Israel ha transformado al sionismo cristiano en una política de Estado deliberada, mediante lo que los analistas denominan diplomacia de la fe o soft power religioso. Desde los años cincuenta, los gobiernos israelíes sostuvieron políticas diplomáticas para asegurarse el apoyo de las iglesias protestantes estadounidenses, y esa estrategia se robusteció en las décadas siguientes con viajes de líderes judíos a las comunidades evangélicas, con el objetivo de ejercer presión e influencia sobre la política exterior de Estados Unidos. La creación en 1980 de la Embajada Cristiana Internacional en Jerusalén (ICEJ), con el propósito de representar a los cristianos de todo el mundo que apoyan a Israel, marcó un hito en la institucionalización de esta alianza. Pero fue a partir de 2007 cuando la operación adquirió características de lobby político puro: en ese año, el entonces ministro de Turismo de Israel, Benny Elon, vinculado al sionismo religioso de extrema derecha, fundó la Fundación Aliados de Israel (IAF) para subsidiar a políticos cristianos que se identificasen con el país. Los eventos organizados por esta institución son seminarios de capacitación política donde se debaten temas como el traslado de embajadas a Jerusalén, las campañas BDS y las expresiones de antisemitismo en el mundo. La evidencia de esta instrumentalización es contundente. En Brasil, investigaciones académicas realizadas entre 2021 y 2024 por Maria das Dores Campos Machado y Brenda Carranza documentaron que a partir de 2014 se dio un fuerte crecimiento en la participación de evangélicos dentro del Grupo Parlamentario Brasil-Israel, creado en la década de 1960, y que al inicio de cada ciclo legislativo se implementa una política de reclutamiento de congresistas evangélicos para integrarse a ese grupo y defender los intereses israelíes. Este reclutamiento queda a cargo de pastores fuertemente vinculados a la embajada y al gobierno de Israel. Los representantes del Estado de Israel no solo visitan el Congreso Nacional, sino que con bastante frecuencia visitan las iglesias pentecostales que los parlamentarios representan, otorgando y obteniendo respaldo político con esa presencia. Las invitaciones a viajar a Israel juegan un papel destacado, y después de esos viajes oficiales cobra un peso significativo para esos políticos brasileños la posibilidad de convertirse en mediadores de acuerdos comerciales entre empresas israelíes y gobiernos estaduales. En Guatemala, el gobierno de Israel logró, con inversiones relativamente modestas, que el gobierno guatemalteco trasladara su embajada a Jerusalén en 2018, y que al menos treinta y seis de los trescientos cuarenta municipios del país rebautizaran calles, avenidas, plazas y parques con el nombre de Jerusalén, Capital de Israel. Se trata de una colonización del imaginario nacional que naturaliza una amistad incondicional entre ambas naciones, operada desde arriba con recursos estatales y diplomáticos.

La expansión del sionismo cristiano en Iberoamérica, y particularmente en Brasil, queda claro, no es un fenómeno espontáneo de conversión religiosa, sino el resultado de una estrategia de multiplicación sectaria auspiciada desde los centros de poder norteamericanos e israelíes. Brasil, con un 31% de población evangélica según datos de Datafolha de 2020, y Guatemala, con un 45% según Latinobarómetro, constituyen los dos casos más emblemáticos de esta colonización. El crecimiento del evangelismo en Brasil se debe en gran medida a la labor de los pentecostales que, durante buena parte del siglo XX, adoptaron y difundieron teologías dispensacionalistas importadas de Estados Unidos. En la década de 1980, sin embargo, el dispensacionalismo comenzó a ceder espacio ante otras vertientes igualmente oriundas de Estados Unidos, como la teología del dominio y la de la guerra espiritual. La primera de estas vertientes, que tuvo una amplia difusión entre las comunidades cristianas brasileñas a partir de los años 2000, aboga por la necesidad de que los cristianos amplíen su participación y adopten un rol dominante en los distintos espacios de la vida social —la religión, la familia, el ámbito educativo, el gobierno, el mercado y las artes— con el objetivo de construir el Reino de Dios en la tierra. Esta teología del dominio, lejos de ser una variante inocua del pentecostalismo, es el marco ideológico que permite a los evangélicos brasileños justificar su alianza incondicional con Israel como parte de un proyecto político-moral global. En la actual composición del Congreso brasileño, el 17,5% de los diputados federales y el 16% de los senadores se declaran evangélicos, siendo la mayoría elegida con apoyo de iglesias pentecostales alineadas a la derecha religiosa de Estados Unidos y a la teología del dominio. Estos legisladores mantienen diálogo fluido con la Embajada de Israel, realizan visitas oficiales a la Tierra Santa a convite del gobierno israelí y participan de cursos y eventos organizados por redes transnacionales como la Fundación Aliados de Israel. Durante el primer gobierno de Donald Trump, redes transnacionales evangélicas conservadoras como Capitol Ministries, fundada en 1996 para promover la visión evangélica entre políticos estadounidenses, abrieron oficinas en México, Honduras, Costa Rica, Guatemala, Paraguay y Brasil. En paralelo, se creó la Coalición Latina para Israel (LCI), cuyo presidente, Mario Bramnick, realizó viajes a distintos países latinoamericanos. Pastores estadounidenses grabaron declaraciones en apoyo de la candidatura de Jair Bolsonaro en 2018 y participaron en eventos como el realizado por la Iglesia Bautista de Belo Horizonte en conmemoración de los setenta años de la creación del Estado de Israel. Esa iglesia promueve la teología del dominio y pone sus medios de comunicación al servicio de los intereses de la derecha israelí. En Guatemala, la situación es aún más explícita: la alianza entre actores evangélicos, comunidad judía y diplomacia israelí funciona como una tríada estratégica de acción constante en la consolidación de un discurso pro-Israel. La colonización simbólica del territorio guatemalteco —calles rebautizadas, banderas israelíes en templos, parques temáticos bíblicos— resulta de una operación política diseñada para que el apoyo a Israel se convierta en un elemento constitutivo de la identidad nacional.

