Quién se atreve: Sobre el deterioro de la política como forma superior de la acción humana
Por Juan Pablo Torres Muñiz
En los últimos años, y con una intensidad que no habíamos conocido antes, se ha extendido por las sociedades occidentales y, de manera particularmente aguda, por las iberoamericanas, una forma de condena colectiva contra la política y contra quienes la ejercen. Una repulsa generalizada, casi visceral, contra la actividad política en su conjunto. Los políticos, se dice con frecuencia, son todos iguales; la política, se afirma con desdén, es un asunto sucio, una profesión indigna, un reducto de oportunistas y de corruptos, condena que no surge de la nada: se alimenta de décadas de desencanto, de promesas incumplidas, de escándalos públicos, de una percepción creciente de que quienes ostentan el poder no sirven a los intereses de la comunidad sino a los propios. Sin embargo, esta repulsa generalizada, lejos de conducir a una reflexión profunda sobre las causas del mal y a una búsqueda de remedios efectivos, ha abierto la puerta a una forma de política peor que la que se critica: una política de mesías, de salvadores, de líderes que prometen resolverlo todo sin necesidad de las instituciones, de la deliberación, del trabajo paciente y disciplinado que exige la gestión de lo público. ¿Cómo ha llegado la política a esta situación de degradación, en la que el rechazo masivo hacia la gestión política tradicional no ha producido una mejora sino, por el contrario, una entrega de las instituciones a manos menos competentes, más oportunistas y, en general, más populistas, que atienden a la tendencia de mostrarse como mesías para un público que no se fija sino en la identificación y el sectarismo? Sostenemos que no es accidental, sino el producto de una larga evolución intelectual en la que el idealismo, el romanticismo y el utopismo han debilitado la concepción de la política como actividad que exige talento, trabajo, disciplina, estudio y compromiso, abriendo así el camino para que las élites mercantiles, aprovechando el vacío dejado por el colapso de la política tradicional, convirtieran al ciudadano en un consumidor pasivo, temeroso, impotente e infantilizado, al que se gobierna no mediante la razón sino mediante la emoción, no mediante las instituciones sino, como se dice a menudo y con razón, mediante el espectáculo.
Para comprender esta degradación es necesario remontarse a los orígenes de la filosofía política occidental, donde la política fue concebida, en su momento de mayor esplendor, como la actividad más elevada a la que podía dedicarse el hombre. Platón, en su República, estableció que el gobierno de la ciudad debía estar en manos de los filósofos, no porque estos fueran ambiciosos de poder, sino porque el conocimiento, la contemplación de las ideas eternas, capacitaba al alma para ordenar con justicia la vida colectiva. La política, para Platón, era una vocación que exigía la dedicación completa de la vida, una formación rigurosa que duraba décadas, una disciplina severa que moldeaba el carácter antes que el intelecto. El filósofo-rey gobernaba porque había alcanzado una visión del bien que le obligaba a servir a la comunidad. Esta concepción, que puede parecernos hoy ingenua o autoritaria, encierra una verdad que no debemos perder de vista: la política, en su sentido más noble, es una actividad que exige excelencia, una excelencia reñida con la improvisación, pues se cultiva con esfuerzo sostenido y sacrificio personal. Aristóteles, por su parte, en su tratado sobre la política, insistió en que el ciudadano virtuoso debía conocer las leyes, participar en la deliberación, juzgar con imparcialidad, y que la educación del ciudadano era la base de toda constitución sana. La polis griega, con todos sus defectos, con su exclusión de mujeres y esclavos, con sus guerras y sus facciones, mantenía al menos la idea de que la política era un asunto serio, que requería preparación, que no admitía la improvisación ni la demagogia.
Esta tradición de exigencia hacia quienes ejercían la política se prolongó a lo largo de los siglos, aunque transformada por las circunstancias históricas. En la Roma republicana, el ideal del ciudadano que sirve al Estado, del senador que delibera con sabiduría, del cónsul que manda con virtud, mantuvo viva la concepción de la política como actividad prestigiosa que exigía virtud cívica, prudencia y experiencia. Cicerón, en sus tratados sobre las leyes y sobre el Estado, insistió en que el gobernante debía ser un hombre de conocimiento, de moralidad probada, de dedicación absoluta al bien común. La virtud política, la virtus romana, no era una cualidad abstracta sino una disposición práctica que se manifestaba en la capacidad de conducir los asuntos públicos con justicia, fortaleza y templanza. Durante la Edad Media, aunque la política quedó en cierto modo subordinada a la teología, los tratadistas de principados, desde Tomás de Aquino hasta Marsilio de Pádua, siguieron sosteniendo que el gobernante debía poseer sabiduría, justicia y prudencia, y que la ley debía ser racional, justa y orientada al bien común. El príncipe cristiano, idealizado por Erasmo, debía ser un hombre de estudios, de piedad, de moderación, que gobernara para sus súbditos como un padre para sus hijos, no como un tirano para sus esclavos.
Es menester aclarar desde ahora que la corrupción en la gestión pública no es un fenómeno reciente. Siempre hubo corrupción, siempre hubo funcionarios que abusaron de su cargo, siempre hubo gobernantes que confundieron el erario con su hacienda privada. La diferencia radical entre el pasado y el presente radica en el valor social atribuido a la competencia. Antaño, ser competente era condición indispensable para acceder a un puesto burocrático; hoy, la competencia ha sido desplazada por la performatividad mediática, por la capacidad de proyectar una imagen, por el carisma de pantalla. El funcionario competente, el burócrata que conoce los procedimientos, que domina la técnica administrativa, que ha dedicado años al estudio de su campo, ha sido sustituido por el comunicador, el influencer político, el personaje que sabe manejar su imagen en las redes sociales. Esta transformación responde a una lógica de mercado en la que la política ya dista mucho más de la idea de gestión que de la de espectáculo, una en la que el político ya no es un servidor público sino un personaje para identificarse y, en tal sentido, un producto más de consumo.
La modernidad, con su ruptura con el orden medieval, trajo consigo una transformación radical del pensamiento político, pero no necesariamente una degradación de la exigencia hacia quienes ejercían la política. Maquiavelo, a quien tanto se ha calumniado, fue en realidad uno de los pensadores que más claramente articuló la necesidad de virtud en el gobernante, aunque entendida esta virtud de un modo nuevo y realista. Para Maquiavelo, la virtù del príncipe no era la virtud cristiana de la humildad y la resignación, sino la energía, la audacia, la capacidad de adaptación, la prudencia calculadora que permitía al gobernante imponer orden en medio del caos. El príncipe virtuoso, en el sentido maquiaveliano, era aquel que sabía leer los tiempos, que conocía la naturaleza humana en su crudeza, que no se dejaba llevar por ilusiones ni por idealismos, que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para preservar el Estado. Maquiavelo no abogaba por la inmoralidad en la política, sino por una moralidad política distinta de la privada, una que tenía como criterio supremo la conservación y el fortalecimiento de la comunidad política. En este sentido, Maquiavelo representa una exigencia extrema hacia el gobernante: no basta con ser bueno en el sentido convencional, hay que ser eficaz, entender la realidad y poseer una formación práctica que solo se adquiere mediante el estudio de la historia y la experiencia de los hechos. La Fortuna, ese poder caprichoso que gobierna la mitad de nuestras acciones, puede ser contrapesada, según Maquiavelo, solo por quien posee la capacidad de prever, de prepararse, de actuar con decisión cuando las circunstancias lo exigen. Esta concepción, que ha sido tildada de cínica, es en realidad una exigencia de competencia, de profesionalismo, de dedicación total a la tarea política, muy alejada de la idea del político improvisado o del demagogo que promete lo imposible.
