El costo de la autenticidad: Sobre «Limónov», novela de Emmanuel Carrère
Por Juan Pablo Torres Muñiz
El auge de la llamada «no-ficción» ha operado bajo una premisa engañosa: la de que el pacto de verdad con el lector constituye una garantía de seriedad, cuando en realidad no es más que una estrategia narrativa entre otras. Autores como Emmanuel Carrère han comprendido que la frontera entre lo real y lo ficcional no es un muro sino una membrana porosa, y que el gesto de declarar «esto sucedió» posee una fuerza dramática que la invención pura ha perdido. Limónov (2011) representa quizá el punto culminante de esta tradición ambigua: un libro que se presenta como biografía, se lee como novela de aventuras y funciona como ensayo moral, sin resolverse nunca completamente en ninguna de estas categorías.
Carrère lo advierte desde el prólogo: «Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco». Pero la afirmación, lejos de tranquilizar, agudiza la tensión. Porque el lector sabe que este hombre que respira, que ha sido fotografiado, encarcelado, entrevistado, que ha escrito decenas de libros, ha sido sin embargo construido con las herramientas del novelista: elipsis, escenas ejemplares, diálogos reconstruidos, una voz narrativa que se permite el comentario subjetivo y la digresión autobiográfica. Limónov no es un reportaje sobre un personaje real, sino la invención literaria de un personaje real, y esa invención es más verdadera —más compleja, más contradictoria, más viva— que cualquier crónica periodística.
Una de las preguntas centrales que el libro formula, sin responderla del todo, es la de cómo se forma un carácter. Eduard Savienko, que se rebautizará Limónov («limón» como el fruto ácido, «limonka» como la granada de mano), nace en 1943 en Dzerzhinsk, hijo de un suboficial del NKVD. Su infancia transcurre en Járkov, en la Ucrania de posguerra, entre las ruinas de una ciudad disputada cuerpo a cuerpo. Carrère construye esta primera parte con materiales que parecen sacados de una novela de formación soviética: el niño que lustra las botas de su padre, que sueña con ser militar, que descubre con horror que su miopía le impedirá seguir la carrera de las armas.
Pero la verdadera herencia no es la profesión, sino la vergüenza. El padre de Eduard no combatió en la guerra; pasó la guerra en la retaguardia, vigilando fábricas y, más tarde, custodiando prisioneros. Una noche, el joven Eduard descubre a su padre escoltando a condenados a muerte. La escena es fundacional: el padre no es un héroe, sino un celador, un burócrata del terror. Y el hijo, en ese momento, toma una decisión que determinará toda su vida: él no será como su padre. No será un funcionario, ni un hombre de orden, ni un espectador de la violencia sino su protagonista. Se pasará al otro bando —el de los malhechores, el de los que infunden miedo en lugar de sentirlo—, y esa conversión, operada en la adolescencia, se mantendrá inalterable hasta la vejez.
Carrère muestra esta determinación en toda su ambivalencia: es coraje, pero también resentimiento; es voluntad de poder, pero también miedo a la insignificancia. Limónov quiere ser un héroe porque no soporta la idea de ser un don nadie. Y esa pulsión —la de existir de manera intensa, de dejar huella en la historia, de no ser confundido con la masa— es quizá el motor más antiguo de la literatura.
Limónov divide la humanidad en dos categorías: los fuertes y los débiles, los vencedores y los perdedores, los que cuentan y los que no. Él mismo lo dice en Diario de un fracasado: «Vendrán todos. Los gamberros y los tímidos; éstos saben pelear. […] La grande y aguerrida tribu de los fracasados, losers en inglés, en ruso nieudáchniki. Vendrán todos, tomarán las armas, ocuparán una ciudad tras otra, destruirán los bancos, las oficinas, las editoriales, y yo, Eduard Limónov, iré en cabeza de la columna».
Hay en este pasaje tano de grandioso como de patético. Expresa una aspiración profunda del alma humana: la de no ser un espectador de la historia sino su sujeto. Pero el sueño de ser el jefe de los perdedores es, en el fondo, un sueño de perdedor. Limónov nunca ganará. Será un escritor de culto, no popular; un agitador marginal, no un líder de masas; un condenado a penas leves, no un mártir. Su heroísmo es el de la resistencia, no el del triunfo. Y Carrère, con una lucidez que a veces roza la crueldad, no deja de señalarlo.