Detrás de la retórica teológica del sionismo cristiano operan intereses geoeconómicos de primera magnitud, que convierten a la fe en un mercado y a los creyentes en consumidores de un producto político. El turismo religioso a Israel constituye uno de los ejes más lucrativos de esta operación. Según datos del Ministerio de Turismo de Israel, uno de cada tres turistas norteamericanos que visita el país es cristiano evangélico, y solo el evento anual organizado por la Embajada Cristiana Internacional en Jerusalén aporta unos quince millones de dólares a la economía israelí. Las agencias de viaje y los pastores lucran con las peregrinaciones, e Israel se beneficia con el ingreso de divisas por turismo y por acuerdos comerciales. Pero los intereses económicos trascienden el turismo. En Estados Unidos, la industria de defensa ejerce una influencia inmensa sobre la política hacia Oriente Medio. Boeing, el mayor contratista de defensa del país, presionó en 2016 para que Israel gastara la totalidad de su paquete de ayuda militar de 38.000 millones de dólares en armas fabricadas en Estados Unidos, lo que le reportó a la empresa unos 10.000 millones de dólares en ventas. La industria armamentística en su conjunto gastó 64 millones de dólares en lobbies en 2018, una cifra que supera ampliamente los 3,5 millones gastados por AIPAC en el mismo período. El sionismo cristiano funciona aquí como una fuerza de choque ideológica que legitima ante la opinión pública el gasto militar y las intervenciones en Oriente Medio: si los evangélicos creen que apoyar a Israel es un mandato divino, protestar contra la venta de armas o contra los bombardeos se convierte en una herejía, no en una posición política. De hecho, CUFI presionó para que se aprobara el 21st Century Peace Through Strength Act, que proporcionó 14.300 millones de dólares en ayuda de emergencia para Israel, y luchó por el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, una zona estratégica rica en recursos hídricos. En Brasil, los parlamentarios evangélicos que viajan a Israel a menudo regresan no solo con convicciones teológicas reforzadas, sino con contactos comerciales que les permiten mediar acuerdos entre empresas israelíes y gobiernos estaduales brasileños.

El sionismo cristiano ha funcionado como un dispositivo de manipulación de masas poblacionales con fines geopolíticos, particularmente visible en los momentos de máxima tensión internacional. La actualidad de 2025 y 2026 ofrece un cuadro elocuente. En febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron de manera coordinada un ataque preventivo contra Irán, con explosiones en Teherán, Isfahán, Kermanshah y Qom. La escalada, que incluyó represalias iraníes contra bases estadounidenses en Arabia Saudita, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, se produjo en un contexto de despliegue naval masivo encabezado por los portaviones Abraham Lincoln y Gerald Ford. Lo revelador no es solo la magnitud militar del conflicto, sino su justificación en términos mesiánicos. Benjamin Netanyahu estableció una analogía entre el pueblo bíblico de los Amalecitas —a quienes la tradición judía equipara al mal absoluto— e Irán, de la misma manera que había hecho antes con la población palestina de Gaza. Numerosos militares anónimos de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos arengaron a sus tropas el 28 de febrero diciendo que el ataque formaba parte del plan divino de Dios y que serviría para acelerar el Armagedón y la segunda venida de Cristo, vehiculando creencias que son comunes entre los evangélicos seguidores del dispensacionalismo. Dicho acto fue denunciado por soldados de distintas religiones afirmando que cada vez que Israel o Estados Unidos se involucran en Oriente Medio, nos encontramos con esta historia de los nacionalistas cristianos que se han apoderado de nuestro Gobierno y, sin duda, de nuestro ejército. La pregunta causal es inquietante: ¿por qué una teología del siglo XIX condiciona las decisiones militares de la mayor potencia del mundo en el siglo XXI? Pues bien, el sionismo cristiano ha colonizado no solo las iglesias, sino también las instituciones estatales, convirtiendo a funcionarios, legisladores y militares en operadores de un programa escatológico que trasciende la racionalidad política. Cuando el apoyo a Israel se define no como una opción estratégica susceptible de debate, sino como un mandato divino, toda disidencia se condena. El resultado es una política exterior que no puede ser corregida por la razón institucional, porque sus fundamentos no son geopolíticos, sino teológicos. Y una política que no puede ser corregida por la razón es, por definición, una política suicida.