La tradición del estatismo, que durante siglos fue prestigiosa y llevó a pensar en la permanente necesidad de talento, trabajo y disciplina, estudio y compromiso para el cumplimiento de los cargos públicos, recibió su formulación más sistemática en el pensamiento de Hegel. Para este filósofo, el Estado no era una mera agregación de intereses individuales ni un aparato de coerción, sino la realización ética de la libertad, la institución en la que la voluntad racional alcanzaba su plena expresión. El Estado, en la Filosofía del Derecho, es lo racional en sí y para sí, una totalidad ética que supera la particularidad egoísta de la sociedad civil y eleva al individuo a la universalidad —menudo idealismo—. Esta concepción hegeliana, en parte apología del Estado prusiano, encierra de en todo caso una exigencia extrema hacia la política y hacia quienes la ejercen. Si el Estado es la realización de la razón, entonces quienes gobiernan deben ser capaces de comprender la racionalidad de las instituciones, de actuar conforme a principios universales, de superar sus intereses particulares en favor del bien común. Hegel distinguió claramente entre la sociedad civil, dominada por el interés egoísta, y el Estado, donde la libertad se realiza en la ley y en la institución. El político, en esta concepción, no es un mercader de votos ni un administrador de intereses sectoriales, sino un servidor de la razón histórica, un artífice de la libertad objetiva. La política, para Hegel, exigía conocimiento filosófico, comprensión histórica, capacidad de mediación entre lo universal y lo particular. No era una actividad para cualquiera, sino exclusiva para quienes habían alcanzado una formación superior que les permitía discernir los intereses verdaderos de la comunidad por encima de las apariencias inmediatas.
Junto a esta tradición de exigencia, que recorre toda la historia del pensamiento político occidental, surgió otra tradición, difusa, aunque no menos influyente, que debilitó progresivamente la concepción de la política como actividad seria y exigente. Esta tradición tiene sus raíces en el romanticismo alemán y francés, y en ciertas formas de idealismo, sobre todo anglosajonas que, al exaltar la subjetividad, la emoción, la imaginación, contribuyeron a desprestigiar la política como gestión racional de lo público. El romanticismo, tal como lo analizó Carl Schmitt en su obra sobre el romanticismo político, representó una forma de subjetivación extrema de la realidad, en la que el yo individual se erigía en medida de todas las cosas y la política quedaba reducida a un juego de sentimientos, a una ocasión para el despliegue de la sensibilidad personal. El romántico, según Schmitt, no se comprometía con ninguna causa objetiva, no adhería a ningún principio firme, sino que fluctuaba entre lo revolucionario y lo reaccionario, entre lo progresista y lo conservador, según le dictara su estado de ánimo. La consecuencia de tal estetización de la política fue la pasividad, la incapacidad para la acción política efectiva, la reducción de la política a un espectáculo para el consumo emocional del sujeto. El romántico, en lugar de gobernar, administrar y legislar, contemplaba, sentía, soñaba… y se quejaba. La política, en sus manos, dejaba de ser un arte de gobierno para convertirse en un arte de la fuga, en un refugio contra la dureza de la realidad.
Esta corriente romántica, que tuvo expresiones poderosas en Alemania con los primeros románticos de Jena, en Francia con Chateaubriand y Lamartine, y que se extendió por toda Europa en el siglo XIX, llevó consigo una transformación profunda de la concepción de la política. Si la política ya no era la gestión racional de los asuntos públicos sino la expresión de los sentimientos del pueblo, de la nación, de la comunidad imaginada, entonces el político ya no necesitaba ser un hombre de conocimiento y de experiencia, sino un hombre de sensibilidad, un poeta, un soñador, un mesías que encarnara las aspiraciones vagas de las masas. Rousseau, con su concepto de voluntad general, había preparado el terreno para esta transformación al sugerir que la legitimidad política no residía en la sabiduría de los gobernantes sino en la identidad mística entre el pueblo y su voluntad. La voluntad general, en Rousseau, no era el resultado de un proceso deliberativo racional, sino una entidad casi mística que se manifestaba en momentos de entusiasmo colectivo. Esta concepción, que influyó poderosamente en la Revolución Francesa y en todo el pensamiento político posterior, abrió la puerta a la idea de que el político no necesitaba conocer las leyes, la economía, la historia, sino que bastaba con que sintiera el pulso del pueblo, que se identificara con sus deseos, que encarnara sus sueños. La política, de ser una actividad intelectual, se convertía en una actividad emocional; de exigir competencia, pasaba a exigir carisma; de buscar la eficacia, perseguía la identificación.
El romanticismo alemán, en particular, tuvo consecuencias perjudiciales para la concepción de la política que no debemos subestimar. Los primeros románticos, como Novalis y Friedrich Schlegel, al exaltar la infinitud del yo, la ironía, la creatividad sin límites, contribuyeron a crear una atmósfera intelectual en la que la realidad política quedaba subordinada a la fantasía, en la que el orden institucional aparecía como una prisión del espíritu. La Revolución Francesa, que había comenzado con ideales de razón y de justicia, degeneró en el Terror precisamente porque la voluntad general, elevada a categoría absoluta, justificaba cualquier atrocidad en nombre del pueblo. Los románticos alemanes, al rechazar la Ilustración y sus supuestos racionalistas, no reivindicaron una política más racional, sino una más poética, mística, entregada, oh, a lo irracional. Esta tendencia, que se prolongó en el nacionalismo romántico del siglo XIX, condujo a la idea de que el Estado no era una institución racional sino una entidad orgánica, un ser vivo que se expresaba en la cultura, en el idioma, en las tradiciones. El político, en este contexto, no era un administrador sino un profeta, un vate que interpretaba los designios de la historia.
La combinación de este romanticismo con el idealismo hegeliano produjo una síntesis explosiva. La izquierda hegeliana, desde Feuerbach hasta Marx, tomó la dialéctica hegeliana, pero la invirtió: ya no era el Estado el que realizaba la razón, sino la sociedad civil, o más bien la clase obrera, la que debía superar al Estado. Marx, en su crítica de la filosofía hegeliana del derecho, denunció al Estado como aparato de dominación de la clase burguesa, y propuso su desaparición en la sociedad comunista. Esta crítica, aunque legítima en muchos aspectos, contribuyó a desprestigiar la política como actividad autónoma y a reducirla a una superestructura de la economía. Si la política no era más que el reflejo de los intereses de clase, entonces no había necesidad de políticos competentes ni de instituciones sólidas: bastaba con cambiar la estructura económica y la política se transformaría automáticamente. Esta concepción, que dominó buena parte del pensamiento socialista del siglo XIX y XX, llevó a subestimar la importancia de la gestión política, de la administración pública, de la deliberación institucional, y a confiar en que la revolución social resolvería todos los problemas políticos.
