Lo que habita en los detalles: Sobre «Los demonios», novela de Heimito Von Doderer
Por Juan Pablo Torres Muñiz
El ambicioso subgénero de la novela total, que floreció en el convulso siglo XX, no se conforma con narrar una historia lineal, sino que aspira a aprehender la complejidad en pleno de una época, diagnosticando sus males y cartografiando sus múltiples capas de realidad. Pioneros como James Joyce, Marcel Proust y Robert Musil emprendieron esta titánica labor. Pero fue Heimito von Doderer, quien asumió la épica moderna no como la gesta de héroes individuales, sino como la crónica coral de una conciencia social en crisis, el responsable de darle las características que finalmente llegarían más allá de Europa. Los demonios es el resultado de un cuarto de siglo de trabajo, una cristalización narrativa que, desde su título, dialoga con la obra homónima de Dostoyevski, aunque sustituyendo el panfleto ideológico por una lente clínica y profundamente humana. Es la culminación de un autor que entendía la novela como la forma de historiografía más legítima para una centuria desgarrada por ideologías totalitarias y fragmentaciones existenciales. Su publicación tardía en el mundo hispano, no obstante, marcara la obra de autores como Sabato y Fuentes, entre otros, no ha hecho sino reafirmar su estatus como uno de los secretos mejor guardados y más brillantes de las letras centroeuropeas del siglo pasado.
Los demonios se presenta como la crónica recopilada y editada por el ya retirado jefe de sección Georg von Geyrenhoff. La narración se centra en un círculo de amigos e intelectuales conocido como «los nuestros», que se reúne en el elegante barrio vienés de Döbling durante la primavera de 1927. Entre ellos se encuentran el atormentado historiador René Stangeler, el escritor bohemio Kajetan von Schlaggenberg y su hermana, la violinista Charlotte, apodada «Renacuajo». Sus vidas, marcadas por el desencanto y la búsqueda de un sentido, se entrelazan con las de otros personajes de todas las clases sociales: desde obreros como Leonhard Kakabsa, que descubre la libertad a través del estudio del latín, hasta prostitutas como Anny Gräven y conspiradores políticos. Todas estas tramas confluyen en el trágico y simbólico incendio del Palacio de Justicia de Viena el 15 de julio de 1927, un episodio histórico real que actúa como el punto de fuga de la novela, exponiendo la fragilidad de esa comunidad y el preludio de la oscuridad en ciernes.
La arquitectura de Los demonios es deliberadamente monumental y laberíntica, un reflejo de la complejidad del mundo que retrata. Doderer construye la novela a partir de la meticulosa recopilación de apuntes, diarios y testimonios de múltiples cronistas, todos bajo la supervisión del narrador principal, Geyrenhoff. Esta técnica crea una impresión de inmediatez y veracidad documental, sumergiendo al lector en un flujo de conciencia colectivo. La obra se fragmenta en anécdotas aparentemente inconexas que, sin embargo, se unen por una red invisible de causalidad y correspondencia; como el propio narrador afirma. Este diseño permite a Doderer alternar entre capítulos de denso análisis psicológico, pasajes de comedia social, escenas de novela policíaca y, sobre todo, el famoso capítulo central Allí abajo, escrito en un alemán arcaico que simula un manuscrito del siglo XV sobre la caza de brujas. Este cambio de registro lingüístico y temporal funciona como una «caja china» narrativa, un espejo dentro del espejo que revela que los horrores del presente tienen inquietantes paralelismos en el pasado. El incendio del Palacio de Justicia no es solo el clímax, sino el catalizador que expone la fragilidad del orden aparente, desmoronando las segundas realidades que los personajes pretendían haber habitado, y demostrando que la historia no es para nada un telón de fondo, sino una fuerza telúrica que irrumpe y redefine todas las vidas.
La galería de más de cien personajes en Los demonios es quizás su mayor logro. Todos son presentados con una profundidad y una complejidad moral que los convierten en individuos únicos y memorables. Doderer los clasifica por su relación con la realidad. Así, podemos identificar tres grandes grupos: en primer lugar, los que padecen su realidad, como el cronista Geyrenhoff, que busca un orden en la narrativa; en segundo lugar, los que construyen una «segunda realidad», como el escritor Schlaggenberg, que se obsesiona con las «señoras gordas», o el industrial Herzka, que fantasea con la tortura medieval para escapar de su vacuidad emocional. Estos personajes son los «poseídos» por sus propias fantasías, neuróticos que intentan sustituir una vida que les resulta insoportable por un constructo ideológico o erótico. Por último, tenemos a los personajes que emergen de su realidad, como el obrero Leonhard Kakabsa. Su desarrollo es el más paradigmático: a través del estudio del latín, un acto de voluntad y cultura, logra trascender las barreras de su clase y su lenguaje, accediendo a una nueva forma de libertad y conocimiento. Este arco contrasta con la inmovilidad de personajes como Gyurkicz, atrapado en sus emblemas nacionalistas y cuya «segunda realidad» de conspirador le lleva a una muerte absurda durante los disturbios. El genio de Doderer reside en mostrarnos cómo estas vidas se cruzan, se iluminan y se oponen, creando un fresco social donde la capacidad de transformación personal es la única vía de escape frente a la rigidez mortífera de la ideología.