El sionismo cristiano opera en Iberoamérica como una matriz de desinstitucionalización que erosiona la soberanía política de los Estados nacionales y sustituye la razón diplomática por la adhesión afectiva a un relato extranjero. La tradición diplomática brasileña, por ejemplo, había mantenido históricamente una posición de equidistancia en el conflicto israelí-palestino, reconociendo el derecho de ambos pueblos a la autodeterminación. Esa posición fue sistemáticamente socavada por la presión de los parlamentarios evangélicos, quienes, a partir de 2014, incrementaron su participación en el Grupo Parlamentario Brasil-Israel y comenzaron a presionar por el traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén. La presión se hizo más intensa tras la elección de Jair Bolsonaro en 2018, cuando un segmento importante de la base evangélica —los pentecostales y los neocalvinistas identificados con la teología del dominio— se insertó con fuerza en la máquina estatal entre 2019 y 2022. Reinaba, en esos sectores, la expectativa de que Bolsonaro anunciaría la transferencia efectiva de la embajada tras su visita a Israel. Esa ambición chocó con los intereses comerciales del sector pecuarista brasileño, que temía represalias de los gobiernos árabes que podrían afectar sus exportaciones de carne. El conflicto entre la teología y la economía real ilustra con crudeza el funcionamiento del sionismo cristiano: no opera en el terreno de los intereses nacionales racionales, sino en el de las convicciones afectivas importadas. En Guatemala, la situación es aún más grave: el gobierno trasladó su embajada a Jerusalén en 2018, pese a que ello contradecía décadas de política exterior guatemalteca y pese a que Guatemala carece de intereses estratégicos directos en Oriente Medio. La decisión fue impulsada por una coalición de parlamentarios evangélicos, funcionarios municipales y diplomáticos israelíes, en un proceso que la investigadora Claudia Dary ha documentado como una operación de colonización simbólica del espacio público. La pregunta que surge es inevitable: ¿puede hablarse de soberanía nacional cuando las decisiones de política exterior de un país son dictadas por una teología importada, financiada desde el exterior y operada por redes transnacionales que no responden ante el electorado local? Pues, no. El sionismo cristiano, en su vertiente iberoamericana, no es una expresión de religiosidad autóctona, sino una forma de neocolonialismo teológico que desplaza las instituciones democráticas por estructuras de poder paralelas, invisibles y no rendidoras de cuentas.

Ahora bien, los defensores del sionismo cristiano y los analistas académicos más optimistas suelen señalar que el fenómeno aquí descrito se encuentra en declive, que las nuevas generaciones de evangélicos abandonan el dispensacionalismo, y que el sionismo cristiano es, en última instancia, una cuestión de fe personal que no afecta la política de manera determinante. Los datos que se citan para sostener esta tesis no son despreciables. Una encuesta de la Universidad de Maryland de 2025 encontró que, si bien el 51% de los evangélicos mayores favorecía a los israelíes sobre los palestinos, solo el 24% de los evangélicos menores de 35 años decía lo mismo. Otra encuesta de Barna Group mostró que el apoyo a Israel entre los evangélicos jóvenes cayó dramáticamente del 75% en 2018 al 34% en 2021. En Estados Unidos, el 60% de los adultos tiene ahora una opinión desfavorable de Israel, y entre los republicanos menores de 50 años el 57% ve a Israel negativamente. Parecería, a primera vista, que el sionismo cristiano es una tormenta que pasará con la muerte de la generación de Falwell, Robertson y Hagee.

Pero este aparente contra-argumento confunde el desgaste de una creencia individual con la desaparición de una estructura institucional. En primer lugar, aunque los evangélicos jóvenes estadounidenses pierden interés en el sionismo clásico, la infraestructura organizativa permanece intacta: CUFI sigue contando con más de diez millones de miembros, sigue gastando cientos de miles de dólares en lobbying anual, sigue organizando cumbres anuales en Washington con la asistencia de congresistas republicanos, y sigue operando en más de trescientos campus universitarios a través de su programa CUFI on Campus. En segundo lugar, el declive del sionismo entre los jóvenes estadounidenses no se replica en Iberoamérica, donde el crecimiento demográfico de los evangélicos es explosivo y donde la teología del dominio —que no depende del dispensacionalismo clásico para sostener su apoyo a Israel— se encuentra en plena expansión. En Brasil, el 31% de la población ya es evangélica, y en Guatemala el 45%. En tercer lugar, y esto es lo más decisivo, el sionismo cristiano ya ha dejado de ser una cuestión de creencias individuales para convertirse en una estructura de poder instaurada. Las leyes anti-BDS aprobadas en treinta y cuatro estados estadounidenses, el reconocimiento de Jerusalén como capital, el apoyo militar de 14.300 millones de dólares, el reconocimiento de los Altos del Golán, las alianzas parlamentarias en Brasil y Guatemala, la renominación de espacios públicos en Centroamérica: todo esto no desaparecerá cuando muera John Hagee. Son instituciones, leyes, políticas públicas, infraestructuras materiales que persisten independientemente de las creencias de quienes las heredan. Como bien sabemos desde la tesis del Homo Institutionalis, la persona se constituye como tal en la medida en que participa en sistemas de significación, normatividad y crítica que trascienden la subjetividad inmediata. El sionismo cristiano ha logrado exactamente eso: ha institucionalizado una herejía teológica en el tejido de las relaciones internacionales, y esa institucionalidad no se disuelve por el escepticismo de una generación. Por tanto, el supuesto declive generacional es, en el mejor de los casos, prematuro; en el peor, una distracción deliberada que oculta la consolidación de una arquitectura de poder que ya no necesita la adhesión emocional de las masas para seguir funcionando.

Si algo queda claro tras el recorrido precedente es que el sionismo cristiano no es una anomalía religiosa marginal, sino uno de los dispositivos geopolíticos más sofisticados y peligrosos de la era contemporánea. Su genealogía nos lleva desde el idealismo determinista del luteranismo, pasando por el dispensacionalismo británico del siglo XIX, hasta la maquinaria de lobbying estadounidense del siglo XXI y la diplomacia de la fe israelí en Iberoamérica. En cada etapa de este recorrido, la teología ha servido de pantalla para intereses materiales concretos: el dominio colonial británico sobre Palestina, la proyección militar estadounidense en Oriente Medio, la venta de armas de la industria de defensa, el turismo religioso como fuente de divisas, y la colonización simbólica de territorios e imaginarios en Iberoamérica. El sionismo cristiano ha logrado lo que pocas ideologías han logrado: convertir la herejía en ortodoxia, la fantasía apocalíptica en política de Estado, y la sumisión teológica en alianza estratégica.