Pero no fue solo la llamada izquierda la que contribuyó a esta degradación. La derecha romántica, desde Joseph de Maistre hasta Charles Maurras, también atacó la política racional, la política de las instituciones y de las leyes, para sustituirla por la política de la tradición, de la religión, de la autoridad irracional. Maistre, en sus Consideraciones sobre Francia, defendió la monarquía no porque fuera racional sino porque era sagrada, porque estaba fundada en la gracia divina y en la tradición secular. La política, para estos pensadores reaccionarios, no era una actividad humana sujeta a reglas, sino un misterio que solo podía ser comprendido por la fe. El trono y el altar debían unirse porque ambos representaban una autoridad que trascendía la razón humana. Esta concepción, aunque aparentemente opuesta al romanticismo progresista, compartía con éste el rechazo a la política como gestión racional y su sustitución por la política como experiencia mística, como entrega a fuerzas superiores.
La entrada del siglo XX trajo consigo una aceleración de estas tendencias. La Primera Guerra Mundial, con su masacre industrial, destruyó la fe en el progreso y en la razón que había caracterizado al siglo XIX. La Revolución Rusa, con su promesa de un mundo nuevo, atrajo a millones de personas desencantadas con la política parlamentaria y burguesa. El fascismo, en Italia y Alemania, presentó una forma de política que era pura emoción, pura identificación con el líder, pura entrega a la nación como entidad mística. Mussolini y Hitler no eran políticos en el sentido tradicional: no se los veía deliberar, ni negociar, tampoco administrar. Lucían como mesías: prometían la redención de sus pueblos mediante la acción violenta, la eliminación de los enemigos, la construcción de una comunidad orgánica purificada por la sangre. La política, en el fascismo, dejó de ser un asunto de instituciones para convertirse en un asunto de fe, de sacrificio, de entrega absoluta al Führer o al Duce. El éxito de estos movimientos, que conquistaron el poder en sociedades avanzadas y cultas, demostró que la tradición de exigencia racional en la política había sido severamente debilitada por décadas de romanticismo, de idealismo y de utopismo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la democracia liberal pareció reafirmarse, pero sobre bases cada vez más frágiles. La Guerra Fría dividió al mundo en dos bloques, y en ambos la política quedó subordinada a la ideología. En el bloque occidental, el anticomunismo justificó cualquier medida, incluido el apoyo a dictaduras sangrientas en Iberoamérica, Asia y África. En el bloque soviético, el comunismo justificó la dictadura del proletariado, la colectivización forzada, los campos de trabajo. La política, en ambos casos, se había convertido en un instrumento de la ideología, no en una actividad autónoma regida por la prudencia y la responsabilidad. La caída del muro de Berlín en 1989, y el colapso de la Unión Soviética en 1991, abrieron una nueva era en la que la ideología pareció desvanecerse, pero no para devolver a la política su carácter racional y exigente, sino para entregarla aún más a las fuerzas del mercado y del espectáculo.
Francis Fukuyama, en su curioso y popular ensayo sobre el fin de la historia, interpretó la caída del comunismo como la victoria definitiva de la democracia liberal y del capitalismo de mercado. Según Fukuyama, la humanidad había alcanzado el punto final de su evolución ideológica: no había alternativa viable al liberalismo político y económico. Esta tesis, celebrada con entusiasmo en los años noventa, encerraba en realidad una profunda degradación de la política. Si la historia había terminado, entonces la política ya no tenía que ver con la búsqueda de formas mejores de gobierno, con la deliberación sobre el bien común, con la construcción de instituciones justas. La política se reducía a la administración de un orden ya dado, a la gestión técnica de un sistema que no admitía alternativas. El neoliberalismo, que se impuso en esos años como doctrina dominante, llevó esta lógica hasta sus últimas consecuencias. No era solo una teoría económica sino una suerte de sistema técnico de gobierno que transformaba a los ciudadanos en empresarios de sí mismos, en individuos que debían gestionar sus propios riesgos, optimizar sus capacidades, competir en un mercado que se extendía a todos los ámbitos de la vida. El Estado, así, lejos de hacerse cargo de la realización de la libertad quedaba reducido a un mero garante del mercado, un árbitro que debía crear las condiciones para la competencia, mas sin intervenir en sus resultados.
Esta transformación neoliberal tuvo consecuencias devastadoras para la concepción de la política como actividad pública exigente. Si el ciudadano era un empresario de sí mismo, entonces la política no tenía nada que ver con la justicia social, con la redistribución, con la protección de los débiles. La desigualdad, lejos de ser un problema político, se convertía en un incentivo para la competencia, en un motor del crecimiento. El Estado de bienestar, que había sido construido con tanto esfuerzo en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, fue desmantelado sistemáticamente bajo la consigna de que la protección social destruía la iniciativa individual y la responsabilidad personal. La privatización de empresas estatales, la desregulación de los mercados, la flexibilización laboral, la reducción de impuestos para los ricos, todo ello contribuyó a crear una sociedad en la que la política ya no era el espacio de la deliberación colectiva sino el escenario de la competencia individual. El consumo se convertía en la principal forma de identidad: no éramos lo que producíamos, sino lo que consumíamos. La política, en este contexto, no podía ser otra cosa que un espectáculo más, un producto más para el consumo emocional de las masas.
Es en este contexto histórico e intelectual donde debemos situar la crisis actual de la política. La combinación del idealismo, el romanticismo y el neoliberalismo ha producido una situación en la que la política ya no es comprendida como una actividad que exige talento, trabajo, disciplina, estudio y compromiso, sino como un espectáculo en el que el político debe, antes y por encima de todo, mostrarse como un mesías que promete resolver todos los problemas sin necesidad de esfuerzo, sin necesidad de sacrificio, sin necesidad de las instituciones. El público, por su parte, no se fija en la competencia ni en la propuesta racional, sino en la identificación emocional con el líder, en el sectarismo que divide el mundo entre nosotros y ellos, entre esa fantasmagoría de pueblo puro y la élite corrupta.
Las élites mercantiles, que son las grandes beneficiarias de esta situación, tienen bien aprendida la lección: un público consciente, activo, informado, es un público difícil de gobernar. Un ciudadano que comprende los mecanismos económicos, que exige transparencia institucional, que participa en la deliberación pública, es un ciudadano que cuestiona el orden establecido, que demanda cambios, que no se conforma con ser un mero consumidor. Por el contrario, un público inconsciente, pasivo, temeroso, impotente, infeliz, defraudado, adolescente, borreguil, es el consumidor perfecto: compra sin pensar, se deja llevar por las emociones, busca en el consumo la satisfacción que la política no le da, se identifica con marcas y no con ideas, con líderes y no con principios. Este público, que es el producto de décadas de despolitización sistemática, de degradación de la educación, de espectacularización de los medios de comunicación, es el caldo de cultivo perfecto para el populismo mesiánico. El líder populista no necesita proponer políticas coherentes, ni demostrar competencia, ni mucho menos respetar las instituciones. Basta con que se presente como el salvador, como el único capaz de enfrentar a las élites corruptas, como el portavoz auténtico del pueblo. El público, despolitizado, infantilizado, busca en este líder la figura paterna que le falta, la seguridad que la modernidad líquida le ha arrebatado, la identidad que el consumo no le ha podido dar.
