Salir a la luz: Sobre «El Rey de los Alisos», novela de Michel Tournier

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La novela que emerge de la convulsión de las guerras mundiales se ha caracterizado por una búsqueda incesante de nuevas voces y perspectivas capaces de dar cuenta de la complejidad caótica de la realidad. Ante el fracaso de los grandes relatos históricos y de las explicaciones lineales, escritores como Musil, Broch o Thomas Mann exploraron la subjetividad, el mito y la alegoría para aprehender un mundo que había perdido su centro. En esta estela, la obra de Michel Tournier, y en particular su obra maestra El Rey de los Alisos (1970), se erige como una de las cumbres de la narrativa francesa del siglo XX. Tournier no busca explicar la historia, sino reinterpretarla a través de una lente mítica y personal, convirtiendo el caos histórico en un escenario para la exploración de las obsesiones más profundas y oscuras del hombre. La novela testimonia cómo la literatura puede transformar el horror objetivo en una experiencia subjetiva, íntima y, paradójicamente, reveladora.

El Rey de los Alisos narra la vida de Abel Tiffauges, un mecánico parisino que, desde su infancia en el colegio San Cristóbal, se siente marcado por un destino singular y una naturaleza monstruosa, la de un «ogro». A través de un diario escrito con su «mano siniestra», Tiffauges reinterpreta su vida como una serie de signos que lo conducen a su verdadera vocación: la «foria», o el éxtasis de cargar niños sobre sus hombros, como el gigante San Cristóbal. La invasión alemana y su captura como prisionero de guerra lo llevan a Prusia Oriental, donde su obsesión se encuentra con el mundo del nazismo y el culto a la juventud aria. Sirviendo en una «napola» (escuela de élite nazi), Tiffauges se convierte en «el ogro de Kaltenborn», un personaje que, en el contexto de la barbarie colectiva, lleva su propia y particular perversión a un paroxismo. La novela concluye en el apocalipsis de la guerra, con Tiffauges cargando a un niño judío, Efraim, sobre sus hombros, y sumergiéndose en un pantano, en una última y ambigua inversión del mito de San Cristóbal.

La estructura de El Rey de los Alisos es tan compleja y deliberada como la cosmovisión de su protagonista, y contribuye de manera decisiva a su carácter de «laberinto de signos». La novela se divide en dos grandes bloques que reflejan la doble naturaleza del relato y de su héroe.

La primera parte, titulada Escritos siniestros de Abel Tiffauges, se presenta como un diario personal que abarca desde enero de 1938 hasta septiembre de 1939. Este formato íntimo y fragmentario permite al lector acceder directamente a la mente del protagonista, a sus obsesiones, a su particular sistema de interpretación del mundo y a su progresiva transformación en el «ogro» que cree ser. Aquí, el lector es un confidente y un testigo de la construcción de una mitología personal que se superpone a la realidad histórica. La voz de Tiffauges, erudita, reflexiva y perturbadoramente lógica en su sinrazón, establece las claves semióticas que regirán toda la obra.

La segunda parte, Las palomas del Rin, Hiperbórea y El ogro de Rominten y Kaltenborn, abandona el diario en primera persona por una narración en tercera persona. Este cambio estructural, lejos de ser arbitrario, representa un salto cualitativo en la «inmersión» de Tiffauges en su destino y en la historia. La narración se vuelve más «objetiva», pero la mirada sigue siendo la de Tiffauges; ahora, su peculiar sistema de interpretación de los signos se aplica a un mundo más amplio y, en apariencia, más real, el de la Alemania nazi. La guerra se convierte en el telón de fondo sobre el que se proyectan sus obsesiones fóricas, y su «monstruosidad» individual encuentra un extraño espejo en la colectiva del régimen. Esta estructura en dos partes refleja el tránsito del mito interior a la realidad exterior, y cómo ambos se contaminan y se confirman mutuamente.

El estilo de Tournier es un elemento central de la obra. Su prosa, influenciada por Flaubert, es a la vez precisa y densa, llena de digresiones filosóficas y reflexiones sobre el lenguaje, los mitos y la historia. Tournier utiliza un léxico rico y a menudo arcaico, y no duda en crear neologismos como «foria», que se convierte en el eje conceptual de la novela. Esta densidad semántica obliga al lector a una lectura activa y atenta, convirtiendo el acto de leer en un proceso de desciframiento de signos similar al que realiza el propio protagonista. La novela incomoda, tanto por lo que cuenta como porque la monstruosidad del protagonista permea todo el relato.

Abel Tiffauges es, en efecto, una suerte de antihéroe trágico, un ogro que no es plenamente consciente de su monstruosidad, o que la justifica a través de una elaborada mitología personal . Su evolución es la de un hombre que se convierte en la encarnación de sus propias obsesiones. Desde el niño enclenque y maltratado que lamía la herida de su verdugo en el colegio San Cristóbal, hasta el gigante que colecciona niños en la napola, Tiffauges sigue una lógica implacable. Su obsesión no es simplemente sexual; el deseo de «cargar» se convierte en una necesidad metafísica, en la búsqueda de un éxtasis que lo conecte con un orden mítico y le otorgue sentido a su existencia. Su microgenitomorfismo (la pequeñez de su sexo) es una inversión irónica de su gigantismo físico y de su deseo de «poseer» a los niños; es un monstruo incapaz de reproducirse, pero que busca la eternidad a través de la «foria». La culpa que lo persigue no es por sus acciones, sino por la posibilidad de no cumplir con su destino.