Las implicaciones de este diagnóstico son múltiples y graves. En el plano geopolítico, el sionismo cristiano constituye un factor de desestabilización permanente en Oriente Medio, porque elimina toda posibilidad de negociación racional al definir el conflicto israelí-palestino y la confrontación con Irán como episodios de un drama escatológico cuyo desenlace está predeterminado por la voluntad divina.

La escalada de 2026, con sus bombardeos y sus arengas mesiánicas en el seno del ejército estadounidense es la realización lógica de un principio que lleva décadas operando en las sombras.

En el plano iberoamericano, el sionismo cristiano representa una forma de neocolonialismo teológico que socava la soberanía de los Estados nacionales y sustituye la diplomacia racional por la adhesión afectiva a una potencia extranjera. Cuando el Congreso brasileño o el gobierno guatemalteco toman decisiones de política exterior no en función de los intereses nacionales, sino en función de una hermenéutica bíblica importada de Dallas o de Jerusalén, lo que se produce no es una expresión de libertad religiosa, sino una abdicación de la responsabilidad institucional. El creyente evangélico no opera como persona racional inserta en una tradición institucional crítica, sino como consumidor de un producto teológico-importado que le ofrece certeza emocional a cambio de su adhesión política.

En el plano antropológico, el sionismo cristiano ilustra con crudeza el peligro del Homo Institutionalis desprovisto de instituciones racionales. La persona, lejos de constituirse a través de la participación en sistemas normativos de crítica y previsión, se reduce a un individuo que consume emociones, que interpreta la realidad a través de un prisma escatológico privado, y que ve en la política internacional una prolongación de su experiencia religiosa subjetiva. Este es exactamente el mismo principio que operaba en el luteranismo radical —sola scriptura, sola fide— y que, secularizado, ha producido el existencialismo, el relativismo posmoderno y, ahora, el sionismo cristiano como ideología de masas.

Conviene reconstruir la capacidad de la razón pública para operar con categorías que no sean las del relativismo sentimental ni las de la escatología apocalíptica. Es necesario recuperar la tradición hispánica de derecho internacional, que desde Vitoria a la Escuela de Salamanca supo articular una crítica racional del colonialismo basada en la dignidad de la persona, no en la interpretación literal de textos sagrados. Es necesario, en suma, defender la institucionalidad frente a su colonización por ideologías que, bajo apariencias religiosas, operan como máquinas de guerra geopolítica. La realidad, como bien sabemos, no negocia con sentimientos. Ni siquiera cuando esos sentimientos vienen envueltos en la bandera de Israel y en la promesa de un milenio que, por fortuna, nunca llegará.

 

 

 

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(ENGLISH VERSION)

Belief as a Weapon: From the Lutheran Heresy to the Symbolic Colonization of Ibero-America

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

Let us imagine, for a moment, a contingent of American soldiers rallying their troops on the eve of a bombing raid over Tehran, not with patriotic slogans or strategic arguments, but with the certainty that the attack will be part of God’s divine plan and will serve to accelerate Armageddon and the second coming of Christ. This scene, documented in February 2026 during the military escalation against Iran, is not an anecdote of marginal fanaticism, but the visible symptom of a much deeper operation: the conversion of a 19th-century theological heresy into a geopolitical device of global reach. Christian Zionism, also called Evangelical Zionism, far surpasses the status of a doctrinal curiosity of North American Bible seminaries. It is one of the most determining forces of Western foreign policy in the Middle East, and its reach does not stop at the Atlantic: it is currently colonizing churches, congresses, national imaginaries, and public spaces throughout Ibero-America, with particular weight in Brazil, Guatemala, and, increasingly, the rest of the region. The question it raises is, therefore, inescapable: in what way does Christian, Protestant Zionism influence global geopolitics, particularly in Ibero-America, with special interest in these moments of world tension? To answer it, it will be necessary to reconstruct not only the theological genealogy of the phenomenon, but also its articulations with state power, capital, and the institutional decomposition that characterizes our time.

Let us agree on the need to precisely establish the theological and conceptual framework in which this type of Zionism moves, for a good part of its political effectiveness resides precisely in the obscurantism surrounding its foundations. The term Zionism derives from Mount Zion, one of the hills on which ancient Jerusalem was settled, and which in the Hebrew biblical tradition designated both a specific geographical place and the symbol of divine presence among the people of Israel. Political Zionism, as formulated by Theodor Herzl at the end of the 19th century, was a secular movement of Jewish national emancipation that sought its own state as a response to European antisemitism. Christian Zionism, on the other hand, is not born from this kind of Jewish self-determination, but from a specific —and highly questionable— interpretation of the Scriptures, which postulates that the return of the Jews to the Holy Land and the establishment of the State of Israel are necessary conditions for the fulfillment of eschatological prophecies and, ultimately, for the second coming of Jesus Christ. In other words: Christian Zionism does not support Israel out of solidarity with the Jewish people, nor even for humanitarian reasons, but because Israel functions as an indispensable piece in the apocalyptic clock that evangelical believers believe they are observing.