Pero las élites mercantiles no se limitan a beneficiarse pasivamente de la despolitización del ciudadano, sino que actúan activamente para configurar el aparato estatal conforme a sus intereses. Lo hacen mediante el financiamiento de campañas políticas, la compra de candidaturas y el pago directo a funcionarios electos y designados. El mecanismo es simple y brutal: las corporaciones subvencionan las campañas de quienes prometen defender sus intereses, y una vez en el poder, estos políticos devuelven el favor mediante contratos públicos, desregulaciones favorables, políticas fiscales que benefician a los ricos y someten a control a los pobres. El Estado, lejos de ser el árbitro imparcial que regula el mercado, se convierte en un instrumento al servicio de las grandes corporaciones. La democracia se revela como una subasta en la que los puestos públicos se venden al mejor postor. Este fenómeno, que los estudiosos denominan captura del Estado, no es una anomalía sino la regla en las democracias contemporáneas. En Estados Unidos, la decisión del Tribunal Supremo en el caso Citizens United de 2010 eliminó las restricciones al gasto político de corporaciones y sindicatos, abriendo las compuertas para que el dinero corporativo inundara el proceso electoral. En Iberoamérica, las redes de financiamiento ilícito de campañas han permeado todos los niveles del Estado, desde la presidencia hasta los municipios más remotos. El resultado es un aparato burocrático colonizado por intereses privados, en el que la competencia técnica es irrelevante y lo que importa es la lealtad al patrocinador corporativo.
Alexis de Tocqueville, en su análisis de la democracia en América, había advertido ya en el siglo XIX sobre los peligros de la mediocridad democrática. Según Tocqueville, la igualdad de condiciones, aunque pretendidamente justa, llevaba consigo el riesgo de nivelar por lo bajo, de destruir la excelencia, de crear una sociedad en la que nadie se destacara por temor a ser diferente. La masificación, en la democracia, destruía la meritocracia, el aprovechamiento del talento y la virtud, y sustituía la búsqueda de la grandeza por la búsqueda del bienestar material. Tocqueville temía que los pueblos democráticos no estuvieran a la altura de las grandes provocaciones públicas, que se conformaran con la mediocridad, que prefirieran la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad. Estas advertencias parecían exageradas en su tiempo… lo cierto es que la democracia actualmente existente, lejos de aproximarse al ideal, de por sí vago, de gobierno del pueblo por el pueblo para el pueblo, se ha convertido en un sistema en el que las élites políticas compiten por el voto de un público que no tiene ni el conocimiento ni la voluntad para juzgar con criterio. Joseph Schumpeter, en su teoría de la democracia elitista, describió este fenómeno con notable lucidez: la democracia no es el gobierno del pueblo, sino un método para que las élites compitan por el poder mediante elecciones libres. El pueblo, en este modelo, no gobierna ni decide: solo elige, de manera periódica, entre equipos de líderes que se presentan como alternativas pero que, en el fondo, comparten los mismos supuestos sobre la economía y la sociedad.
Max Weber, en su conferencia sobre la política como vocación, estableció una distinción que sigue siendo fundamental para comprender la degradación actual. Distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera, propia del idealismo y del romanticismo, se guía por principios absolutos, por ideales inquebrantables, sin tener en cuenta las consecuencias prácticas de su aplicación. La segunda, propia del político auténtico, exige que quien ejerce el poder se haga responsable de las consecuencias previsibles de sus actos, que actúe con prudencia, que tenga en cuenta la complejidad del mundo real. Weber advertía que la política no podía ser guiada únicamente por la ética de la convicción, porque el mundo político es un mundo de contingencia, de lucha, de violencia legítima, donde los fines nobles a menudo exigen medios moralmente dudosos. El político que solo tiene convicciones, sin responsabilidad, se convierte en un fanático que destruye más de lo que construye. El político que solo tiene responsabilidad, sin convicciones, se convierte en un cínico que no cree en nada. Conjugar la pasión por una causa, el sentido de la responsabilidad por las consecuencias, y la mesura, la capacidad de mantener la distancia necesaria para no perder la cabeza en medio de la lucha es, sin duda, difícil.
La situación actual de la política, sin embargo, muestra una proliferación de políticos resultado de una estructura política y económica que premia la apariencia sobre la sustancia, la identificación sobre la deliberación. Las élites mercantiles, que controlan los medios de comunicación, la publicidad, la cultura de masas, tienen un interés directo en mantener este sistema, porque un público despolitizado es un público consumista, y un público consumista es un público rentable. La política, en este esquema, se convierte en un espectáculo más, en un producto más para el consumo, en una telenovela en la que los personajes cambian, pero la trama permanece igual. El ciudadano ya no es un actor político sino un espectador, un consumidor de imágenes, un votante que elige no según propuestas sino según emociones, no según programas sino según personajes.
Friedrich Nietzsche, con su habitual violencia conceptual, describió esta situación como la era del rebaño, la época de la decadencia, en la que los valores nobles de la antigüedad habían sido sustituidos por los valores del resentimiento, de la envidia, de la mediocridad. La democracia moderna, según Nietzsche, no era otra cosa que la organización política del rebaño, la institucionalización de la mediocridad, la lucha contra todo lo superior, lo fuerte, lo excepcional. El Estado moderno, en esta concepción, se había convertido en un monstruo frío que pretendía ser el pueblo, que absorbía a los individuos en una masa uniforme, que destruía la grandeza en nombre de la igualdad. Nietzsche no abogaba por la abolición del Estado, sino por reducirlo a lo mínimo, por convertirlo en un medio para la cultura y no en un fin en sí mismo. Su crítica, aunque exagerada, apunta una verdad tan evidente como incómoda: cuando la política se convierte en la organización del rebaño, cuando el político ya no busca la excelencia sino la identificación con la mediocridad, cuando el Estado ya no sirve a la cultura sino a la uniformidad, entonces la vida política entra en decadencia.
Ahora bien, evitemos caer en la resignación ni en el cinismo. La tradición de exigencia en la política, que hemos esbozado a lo largo de este texto, sigue estando ahí, disponible. La política, en su sentido más noble, sigue siendo una actividad elevada, pues trata de la justicia, de la libertad, del bien común, de la organización de la vida colectiva según la razón y no según la fuerza bruta. Recuperar esta concepción exige, sin embargo, un esfuerzo colectivo que no puede ser solo intelectual sino también institucional, educativo, cultural. Exige recuperar la idea de que el ciudadano no es un consumidor sino un actor político, que la democracia no es un método para elegir líderes sino una forma de vida en la que todos participan en la deliberación sobre lo común. Ello implica una lucha abierta contra determinadas fuerzas intelectuales. Ya nos hemos referido a ellas…
Al respecto, podría objetarse que la degradación de la política no es el resultado del romanticismo o el idealismo, sino de causas estructurales mucho más profundas: la globalización económica, la revolución tecnológica, la complejidad creciente de las sociedades modernas. Según esta posición, no importa cuán virtuosos sean los políticos ni cuán exigente sea la ciudadanía: la política nacional ha quedado desbordada por fuerzas que escapan a su control, por mercados financieros que operan en tiempo real, por corporaciones transnacionales que tienen más poder que muchos Estados. La política, en este contexto, no puede ser otra cosa que la gestión de la impotencia, la administración de un orden global que no se ha elegido. Este contraargumento tiene fuerza, pero no refuta la tesis principal. Aunque es cierto que la globalización ha reducado la capacidad de acción de los Estados nacionales, no justifica que la política se convierta en espectáculo ni que los políticos sean incompetentes oportunistas. Por el contrario, la complejidad creciente debería exigir una mayor preparación, una mayor competencia, una mayor dedicación por parte de quienes ejercen la política. Que la política sea difícil no es razón para abandonarla al populismo, sino para reforzar las exigencias hacia quienes la practican. La globalización no explica por qué los políticos actuales son peores que los de generaciones anteriores; explica, en todo caso, por qué su tarea es más difícil, pero no por qué han dejado de prepararse para ella.