La pregunta que el libro plantea, entonces, es si esta derrota es un fracaso o una forma de coherencia. Limónov podría haberse vendido. Podría haberse convertido, como tantos otros disidentes, en un escritor oficial de la democracia liberal, invitado a las televisiones occidentales para denunciar a Putin mientras cobra anticipos en euros. No lo ha hecho. Ha preferido seguir siendo el que no se doblega, el que no pide perdón, el que no negocia sus principios —aunque estos sean a menudo repugnantes—. Hay en ello una obstinación que Carrère, a pesar de sus escrúpulos, no deja de admirar.
Una de las ironías más persistentes de la vida de Limónov es que su vocación primera —la poesía— le llegó casi por accidente. No fue un niño que escribía versos, sino un adolescente que descubrió en la poesía una forma de ascenso social y de distinción. En la librería 41 de Járkov, donde los disidentes clandestinos intercambiaban samizdat, Eduard aprendió que un poeta podía ser alguien incluso si no publicaba, incluso si vivía en la miseria, incluso si era internado en un hospital psiquiátrico. La literatura era, bajo el comunismo, una forma de heroísmo cívico. Los escritores que se negaban a colaborar con el régimen eran los únicos verdaderos hombres libres. Pero Limónov nunca se sintió cómodo en ese papel. Despreciaba a Solzhenitsyn, a quien consideraba un profeta barbudo y autocomplaciente. Despreciaba a Brodsky, a quien consideraba un arribista disfrazado de místico. Lo que él quería no era ser un escritor, sino un héroe; la escritura era solo un medio a su alcance. Por eso, cuando emigró a Occidente, no se instaló en el confortable nicho del disidente profesional. Prefirió la miseria de Nueva York, los trabajos de criado, el sexo en los parques…, y, luego, lejos, la guerra en los Balcanes. La literatura, para él, era una forma de vida, no una profesión.
Entretanto, Carrère, el personaje, escritor profesional (asiste a comidas de editores, participa en festivales literarios, concede entrevistas), se enfrenta a esta diferencia con una honestidad desarmante. Él no es Limónov. Nunca lo será. Su vida transcurre en la tranquilidad burguesa, entre libros y películas, mientras que la de Limónov es una sucesión de catástrofes y excesos. Pero esa diferencia no le produce envidia ni resentimiento. Produce, más bien, una forma de admiración melancólica: la de quien sabe que la autenticidad tiene un precio, uno que él no está dispuesto a pagar.
La relación de Limónov con la política es compleja. Ha sido comunista y anticomunista, nacionalista y cosmopolita, estalinista y trotskista, fascista y antifascista. En los ochenta, en París, elogiaba a Stalin. En los noventa, en Moscú, fundaba el Partido Nacional Bolchevique, cuya bandera combinaba la hoz y el martillo con la cruz gamada. En los dos mil, se alió con defensores de los derechos humanos contra Putin. Carrère sugiere que la coherencia no es ideológica, sino de carácter. Limónov se ha puesto siempre del lado de los perdedores, de los humillados, de los que no tienen nada que perder. En la Unión Soviética, ser disidente. En Nueva York, ser mendigo. En los Balcanes, ser serbio. En la Rusia de Putin, ser opositor. Su política es la del outsider, la del que dice no a todo poder establecido porque todo poder establecido es, por definición, la alianza de los mediocres contra los audaces.
Esta posición tiene algo de infantil, sin duda. La rebeldía por la rebeldía no es una política; es una pose. No obstante, en un mundo donde todo el mundo negocia, donde todo el mundo se vende, Limónov se ha mantenido fiel a su principio más simple: no traicionarse a sí mismo. Eso le ha costado la cárcel, la pobreza, el aislamiento. Pero también le ha dado algo que pocos poseen: la certeza de que, cuando llegue el momento de hacer balance, no tendrá que avergonzarse.