The theological pillar of this construction is dispensationalism, a hermeneutic system created in the 19th century by the Irish Anglican clergyman John Nelson Darby and massively disseminated by the Scofield Reference Bible, published in the United States in 1909. The word dispensation comes from the Latin dispensatio, which in turn translates the Greek oikonomía, a term composed of oikos (house) and nomos (law), and which originally designated the administration of a household or estate. In dispensationalist thought, God would have divided human history into seven administrative stages or dispensations —innocence, conscience, promise, law, grace, tribulation, and millennium— each with different rules for the relationship between the divine and the human. The distinctive characteristic of classical dispensationalism lies in its insistence that the Church of Christ has not replaced Israel in God’s plan, and that the territorial promises of the Old Testament to the descendants of Abraham, Isaac, and Jacob remain valid and will be literally fulfilled in a future millennial reign based in Jerusalem. From this derives premillennialism: the belief that Christ will return before the millennium, rapture true believers before a seven-year tribulation, during which Israel —as a nation— will be the center of the divine plan. This interpretation, which the Church Fathers had abandoned in favor of allegorical symbolism and which the Protestant Reformation did not revive in its modern form, was resurrected in the context of late 19th-century American fundamentalism as a theological weapon against liberal modernism.

It is necessary to underline that dispensationalism is neither an innocuous nor a neutral theology. Its concern exceeds the destiny of individual Jews; it points above all to Israel as a people and a nation among the nations. This national element is part of what makes the dispensationalist debate on Israel distinctive compared to other Christian traditions. Thus, dispensationalism politicizes eschatology, turning a religious doctrine into a concrete geopolitical program. The creation of the State of Israel in 1948, far from being interpreted as a complex historical-political event, was received by dispensationalists as empirical confirmation of their predictions, which exponentially reinforced the credibility of the system and its mobilization capacity. From then on, any criticism of Israeli policies could be disqualified not only as politically incorrect, but as theologically heretical: whoever opposed Israel opposed God’s plan, and whoever opposed God’s plan deserved, at best, the biblical curse of Genesis 12:3, according to which God curses those who curse the chosen people.

This theological operation cannot be understood without situating it in the broader context of Protestantism and, particularly, Lutheranism. The thesis of sola scriptura —that every believer can interpret the Bible for themselves, without the mediation of ecclesiastical tradition or institutionalized reason— opened the door to an uncontrollable proliferation of private interpretations, each claiming divine authority for itself. The deterministic idealism that accompanied the Reformation, with its emphasis on predestination and individual certainty of salvation, prepared the ground for an eschatology that not only predicts the future, but desires and accelerates it. When dispensationalism combines with prosperity theology —according to which faith, donations, and support for religious causes increase the believer’s material wealth— and with dominion theology —which postulates that biblical Christianity should govern all areas of society following the model of the Mosaic law—, the result is an explosive synthesis: a faith that not only expects the end of the world, but actively works to provoke it, convinced that every bomb dropped on Gaza or every embassy moved to Jerusalem are steps towards the millennial kingdom.

Christian Zionism constitutes the logical consummation of Protestant relativism and its systematic rejection of rational institutionality. The Lutheran Reformation, by denying the authority of Tradition and the ecclesiastical Magisterium as instances of hermeneutic correction —with all its failures and contradictions, including the critical problem of posing a study of its own invented object of study tailored to an unprovable faith—, instituted a principle of private interpretation that, secularized, would lead to existentialism, Romanticism, and, finally, postmodernism. Dispensationalism is, in this sense, a limiting case of that principle: a literalist interpretation of biblical texts that ignores fifteen centuries of patristic and medieval exegesis, and that imposes on the text an eschatological structure —the seven dispensations— that the Bible itself does not explicitly mention. The causal question is obvious: why did a 19th-century heresy manage to hegemonize tens of millions of believers in the 21st century? The answer lies in the fact that dispensationalism offers what every successful ideology offers: absolute certainty in a world of uncertainty, and a collective identity —the people of God allied with Israel— that substitutes the institutional community for an affective, emotional community based on adherence to an apocalyptic narrative. Ideology. The evidence of this genealogy is overwhelming. John Nelson Darby himself developed his system in the context of the Irish believers’ meetings of 1859-1861, in reaction against the theological modernism of established denominations. The Scofield Reference Bible, published in 1909, was massively distributed by the Bible institutes and faith missions that proliferated in the United States in the early 20th century, and that trained generations of missionaries sent to Ibero-America, Africa, and Asia with dispensationalism as doctrinal baggage. As Joel Carpenter has documented in his work Revive Us Again, for fundamentalist dispensationalists missions were not a secondary activity, but a major concern, and their pretribulational premillenarianism was a direct impulse for evangelization. In 1938, the Los Angeles Bible Institute alone had produced 426 missionaries, and over 120 in the last decade.