Por otra parte, hay quien sostiene que el rechazo masivo hacia la política tradicional es en realidad una forma saludable de desobediencia, una resistencia contra un sistema corrupto que merece ser destruido. Según esta visión, el populismo y el mesianismo no son la degradación de la política sino su renovación, la expresión de un pueblo que se rebela contra las élites y reclama su soberanía. Los líderes populistas, en este argumento, no son oportunistas sino auténticos representantes de las mayorías excluidas, y su aparente incompetencia es en realidad una forma de autenticidad, de rechazo a la tecnocracia elitista. Este contraargumento, aunque seductor, confunde la crítica legítima con la destrucción irracional. Es cierto que el sistema político tradicional tiene graves defectos, que las élites han sido a menudo corruptas e indiferentes, que la democracia representativa distorsiona la voluntad popular. Pero la solución a estos problemas no es entregar el poder a líderes improvisados que desprecian las instituciones, sino reformar las instituciones en cuanto cabe y reforzarlas en cuanto opera ya como debe hacerlo, en fortalecer la participación, exigir mayor transparencia y rendición de cuentas. El populismo mesiánico debilita la democracia, convierte al llamado pueblo en una masa seguidora de un líder, y centraliza la corrupción. La historia reciente es pródiga en ejemplos.
La degradación de la política no es inevitable ni deseable; es el resultado de elecciones históricas, de ideas que se impusieron y de otras que se abandonaron. Recuperar la política como actividad exigente, como vocación noble, como servicio a la comunidad, exige una educativa e institucional. Exige, en primer lugar, recuperar la educación política, la formación de ciudadanos que comprendan los mecanismos del poder, que sepan distinguir entre la demagogia y la argumentación, entre el espectáculo y la gestión. Exige, en segundo lugar, fortalecer las instituciones, hacerlas más transparentes, más participativas, más resistentes a la captura por parte de intereses particulares. Exige, en tercer lugar, una nueva ética política y, finalmente, una resistencia contra la mercantilización de la vida política, contra la transformación del ciudadano en consumidor, contra la entrega de la política al espectáculo y a la emoción.
Las implicaciones de esta tesis son amplias y profundas. En el plano teórico, implica revisar críticamente la herencia del romanticismo y del idealismo, reconociendo sus aportes, pero también sus perjuicios. En el plano práctico, implica exigir a los políticos que sean competentes. Pero toca más a los ciudadanos, que deben dejar de ser espectadores pasivos para convertirse en actores políticos, que dejen de buscar salvadores para asumir su propia responsabilidad, que dejen de consumir política como si fuera un producto más para exigir que sea, de nuevo, una actividad pública y colectiva.
La política, en definitiva, no es un asunto de fe ni de emoción, sino de razón y de trabajo. No es un espectáculo para el consumo pasivo, sino una arena para la acción colectiva. No es el reino de los mesías, sino el campo de los ciudadanos que, con esfuerzo y dedicación, construyen día a día las instituciones que les permiten vivir juntos en libertad y en justicia. Recuperar esta concepción es la tarea más urgente de nuestra época, porque de ello depende no solo la calidad de nuestros gobernantes, sino la misma posibilidad de que la democracia sobreviva como forma de gobierno y como forma de vida.
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Weber, M. (2007). Ética de la responsabilidad. En J. Muguerza (Ed.), Ética y política en Max Weber. Alianza Editorial.
(ENGLISH VERSION)
Who Dares: On the Deterioration of Politics as a Higher Form of Human Action
Translation by Tiffany Amber Elías Trimble
In recent years, and with an intensity previously unknown, a form of collective condemnation of politics and those who practice it has spread throughout Western societies and, particularly acutely, throughout Latin America. A widespread, almost visceral repudiation of political activity as a whole. Politicians, it is often said, are all the same; politics, it is stated with disdain, is a dirty business, an unworthy profession, a bastion of opportunists and the corrupt. This condemnation does not arise from nowhere: it is fed by decades of disillusionment, broken promises, public scandals, and a growing perception that those in power do not serve the interests of the community but their own. However, this widespread repudiation, far from leading to a deep reflection on the causes of the evil and a search for effective remedies, has opened the door to a form of politics worse than the one being criticized: a politics of messiahs, of saviors, of leaders who promise to solve everything without the need for institutions, deliberation, or the patient and disciplined work that the management of public affairs demands. How has politics arrived at this state of degradation, in which mass rejection of traditional political management has not produced an improvement but, on the contrary, a handing over of institutions to less competent, more opportunistic, and generally more populist hands, who cater to the tendency to present themselves as messiahs for an audience that only cares about identification and sectarianism? We maintain that this is not accidental, but the product of a long intellectual evolution in which idealism, romanticism, and utopianism have weakened the conception of politics as an activity requiring talent, work, discipline, study, and commitment, thus paving the way for mercantile elites, taking advantage of the vacuum left by the collapse of traditional politics, to turn the citizen into a passive, fearful, powerless, and infantilized consumer, governed not by reason but by emotion, not by institutions but, as is often and rightly said, by spectacle.
To understand this degradation, it is necessary to go back to the origins of Western political philosophy, where politics was conceived, at its moment of greatest splendor, as the highest activity to which man could devote himself. Plato, in his Republic, established that the government of the city should be in the hands of philosophers, not because they were ambitious for power, but because knowledge, the contemplation of eternal ideas, enabled the soul to order collective life justly. Politics, for Plato, was a vocation requiring the complete dedication of one’s life, a rigorous training lasting decades, a severe discipline shaping character before intellect. The philosopher-king ruled because he had attained a vision of the good that obliged him to serve the community. This conception, which may seem naive or authoritarian to us today, contains a truth we must not lose sight of: politics, in its noblest sense, is an activity demanding excellence, an excellence incompatible with improvisation, for it is cultivated through sustained effort and personal sacrifice. Aristotle, for his part, in his treatise on politics, insisted that the virtuous citizen must know the laws, participate in deliberation, judge impartially, and that the education of the citizen was the basis of any healthy constitution. The Greek polis, with all its defects, its exclusion of women and slaves, its wars and factions, at least maintained the idea that politics was a serious matter, requiring preparation, admitting no improvisation nor demagoguery.
This tradition of demanding standards for those who practiced politics continued over the centuries, though transformed by historical circumstances. In Republican Rome, the ideal of the citizen who serves the State, the senator who deliberates wisely, the consul who commands with virtue, kept alive the conception of politics as a prestigious activity demanding civic virtue, prudence, and experience. Cicero, in his treatises on laws and on the State, insisted that the ruler must be a man of knowledge, of proven morality, of absolute dedication to the common good. Political virtue, Roman virtus, was not an abstract quality but a practical disposition manifested in the ability to conduct public affairs with justice, fortitude, and temperance. During the Middle Ages, although politics was in a certain way subordinated to theology, writers on princedoms, from Thomas Aquinas to Marsilius of Padua, continued to maintain that the ruler must possess wisdom, justice, and prudence, and that the law must be rational, just, and oriented towards the common good. The Christian prince, idealized by Erasmus, was to be a man of learning, piety, moderation, who governed his subjects as a father governs his children, not as a tyrant governs his slaves.