Néstor, el niño obeso y tiránico del colegio San Cristóbal, es la figura tutelar y el origen de la mitología de Tiffauges. Es el «doble» que le enseña el poder de los signos y la vocación fórica, y cuya muerte lo marca para siempre. Su presencia fantasmal es constante a lo largo de toda la obra, como una conciencia y una justificación de la conducta de Tiffauges. Néstor es el «maestro» que inicia al «ogro» en su arte, y su figura establece un puente entre la infancia de Tiffauges y su destino en la Alemania nazi.

Los otros personajes, como Rachel, son funcionales al desarrollo de Tiffauges. Ella es el contrapunto de su deseo: es una mujer-paisaje, un cuerpo que lo atrae, pero que no puede satisfacerlo, porque su verdadera pasión no es sexual. Su ruptura marca el inicio de su viaje. El general conde von Kaltenborn, el aristócrata prusiano, representa la vieja Alemania, la tradición de los Caballeros Teutónicos que el nazismo pervierte. Su sabiduría heráldica es la contraparte «noble» de la obsesión semiótica de Tiffauges. Finalmente, los niños de la napola, y en especial los gemelos Haïo y Haro y el niño de cabellos blancos Lothar, son la culminación de la colección de Tiffauges. Son la «carne fresca» que el ogro huele y desea, la encarnación de su «vellocino de oro», y su trágico final en las espadas del castillo es la inversión macabra del sacrificio que él busca.

Es esta una novela de ideas que utiliza la historia como un laboratorio para explorar una serie de conceptos y cuestionamientos radicales.

El concepto de «foria» (del griego phorein, llevar) es el corazón de la novela. Tiffauges redefine su deseo de poseer niños como una búsqueda de éxtasis metafísico. La «inversión fórica» es la clave de su sistema: lo que parece una perversión (el deseo de un adulto por un niño) se reinterpreta como un acto sagrado (el «Portador del Niño»). Esta inversión se aplica a toda la obra: la fotografía como secuestro de la imagen, la comida como acto de devoración amorosa, la guerra como una forma de foria colectiva donde los niños son «juguetes» para el adulto. La novela obliga al lector a cuestionar la moral convencional y a considerar la posibilidad de que el mal pueda tener su propia lógica y su propia belleza.

De hecho, Tournier no presenta a los nazis como monstruos excepcionales, sino como la culminación de una lógica de «pureza» y de culto a la «carne fresac» que Tiffauges encarna de manera individual. Göring, «el ogro de Rominten», es un personaje casi grotesco, obsesionado por la caza y la falología de los ciervos, una parodia de Tiffauges. La napola, con su culto a la juventud aria y a la muerte, es la institucionalización de la «foria» pervertida. La novela sugiere que la monstruosidad del nazismo no es ajena a la naturaleza humana, sino una versión exacerbada y colectiva de deseos y obsesiones que ya existen en lo individual.

Aquí se plantea, además, una visión del mundo donde todo es signo y destino. Tiffauges interpreta su vida a través de un entramado de mitos (San Cristóbal, Atlas, el Rey de los Alisos). Su obsesión por leer los signos es una forma de imponer un orden a una realidad caótica y de justificar sus actos. Tournier cuestiona así la noción de una verdad histórica objetiva y sugiere que la realidad es construida a través de las narrativas y los mitos que adoptamos. La arqueología del Rey de los Alisos, un hombre de las turberas que relaciona con Goethe, es un ejemplo de cómo la historia misma se convierte en un mito que Tiffauges puede reinterpretar.

En el viaje obsesivo hacia la infancia, nada idílica, por cierto, sino hacia un territorio oscuro de poder, sumisión y deseo, la inocencia del niño es el objeto de deseo del ogro, pero también su justificación. La «foria» es una forma de poseer y consumir esa inocencia, de detener el tiempo. La crítica a la pedagogía y a las instituciones religiosas (el colegio San Cristóbal) es también una crítica a la forma en que la sociedad moldea, corrompe y victimiza a los niños.

La relación de Tiffauges con los niños no es sexo en el sentido convencional, sino una forma de amor pervertido y sublimado. Su éxtasis fórico tiene sin duda una dimensión sexual, pero también una espiritual. La novela explora la delgada línea que separa la ternura, el deseo y la obsesión, y cómo el amor puede manifestarse de formas destructivas y monstruosas. La historia de Tiffauges con la prostituta Rachel es un ejemplo de su incapacidad para el amor adulto, un amor que él encuentra solo en su relación con los niños.

De modo que nos vemos ante una meditación perturbadora sobre la naturaleza humana, la historia y el deseo. Y se nos obliga a mirar de frente a nuestras propias obsesiones y a reconocer que, en el fondo del hombre, habita un ogro que, a veces, solo necesita una buena historia para salir a la luz…