Christian Zionism would not have achieved its current geopolitical weight without the active sponsorship of three powers that have instrumentalized it according to their strategic interests: the United Kingdom, the United States, and Israel. The British genealogy of the phenomenon is decisive. Already in the 19th century, even before Theodor Herzl wrote The Jewish State, British politicians and evangelical theologians such as Lord Shaftesbury advocated for the restoration of the Jews in Palestine as fulfillment of biblical prophecy. The Balfour Declaration of 1917, by which the British government expressed its support for a Jewish national home in Palestine, cannot be separated from this theological substratum: Arthur Balfour was a devout Christian influenced by dispensationalism, and the letter he sent to Lord Rothschild responded both to Jewish Zionist pressures and to a current of British evangelical opinion that saw the Ottoman Empire as a barrier to the fulfillment of divine promises. The United Kingdom, in its imperial decline, used Christian Zionism as a tool for moral legitimation for its rule over Palestine under the League of Nations mandate, and as an instrument of containment against Arab aspirations. When world power passed to the United States after World War II, Christian Zionism found an even more fertile ground. The Cold War polarized the world into two ideological blocs, and the State of Israel was presented by Western propaganda not only as a democracy, but as a Judeo-Christian bulwark against communist atheism. American evangelicals, who already constituted a significant demographic bloc, were mobilized en masse by preachers such as Jerry Falwell, Pat Robertson, and later John Hagee, who founded Christians United for Israel (CUFI) in 2006, the largest pro-Israel organization in the United States, with over ten million members. The evidence of state sponsorship is unequivocal. CUFI has gotten the U.S. Congress to pass legislation such as the Taylor Force Act, which cuts aid to the Palestinian Authority; it has successfully pressured for the recognition of Jerusalem as the capital and for the relocation of the U.S. embassy; it has obtained recognition of Israeli sovereignty over the Golan Heights; and it has blocked Boycott, Divestment and Sanctions (BDS) initiatives against Israel in thirty-four states. In 2024, CUFI spent $260,000 on direct lobbying in Congress, a figure that, while modest compared to the arms industry, operates with disproportionate effectiveness because it is based not on money, but on voter mobilization. As researcher Shibley Telhami has pointed out, without evangelical support, Republican attitudes toward Israel would not deviate substantially from the rest of the U.S. population. Indeed, Christian Zionism is the differential factor that tips the political balance towards an unconditional pro-Israel position in the party that has dominated U.S. foreign policy over the last decades.

Israel has transformed Christian Zionism into a deliberate state policy, through what analysts call faith diplomacy or religious soft power. Since the 1950s, Israeli governments have maintained diplomatic policies to ensure the support of American Protestant churches, and that strategy was strengthened in the following decades with trips by Jewish leaders to evangelical communities, with the aim of exerting pressure and influence on U.S. foreign policy. The creation in 1980 of the International Christian Embassy in Jerusalem (ICEJ), with the purpose of representing Christians from around the world who support Israel, marked a milestone in the institutionalization of this alliance. But it was from 2007 onwards that the operation acquired characteristics of pure political lobbying: in that year, then Israeli Tourism Minister Benny Elon, linked to far-right religious Zionism, founded the Israel Allies Foundation (IAF) to subsidize Christian politicians who identified with the country. The events organized by this institution are political training seminars where topics such as the relocation of embassies to Jerusalem, BDS campaigns, and expressions of antisemitism in the world are discussed. The evidence of this instrumentalization is compelling. In Brazil, academic research conducted between 2021 and 2024 by Maria das Dores Campos Machado and Brenda Carranza documented that from 2014 onwards there was strong growth in the participation of evangelicals within the Brazil-Israel Parliamentary Group, created in the 1960s, and that at the beginning of each legislative cycle a recruitment policy is implemented for evangelical congressmen to join this group and defend Israeli interests. This recruitment is the responsibility of pastors strongly linked to the embassy and the government of Israel. Representatives of the State of Israel not only visit the National Congress, but quite frequently visit the Pentecostal churches that the parliamentarians represent, granting and obtaining political backing with that presence. Invitations to travel to Israel play a prominent role, and after these official trips, the possibility of becoming mediators of commercial agreements between Israeli companies and state governments takes on significant weight for these Brazilian politicians. In Guatemala, the government of Israel achieved, with relatively modest investments, that the Guatemalan government moved its embassy to Jerusalem in 2018, and that at least thirty-six of the country’s three hundred and forty municipalities renamed streets, avenues, plazas, and parks with the name of Jerusalem, Capital of Israel. This is a colonization of the national imaginary that naturalizes an unconditional friendship between both nations, operated from above with state and diplomatic resources.

The expansion of Christian Zionism in Ibero-America, and particularly in Brazil, is clearly not a spontaneous phenomenon of religious conversion, but the result of a sectarian multiplication strategy sponsored from North American and Israeli centers of power. Brazil, with 31% of its population evangelical according to Datafolha data from 2020, and Guatemala, with 45% according to Latinobarómetro, constitute the two most emblematic cases of this colonization. The growth of evangelicalism in Brazil is largely due to the work of Pentecostals who, for a good part of the 20th century, adopted and disseminated dispensationalist theologies imported from the United States. In the 1980s, however, dispensationalism began to cede ground to other equally American-born currents, such as dominion theology and spiritual warfare theology. The first of these currents, which had wide diffusion among Brazilian Christian communities from the 2000s onwards, advocates for the need for Christians to expand their participation and adopt a dominant role in the different spaces of social life —religion, family, education, government, market, and arts— with the aim of building the Kingdom of God on earth. This dominion theology, far from being an innocuous variant of Pentecostalism, is the ideological framework that allows Brazilian evangelicals to justify their unconditional alliance with Israel as part of a global political-moral project. In the current composition of the Brazilian Congress, 17.5% of federal deputies and 16% of senators declare themselves evangelical, the majority elected with the support of Pentecostal churches aligned with the U.S. religious right and dominion theology. These legislators maintain fluid dialogue with the Israeli Embassy, make official visits to the Holy Land at the invitation of the Israeli government, and participate in courses and events organized by transnational networks such as the Israel Allies Foundation. During the first Trump administration, conservative transnational evangelical networks such as Capitol Ministries, founded in 1996 to promote the evangelical vision among U.S. politicians, opened offices in Mexico, Honduras, Costa Rica, Guatemala, Paraguay, and Brazil. In parallel, the Latin Coalition for Israel (LCI) was created, whose president, Mario Bramnick, made trips to different Latin American countries. American pastors recorded statements in support of Jair Bolsonaro’s candidacy in 2018 and participated in events such as the one held by the Belo Horizonte Baptist Church in commemoration of the seventieth anniversary of the creation of the State of Israel. That church promotes dominion theology and puts its media at the service of the interests of the Israeli right. In Guatemala, the situation is even more explicit: the alliance between evangelical actors, the Jewish community, and Israeli diplomacy functions as a strategic triad of constant action in the consolidation of a pro-Israel discourse. The symbolic colonization of Guatemalan territory —renamed streets, Israeli flags in temples, biblical theme parks— results from a political operation designed to make support for Israel a constitutive element of national identity.