It must be clarified from the outset that corruption in public management is not a recent phenomenon. There has always been corruption, there have always been officials who abused their office, there have always been rulers who confused the public treasury with their private estate. The radical difference between the past and the present lies in the social value attributed to competence. In times past, being competent was an indispensable condition for accessing a bureaucratic post; today, competence has been displaced by media performativity, by the ability to project an image, by screen charisma. The competent official, the bureaucrat who knows the procedures, who masters administrative technique, who has dedicated years to the study of their field, has been replaced by the communicator, the political influencer, the character who knows how to manage their image on social media. This transformation responds to a market logic in which politics is now much farther from the idea of management than from that of spectacle, one in which the politician is no longer a public servant but a character for identification and, in that sense, another consumer product.
Modernity, with its break from the medieval order, brought a radical transformation of political thought, but not necessarily a degradation of the demanding standards for those who practiced politics. Machiavelli, so often slandered, was in fact one of the thinkers who most clearly articulated the need for virtue in the ruler, though he understood this virtue in a new and realistic way. For Machiavelli, the prince’s virtù was not the Christian virtue of humility and resignation, but the energy, audacity, adaptability, calculating prudence that enabled the ruler to impose order amidst chaos. The virtuous prince, in the Machiavellian sense, was one who knew how to read the times, who knew human nature in its raw state, who was not led by illusions or idealisms, who was willing to do whatever was necessary to preserve the State. Machiavelli did not advocate immorality in politics, but a political morality distinct from private morality, one that had the preservation and strengthening of the political community as its supreme criterion. In this sense, Machiavelli represents an extreme demand on the ruler: it is not enough to be good in the conventional sense; one must be effective, understand reality, and possess a practical training that can only be acquired through the study of history and the experience of facts. Fortune, that capricious power governing half of our actions, can be counterbalanced, according to Machiavelli, only by one who possesses the capacity to foresee, to prepare, to act decisively when circumstances demand it. This conception, which has been labeled cynical, is in reality a demand for competence, professionalism, total dedication to the political task, far removed from the idea of the improvisational politician or the demagogue who promises the impossible.
The tradition of statism, which for centuries was prestigious and led to the idea of the permanent need for talent, work, discipline, study, and commitment for the fulfillment of public office, received its most systematic formulation in the thought of Hegel. For this philosopher, the State was not a mere aggregation of individual interests nor an apparatus of coercion, but the ethical realization of freedom, the institution in which rational will reached its full expression. The State, in the Philosophy of Right, is what is rational in itself and for itself, an ethical totality that overcomes the selfish particularity of civil society and elevates the individual to universality —no small idealism—. This Hegelian conception, in part an apology for the Prussian State, nonetheless contains an extreme demand on politics and on those who practice it. If the State is the realization of reason, then those who govern must be capable of understanding the rationality of institutions, of acting according to universal principles, of overcoming their particular interests in favor of the common good. Hegel clearly distinguished between civil society, dominated by selfish interest, and the State, where freedom is realized in law and institution. The politician, in this conception, is not a vote merchant nor an administrator of sectoral interests, but a servant of historical reason, an architect of objective freedom. Politics, for Hegel, demanded philosophical knowledge, historical understanding, and the capacity for mediation between the universal and the particular. It was not an activity for just anyone, but exclusively for those who had attained a higher education enabling them to discern the true interests of the community above immediate appearances.
Alongside this tradition of demanding standards, which runs through the entire history of Western political thought, another tradition emerged, diffuse but no less influential, which progressively weakened the conception of politics as a serious and demanding activity. This tradition has its roots in German and French Romanticism, and in certain forms of idealism, especially Anglo-Saxon, which, by exalting subjectivity, emotion, and imagination, contributed to discrediting politics as rational management of public affairs. Romanticism, as analyzed by Carl Schmitt in his work on political romanticism, represented a form of extreme subjectivization of reality, in which the individual ego set itself up as the measure of all things and politics was reduced to a game of feelings, an occasion for the deployment of personal sensitivity. The romantic, according to Schmitt, committed himself to no objective cause, adhered to no firm principle, but fluctuated between the revolutionary and the reactionary, between the progressive and the conservative, as his mood dictated. The consequence of such aestheticization of politics was passivity, the inability for effective political action, the reduction of politics to a spectacle for the emotional consumption of the subject. The romantic, instead of governing, administering, and legislating, contemplated, felt, dreamed… and complained. Politics, in his hands, ceased to be an art of government to become an art of escape, a refuge from the hardness of reality.
This romantic current, which had powerful expressions in Germany with the early Romantics of Jena, in France with Chateaubriand and Lamartine, and spread throughout Europe in the 19th century, brought with it a profound transformation in the conception of politics. If politics was no longer the rational management of public affairs but the expression of the feelings of the people, the nation, the imagined community, then the politician no longer needed to be a man of knowledge and experience, but a man of sensitivity, a poet, a dreamer, a messiah embodying the vague aspirations of the masses. Rousseau, with his concept of the general will, had prepared the ground for this transformation by suggesting that political legitimacy resided not in the wisdom of the rulers but in the mystical identity between the people and their will. The general will, in Rousseau, was not the result of a rational deliberative process, but an almost mystical entity that manifested itself in moments of collective enthusiasm. This conception, which powerfully influenced the French Revolution and all subsequent political thought, opened the door to the idea that the politician did not need to know the laws, economics, or history; it was enough that he felt the pulse of the people, identified with their desires, embodied their dreams. Politics, from being an intellectual activity, became an emotional activity; from demanding competence, it came to demand charisma; from seeking efficacy, it pursued identification.
German Romanticism, in particular, had detrimental consequences for the conception of politics that we must not underestimate. The early Romantics, such as Novalis and Friedrich Schlegel, by exalting the infinitude of the self, irony, and limitless creativity, contributed to creating an intellectual atmosphere in which political reality was subordinated to fantasy, in which the institutional order appeared as a prison of the spirit. The French Revolution, which had begun with ideals of reason and justice, degenerated into the Terror precisely because the general will, elevated to an absolute category, justified any atrocity in the name of the people. The German Romantics, by rejecting the Enlightenment and its rationalist assumptions, did not claim a more rational politics, but a more poetic, mystical one, surrendered to the irrational. This tendency, which continued into 19th-century romantic nationalism, led to the idea that the State was not a rational institution but an organic entity, a living being expressed in culture, language, and traditions. The politician, in this context, was not an administrator but a prophet, a seer interpreting the designs of history.