Uno de los aspectos más incómodos del libro es su relación con el sexo. Carrère no elude el tema. Cuenta, con precisión casi clínica, las infidelidades de Limónov, sus desviaciones, su paso por la homosexualidad en los años de miseria neoyorquina, su gusto por mujeres cada vez más jóvenes, sus celos patológicos, sus episodios de violencia doméstica. La tesis que Carrère sugiere es que el sexo, para Limónov, es una extensión de su voluntad de poder. No es placer, es afirmación; como tampoco es intimidad, sino conquista. El cuerpo es para él un campo de batalla, y el sexo, la guerra. Esta actitud tiene consecuencias devastadoras para las mujeres de su vida. Anna termina en un manicomio, ahorcándose entre dos internamientos. Natasha muere de una sobredosis, probablemente un suicidio. Elena se convierte en la sombra de sí misma. Solo la pequeña Nastia parece haber encontrado una forma de equilibrio, aunque a costa de renunciar a la vida intensa que Limónov le ofrecía. Carrère no juzga, esto se lo deja al lector.
Uno de los mayores aciertos de Limónov es su rechazo sistemático del maniqueísmo. El autor expone a su protagonista en toda su contradicción: capaz de solidaridad con los débiles y de crueldad con los cercanos, de lucidez política y de ceguera moral. No hay en el libro una sola escena que sea inequívocamente edificante ni inequívocamente condenatoria. Todo es ambiguo, por decir lo menos. Esta ambigüedad se extiende también al propio personaje de Carrère, que nunca se limita al rol de observador neutral. Aparece como el joven crítico que entrevistó a Limónov en los ochenta, como el cineasta que rodó un documental en una colonia penitenciaria rusa, como el escritor que confiesa sus propias inseguridades. «Yo no soy Limónov», repite una y otra vez, y esa frase es a la vez una constatación y una pregunta: ¿quién soy yo, entonces? La respuesta de Carrère es que el juicio no es necesario. No se trata de aprobar o desaprobar a Limónov. Se trata de comprenderlo, y al comprenderlo, comprenderse a uno mismo. Porque el tipo no es un monstruo aparte; es una versión extrema de lo que todos llevamos dentro: el deseo de ser reconocidos, el miedo a la insignificancia, la pulsión de transgredir.
Desde el punto de vista formal, Limónov es un libro extraño. No sigue un orden cronológico estricto. Incluye largas digresiones sobre la historia de la Unión Soviética, la guerra de los Balcanes, la Rusia de Yeltsin y Putin, y también digresiones autobiográficas: Carrère habla de su madre, la sovietóloga Hélène Carrère d’Encausse; de su propia juventud, de sus fracasos amorosos. Esta estructura laberíntica es la forma que Carrère ha encontrado para hacer justicia a un hombre que ha vivido tantas vidas que no puede ser encerrado en una narración lineal. La biografía tradicional sería ridícula aplicada a Limónov. Lo que se necesita es un género más flexible, más ensayístico. Y Carrère lo propone.
El epílogo de Limónov es desolador. Pasados los años, la gloria se ha desvanecido. Su partido se ha reducido a unos pocos militantes fieles. Vive en un apartamento modesto, con los muebles embargados, ganándose la vida escribiendo artículos para revistas del corazón. Cuando Carrère le pregunta por qué quiere escribir un libro sobre él, Limónov responde, con su risita seca: «Sí, una vida de mierda». Este final es perfecto, y terrible. Perfecto porque cierra el círculo: el hombre que soñaba con ser un héroe termina como cualquier otro jubilado, pero más precario. ¿Valió la pena?
Carrère no responde, pero sugiere una respuesta indirecta. El final que él imaginaría para Limónov no es la muerte heroica, ni el poder, ni la gloria. Es la vejez tranquila en una dacha, entre libros y niños, como un personaje de Turguéniev. Pero Limónov no quiere ese final. El que él se imagina es otro: sentado a la sombra de una mezquita en Samarcanda, convertido en un mendigo más, en un rey que ha soltado todas las amarras. Ese final, también, es una forma de dignidad. La del que ha vivido como ha querido vivir, sin pedir perdón, sin pedir permiso.
Limónov es la biografía de un perdedor, pero también la sofisticada defensa de la derrota. Limónov luchó por lo que creía. El hecho de que esto fuera a menudo detestable, y que su fidelidad a sí mismo fuera a menudo destructiva, no invalida el gesto. Lo vuelve más complejo, más humano, más interesante. Pero también más ridículo. En todo caso, más digno de ser contado.