Behind the theological rhetoric of Christian Zionism operate geoeconomic interests of the first magnitude, which turn faith into a market and believers into consumers of a political product. Religious tourism to Israel constitutes one of the most lucrative axes of this operation. According to data from the Israeli Ministry of Tourism, one in three American tourists visiting the country is an evangelical Christian, and the annual event organized by the International Christian Embassy in Jerusalem alone contributes about fifteen million dollars to the Israeli economy. Travel agencies and pastors profit from pilgrimages, and Israel benefits from the influx of foreign currency from tourism and commercial agreements. But economic interests transcend tourism. In the United States, the defense industry exerts immense influence on policy towards the Middle East. Boeing, the country’s largest defense contractor, pressured in 2016 for Israel to spend its entire $38 billion military aid package on U.S.-made weapons, which netted the company about $10 billion in sales. The arms industry as a whole spent $64 million on lobbying in 2018, a figure that far exceeds the $3.5 million spent by AIPAC in the same period. Christian Zionism functions here as an ideological shock force that legitimizes military spending and interventions in the Middle East before public opinion: if evangelicals believe that supporting Israel is a divine mandate, protesting against arms sales or bombings becomes a heresy, not a political position. In fact, CUFI pressured for the approval of the 21st Century Peace Through Strength Act, which provided $14.3 billion in emergency aid to Israel, and fought for the recognition of Israeli sovereignty over the Golan Heights, a strategic area rich in water resources. In Brazil, evangelical parliamentarians who travel to Israel often return not only with reinforced theological convictions, but with business contacts that allow them to mediate agreements between Israeli companies and Brazilian state governments.

Christian Zionism has functioned as a device for manipulating mass populations for geopolitical purposes, particularly visible in moments of maximum international tension. The current situation of 2025 and 2026 offers an eloquent picture. In February 2026, the United States and Israel launched a coordinated preventive attack against Iran, with explosions in Tehran, Isfahan, Kermanshah, and Qom. The escalation, which included Iranian reprisals against U.S. bases in Saudi Arabia, Bahrain, Qatar, the United Arab Emirates, and Kuwait, occurred in a context of massive naval deployment led by the aircraft carriers Abraham Lincoln and Gerald Ford. What is revealing is not only the military magnitude of the conflict, but its justification in messianic terms. Benjamin Netanyahu drew an analogy between the biblical people of the Amalekites —whom Jewish tradition equates with absolute evil— and Iran, in the same way he had previously done with the Palestinian population of Gaza. Numerous anonymous military personnel of the U.S. Armed Forces rallied their troops on February 28 saying that the attack was part of God’s divine plan and that it would serve to accelerate Armageddon and the second coming of Christ, conveying beliefs that are common among evangelical followers of dispensationalism. This act was denounced by soldiers of different religions, affirming that every time Israel or the United States gets involved in the Middle East, we find ourselves with this story of Christian nationalists who have taken over our Government and, without a doubt, our army. The causal question is unsettling: why does a 19th-century theology condition the military decisions of the world’s greatest power in the 21st century? Well, Christian Zionism has colonized not only churches, but also state institutions, turning officials, legislators, and military personnel into operators of an eschatological program that transcends political rationality. When support for Israel is defined not as a debatable strategic option, but as a divine mandate, all dissent is condemned. The result is a foreign policy that cannot be corrected by institutional reason, because its foundations are not geopolitical, but theological. And a policy that cannot be corrected by reason is, by definition, a suicidal policy.

Christian Zionism operates in Ibero-America as a matrix of deinstitutionalization that erodes the political sovereignty of nation-states and substitutes diplomatic reason for affective adherence to a foreign narrative. Brazilian diplomatic tradition, for example, had historically maintained a position of equidistance in the Israeli-Palestinian conflict, recognizing the right of both peoples to self-determination. That position was systematically undermined by the pressure of evangelical parliamentarians, who, from 2014 onwards, increased their participation in the Brazil-Israel Parliamentary Group and began to push for the transfer of the Brazilian embassy from Tel Aviv to Jerusalem. The pressure became more intense after the election of Jair Bolsonaro in 2018, when a significant segment of the evangelical base —Pentecostals and Neo-Calvinists identified with dominion theology— inserted itself forcefully into the state apparatus between 2019 and 2022. In those sectors, the expectation reigned that Bolsonaro would announce the effective transfer of the embassy after his visit to Israel. That ambition clashed with the commercial interests of the Brazilian livestock sector, which feared reprisals from Arab governments that could affect their meat exports. The conflict between theology and the real economy illustrates the functioning of Christian Zionism with crudeness: it does not operate in the terrain of rational national interests, but in that of imported affective convictions. In Guatemala, the situation is even more serious: the government moved its embassy to Jerusalem in 2018, despite the fact that this contradicted decades of Guatemalan foreign policy and despite the fact that Guatemala lacks direct strategic interests in the Middle East. The decision was driven by a coalition of evangelical parliamentarians, municipal officials, and Israeli diplomats, in a process that researcher Claudia Dary has documented as an operation of symbolic colonization of public space. The question that arises is inevitable: can one speak of national sovereignty when a country’s foreign policy decisions are dictated by an imported theology, financed from abroad and operated by transnational networks that are not accountable to the local electorate? No. Christian Zionism, in its Ibero-American dimension, is not an expression of indigenous religiosity, but a form of theological neocolonialism that displaces democratic institutions with parallel, invisible, and unaccountable power structures.