The combination of this Romanticism with Hegelian idealism produced an explosive synthesis. The Young Hegelians, from Feuerbach to Marx, took Hegelian dialectics but inverted it: it was no longer the State that realized reason, but civil society, or rather the working class, that had to overcome the State. Marx, in his critique of Hegel’s philosophy of right, denounced the State as an instrument of domination of the bourgeois class, and proposed its disappearance in communist society. This critique, though legitimate in many respects, contributed to discrediting politics as an autonomous activity and reducing it to a superstructure of the economy. If politics was nothing more than the reflection of class interests, then there was no need for competent politicians or solid institutions: it was enough to change the economic structure and politics would automatically transform itself. This conception, which dominated much of 19th and 20th-century socialist thought, led to underestimating the importance of political management, public administration, institutional deliberation, and trusting that social revolution would solve all political problems.
But it was not only the so-called left that contributed to this degradation. The romantic right, from Joseph de Maistre to Charles Maurras, also attacked rational politics, the politics of institutions and laws, to replace it with the politics of tradition, of religion, of irrational authority. Maistre, in his Considerations on France, defended the monarchy not because it was rational but because it was sacred, because it was founded on divine grace and secular tradition. Politics, for these reactionary thinkers, was not a human activity subject to rules, but a mystery that could only be understood by faith. Throne and altar must be united because both represented an authority transcending human reason. This conception, though apparently opposed to progressive Romanticism, shared with it the rejection of politics as rational management and its replacement by politics as mystical experience, as surrender to higher forces.
The entry of the 20th century brought an acceleration of these tendencies. World War I, with its industrial massacre, destroyed the faith in progress and reason that had characterized the 19th century. The Russian Revolution, with its promise of a new world, attracted millions of people disillusioned with parliamentary and bourgeois politics. Fascism, in Italy and Germany, presented a form of politics that was pure emotion, pure identification with the leader, pure surrender to the nation as a mystical entity. Mussolini and Hitler were not politicians in the traditional sense: they were not seen deliberating, nor negotiating, nor administering. They presented themselves as messiahs: they promised the redemption of their peoples through violent action, the elimination of enemies, the construction of an organic community purified by blood. Politics, under fascism, ceased to be a matter of institutions to become a matter of faith, of sacrifice, of absolute surrender to the Führer or the Duce. The success of these movements, which seized power in advanced and cultured societies, demonstrated that the tradition of rational demandingness in politics had been severely weakened by decades of Romanticism, idealism, and utopianism.
After World War II, liberal democracy seemed to reassert itself, but on increasingly fragile foundations. The Cold War divided the world into two blocs, and in both, politics became subordinated to ideology. In the Western bloc, anti-communism justified any measure, including support for bloody dictatorships in Latin America, Asia, and Africa. In the Soviet bloc, communism justified the dictatorship of the proletariat, forced collectivization, labor camps. Politics, in both cases, had become an instrument of ideology, not an autonomous activity governed by prudence and responsibility. The fall of the Berlin Wall in 1989, and the collapse of the Soviet Union in 1991, opened a new era in which ideology seemed to vanish, but not to return politics to its rational and demanding character, but to surrender it even more to the forces of the market and spectacle.
Francis Fukuyama, in his curious and popular essay on the end of history, interpreted the fall of communism as the definitive victory of liberal democracy and market capitalism. According to Fukuyama, humanity had reached the endpoint of its ideological evolution: there was no viable alternative to political and economic liberalism. This thesis, enthusiastically celebrated in the 1990s, actually contained a profound degradation of politics. If history had ended, then politics no longer had to do with the search for better forms of government, with deliberation on the common good, with the construction of just institutions. Politics was reduced to the administration of a given order, to the technical management of a system that admitted no alternatives. Neoliberalism, which became the dominant doctrine in those years, carried this logic to its ultimate consequences. It was not just an economic theory but a kind of technical system of government that turned citizens into entrepreneurs of themselves, into individuals who had to manage their own risks, optimize their capabilities, compete in a market extending to all areas of life. The State, thus, far from taking charge of the realization of freedom, was reduced to a mere guarantor of the market, an arbiter that had to create the conditions for competition, but without intervening in its results.
This neoliberal transformation had devastating consequences for the conception of politics as a demanding public activity. If the citizen was an entrepreneur of the self, then politics had nothing to do with social justice, redistribution, or the protection of the weak. Inequality, far from being a political problem, became an incentive for competition, an engine of growth. The welfare state, which had been built with so much effort in the decades following World War II, was systematically dismantled under the slogan that social protection destroyed individual initiative and personal responsibility. Privatization of state enterprises, deregulation of markets, labor flexibilization, tax cuts for the rich, all contributed to creating a society in which politics was no longer the space for collective deliberation but the stage for individual competition. Consumption became the main form of identity: we were not what we produced, but what we consumed. Politics, in this context, could be nothing other than another spectacle, another product for the emotional consumption of the masses.
It is in this historical and intellectual context that we must place the current crisis of politics. The combination of idealism, Romanticism, and neoliberalism has produced a situation in which politics is no longer understood as an activity demanding talent, work, discipline, study, and commitment, but as a spectacle in which the politician must, above all, present themselves as a messiah promising to solve all problems without the need for effort, sacrifice, or institutions. The public, for its part, does not focus on competence or rational proposal, but on emotional identification with the leader, on sectarianism that divides the world between us and them, between that phantasmagoria of the pure people and the corrupt elite.
Mercantile elites, who are the great beneficiaries of this situation, have learned the lesson well: a conscious, active, informed public is a public difficult to govern. A citizen who understands economic mechanisms, demands institutional transparency, participates in public deliberation, is a citizen who questions the established order, demands changes, and is not content to be a mere consumer. On the contrary, an unconscious, passive, fearful, powerless, unhappy, disappointed, adolescent, sheep-like public is the perfect consumer: they buy without thinking, are led by emotions, seek in consumption the satisfaction that politics does not give them, identify with brands and not with ideas, with leaders and not with principles. This public, which is the product of decades of systematic depoliticization, degradation of education, and spectacularization of the media, is the perfect breeding ground for messianic populism. The populist leader does not need to propose coherent policies, nor demonstrate competence, nor even respect institutions. It is enough that they present themselves as the savior, as the only one capable of confronting the corrupt elites, as the authentic spokesperson of the people. The depoliticized, infantilized public seeks in this leader the missing paternal figure, the security that liquid modernity has snatched away, the identity that consumption has not been able to give them.
But mercantile elites are not content to benefit passively from the depoliticization of the citizen; they actively act to shape the state apparatus according to their interests. They do this through the financing of political campaigns, the purchase of candidates, and direct payment to elected and appointed officials. The mechanism is simple and brutal: corporations subsidize the campaigns of those who promise to defend their interests, and once in power, these politicians return the favor through public contracts, favorable deregulations, and tax policies that benefit the rich and subject the poor to control. The State, far from being the impartial arbiter regulating the market, becomes an instrument at the service of large corporations. Democracy is revealed as an auction in which public posts are sold to the highest bidder. This phenomenon, which scholars call state capture, is not an anomaly but the rule in contemporary democracies. In the United States, the Supreme Court’s decision in the Citizens United case in 2010 eliminated restrictions on political spending by corporations and unions, opening the floodgates for corporate money to inundate the electoral process. In Latin America, networks of illicit campaign financing have permeated all levels of the State, from the presidency to the most remote municipalities. The result is a bureaucratic apparatus colonized by private interests, in which technical competence is irrelevant and what matters is loyalty to the corporate sponsor.