La novela es una implacable puesta en entredicho de los conceptos e instituciones que dieron forma a la Europa de entreguerras, funcionando como un diagnóstico temprano y lúcido del ascenso del totalitarismo. (El paralelismo con nuestro presente es más que patente.) Doderer, a través de su ficción, desafía la noción de la historia como una sucesión de hechos objetivos. El personaje de Neuberg lo expresa claramente: «Los hechos, con su colosal envergadura, no son nada; en cambio, nuestra forma de entenderlos lo es todo». Así, el autor critica el mito de la cultura como patrimonio comunitario, mostrando cómo el conocimiento y el arte pueden ser instrumentalizados o servir de mero adorno para una burguesía que ha perdido todo contacto con la experiencia vital. La «identidad europea» aparece fracturada, oscilando entre la nostalgia por el imperio perdido y el auge de los nacionalismos excluyentes. Esta crisis se articula en una sutil pero contundente dialéctica entre ética y moral. Doderer a ratos privilegia la primera, encarnada en la búsqueda de autenticidad de personajes como Leonhard Kakabsa, sobre la segunda, que aparece como el caldo de cultivo del fanatismo y las tendencias de masas, ejemplificadas por la turba que incendia el Palacio de Justicia y, de forma más amplia, por el ascenso del nazismo, del que el autor fue, durante un breve y controvertido período, simpatizante. Por otra parte, denuncia el idealismo y la hiper subjetividad, la ilusión de los individuos ante la materialidad del mundo, el afán que parte de la ética y acaba en la negación de las instituciones colectivas. La mentira, la lealtad y la ambición son motores sociales que Doderer escudriña sin concesiones, mostrando cómo las alianzas y traiciones privadas (las de Lasch, Levielle y el banquero Altschul) tienen un eco directo en la esfera pública. La sexualidad, lejos de ser un mero impulso biológico, se presenta como una fuerza social desatada, capaz de generar «segundas realidades» tan absurdas como la de Schlaggenberg y tan siniestras como la del señor Achaz en el manuscrito medieval. En última instancia, la novela denuncia cómo la incapacidad para aceptar la «primera realidad», con su caos y contingencia, lleva a los individuos y a las sociedades a refugiarse en sistemas cerrados, ideologías y proyectos personales que, al estrellarse contra los hechos, solo pueden generar violencia y catástrofe.
El estilo de Doderer en Los demonios es el vehículo de su visión del mundo, una simbiosis perfecta entre forma y fondo que constituye uno de sus mayores aciertos. Su lenguaje desde el alemán coloquial más vibrante y lleno de matices hasta el lenguaje judicial, el comercial, la crónica frívola y el alemán arcaico. Lejos de la pureza del lenguaje académico y netamente protestante, Doderer se nutre de la tradición católica y multicultural del Imperio Austrohúngaro, forjando una prosa que es, en sí misma, una celebración de la diversidad y una declaración de principios contra la uniformidad ideológica. El uso del dialecto y los diferentes registros es la herramienta que utiliza para caracterizar a sus personajes desde su propia voz. El salto lingüístico que da Leonhard Kakabsa, al pasar de un habla obrera al dominio de la gramática latina, es la representación formal de su emancipación interior. Por otro lado, el célebre capítulo Allí abajo, escrito en un alemán del siglo XV, lejos de una curiosidad arqueológica, fragua una estrategia para alienar al lector y sumergirlo en la mentalidad de una época en la que la tortura y la «segunda realidad» de la caza de brujas luterana eran prácticas cotidianas, estableciendo así un oscuro paralelismo con la violencia y la irracionalidad del siglo XX. La prosa de Doderer es a menudo densa, hipnótica, capaz de detenerse en la descripción de un objeto trivial o en el flujo de pensamiento de un personaje menor con la misma intensidad que dedica a una escena de acción. Esta «microscopía» narrativa, heredera de Proust y Joyce, logra que la lentitud y la digresión se conviertan en formas de conocimiento. La estructura fragmentaria y las constantes variaciones tonales no son un defecto, sino la encarnación de la caótica realidad, que se resiste a ser encorsetada en una trama simple. En última instancia, la forma laberíntica de Los demonios es su fondo: una indagación magistral y profundamente humana sobre cómo el lenguaje construye, deforma y a veces destruye nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos.
Inmensa. Una novela. indispensable.