Now, defenders of Christian Zionism and more optimistic academic analysts often point out that the phenomenon described here is in decline, that new generations of evangelicals are abandoning dispensationalism, and that Christian Zionism is, ultimately, a matter of personal faith that does not affect politics in a decisive way. The data cited to support this thesis are not negligible. A 2025 University of Maryland survey found that, while 51% of older evangelicals favored Israelis over Palestinians, only 24% of evangelicals under 35 said the same. Another Barna Group survey showed that support for Israel among young evangelicals dropped dramatically from 75% in 2018 to 34% in 2021. In the United States, 60% of adults now have an unfavorable view of Israel, and among Republicans under 50, 57% view Israel negatively. It would appear, at first glance, that Christian Zionism is a storm that will pass with the death of the generation of Falwell, Robertson, and Hagee.

But this apparent counter-argument confuses the wearing out of an individual belief with the disappearance of an institutional structure. First, although young American evangelicals are losing interest in classical Zionism, the organizational infrastructure remains intact: CUFI still has more than ten million members, still spends hundreds of thousands of dollars on annual lobbying, still organizes annual summits in Washington with the attendance of Republican congressmen, and still operates on more than three hundred university campuses through its CUFI on Campus program. Second, the decline of Zionism among young Americans is not replicated in Ibero-America, where the demographic growth of evangelicals is explosive and where dominion theology —which does not depend on classical dispensationalism to sustain its support for Israel— is in full expansion. In Brazil, 31% of the population is already evangelical, and in Guatemala, 45%. Third, and this is the most decisive point, Christian Zionism has already ceased to be a matter of individual beliefs to become an established power structure. The anti-BDS laws passed in thirty-four U.S. states, the recognition of Jerusalem as the capital, the $14.3 billion in military aid, the recognition of the Golan Heights, the parliamentary alliances in Brazil and Guatemala, the renaming of public spaces in Central America: none of this will disappear when John Hagee dies. They are institutions, laws, public policies, material infrastructures that persist regardless of the beliefs of those who inherit them. As we well know from the thesis of Homo Institutionalis, the person constitutes themselves as such insofar as they participate in systems of signification, normativity, and critique that transcend immediate subjectivity. Christian Zionism has achieved exactly that: it has institutionalized a theological heresy into the fabric of international relations, and that institutionality is not dissolved by the skepticism of a generation. Therefore, the supposed generational decline is, at best, premature; at worst, a deliberate distraction that hides the consolidation of a power architecture that no longer needs the emotional adhesion of the masses to continue functioning.

If anything is clear after the preceding review, it is that Christian Zionism is not a marginal religious anomaly, but one of the most sophisticated and dangerous geopolitical devices of the contemporary era. Its genealogy takes us from the deterministic idealism of Lutheranism, through 19th-century British dispensationalism, to the 21st-century American lobbying machinery and Israeli faith diplomacy in Ibero-America. At each stage of this journey, theology has served as a screen for concrete material interests: British colonial domination over Palestine, U.S. military projection in the Middle East, arms sales by the defense industry, religious tourism as a source of foreign currency, and the symbolic colonization of territories and imaginaries in Ibero-America. Christian Zionism has achieved what few ideologies have achieved: turning heresy into orthodoxy, apocalyptic fantasy into state policy, and theological submission into strategic alliance.

The implications of this diagnosis are multiple and serious. On the geopolitical level, Christian Zionism constitutes a factor of permanent destabilization in the Middle East, because it eliminates all possibility of rational negotiation by defining the Israeli-Palestinian conflict and the confrontation with Iran as episodes of an eschatological drama whose outcome is predetermined by divine will.

The 2026 escalation, with its bombings and messianic harangues within the U.S. military, is the logical realization of a principle that has been operating in the shadows for decades.

On the Ibero-American level, Christian Zionism represents a form of theological neocolonialism that undermines the sovereignty of nation-states and substitutes rational diplomacy for affective adherence to a foreign power. When the Brazilian Congress or the Guatemalan government make foreign policy decisions not based on national interests, but based on a biblical hermeneutic imported from Dallas or Jerusalem, what is produced is not an expression of religious freedom, but an abdication of institutional responsibility. The evangelical believer does not operate as a rational person inserted in a critical institutional tradition, but as a consumer of an imported theological product that offers emotional certainty in exchange for political adherence.

On the anthropological level, Christian Zionism illustrates with crudeness the danger of Homo Institutionalis devoid of rational institutions. The person, far from constituting themselves through participation in normative systems of critique and foresight, is reduced to an individual who consumes emotions, who interprets reality through a private eschatological prism, and who sees in international politics an extension of their subjective religious experience. This is exactly the same principle that operated in radical Lutheranism —sola scriptura, sola fide— and which, secularized, has produced existentialism, postmodern relativism, and now, Christian Zionism as a mass ideology.

It is advisable to rebuild the capacity of public reason to operate with categories that are neither those of sentimental relativism nor those of apocalyptic eschatology. It is necessary to recover the Hispanic tradition of international law, which from Vitoria to the School of Salamanca knew how to articulate a rational critique of colonialism based on the dignity of the person, not on the literal interpretation of sacred texts. It is necessary, in short, to defend institutionality against its colonization by ideologies that, under religious appearances, operate as machines of geopolitical warfare. Reality, as we well know, does not negotiate with feelings. Not even when those feelings come wrapped in the flag of Israel and in the promise of a millennium that, fortunately, will never come.