Alexis de Tocqueville, in his analysis of democracy in America, had already warned in the 19th century of the dangers of democratic mediocrity. According to Tocqueville, equality of conditions, although purportedly just, carried with it the risk of leveling down, of destroying excellence, of creating a society in which no one stood out for fear of being different. Massification, in democracy, destroyed meritocracy, the harnessing of talent and virtue, and replaced the pursuit of greatness with the pursuit of material well-being. Tocqueville feared that democratic peoples would not be up to great public provocations, that they would settle for mediocrity, that they would prefer equality in servitude to inequality in freedom. These warnings seemed exaggerated in his time… the truth is that currently existing democracy, far from approaching the (vague in itself) ideal of government of the people by the people for the people, has become a system in which political elites compete for the vote of a public that has neither the knowledge nor the will to judge with discernment. Joseph Schumpeter, in his theory of elitist democracy, described this phenomenon with notable lucidity: democracy is not the government of the people, but a method for elites to compete for power through free elections. The people, in this model, do not govern nor decide: they only choose, periodically, between teams of leaders who present themselves as alternatives but who, fundamentally, share the same assumptions about the economy and society.
Max Weber, in his lecture on politics as a vocation, established a distinction that remains fundamental for understanding the current degradation. He distinguished between an ethic of conviction and an ethic of responsibility. The former, characteristic of idealism and Romanticism, is guided by absolute principles, by unshakeable ideals, without regard for the practical consequences of their application. The latter, characteristic of the authentic politician, demands that those who exercise power take responsibility for the foreseeable consequences of their actions, act with prudence, and take into account the complexity of the real world. Weber warned that politics could not be guided solely by the ethic of conviction, because the political world is a world of contingency, struggle, and legitimate violence, where noble ends often demand morally dubious means. The politician who only has convictions, without responsibility, becomes a fanatic who destroys more than he builds. The politician who only has responsibility, without convictions, becomes a cynic who believes in nothing. Combining passion for a cause, a sense of responsibility for consequences, and measure, the capacity to maintain the necessary distance to not lose one’s head in the midst of struggle, is undoubtedly difficult.
The current situation of politics, however, shows a proliferation of politicians resulting from a political and economic structure that rewards appearance over substance, identification over deliberation. Mercantile elites, who control the media, advertising, and mass culture, have a direct interest in maintaining this system, because a depoliticized public is a consumer public, and a consumer public is a profitable public. Politics, in this scheme, becomes another spectacle, another product for consumption, a soap opera in which the characters change but the plot remains the same. The citizen is no longer a political actor but a spectator, a consumer of images, a voter who chooses not according to proposals but according to emotions, not according to programs but according to characters.
Friedrich Nietzsche, with his characteristic conceptual violence, described this situation as the era of the herd, the time of decadence, in which the noble values of antiquity had been replaced by the values of resentment, envy, and mediocrity. Modern democracy, according to Nietzsche, was nothing other than the political organization of the herd, the institutionalization of mediocrity, the struggle against everything superior, strong, exceptional. The modern State, in this conception, had become a cold monster that pretended to be the people, that absorbed individuals into a uniform mass, that destroyed greatness in the name of equality. Nietzsche did not advocate the abolition of the State, but its reduction to a minimum, its conversion into a means for culture and not an end in itself. His critique, though exaggerated, points to a truth as evident as it is uncomfortable: when politics becomes the organization of the herd, when the politician no longer seeks excellence but identification with mediocrity, when the State no longer serves culture but uniformity, then political life enters into decadence.
Now, let us avoid falling into resignation or cynicism. The tradition of demandingness in politics, which we have outlined throughout this text, is still there, available. Politics, in its noblest sense, remains a high activity, for it deals with justice, freedom, the common good, the organization of collective life according to reason and not brute force. Recovering this conception requires, however, a collective effort that cannot be merely intellectual but also institutional, educational, and cultural. It requires recovering the idea that the citizen is not a consumer but a political actor, that democracy is not a method for choosing leaders but a way of life in which everyone participates in deliberation about common matters. This implies an open struggle against certain intellectual forces. We have already referred to them…
In this regard, it might be objected that the degradation of politics is not the result of Romanticism or idealism, but of much deeper structural causes: economic globalization, the technological revolution, the growing complexity of modern societies. According to this position, no matter how virtuous politicians are or how demanding the citizenry, national politics has been overwhelmed by forces beyond its control, by financial markets operating in real time, by transnational corporations wielding more power than many states. Politics, in this context, can be nothing other than the management of impotence, the administration of a global order that has not been chosen. This counter-argument has force, but it does not refute the main thesis. Although it is true that globalization has reduced the capacity for action of nation-states, it does not justify politics becoming a spectacle nor politicians being incompetent opportunists. On the contrary, growing complexity should demand greater preparation, greater competence, greater dedication from those who practice politics. That politics is difficult is no reason to abandon it to populism, but to reinforce the demands on those who practice it. Globalization does not explain why current politicians are worse than those of previous generations; it explains, at most, why their task is more difficult, but not why they have stopped preparing for it.
On the other hand, some maintain that the mass rejection of traditional politics is actually a healthy form of disobedience, a resistance against a corrupt system that deserves to be destroyed. According to this view, populism and messianism are not the degradation of politics but its renewal, the expression of a people rebelling against elites and reclaiming its sovereignty. Populist leaders, in this argument, are not opportunists but authentic representatives of excluded majorities, and their apparent incompetence is actually a form of authenticity, a rejection of elitist technocracy. This counter-argument, though seductive, confuses legitimate criticism with irrational destruction. It is true that the traditional political system has serious defects, that elites have often been corrupt and indifferent, that representative democracy distorts the popular will. But the solution to these problems is not to hand power over to improvisational leaders who despise institutions, but to reform institutions as far as possible and strengthen them insofar as they already operate as they should, to strengthen participation, demand greater transparency and accountability. Messianic populism weakens democracy, turns the so-called people into a mass following a leader, and centralizes corruption. Recent history is rich in examples.
The degradation of politics is neither inevitable nor desirable; it is the result of historical choices, of ideas that prevailed and others that were abandoned. Recovering politics as a demanding activity, as a noble vocation, as a service to the community, requires educational and institutional efforts. It requires, first, recovering political education, the formation of citizens who understand the mechanisms of power, who can distinguish between demagoguery and argumentation, between spectacle and management. It requires, second, strengthening institutions, making them more transparent, more participatory, more resistant to capture by particular interests. It requires, third, a new political ethics and, finally, a resistance against the commodification of political life, against the transformation of the citizen into a consumer, against the surrender of politics to spectacle and emotion.
The implications of this thesis are wide and deep. On a theoretical level, it implies critically reviewing the heritage of Romanticism and idealism, recognizing their contributions but also their harms. On a practical level, it implies demanding that politicians be competent. But it concerns citizens more, who must cease to be passive spectators to become political actors, who must stop looking for saviors to assume their own responsibility, who must stop consuming politics as if it were just another product to demand that it be, once again, a public and collective activity.
Politics, in short, is not a matter of faith or emotion, but of reason and work. It is not a spectacle for passive consumption, but an arena for collective action. It is not the realm of messiahs, but the field of citizens who, with effort and dedication, day by day build the institutions that allow them to live together in freedom and justice. Recovering this conception is the most urgent task of our time, because on it depends not only the quality of our rulers, but the very possibility that democracy survives as a form of government and as a way of life.
